Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Hace sus necesidades en un inodoro autolimpiable y piensa en la posibilidad de ducharse.

Está mugriento, y un lavado rápido con el agua de la pila (y las manos ahuecadas; no hay toallitas de aseo) no le sirve ni remotamente para limpiarse toda la suciedad.

Pero ¿y si se mete en el ataúd vertical de cristal y luego no puede salir?

No es una intuición, sino solo un caso elemental de canguelo.

Una vez se quedó encerrado en el ascensor de un hotel y fue muy desagradable.

Además, ¿a quién va a ofender si huele mal?

Por lo que él sabe, aquí no hay nadie más, excepto Lucky, el pastor alemán…

Y Lucky entró en el claro al final del camino hace mucho tiempo.

—Si te quedas encerrado dentro de la ducha, yo te sacaré —dice Sophie desde detrás.

Jack suspira.

—Ojalá pudieras.

5

Mientras se viste, concibe una idea alentadora que debería habérsele ocurrido antes: Mary Klee es vidente.

Aunque, claro, la última vez que la vio tenía resaca y probablemente iba camino del ataque de nervios.

Eso nublaría aún más sus capacidades predictivas, fueran las que fuesen.

¿Y lograría convencer a Destry de que un par de adolescentes asesinos provistos de armas de Positronics iban hacia allí?

Quizá sí, quizá no. En cualquier caso, ya es demasiado tarde.

Kinneston y Speckhoffer se habrán marchado ya de Pernil (en el supuesto de que hayan ido allí) y seguido adelante.

Puede que hacia Dezi, pero también es probable que a Mejis o a las Baronías Septentrionales.

Jack tiene sus propios fuegos que apagar, su tela que cortar, sus ovejas que apacentar.

En cuanto eche una visteada a la Garganta, se propone regresar a Riven a por Golden Boy.

Ha acabado pensando en el enorme palomino como en un amuleto de la suerte.

Al fin y al cabo, los dos escaparon de la explosión del establo, y Boy ni siquiera tuvo que buscar refugio en el lado de Estados Unidos para ello.

Jack contará a los mannis lo que ha visto en la Garganta y después seguirá hasta Pernil, donde recogerá a Mary para regresar a Dezi en el tranvía. En el supuesto de que esté viva, claro.

Come en la cocina (otra vez de los víveres suministrados por los mannis); luego va a examinar los vehículos de ataque ligeros llamados Binny Dings a la vez que piensa: Si les han servido a esos gilipollas descontrolados, me servirán a mí.

No obstante, hay un problema: no tienen la llave en el contacto.

Regresa al aparcamiento inmenso y lóbrego.

En un hueco próximo a la rampa de entrada y salida, encuentra un pequeño despacho con el escritorio cubierto de papeles.

Algunos están en otros idiomas, entre ellos algunos ininteligibles (por lo menos para él).

Parecen facturas de comida, ropa y armas.

Contra la pared hay un armario bajo y ancho que ha sido forzado con un destornillador largo, ahora abandonado en el suelo.

Contiene filas de llaves de contacto de distintas formas y tamaños. Ve vacío uno de los ganchos.

—Así que ahora, polizonte, usa tu capacidad de deducción —dice Sophie desde su habitual lugar detrás de su hombro derecho, donde no la ve.

La deducción es simple. Hay centenares de llaves, pero, a excepción de la desaparecida, están todas donde les corresponde.

Kinneston y Speckhoffer andan dejando un rastro de basura, como demuestran la botella de cerveza desechada y el envoltorio de las galletas de mantequilla de cacahuete en la estación de tren, o como demuestran también el destornillador desechado después de utilizarlo como palanca.

Habría cabido esperar que los dos revolvieran y desordenaran las llaves, en busca de algún medio de transporte…

, pero no había sido así. ¿Por qué? ¿Un inesperado acceso de pulcritud? No lo cree.

—¿Sabían lo que buscaban? —pregunta Sophie—. ¿Es esa tu deducción, apuesto polizonte?

—Algo los guiaba —dice Jack—. No sé qué, pero puede que sí sepa por qué. Esa cosa…, esa fuerza… quiere que causen estragos.

Sophie contesta en voz baja y triste:

—Quiere Discordia.

— Dices verdad, Sophie .

6

Jack retira dos llaves colgadas, una a cada lado del gancho vacío.

Regresa al lugar donde estaba aparcado el vehículo blindado ligero robado y prueba una de las llaves en el Binny Ding situado a la derecha de la plaza vacía.

Arranca con un áspero retumbo que solo puede ser de un motor diésel.

Busca un indicador de combustible y no lo ve.

Apaga el motor, vuelve a la cocina y llena la mochila de latas de manduca estadounidense (en especial SpaghettiOs).

La comida de los mannis no se ha acabado, pero queda poca, y Jack no sabe a qué distancia está la Garganta.

¿Y qué hará si se agota el combustible del Binny?

En Dezi, se complacen en decir: Gan proveerá.

Prefiere no tener que averiguar si eso es cierto, pero tal vez no le quede más remedio.

Espera que la comida enlatada no esté a rebosar de botulismo o algo así.

Jack rellena la cantimplora y regresa a su corcel de nombre absurdo preguntándose por qué demonios le habrían puesto Binny Ding a una camioneta militar.

—Bueno —dice Sophie desde detrás—, ¿no hubo una vez un modelo de Daihatsu que se llamaba Naked, o sea, Desnudo?

Echa la mochila al asiento del acompañante.

—¿Y eso cómo lo sabes?

Ella se ríe.

—Porque lo sabes tú , tonto.

Visita el arsenal, encuentra un carrito y lo carga con una docena de misiles Dragonfire.

Para ser objetos capaces de provocar tantos destrozos, son de una ligereza sorprendente, y el carrito se deja empujar con facilidad.

Coloca seis en cada uno de los portamuniciones de acero dispuestos a ambos lados del artefacto con aspecto de mortero atornillado a la plataforma de detrás de la cabina.

En cuanto se afloja la grasa de la rótula, el tubo gira sin trabas, y parece que cargarlo y disparar es letalmente sencillo.

No dispone de alimentador automático, así que, supone, tendrá que ocuparse él mismo de eso si necesita utilizarlo (espera que no).

Imagina que Kinneston y Speckhoffer podían disparar en marcha, uno sentado al volante del Binny y el otro cargando y disparando el mortero, siempre y cuando en efecto sea un mortero. Velocidad y violencia.

—En marcha —dice a Sophie—. Sigamos hacia la Garganta. Porque lo que haya pasado en Pernil…

—… ya ha pasado —completa ella—. Ya lo has dicho antes.

—¿Ah, sí?

—Unas mil veces.

—Supongamos que han vandalizado Pernil —dice él—. ¿Adónde habrán ido después? ¿Dezi? ¿Mejis? ¿El Gran Camino? ¿Debaria? ¿Tiene aquello que los guía algún objetivo en mente?

—No lo sé —contesta Sophie.

Claro, porque no lo sé yo.

Comprueba que el bláster —o lo que sea— no se le ha caído de la funda en la que debería estar la Glock y arranca de nuevo el motor del Binny.

En el salpicadero ve una palanca de cambio corta y ancha con solo tres posiciones: directa, punto muerto y marcha atrás.

Retrocede para salir de la plaza de aparcamiento, acompañado del tableteo y la reverberación del motor diésel del Binny. Casi no oye a Sophie cuando ella dice:

—¿No te olvidas de algo?

7

Vuelve a la suite donde ha pasado la noche y coge del armario un traje antirradiación.

—Un traje que prevenga la radiación —corrige Sophie desde detrás de su hombro derecho—. O eso esperas.

—Por supuesto que sí. —Aunque ya no piensa tener hijos, y la verdad es que se le ha pasado un poco el arroz, le gustaría evitar el cáncer.

Es una de esas prendas de una sola talla.

Jack se lo pone y desliza el pulgar por encima del cierre, que parece el típico velcro estadounidense.

Lo sobresalta la voz femenina automatizada, que dice: «Comandante Iulia, está en verde.

Repito, en verde». Primero alza la vista hacia el altavoz del techo; luego se mira el pecho.

Un corazón verde palpita sobre su verdadero corazón.

El nombre escrito en el traje —en inglés— es com. iulia.

—Parece que ya estás a punto —dice Sophie—. No te olvides de la capucha.

Jack coge la capucha de malla, pero no se la pone. En principio, si el corazón estampado en el traje pasa a amarillo o a rojo, sí se la pondrá. Lo que aún plantea la duda de qué se supone que va a respirar.

Regresa al aparcamiento, enciende el Binny, pone la directa y sale por la rampa al sol cegador.

De inmediato se cierran las dos ventanillas del vehículo y lo azota en la cara la reconfortante corriente del aire acondicionado.

Recorre el camino del complejo hasta la verja, avanza unos cien metros y el motor se apaga.

—Jodido la hemos —dice Jack—. Bien estuvo mientras dur…

Por encima de la cabina cerrada, se oye el zumbido de unos servomotores. No ha tenido tiempo aún de salir para ver qué ocurre cuando una voz femenina robotizada lo informa: «Desplegado el panel solar».

—Cómo no —dice Jack—. Todas las comodidades modernas.

Se reacomoda en el asiento del conductor.

Cuando pisa el acelerador, el Binny avanza con suavidad y en silencio hacia la carretera principal (o lo que queda de ella) sobre sus descomunales neumáticos.

Cuando Jack cruza la verja, se detiene y cierra los ojos por un momento.

Pay está muerto. Dale está muerto. Mary podría estar muerta. En cuanto a Sophie…

Abre los ojos y dice:

—¿Y si me animas a seguir con una buena palabra, cielo?

No oye ninguna palabra, ni buena ni de ningún tipo. Sophie también ha muerto.

El Binny tiene un joystick en lugar de volante. Jack lo acciona hacia la izquierda y pone rumbo a la Garganta, pero, cabe esperar, muy al sur de las Tierras Arrasadas.

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