Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Ya avanzada la mañana, empieza a ver un par de quebradas oblicuas a la carretera a derecha e izquierda, y al principio piensa que eso debe de ser la Garganta.

Abandona la carretera y se aproxima a la de la derecha, sin acercarse demasiado por temor a que se produzca un desprendimiento de tierra bajo las ruedas del Binny.

Estaciona, camina hasta el borde y se asoma.

Lo que ve es un corte profundo e irregular de unos veinticinco o treinta metros de hondura, abierto seguramente por un río que se secó hace mucho tiempo.

Al mediodía, la carretera cruza ese cauce seco por un puente de lamas de acero herrumbrosas. Jack se detiene ante él y apaga el motor. La voz femenina robótica pregunta: «¿Quiere que continúe la carga solar?».

—Claro, dale caña.

«No entiendo “dale caña”».

—Sigue con la carga solar.

«El nivel de la batería está ahora en el ochenta y dos por ciento. La carga continuará hasta que el nivel llegue al noventa y cinco por ciento. Una carga superior al noventa y cinco por ciento puede causar daños en la batería».

Desde luego, es un Tesla , piensa Jack.

Se acerca al puente y mira abajo. Jack padece cierta tendencia a la claustrofobia, pero no tiene vértigo, más allá del habitual temor a las alturas basado en el instinto de conservación .

No obstante, siente un vuelco en el estómago al contemplar las rocas y el pedregal en el fondo del precipicio, a unos treinta metros.

«Si el puente se hundiera al cruzarlo —dice Pay—, seguro que yo sobreviviría, porque siempre me he rebotado mucho. Rebotado, ¿captas?».

—Ya lo pillo —contesta Jack.

De pie junto al Binny, se plantea qué hacer. Si se da media vuelta, el viaje habrá sido inútil. Aunque, claro está, si el puente cede y él muere en la caída…, ¿hay algo más inútil que eso? Probablemente no.

Sin depositar grandes esperanzas, pregunta:

—Oye, seas quien seas, supongo que no sabrás si el puente es seguro, ¿verdad?

Se oye un ruido seco procedente del Binny y Jack tiene que apartarse de un salto cuando una sonda corta asoma del morro chato del vehículo. Remata el extremo una placa cuadrada de cobre. Jack oye un leve zumbido. Al cabo de unos segundos, el zumbido se interrumpe y la sonda se retrae.

«Teniendo en cuenta el peso de este Binny Ding Modelo 4 y la capacidad de carga notificada más recientemente del Puente 775, sobre el río Thomas, la probabilidad de cruzarlo con éxito es del noventa y dos por ciento.

La probabilidad de que el Puente 775 se desarme bajo el peso del Binny Ding Modelo 4 es del ocho por ciento.

Se recomienda el uso del piloto automático».

¿Piloto automático? ¿Quién iba a saberlo? Aunque, claro, tampoco sabía nada del panel solar. Ni del ordenador de a bordo de voz femenina. Y ya no digamos del sensor, sea lo que sea, que el Binny acaba de utilizar para tantear la integridad estructural del puente.

—Puesto que estamos juntos en esto, ¿cómo debo llamarla, señora? Deme un nombre.

«El nombre que usted me dé será el nombre al que yo responda, comandante Iulia».

Su primera idea es Sophie , pero le parece inapropiado ponerle el nombre de su difunta mujer al ordenador de a bordo de voz robótica. Casi una blasfemia.

—Señora Talbot —dice. Fue su maestra de primero, siempre con una sonrisa y un tierno regazo en el que un niño podía llorar después de un rasguño en la rodilla al caerse en el patio o tras un descenso brusco en el balancín—. Es usted la señora Talbot.

«Soy la señora Talbot», dice el Binny.

—¿Cuándo se notificó por última vez la capacidad de carga, señora Talbot?

Una pausa. A continuación: «No tengo el dato exacto, pero por entonces había muchos Haces en lugar de solo dos» .

—¿Cuánto tiempo hace de eso en años?

Una pausa más larga. Finalmente: « Dela. Sugiero el piloto automático».

Jack vuelve a su asiento en la cabina del Binny. Ve el joystick y el cambio de marchas. En el salpicadero no hay nada más.

—Señora Talbot, ¿puede activar el piloto automático?

Se oye un zumbido grave. «Piloto automático activado. ¿A qué velocidad? Sus opciones son lenta, media, rápida y veloz. Dice «veloz» en español.

Veloz , piensa Jack. Me parece que he perdido el juicio y todo esto es una alucinación. En realidad, estoy encerrado en un manicomio de Nebraska. O puede que en la Sala D del hospi tal Luterano del Condado de French. Donde dejan a los pacientes con alucinaciones.

—Lenta —contesta.

Cuando el Binny se encamina poco a poco hacia el puente herrumbroso, se apresura a apearse.

Sigue al Binny mientras accede a la estructura a paso de hombre.

El puente gime. Una de las lamas de acero se parte y un fragmento cae en espiral al lecho del río.

La estructura se comba perceptiblemente.

Se plantea esperar a que el Binny haya llegado al otro lado, pero piensa: Qué carajo, la probabilidad es del noventa y dos por ciento , y sigue adelante tras su vehículo sin conductor.

Si el puente se hunde, se sujetará a una de las barandillas y se quedará ahí aferrado con toda su alma.

Ante esa idea, se representa a sí mismo balanceándose colgado de un cable de acero, como Tarzán de una liana en la selva, para acabar chocando contra la pared rocosa del precipicio y quedar aplastado como un insecto. Alimento para los plunjas.

El Puente 775 se ha combado ya lo suficiente para que el morro del Binny Ding se incline en un ángulo ascendente cada vez mayor.

Sigue con su lento avance y Jack lamenta no haber especificado la velocidad media o incluso la más rápida.

Pero el Binny llega a terreno firme al otro lado de la quebrada tras perder por un momento la tracción y patinar.

Jack lo sigue. No se arrodilla para besar el suelo, pero se alegra mucho de haber cruzado.

—El resultado nunca ha estado en duda, señora Talbot.

A ese respecto, la señora Talbot se reserva la opinión.

9

En el lado opuesto del Puente 775 y a la derecha de Jack, el declive del terreno se hace cada vez más pronunciado.

A su izquierda se alza una escarpada pendiente que no llega a ser una montaña; es más bien como si la tierra se hubiera encogido de hombros para formarla.

En la empinada ladera crece una vegetación amarilla de aspecto malsano.

La carretera se estrecha. El Binny traquetea a causa de los hoyos, uno de ellos tan profundo que la señora Talbot tiene que recurrir a una especie de tracción delantera para salir.

Al hacerlo, se inclina a la derecha, y Jack tiene una vista del precipicio mejor de la que él querría.

Muy a lo lejos, el sol vespertino destella en los raíles por los que Richard y él se adentraron en las Tierras Arrasadas en su búsqueda del Talismán.

Desearía estar allí en lugar de aquí y ser un niño de doce años, no un hombre de cincuenta y siete con incontables decisiones difíciles y dolorosas aún por delante.

Desde un punto de vista más práctico, también desearía que hubiera guardarraíl en el lado derecho de la carretera.

Acuden a él el ingenio y la sabiduría de Lily Cavanaugh, la Reina de la Serie B: La esperanza en una mano, la mierda en la otra, y a ver cuál se llena antes, Jack.

La carretera se estrecha aún más tras una curva cerrada y al otro lado está bloqueada por un peñasco.

«Obstrucción», dice la señora Talbot. Pese a que Jack ha desconectado hace rato el piloto automático, el Binny se detiene a corta distancia del peñasco antes de que él pueda retirar el pie del acelerador. «Hay una obstrucción».

—No me diga —exclama Jack.

Parece que la señora Talbot sí lo capta y dice: «Total».

Se apea y se aproxima al peñasco, que es de su altura.

Por encima ha quedado en la tierra una profunda cicatriz, allí por donde ha rodado pendiente abajo abriéndose paso a través del enfermizo (pero tenaz) manto vegetal.

Apenas queda espacio entre el peñasco y la ladera de lo que parece cada vez más una montaña, y Jack se encaja en el hueco.

Aquí la carretera tiene una ligera pendiente, tal vez debida a la erosión de la ladera.

Podría ser de ayuda, aunque él no tiene muchas esperanzas.

Apalanca la espalda contra la pendiente y los pies en la enorme roca.

Empuja con todas sus fuerzas. El peñasco se desplaza un poco. No mucho.

Se vuelve hacia el Binny.

—No me vendría mal un poco de ayuda, señora Talbot.

No hay respuesta. ¿Qué esperaba? ¿Una lluvia de premios?

Hace palanca de nuevo y empuja aún con más fuerza.

Tiene la sensación de que van a estallarle los globos oculares.

O quizá los huevos. Está a punto de desistir cuando la roca por fin se mueve.

Solo un poco, pero es suficiente. El borde de la carretera se desmorona bajo el peso del peñasco.

Jack se cae de culo y después, tras levantarse a toda prisa, contempla con gran interés (y no poca satisfacción) cómo la roca rebota y se precipita, levantando a su paso nubes de tierra seca, hasta detenerse al fin.

Jack examina la porción de carretera —que ya antes era estrecha— arrancada por el peñasco.

—¿Puedo pasar, señora Talbot? ¿Cuáles son las probabilidades?

La sonda corta y gruesa vuelve a salir y enseguida se retrae. «No puedo calcularlo», dice la señora Talbot.

—Estupendo. Una gran ayuda.

«Me alegra ser de utilidad, comandante Iulia».

Activa el piloto automático, vuelve a apearse y sigue al Binny, observándolo mientras avanza despacio por el tramo estrecho (bueno, en realidad todo es estrecho).

Transmite buenas vibraciones a su vehículo, en parte porque no quiere seguir a pie y en parte porque siente cierto afecto por la señora Talbot.

Sin duda es pensamiento mágico, pero, al parecer, surte efecto.

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