Capítulo 10 #2
Jack y los cuatro mannis desayunan en el balcón del piso superior.
Doncellas en túnicas cortas les sirven con callada discreción: huevos, beicon y doradas patatas fritas en abundancia, que los mannis llaman enna .
Jeryman y sus hijos apenas hablan. Es Anda quien toma la palabra para explicar a Jack qué debe hacer y cómo debe hacerlo.
Parte de la misión parece viable y necesaria, pero la primera tarea que se espera que realice es totalmente nauseabunda.
—¿No puedo dejarlo al sol sin más? —Jack vio eso en alguna película, también en una cinta VHS . Cree que acaso fuera una de las pelis de terror de la productora Hammer, con Christopher Lee en el papel del conde sanguinario.
Anda y Jeryman cruzan una mirada que Jack logra interpretar, en parte por intuición, pero sobre todo por sus años de servicio en la policía. La mirada de Jeryman dice: Concedámosle al menos eso. La de su madre, muy compasiva, dice: No podemos.
Por fin Jeryman responde:
—Lo suyo es demasiado… —busca una forma de decirlo con delicadeza y no la encuentra— demasiado reciente.
Jack aparta el plato. Le han gustado sobre todo las enna , pero no quiere repetir. La perspectiva de la tarea que tiene por delante proyecta una sombra sobre su corazón y su mente.
—¿Eso lo liberará?
—Sí, dices verdad —contesta Anda, y él la cree.
El joven llamado Paul se ha ido. Regresa ahora con una herramienta en la que Jack apenas puede posar la mirada.
—Ve con cuidado —advierte Paul—. Afilada.
—¿De verdad tiene que ser así? —pregunta Jack a la anciana—. ¿Lo juráis?
—Sí —asegura ella—. Dadle la paz, sai. Después seguid vuestro camino, porque lo que le ha ocurrido a vuestro amigo es insignificante en comparación con la amenaza que representa la Garganta. Si a ese respecto no puede hacerse nada, será mucho lo que se pierda. Quizá todo.
Jack recuerda la historia de Pay sobre el experimento del periscopio de George Elgin. Los ojos rojos que vio flotar en el vacío más allá de la Puerta de los Mundos. Inclinándose hacia el olor a pergamino seco de Anda, Jack le susurra al oído:
—¿Es la Garganta obra del Rey Carmesí? ¿Existe realmente ese ser?
—No lo sé. Nadie lo sabe.
5
Según contó Anda, la mayoría de los wympis pasaban el día en las profundidades de las minas, donde dejaban cepos y trampas de lazo por si alguien iba a buscarlos, pero los nuevos miembros del clan Wympi tienden a pasar las horas de sol más cerca del mundo que antes conocían.
Además, los wymp is nuevos carecen de la astucia de los antiguos.
—Vuestro amigo está perplejo —explicó Anda—, pero no por eso es menos peligroso. Cuidado, no vaya a arañaros. Si eso ocurre, enfermaréis y moriréis. Eso no sería vuestro final.
—Me transformaría. —Jack se quedó helado ante la idea.
Ella asintió.
—Para los wympis , no existen ni el camino ni el claro. Vagan por los bosques de la muerte.
Ahora Jack sale del Centra a la calle principal de Riven.
Las yentes han buscado cobijo. Jack tiene el escenario para él solo.
Viste una túnica manni tan larga que arrastra el dobladillo por el suelo.
Se ha puesto la capucha. En una mano enguantada sostiene el hacha que Paul le ha dado.
En la parte delantera de la planta de procesamiento de carbón, hay una oficina.
El gran ventanal, parecido al de la fachada del Centra, está roto.
Dientes de cristal amarillento sobresalen del marco.
Dentro ve escritorios polvorientos y sillas volcadas.
Jack sube los peldaños del porche, se toma un momento para aspirar el aire del exterior —caliente y polvoriento, pero limpio— y, a continuación, abre la puerta con el hombro.
En la oficina ve algo nuevo entre los muebles viejos. Se trata de un proyectil amarillo de poco menos de dos metros de largo. Lo rueda con el pie y ve una placa. En esta se leen números y un texto en inglés:
north central positronics
12X1987BG7419
dragonfire
Jack se forma una idea bastante clara de lo que es eso: un proyectil fallido.
Más allá de la oficina está el vestuario de los empleados, donde hay taquillas para los monos, los guantes y las máscaras de protección. En previsión de la presencia de polvo de carbón, Jack coge una máscara y se la pone.
A continuación, encuentra una sala inmensa y sombría con numerosos surtidores y una gran tina polvorienta que parece el lavamanos de un gigante.
Hay un hueco de ascensor (vacío) y una cinta transportadora atascada procedente de abajo, sucia de carbón pulverizado.
Ve tres interruptores pintados de rojo a un lado de una escalera que desciende hacia la oscuridad.
Sin grandes esperanzas, Jack tira de uno de ellos.
Se encienden las luces, en su mayor parte tenues y vacilantes.
Tira de otro y la cinta transportadora cobra vida de mala gana con un chirrido.
Suena como algo que lanza un grito de sufrimiento, y Jack se apresura a devolver el interruptor a su posición original, con lo que la cinta se detiene.
Prueba el tercero y una luz blanca ilumina el hueco del ascensor.
No tarda en aparecer el montacargas, con espacio suficiente para cinco o seis hombres.
Al fondo, en un rincón, hay unas cuantas latas que en otro tiempo contenían un refresco llamado Nozz-A-La y una pequeña pila de basura.
A Jack su vida se le antoja frágil y minúscula en esta sala de maquinaria brobdingnagiana, y no tiene la menor intención de confiársela a ese montacargas.
Apoya el hacha contra un tabique de tablones y baja por la escalera.
Al pie, una voz femenina anuncia no en inglés, sino en la lengua: «Trabajador, en este nivel el casco es obligatorio».
Jack retrocede y mira a su alrededor hasta que se da cuenta de que es una grabación.
Allí hay lavadoras gigantes y media docena de objetos circulares veteados de óxido que parecen platillos volantes.
Jack supone que quizá sean centrifugadoras, pero no lo sabe con certeza.
De debajo de una de estas máquinas asoma un par de botines rojos.
Uno de ellos tiene el costado rajado. Se agacha a echar una visteada y, en efecto, es la chica de cantina.
Tiene los ojos abiertos. Lo ve y contrae el labio superior en un gruñido aletargado.
¿Está soñando con él? ¿Soñando con su vida a la luz del día?
Retrocede y, sintiéndose observado, mira alrededor de la sala abovedada en penumbra.
¿Cuántos más hay aquí? Encuentra solo a tres, y el último, tendido bajo otra cinta transportadora, es su viejo amigo Dale Gilbertson.
Jack se asegura de que lleva los puños de la camisa remetidos bajo los guantes y, a tirones, saca a Dale de su escondrijo.
Dale, con el rostro pálido manchado de polvo de carbón e hilos de telaraña, fija la mirada en él.
Levanta las dos manos en un movimiento similar a un zarpazo a cámara lenta.
Jack se acuerda del policía que le pidió —le suplicó, de hecho— que lo ayudara a atrapar a Charles Burnside, alias el Pescador.
Se acuerda de cuando jugaban a lanzarse la pelota a tres bandas en un jardín de Hemingford Home: él se la pasaba a Dale, Dale se la lanzaba a su hijo David y David se la devolvía a él.
Sarah, en vaqueros y blusa sin mangas, con los brazos en alto, bailaba sola en el patio al ritmo de la música de Hall no le atrae la perspectiva de quedarse atascado entre dos plantas con un cadáver semivivo.
Pulsa el botón con el rótulo espacio-1 y sale de un salto antes de que las puertas se cierren.
Sube por la escalera y está ya esperando cuando el montacargas se detiene con un ruido sordo.
Cae polvo, dorado a la luz de una claraboya.
Jack aguarda a que se pose y después tira de Dale para sacarlo.
El antiguo sheriff del condado de Hemingford, en Nebraska, realiza aún esos débiles gestos comparables a zarpazos.
Contrae los labios para enseñar sus dientes de wympi , nuevos y mejorados.
— Jaaa-aaack.