Capítulo 10 #5
Se detiene frente a un sedán hacia la mitad de la zona de vehículos particulares.
Parece una especie de Volvo, pero la parrilla está dividida y las ventanillas presentan una peculiar forma redondeada y protuberante.
Nunca ha visto un coche como ese y, cuando mira el nombre del modelo en el costado, lee que se llama Takuro Spirit.
Echa un vistazo al otro lado del pasillo central y ve otros dos coches idénticos.
Vuelve sobre sus pasos, mirando ahora con ojos nuevos, y encuentra una camioneta llamada Banana Heavy.
Algunos de los vehículos llegaron del lado de Estados Unidos, pero algunos son de… otra parte.
—Hay otros mundos aparte de estos —dice Jack, y regresa hasta la camioneta Banana Heavy.
No tiene matrícula, más allá de un adhesivo en el parachoques escrito en una lengua enrevesada que no se parece a nada de lo que Jack conoce.
Sigue adelante poco a poco entre las dos hileras de vehículos particulares, esta vez fijándose en aquellos que no reconoce.
Los Fords, Chevrolets y Subarus tienen matrículas del lado de Estados Unidos (excepto un viejo Ford Cortina con matrícula de la vieja y entrañable Inglaterra).
Los procedentes de otros lugares tienen matrículas con formas geométricas o nada.
Uno llamado Sambor LightBeam que se parece un poco a un Ford Flex lleva un adhesivo que reza: este coche subió al monte washington.
—Sí, pero ¿en qué mundo? —susurra Jack.
11
Más allá de los coches y las camionetas particulares, Jack encuentra vehículos militares: jippas.
Hay Humvees, cuatro por cuatro, UTV, camiones militares de dos toneladas y media, vehículos tácticos medios.
La mayoría de estos están vacíos. Algunos contienen cajas de embalaje que Jack no se molesta en investigar.
Ve vehículos cuadrados de color parduzco llamados GoGos con ametralladoras en el techo de la cabina y en la caja abierta.
Jack se encarama a uno para echar una visteada de cerca a una de esas armas.
Al principio, la ametralladora se resiste a girar —la grasa de la rótula se ha cuajado—, pero al final cede con un chirrido.
Es una buena arma, aunque con dos problemas: primero, está atornillada a la plataforma de algo llamado HiMobe; segundo, no hay munición.
Algunas de las camionetas son Chevrolet G506 y G7100 que habrían sido nuevas en la Segunda Guerra Mundial (y a ojos de Jack, aún parecen nuevas ahora).
En su mayoría, son híbridos Takuro, conectados a cargadores de pared.
Jack ha visto Teslas, incluso un par de Cybertrucks.
Los camiones de transporte pesado Takuro parecen la siguiente generación de esos automóviles totalmente eléctricos.
Hay una docena de vehículos de menor tamaño llamados Binny Dings.
Son más largos que los jeeps, pero, en general, su aspecto es el mismo.
En apariencia, ligeros, rápidos y manejables.
Van provistos de un arma similar a los morteros giratorios de las películas antiguas de la Segunda Guerra Mundial.
Disponen de profundos compartimentos laterales metálicos que podrían haberse concebido para almacenar munición.
Están vacíos. También está vacía una de las plazas del aparcamiento, aunque queda un poco de aceite en el suelo, y ahora Jack ya sabe en qué viajan Kinneston y Speckhoffer: un Binny Ding.
Al fondo del aparcamiento hay una puerta enorme abierta. Cuando Jack se acerca, se encienden unas luces amarillas intensas y una voz robótica reverberante le anuncia que solo puede accederse con el pase azul. Jack no tiene pase azul —ni ningún otro—, así que se limita a cruzarla.
La misma voz robótica prorrumpe: «¡Seguridad!
¡Seguridad!»; acto seguido, se calla. Jack apenas se da cuenta.
Lo que ve al encenderse las luces automatizadas vuelve a dejarlo atónito.
Son filas y filas de misiles amarillos Dragonfire apilados en soportes metálicos. Dos de esos soportes están vacíos.
Cargaron los portamuniciones de su Binny Ding robado , piensa Jack. Los cargaron y se dirigieron hacia el este, primero a Riven, donde causaron estragos y abandonaron a Dale a merced de los wympis. Luego fueron a la estación de tren, en Ellis-Breaks, donde volaron a Pay y uno de mis caballos.
—Hijos de puta —susurra con la mirada fija en las armas apiladas, todas pintadas del mismo amarillo chillón que el proyectil fallido que encontró en la oficina de la planta de procesamiento—. Menudos hijos de puta.
El arsenal es descomunal, del tamaño de tres hangares de aviación.
Al fondo, ve armas más pesadas: ojivas suspendidas en eslingas de malla de acero a tres metros por encima del suelo.
Están pintadas de un negro fúnebre, excepto por unos triángulos amarillos, que parecen ser el símbolo de la radiación en todos los mundos.
Jack se sitúa debajo de una de estas y advierte que alguien ha escrito algo en ella, al parecer en tiza roja. El mensaje: hola hola adiós adiós.