Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

Un sapo real en un jardín imaginario , piensa Jack mientras acaricia el capó polvoriento de un Kia negro con matrícula de Nebraska.

No le cabe duda de que es un modelo de 2024.

Al rodearlo, advierte que uno de los neumáticos no solo está desinflado, sino que tiene la goma hecha jirones y casi se ha salido totalmente del eje.

Por eso deben de haberlo abandonado Kinneston y Speckhoffer.

Recorre las ventanillas con los dedos, dejando trazos limpios en el polvo.

No es tanto una inspección como el esfuerzo de aceptar la realidad de este vehículo, que se fabricó en Corea y obtuvo el permiso de circulación en el condado de Elm, en Nebraska.

La sensación de irrealidad lo abandona por fin cuando ve la pegatina del parachoques debajo de una luz de posición rota.

La limpia y descubre a Sam Bigotes junto a la palabra ¡atrás!

Prueba a abrir la puerta del conductor. Dentro hace un calor asfixiante, cuarenta grados como mínimo.

Hay un bolso en la guantera. Jack saca de dentro la cartera y la abre.

Kinneston y Speckhoffer se han llevado todo el dinero que pudiera contener más las tarjetas de crédito (aquí de poco van a servirles), pero han dejado el carnet de conducir de Rhonda McMeel.

La fotografía muestra a una mujer sonriente cuya posición por defecto parece el buen humor.

Consta que su dirección es la calle Ocho de Kearney, en Nebraska.

Como polizonte veterano, Jack deduce que vivió allí antes de huir de los malos tratos de su marido, y solo para acabar en manos de dos adolescentes maltratadores extremos de Taylor City.

Una situación a lo Cita en Samarra . Se le ocurre algo que decía su padre: Puede que nazcas antes de tiempo, puede que te quedes hasta tarde, pero nunca escaparás de tu destino.

Jack no quiere creer que eso sea cierto, pero, para Rhonda McMeel, por lo visto así fue.

Una razón más para encontrar a esos dos y borrarlos de la Gran Ecuación , piensa y sigue adelante.

En el polvo ve huellas que se dirigen hacia el sudoeste por la carretera.

Unas podrían ser de zapatos o botas, las otras —seguramente las de la chica— parecen de zapatillas de deporte.

Viajaron en el Kia hasta que reventó el neumático; luego volvieron sobre sus pasos a pie.

Sigue las huellas y busca el cartel amarillo al que, por indicación de Anda y Jeryman, debe estar atento.

Piensa en el Kia. Hay excepciones, pero muchos objetos cambian cuando llegan del lado de Estados Unidos.

La Coca-Cola sigue igual, pero las latas cambian.

La carísima bolsa de mano Yeti se convirtió en un petate de confección casera.

Por lo general, el dinero estadounidense permanece igual, pero a veces se transforma en vales.

Incluso su cinturón cambia, pese a que el resto de la ropa sigue siendo la misma.

En el Kia, todo era igual, incluso el dispensador medio vacío de caramelos Tic Tac del bolso. Además del propio coche. Encontraron una puerta , piensa Jack. Una muy especial lo bastante grande para cruzarla con un Kia de 2024, y nada cambió cuando llegaron al lado de los Territorios.

—Bueno, ellos sí cambiaron —dice Jack. Se enjuga el sudor de la frente con el brazo y toma un sorbo de agua de la cantimplora—. Se convirtieron en demonios, según los mannis.

9

Pasado el Kia, a una distancia de poco más o menos una rueda, llega a un camino que se desvía a la izquierda.

Hay una verja, pero está abierta. La única palabra que se lee en el cartel amarillo es prohibido.

Ha visto esa misma palabra en un camino muy parecido a este hace no mucho.

Recuerda que preguntó a Ayden Hestin adónde iba ese camino y él contestó: Con suerte, nunca lo sabrás.

Pero dudo que tengas esa suerte, Jack Sawyer .

Se arrodilla y ve el rastro borroso de una pisada y una huella de neumático, tanto en la carretera principal hacia las Tierras Arrasadas como en este desvío.

Supone (o quizá sea una deducción) que Kinneston y Speckhoffer salieron de Nebraska en el Kia de Rhonda McMeel y después vieron este camino secundario y decidieron investigar.

No, se les dijo que vinieran aquí, le susurra la intuición. Igual que a mí. Se armaron y siguieron adelante, pero el Kia no dio más de sí, así que volvieron atrás y robaron una especie de vehículo a lo Mad Max. Un jippa .

Tuerce por el desvío con la esperanza de que el fuerte, o el arsenal, o lo que sea, no esté lejos. Siente un profundo cansancio. Los botines que le han parecido ligeros y cómodos al emprender el viaje ahora se le antojan más pesados. Los pinchazos en los riñones le parecen pedradas de niños malos.

10

No está nada lejos. Al doblar la primera curva, ve al frente una cuesta más empinada.

Hacia la mitad de esta, el camino desaparece en un gran rectángulo negro.

Se acerca y ve que el rectángulo es una puerta de tamaño suficiente para dar cabida a un camión o a todo un convoy.

No necesita el menor esfuerzo para leer los letreros situados a los lados de la puerta abierta porque están en inglés, no en la lengua. El de la izquierda reza:

fuerte n. º 19 de north central positronics

enseñe el pase, introduzca el código

El de la derecha reza:

la entrada sin autorización conlleva pena de prisión o la muerte

dese por advertido

Los restos de un panel numérico cuelgan de una maraña de cables rojos, verdes y amarillos a la derecha de la puerta.

Hay otro mensaje, este escrito dentro de un corazón dibujado con carmín: roy y tara lynne estuvieron aquí.

amor eterno! Jack se inclina hacia el panel en busca de un orificio de bala.

No lo hay ni huele a pólvora. Puede que Roy y Tara Lynne hayan estado aquí, pero no han entrado por la fuerza.

Jack, al cruzar la enorme puerta hacia la penumbra interior, prevé encontrar un aire viciado y quizá olor a descomposición, pero percibe una brisa leve y constante que resulta fresca y agradable después de los treinta y tantos grados del mundo exterior.

Entre las paredes, en algún lugar, suena el suave zumbido de la maquinaria.

Se encienden hileras de fluorescentes a los lados de una ancha rampa para vehículos.

A diferencia de las luces vacilantes de la planta de procesamiento de carbón, son estables y potentes.

Jack desciende por la rampa y, si bien sabe más o menos qué esperar, por lo que le han contado Anda y Jeryman, queda atónito ante lo que encuentra.

Es un aparcamiento subterráneo enorme y lóbrego.

Cientos de vehículos dispuestos a ambos lados en batería forman un dibujo de espiga.

No se ve polvo por ninguna parte; la pintura y los cromados relucen bajo las luces del techo.

Es como si los hubieran estacionado ayer mismo.

En un letrero se lee: en los vehículos particulares, deje su documento de identidad orientado hacia fuera.

Más allá, aproximadamente hacia el primer cuarto de la distancia entre la entrada y el fondo, otro letrero reza: prohibido el paso de vehículos particulares a partir de este punto.

Jack avanza despacio por el pasillo central, entre los «vehículos particulares» abandonados aquí por un personal que desapareció Dios sabe cuándo o por qué.

Recuerda la caída de las Torres Gemelas, no mucho después de su traslado a French Landing, y un documental que vio sobre aquel día.

Las imágenes de los aviones al chocar contra las torres eran horrendas, pero lo que se le quedó grabado en la cabeza —una especie de compendio de todas aquellas vidas perdidas— fue una toma panorámica de cinco segundos de un aparcamiento cercano a las torres muy parecido a este, lleno de coches cuyos dueños nunca volverían.

Desdichados que se quemaron, saltaron o murieron de asfixia.

Lo que ocurrió a los hombres y mujeres que trabajaban en este fuerte es una pregunta sin respuesta.

Examina algunos de los documentos de identidad.

No incluyen fotografías, pero casi todos los nombres parecen tan estadounidenses como la tarta de manzana.

Otros son extranjeros, escritos en un idioma que es incapaz de descifrar. No es la lengua de Mundo Medio.

Hay sedanes, utilitarios, monovolúmenes, unas cuantas camionetas, un par de motos.

Pasa entre Fords, Chevrolets, Toyotas e incluso un Mercedes-Maybach que seguramente pertenecía a alguien en lo alto del poste totémico.

Hay carnets de plástico con números de serie y códigos de barras en los salpicaderos o sujetos bajo las varillas de los limpiaparabrisas.