Capítulo 10
Despojada del vos y del vuestro y de alguna que otra incursión en la lengua manni, la historia que Anda y Jeryman cuentan a Jack es bastante sencilla.
Dos jóvenes llegados del lado de Estados Unidos entraron en Riven montados en una máquina llamada jippa o tal vez joppa .
En cualquier caso, una especie de carro de combate.
Hay muchos vehículos de esas características en el arsenal, dice Anda, y un dela de armas.
—De los Antiguos —aclara Jeryman—. ¿Os constan los Antiguos?
—Me constan muy bien —responde Jack, que es una de esas mentiras que uno dice no por engañar, sino por hacer avanzar la conversación. A ninguna persona viva en la actualidad le constan los Antiguos: ni lo que son, ni cuál es su procedencia, ni por qué se esfumaron de Mundo Medio.
Jack no dispone de una descripción de Tara Lynne Speckhoffer, pero la que Jeryman ofrece del joven que la acompaña concuerda con la de Roy Kinneston.
En la parte de atrás del jippa , atado y amordazado, iba el amigo de Jack, Dale.
Circularon por la calle principal de Riven, arriba y abajo, varias veces antes de que se pusiera el sol, explica Anda; se reían y gritaban y se lo pasaban en grande.
Cuenta a Jack que los mannis se escondieron, porque entendieron que los dos jóvenes habían sido infestados por los demonios an passat.
—No sé qué significa eso —dice Jack. Se sirve otra taza de la jarra, que, como la bandeja de popkins, parece siempre llena.
—El lugar intermedio —aclara ella a la vez que alza y separa sus manos temblorosas—. Vuestro mundo de Estados Unidos…, ahí…; el nuestro, aquí. Entre ambos se encuentra an passat.
—¿El espacio del exotránsito?
Ellos niegan con la cabeza. Es algo distinto.
Para no enredarse en las farragosas cuestiones de la metafísica interdimensional, Jack les pide que sigan adelante. No ha olvidado sus pérdidas, ni mucho menos, pero ahora ya no hay nada que hacer al respecto salvo restañar las heridas. Si es que puede.
—Volaron edificios —dice Jeryman—. ¿Por qué? Por destruirlos. Por verlos arder. Como si fueran la encarnación de Discordia, una maldad ciega como una mala tormenta. Y, como hacemos con una mala tormenta, la única solución es refugiarse y esperar a que pase.
Eso indigna a Jack. No, más aún: lo enfurece.
Los mannis, amedrentados, permanecían escondidos tras las puertas cerradas mientras Kinneston y Speckhoffer, como vándalos, recorrían la calle principal arriba y abajo en su carro de combate de Mad Max , disparaban con su poderosa nueva arma (o armas) y volaban edificios.
Y, durante todo ese tiempo, Dale iba atado y amordazado en la parte de atrás del puto jippa.
Anda se inclina y vuelve a tocarlo, lo que le provoca nuevas descargas, pasajeras pero profundas.
—Vos no comprendéis, pero comprenderéis.
Después de cruzar el pueblo cinco o seis veces, los adolescentes tiraron a Dale a la calle, con lo que posiblemente sufrió varias fracturas, pero siguió vivo.
Para entonces ya se había puesto el sol.
Por lo que Jack deduce, eso ocurrió mientras Pay y Mary estaban en Pernil, y él —quizá—, en Lincoln.
Por lo visto, en este pueblo de avanzada pequeño y polvoriento habitan dos poblaciones.
Los mannis viven de día. De noche, los wympis salen de las minas abandonadas y pululan por las calles en busca de alguna presa.
—Las ovejas han desaparecido —explica Jeryman—. También los burros y los otros animales de granja. Las aves, aparte de los plunjas, han aprendido a mantenerse a distancia. Vuestro caballo estará a salvo en los establos, donde Paul y Andan montan guardia.
—¿Qué le pasó a Dale?
— Ellos vinieron —contesta Jeryman—. Los wympis . Él yacía en la calle, atado. Una presa fácil. Se habrían dado un festín, lo habrían descuartizado, pero la venatrix…, su jefa, ¿os consta?…, no lo habría consentido.
—De eso no estoy segura —añade Anda—, pero creo que la venatrix recibía órdenes de los demonios con apariencia humana.
—Kinneston y Speckhoffer.
—Puede que se llamaran así en el lado de Estados Unidos, pero aquí no son ellos —explica Anda—. En su cuerpo solo moran demonios. Se oscuraron . Se tintaron . Los humas que antes eran han sido casine vel… , vaciados.
—¿Lo convirtieron en vampiro? ¿Lo convirtieron en uno de los suyos?
Madre e hijo cruzan una mirada. Jack no necesita más respuesta que eso.
2
Unas horas más tarde, Jack, de pie ante el gran ventanal delantero del Centra, con las manos entrelazadas a la espalda tan fuertemente que le duelen, observa cómo se llena de no-muertos la calle principal de Riven.
En su mayoría son hombres, y de estos en su mayoría son mineros, vestidos aún con los petos andrajosos y los cascos grises achatados de minero, provistos algunos con candeleros con la vela apagada o lámparas frontales a pilas, también apagadas.
Unos cuantos parecen granjeros o arrieros, parte de ellos vestidos aún con los restos de chalecos, chaparreras y botas.
Hay unas cuantas mujeres con tirabuzones de cabello muerto en torno a un rostro blanco como el yeso.
Casi todas son esposas de rancheros o granjeros, pero Jack ve a una mujer rubia con el pecho descubierto que viste los vestigios de una falda de lentejuelas; tal vez fuera en su día una chica de cantina que servía copas a quien pasara por ser la alta sociedad en ese pueblo minero de mala muerte.
O, supone, una mujer de mala vida en el burdel del lugar.
A Jack le fascina su calzado: unos botines rojos que en otro tiempo tal vez fueran coquetos, o vistosos, o incluso sexis, pero ahora están mugrientos y rotos. A un lado asoma un pulgar pálido.
Deambulan como los zombis de una película de George Romero que vio en una cinta VHS en su adolescencia.
Lo miran a través de la ventana, le gruñen, tienden las manos hacia él y las mueven como garras; luego siguen adelante.
El Centra no está a su alcance, según parece, lo mismo que el establo y los otros edificios donde moran los mannis.
Jack se forma una vaga idea de lo que Anda y Jeryman llaman «el fuerte» e incluso medio comprende por qué los mannis no se limitan a eliminar a los wympis como el pus de un forúnculo infectado, pero para él es un misterio por qué continúan aquí.
Permanece ahí durante casi una hora con la esperanza (y el temor) de ver a Dale.
Al final, su paciencia se ve recompensada.
Dale sale del interior negro de la planta de procesamiento de carbón y avanza bajo la luz plateada de la luna.
Viste su uniforme marrón y un sombrero vaquero modificado con la placa del condado de Hemingford.
Lleva el micrófono prendido del bolsillo del pecho, que en este mundo no le serviría de nada.
La cartuchera ciñe su cintura. La funda está vacía.
La pistola que antes contenía se ha sumado a la creciente colección de armas de fuego de Kinneston y Speckhoffer.
Dale había sido un hombre inteligente con muy diversos intereses, una persona que tenía en sus estantes libros tanto de Dave Barry como de Lev Tolstói.
Un buen policía capaz de actuar con dureza o con humanidad según las circunstancias.
Todo eso ha desaparecido. Lo ha sustituido una especie de perplejidad insípida que a Jack le resulta doloroso contemplar. Es como si hubieran borrado su inteligencia , piensa Jack, y de pronto, con creciente horror, cae en la cuenta de que es justo lo que ha ocurrido.
Dale, arrastrando los pies, pasa por delante del Come Ye Saloon y de la Mercantil de Riven, abandonada.
El Centra está después de la Mercantil, y Jack, sin poder contenerse, golpetea el cristal ondulado de la ventana.
Dale vuelve la cabeza en el acto y, por un momento, Jack ve a su viejo amigo: el marido de Sarah, el padre de David.
Jack hace ademán de saludarlo con la mano, pero se queda inmóvil al ver que Dale contrae el labio superior en un gruñido y enseña los dientes, que ya empiezan a crecer.
Dale se lleva la mano a la garganta y, todavía gruñendo a Jack, se abre en la carne con las uñas dos surcos sin sangre. Luego sigue adelante.
Una mano se posa en el hombro de Jack, y él apenas puede contener un grito. Es Anda.
—Venid y preservad vuestra serenidad, Jack de Estados Unidos.
—Para eso ya es tarde —dice.
—Venid a acostaros. Mañana tenéis un trabajo pendiente. Siempre y cuando, claro, estéis dispuesto a hacerlo.
—¿Dale?
—Decís verdad.
3
Le han preparado una habitación en la planta superior, y, aunque la cama parece cómoda, no cree que vaya a dormir mucho.
Prevé que lo asalten visiones del ojo fijo de Pay, y de Dale con su uniforme marrón…
y su sombrero de jefe de policía, eso sobre todo.
Por alguna razón, es un detalle que da un carácter real e innegable a la terrible desgracia que le ha ocurrido a su viejo amigo.
Ese sombrero con la insignia delante, que luce el gran sello del estado de Nebraska.
Debajo, un rostro blanco exangüe. La mirada rebosante de odio al ver a Jack tras el ventanal…
y reconocerlo. Pero, cuando Jack se queda en calzoncillos y apoya la cabeza en la almohada (una almohada muy muy mullida), sucumbe al sueño. Si sueña con algo, no lo recuerda.
Lo cual es una bendición.
4
A la mañana siguiente, los wompis (o wympis , o vampiros; muchos nombres para la misma cosa) han desaparecido.
Se reanuda el escaso tráfico de mannis en la calle del pueblo.
Unas cuantas carretas tiradas por burros (que de noche, cabe suponer, guardan a salvo en los establos) se dirigen hacia el norte, cargadas con objetos artesanales labrados a mano que vender o trocar en las Baronías Septentrionales.
Jack se entera de eso por Paul y Andan, los jóvenes.
Al parecer, hay una parada de tranvía en funcionamiento a unas cuarenta ruedas en esa dirección, lo que permite un limitado comercio.