Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

—Cuando volváis de vuestro viaje, lo encontraréis bien atendido. Aquí está el Centra, donde debemos garlar.

El Centra fue en otro tiempo un edificio municipal de algún tipo, tal vez incluso el ayuntamiento.

Se han eliminado los tabiques de los despachos, con lo que queda una amplia sala donde varios hombres y mujeres, sentados junto a las paredes, realizan labores de costura.

Otros parecen fabricar muebles, y asalta a Jack una momentánea y jocosa idea propia del lado de Estados Unidos: Ikea.

En medio de la sala hay una especie de círculo para la oración, donde las yentes entonan una salmodia con una única voz coral que, a oídos de Jack, suena como un viento solitario en las praderas.

Los pensamientos poéticos como ese no son habituales en él, y lo achaca a las gafas de sol de la anciana.

Ejercen algún efecto en su cabeza. Sea lo que sea, no le importa.

Anda levanta las manos muy alto. Las mangas de la túnica le resbalan hacia abajo y quedan a la vista unos brazos descarnados y trémulos.

No pronuncia una sola palabra, pero los costureros dispuestos en círculo recogen sus cestas y los ebanistas recogen sus herramientas.

Las yentes del círculo de oración —si es que es eso— ponen fin a su meditación con una última palabra.

Salen todos con la cabeza gacha y encapuchados.

Jeryman acerca una silla.

—Sentaos —dice, pero, cuando él y el fósil de su madre se sientan en el suelo, los imita. Anda mueve la cabeza en un gesto de aprobación.

Entran dos mujeres más jóvenes, cuyas túnicas a la altura de las rodillas de un color azul más claro indican que son doncellas.

Una sostiene una bandeja con una jarra de loza y tres tazas; la otra, una bandeja con unos cuantos popkins.

A Jack le gruñe el estómago cuando huele el pan recién hecho.

Jeryman lo oye y despliega una jovial sonrisa, que muestra una dentadura blanca y completa.

Las mujeres se arrodillan e inclinan la cabeza. Anda sirve de la jarra y distribuye las tazas. Solo tres , piensa Jack. Sabían que los dos jóvenes no iban a participar en la garla. Ella sí lo sabía, porque es la exotrans-dinh, la jefa de este clan.

La bebida es dulce y mucho más saciante que la carne enlatada, una especie de fiambre en conserva que ha comido en el almuerzo. Los popkins son aún mejores, algo similar al jamón picado con especias. Coge un segundo y, después —disculpándose—, un tercero. Anda y Jeryman beben, pero no comen.

—¿Qué sabéis de mi amigo? Se llama…

—Vamos camino de conocer su nombre —lo interrumpe la anciana con toda tranquilidad—.

Tal como sabemos el tuyo, Jack de Estados Unidos, y el de Payman, el amigo que enterrasteis en la antigua estación.

—Se quita las gafas y deja a la vista unos ojos que en otro tiempo tal vez fueran azules y ahora son de un gris deslavazado.

¿O es eso una película de cataratas? Jack no alcanza a distinguirlo—.

De momento, llenad vuestro vientre. Os quedaréis aquí con nosotros esta noche y mañana seguiréis adelante.

—A continuación, esta vez para sorpresa de Jack (más aún, para asombro suyo), empieza a cantar con una voz vibrante y aguda—: Viajero Jack, viejo Viajero Jack, tiene que recorrer un largo camino y otro aún má largo para regresá.

El viejo Viajero Jack apura su taza y se siente alerta y vivo como no se sentía desde hacía mucho tiempo.

Quizá años. Sin duda desde la muerte de Sophie.

Se quita las gafas de sol que la mujer le ha regalado —sabe que puede quedárselas— y ellos siguen ahí , henchidos de una claridad tan nítida que es casi divina.

Coge un cuarto popkin y ve (sin sorprenderse) que en la bandeja hay tantos como cuando las jóvenes los han traído.

—¿Os basta con eso? —pregunta Jeryman.

—Sí, y os digo gracias.

—Que os quedéis satisfecho, que os sea de provecho, que os dé fuerzas, que vuestro camino sea largo —dicen Anda y Jeryman al unísono.

Esa Jack la conoce y sabe cómo completarla, y no es con un «amén».

—Ka —dice mientras hace la señal del arcoíris. Ellos la hacen también. Se inclina hacia delante y pregunta—: ¿Ha muerto mi amigo? Decídmelo, os lo ruego.

Madre e hijo cruzan una mirada.

—No —contesta Jeryman.

—Sí —dice su madre.

Vuelven a mirarse y luego a Jack; hablan por tercera vez al unísono:

—Lo uno y lo otro.

Jack no quiere entenderlo, pero cree que de todos modos sí lo entiende.

—No —dice. No encuentra nada más que decir, así que lo repite.

—En los clanes, tenemos un dicho, Jack —dice Jeryman—: «Una amistad que se abre con amor debe cerrarse con amor».

Anda cierra la mano sobre la de Jack, y él siente una especie de descarga —pasajera pero profunda— que lo recorre de la cabeza a los pies.

—El verdadero amor nacido de la verdadera amistad termina siempre con dolor. Así fue, así ha sido, así será siempre. El dolor que tú sufras lo liberará, pero la decisión de actuar recae en ti: dela can-ko-dela. — Así ha sido por los siglos de los siglos.

—¿Es él un…?

—Sí —contesta Jeryman—. Wympi.

Dicen que su viejo amigo Dale es un vampiro.