Capítulo 10 #3
Recuerda lo mucho que le gustaba a Dale cuidar de los parterres de su mujer.
Recuerda que, en los viejos tiempos, preguntó a su amigo si sabía la suerte que tenía de vivir en Coulee Country, y Dale contestó que claro que lo sabía.
Recuerda que compró la antigua casa de los Gilbertson y la arregló.
Convencido de que era un buen sitio donde jubilarse.
Recuerda a Henry Leyden, el tío ciego de Dale, toda una personalidad de la radio, un hombre con muchas voces.
Recuerda que Dale acompañó a Jack a la Casa Negra, en el límite entre los dos mundos (quizá más), y ayudó a rescatar a niños esclavos de una máquina horrenda llamada la Gran Combinación.
El objetivo de esa máquina, en términos sencillos, era destruir la realidad y traer Discordia.
Recuerda la rueda de prensa. Antes de ese encuentro con la prensa, creían que su mayor problema sería decidir cómo manejar el hecho de que los niños rescatados habían estado en otro mundo.
Gracias a la bala que Wanda Kinderling le metió a Jack junto al corazón, esa cuestión, como se vio, no fue un problema.
Recuerda que jugó al beer pong en la leonera de Dale y Sarah, todos riendo y emborrachándose alegremente.
Recuerda que Dale contó que esa habitación se convertía en un santuario masculino todos los domingos en otoño, cuando jugaban sus adorados Green Bay Packers.
Recuerda que, cuando David, en broma, los llamó los «Green Gay Packers», Dale simuló estrangular a su queridísimo hijo.
Recuerda que Dale le puso la última canción grabada por John Prine…
, que, muy apropiadamente, se titulaba «I Remember Everything», «Lo recuerdo todo».
— Jaaa-aaack.
—No vuelvas a llamarme por mi nombre. Ya no eres Dale.
A rastras, saca por la puerta de la planta de procesamiento de carbón al marido de Sarah, el padre de David, el sheriff del condado de Hemingford.
Cuando lo baja por la escalera, su cabeza rebota en los peldaños, se le cae el sombrero y queda a la vista el cabello ralo mientras sigue lanzando lentos zarpazos al aire.
Su piel emite un siseo casi inaudible, como el de un hervidor a fuego bajo.
Jack no es consciente de sus propias lágrimas hasta que nota el sol en la cara.
6
Vuelve adentro y agarra el hacha. En la penumbra de esa sala, parece la herramienta de un verdugo medieval encapuchado, no la de un polizonte retirado de Los Ángeles.
No puedo hacerlo , piensa mientras sopesa el hacha y observa el brillo cruel de la hoja. Entonces recuerda las palabras de Anda: «Dadle la paz, sai. Después seguid vuestro camino».
Sale. La calle principal de Riven está vacía bajo el sol.
En algún lugar, tal vez en el establo o en un corral situado detrás, un burro rebuzna y Golden Boy le responde con un relincho.
Dale Gilbertson yace en la calle con el uniforme polvoriento y la frente manchada como la de un católico el Miércoles de Ceniza.
Sigue alzando y bajando las manos, los dedos contraídos aún en forma de garras.
Su piel sigue emitiendo un siseo. Se le ha hundido uno de los ojos y eso le da una expresión de sorpresa.
No puedo hacerlo.
Pero debo hacerlo .
Darle la paz.
Está perdido en el bosque. Ayúdalo a encontrar el camino hasta el claro. Donde podrá levantar la vista y ver las estrellas.
Jack cerraría los ojos, pero en ese caso tal vez errara el golpe y necesitara repetirlo.
Esa posibilidad le resulta inconcebible, así que separa las piernas y alza el hacha.
Por un momento reina el silencio bajo el intenso sol, ahí, en el linde de las Tierras Arrasadas.
A continuación, Jack descarga el golpe de hacha, que desciende con un silbido.
Brota solo un poco de sangre. La cabeza de Dale se separa rodando del cuerpo.
Los dientes de wympi no muerden más que aire.
El cuerpo decapitado se incorpora. Lanza zarpazos al aire, en dirección a Jack.
Una vez, dos. Baja las manos y el cuerpo se desploma junto a la cabeza cortada, donde ese ojo —que inevitablemente le recuerda al ojo fijo de Pay— parpadea unas cuantas veces y al final se cierra.
Jack no grita al notar que una mano lo sujeta desde detrás. Está exhausto. Es Anda. Jeryman permanece más allá, flanqueado por sus hijos.
—Habéis hecho bien —dice Anda—. Habéis…
Jack retrocede. Deja caer el hacha en la calle. Levanta las manos y las extiende ante sí.
—No me toquéis. Por favor. No.
7
Dos horas después de decapitar a su viejo amigo, Jack abandona el pueblo a pie en dirección oeste. Convencido de que encontrará transporte en «el fuerte», deja a Golden Boy en el establo. El caballo merece agua y pienso. Merece, sobre todo, descanso.
Le han dado un par de botines. No flota —eso solo les pasa a los mannis, por lo visto—, pero el calzado parece poseer cierta magia manni, porque, pese a ser nuevo, proporciona alivio a sus pies recalentados y cansados.
A la espalda lleva la mochila llena de comida.
De una cadera le cuelga una cantimplora con agua.
De la otra, una pistolera vacía que, se ha prometido, al final alojará de nuevo su arma.
Los jóvenes, Paul y Andan, le han contado que la chica —Tara Lynne— gritaba, se reía y disparaba junto con su amigo, así que ambos debían ser eliminados.
Jack Sawyer no es un asesino por naturaleza, pero esos dos ya no son seres humanos. Puede que en su día lo fueran, pero…
—Está claro que algo se perdió en la traducción —dice cuando quedan atrás los últimos edificios del pueblo. Deja escapar un graznido que en otras circunstancias, supone, se consideraría una risa.
Los mannis han prometido concederle a Dale un enterramiento como es debido, pero han instado a Jack a no quedarse.
—El fuerte está a veinte ruedas, poco más o menos —le ha dicho Jeryman—.
Lo que algunos llaman arsenval y cocheda .
—No pronuncia estas palabras en la lengua, sino en inglés—.
Podéis llegar antes de que se ponga el sol si aviváis el paso.
Si estáis aún en el camino cuando oscurezca… —Se ha encogido de hombros.
—¿Wompis?
—Acaso. Acaso no.
Jack aviva el paso tanto como puede bajo el sol abrasador.
Va exactamente en la dirección contraria a la que tomaron Kinneston y Speckhoffer, pero Jeryman le ha prometido enviar un mensaje de advertencia mediante heliógrafo a Pernil, Dezi y Mejis.
Es lo máximo que pueden hacer, y es posible que para Pernil el aviso llegue ya demasiado tarde.
Jack sabe que las preocupaciones vanas serán un lastre para él, pero no puede evitarlas.
En especial con respecto a Mary y al alguacil Aaron Destry.
Jack necesita saber cómo llegaron Kinneston y Speckhoffer hasta aquí, a los Territorios, y qué les ocurrió al cruzar.
Lo que los mannis llaman la Garganta y Youngblood llamaba el Gran Desfiladero le interesa solo porque tal vez haya intervenido en la aparición de Kinneston y Speckhoffer.
Tiempo atrás —hace solo una semana, aunque cueste creerlo—, Jack concedía gran importancia a su relación con Youngblood.
En concreto a mantenerse a buenas con él. Cuanto más viaja,
( el viejo Viajero Jack )
menos le preocupa Youngblood. Dezi es un lugar lleno de luz, pero las luces pueden apagarse.
Pasa por delante de cuatro minas: la Marigold, la Lucky Lady, la Lucky Lady 2 y la Dipa-Dipa. La entrada a la Marigold ha quedado obstruida por un corrimiento de tierra. Da por supuesto que en las otras tres hay wompis que duermen su sueño diurno. Se pregunta si sueñan.
Al mediodía, hace un alto en una casa de labranza abandonada y semiderruida que le recuerda al establo del condado de Hemingford con el anuncio de Mail Pouch.
Se airea los pies mientras come los popkins y los trozos de manzana seca que los mannis le han suministrado.
Le gustaría echarse una siesta a modo de postre, le bastaría una hora para despejarse, pero quiere estar a cubierto antes de la noche.
Ya he recorrido doce ruedas —más o menos— y quedan otras ocho , se dice. Ponte en marcha, viejo Viajero Jack.
Se levanta con una mueca de dolor. Siente pinchazos en los riñones.
Se estira, oyendo el crujido de los tendones en esa zona, y se coloca la mochila.
A lo largo de los primeros cien metros, avanza renqueante, pero al final recupera un andar fluido.
Reflexiona sobre lo mucho que ha cambiado su cuerpo desde sus visitas iniciales a los Territorios por gentileza del «zumo mágico» de Speedy Parker.
Según Shakespeare, existe una marea en los asuntos humanos.
Jack no lo duda, pero su marea, a los cincuenta y siete años, va en retroceso.
8
A primera hora de la tarde, Jack ve algo que en un primer momento le parece un espejismo provocado por el calor sofocante y el sol de justicia.
Algo así como cuando uno recorre un tramo largo de autopista y ve más adelante una mancha similar a un charco de agua.
Pero, cuando se acerca, el objeto cobra solidez e irradia reflejos en forma de flechas tan luminosas que cuesta mirarlas.
En un terreno tan llano, los objetos tienden a estar más lejos de lo que parece, pero al final se llega hasta allí.