Capítulo 11
Anda advirtió a Jack que no se adentrara en las Tierras Arrasadas ni se aproximara a la Garganta sin protección. Hallaréis lo que necesitáis en el fuerte , aseguró.
Más allá del aparcamiento, el parque móvil y el arsenal, Jack encuentra las viviendas de los hombres y mujeres que formaban parte del personal de este complejo.
Eran muchísimos, por lo visto. Hay una amplia cocina y un comedor enorme, donde ve numerosas mesas largas y, encima de estas, centenares de sillas colocadas del revés, cabe suponer que para que un empleado de la limpieza desaparecido hace mucho tiempo (robo o huma) pudiera abrillantar el suelo.
Los tacones de los botines de Jack producen un eco escalofriante.
Pasada la zona donde se preparan y consumen las comidas, diversos pasillos conducen a habitáculos con estrechos camastros de estilo militar y suites más agradables en las que, supone, debían de alojarse los oficiales.
En una de estas descubre, con asombro, a una rubia esbelta que posa con una blusa de escote halter tachonada de estrellas y unos minishorts.
Jack se dispone a saludarla, pero, de pronto, una línea de estática le asciende por el cuerpo, desde las uñas de los pies pintadas hasta los ojos de color azul aciano.
Es un holograma, y cuando él lo traspasa, la chica de calendario desaparece.
El único cuerpo real que encuentra es uno medio esquelético y medio momificado de un perro que tal vez en otro tiempo fue un pastor alemán. Le cuelga una placa del cuello en la que se lee, en inglés, lucky. «Afortunado».
—No mucho —dice Jack, que continúa con su investigación.
Supone que busca algún indicio de cuál debía de ser la finalidad de ese complejo, pero, aparte de las armas, no descubre nada que aporte una explicación coherente.
Es posible que tuviera algo que ver con las Tierras Arrasadas, porque en todos los armarios de los miembros del personal desaparecidos ve aquella forma de protección a la que, cabe pensar, aludía Anda: trajes antirradiación confeccionados con una especie de polímero y capuchas de malla metálica fina.
Estas últimas, con sus barboquejos, le recuerdan a los gorros que llevaban los cosmonautas rusos en los vídeos antiguos.
En los armarios no hay equipos de respiración.
A Jack no le gusta la idea de protegerse el cuerpo y permitir, en cambio, que el aire cargado de radiación entre en sus pulmones.
Recuerda que las Tierras Arrasadas brillaban en la oscuridad, pero, desde su viaje con Richard en la infancia, no ha vuelto a acercarse por allí.
Cuando quiere —o necesita— viajar, va a Nebraska, en el lado de Estados Unidos.
Si me hace falta aire enlatado, lo encontraré , se dice, y espera estar en lo cierto a ese respecto.
2
Los estantes y los armarios de la cocina están abarrotados de latas de comida, algunas con las etiquetas escritas en idiomas que no entiende.
No obstante, también hay típicos alimentos estadounidenses: fiambre en conserva Spam, alubias en salsa de tomate originales Bush’s, salsa Manwich y sardinas King Oscar.
Jack tiene hambre, pero siente un rechazo casi supersticioso a abrir cualquiera de esas latas, incluso las de SpaghettiOs, que eran uno de sus platos preferidos en la infancia.
Lo cierto es que no cree que vaya a envenenarse, pero decide seguir con los víveres que le han proporcionado los mannis, conforme a la máxima de su madre: «Más vale prevenir que curar».
Come en la cocina. La perspectiva de ir al comedor, en medio de ese bosque de sillas vueltas del revés, lo incomoda.
Después de comer, prosigue con su exploración.
Algunos de los pasillos del personal están vivamente iluminados; otros, a oscuras.
En algún sitio han saltado los plomos , decide, pero, si hay una sala de instalaciones, no la localiza.
Regresa al arsenal y encuentra un armero empotrado en la pared lleno de fusiles estadounidenses, en su mayor parte Smith parecen blásteres de una epopeya espacial de George Lucas.
Las empuñaduras están hechas de un metal ligero de algún tipo, pero los cañones son transparentes.
De plástico, supone. En las cachas, se leen las iniciales G-H.
Estampado en la base, en unas letras minúsculas que solo consigue leer entornando los ojos, figura el nombre de otra empresa de la que nunca ha oído hablar: sombra.
Coge una, se plantea probarla y lo descarta.
Desconoce cuáles serían los efectos. Aun así, se la guarda en la funda vacía, donde encaja casi a la perfección.
Se apropia también de un fusil, lo carga y se lo cuelga al hombro.
Regresa a la zona de oficiales, elige una suite sin holograma y se sienta en la cama para descalzarse.
Después de dormir en un establo y posteriormente en una dura cama manni (solo era cómoda la almohada), considera que esta es de lo más tentadora.
El baño privado es poco más que un cubículo, con una ducha tan estrecha que parece un ataúd de pie.
El grifo del lavabo, después de resoplar unas cuantas veces como para aclararse la garganta, mana agua limpia.
Se lava la cara, que le pica a causa de la barba.
—No me beses con esa cara hasta que te afeites la barba o te la dejes crecer un poco más —dice Sophie desde detrás. Es su voz burlona.
—No lo haré —responde él, y abre el armarito. Contiene varios frascos de medicamentos con etiquetas escritas en ese idioma enrevesado que se parece un poco al japonés y un poco al árabe, pero no es ni uno ni otro. También hay un cepillo de dientes y un tubo de dentífrico Marvis a medio usar.
—¿De verdad vas a utilizar el cepillo de dientes de un muerto? —pregunta Sophie.
—Creo que los gérmenes habrán muerto hace mucho —contesta él—. En cuanto a que el capitán…, o lo que fuese…, haya muerto, ¿cómo estás tan segura?
—Están todos muertos —afirma Sophie—. Lo sé, y tú también.
En efecto, Jack lo sabe, pese a que nadie en Dezi habla del Pueblo Antiguo ni de las cosas que dejó atrás.
Consideran que trae mala suerte. Lo que ocurrió aquí, fuera lo que fuese, ocurrió hace mucho tiempo.
El fuerte es un buque fantasma en igual medida que el Mary Celeste , pero, por decir algo —y sobre todo por oír su voz—, añade:
—¿Dónde están los cadáveres, pues?
No hay respuesta. Sophie se ha ido.
Otra vez.
3
Hay un televisor que solo muestra estática. Una relajante voz femenina anuncia el cambio de turno por un altavoz y dice al complejo vacío que «los sistemas están en verde».
En la pequeña suite se atenúan las luces.
Jack se queda una vez más en calzoncillos y se tumba en la cama, que es en efecto cómoda, pero al principio no consigue conciliar el sueño.
Sabe que algunos vestigios del Pueblo Antiguo llevaban el sello de Positronics y otros pocos el de Sombra, pero, aparte de eso, ni siquiera Sophie tenía mucha más información.
Le inquieta la idea de que todos los miembros del personal del Fuerte 19 de Positronics sean ahora wompis, wympis …
o, en el idioma de Estados Unidos, vampiros de andar por casa vulgares y corrientes.
No es del todo absurdo. Podrían estar en los niveles inferiores, despertando para el turno de noche entre máquinas que aún funcionan.
Los imagina pululando por los pasillos con su uniforme mohoso. Rostros blancos, ojos enrojecidos…
—Por Dios, déjate de estupideces —masculla.
Quizá no sean estupideces , susurra su mente. Al fin y al cabo, en Riven viste los muertos vivientes, ¿o no? En su mayoría eran mineros, algunos eran esposas, pero ¿quién sabe si alguno que otro no vestía los restos del mono de trabajo de Positronics o del uniforme militar?
Se acerca a la puerta. Para su alivio, descubre un pestillo giratorio, que echa.
De poco iba a servirle algo tan frágil si se congregara fuera una muchedumbre de wympis , pero ahora se siente mejor.
Vuelve a la cama y se tumba con la mirada puesta en el tenue resplandor de una lamparilla de noche que ha dejado encendida.
Podría reprocharse que se está comportando como un niño que de noche necesita una luz para mantener alejado al hombre del saco, pero decide ser menos exigente consigo mismo.
Al fin y al cabo, es el único ser vivo en este inmenso (aunque no sabe en qué medida) complejo subterráneo.
Se plantea por un momento saltar de regreso al lado de Estados Unidos, convencido ahora de que podría concentrarse en el establo con el anuncio de Mail Pouch y acabar en el condado de Hemingford, pero ¿y si se equivoca?
Nada desea menos que una repetición de la experiencia en Walmart, donde el niño pensó que era un fantasma.
— Soy un fantasma —dice antes de quedarse dormido.
4
En su pesadilla, Jack corta la cabeza a Dale y sí sale sangre. Mana a borbotones del cuello y salpica a Jack en la cara. La cabeza cercenada yace cara arriba en el polvo y, con un grito de angustia, pregunta: «¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué? ¡Pensaba que eras mi amigo! ».
Una luz intensa le traspasa los párpados cerrados.
La voz femenina anuncia de nuevo el cambio de turno y comunica que los sistemas están en verde.
Sentado en el borde de la cama, se palpa las mejillas y el mentón para asegurarse de que lo que nota es solo una fina capa de sudor, no la sangre de Dale Gilbertson.