Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

O sea, la geografía solo cuenta cuando yo quiero que cuen te , piensa mientras se balancea sobre el ancho lomo de Golden Boy. Illinois, Nebraska…, da igual. Lo sabías desde el principio, o no…

Golden Boy se detiene y Jack, a punto de caerse, se agarra a las crines del caballo en el último momento.

Golden Boy lanza un relincho de desaprobación por el tirón de pelo, sacude la cabeza y se queda inmóvil.

Se encuentran sobre una elevación del terreno.

Unos antiguos cables que tal vez en otro tiempo conducían la electricidad (por lo que Jack ve, bien podrían conducirla aún) descienden hacia un pequeño pueblo polvoriento. El heliógrafo más cercano está roto.

Bienvenidos a Riven , piensa.

El camino de tierra se convierte en asfalto erosionado cuando se aproximan al pueblo.

En unos carteles inclinados, pero todavía legibles, se lee: comida bebida alojamiento.

Se acercan a él cuatro figuras envueltas en túnicas de color azul oscuro.

Van encapuchadas. Jack supone que caminan, pero, en apariencia, avanzan un poco más deprisa de lo que cabría pensar por el movimiento de sus pies.

Es como si en realidad flotaran…, y tal vez sea así.

Jack ha visto antes esas figuras envueltas en túnicas.

Una docena de ellas acudieron al funeral de Sophie y observaron en silencio mientras Jack, en el cementerio de Largos Vientos, permanecía en estado de meditación ante el cuerpo envuelto en blanco.

—Mannis —dice mientras acaricia el cuello de Golden Boy—. Son mejores que los wompis. O al menos eso espero.

7

Cuando las figuras envueltas en túnicas se acercan, su velocidad y el movimiento de sus pies se sincronizan. Sería tentador creer que caminan, pero Jack no lo cree.

Desmonta. Golden Boy se aparta a un lado de la carretera para hurgar con el hocico entre las matas de hierba, la maleza y las flores silvestres que crecen allí. Cuando los mannis llegan, Jack se lleva el puño a la frente y saluda con una media reverencia.

—Salve, mannis de Riven. Largos días y gratas noches.

Dos de ellos son hombres jóvenes y van afeitados, de lo que se desprende que no están casados. El tercero, un hombre ya entrado en años, lleva barba. El cuarto es una mujer no solo mayor, sino anciana. Se aproxima a Jack y se echa atrás la capucha.

—Salve, Jack de Estados Unidos, y que veáis el doble.

A Jack le sorprende que conozcan su nombre, pero no demasiado ; los mannis son videntes, místicos que supuestamente pueden viajar a otros mundos sin perderse en el caos oscuro conocido como espacio del exotránsito.

Jack no da crédito a todas las leyendas que ha oído sobre los mannis, pero tampoco deja de creérselas.

—Sabéis más de mí que yo de vos, sai.

—Me llamo Anda. —Señala con la mano, un poco temblorosa, al hombre de la barba—. Este es mi hijo, Jeryman. Mis nietos, Paul y Andan. Somos del clan Dipa de Riven, que os sea de provecho.

—Con eso me basta —responde Jack—. Encantado de conoceros. —Hace ademán de tender la mano, pero la retira al recordar que los mannis no dan apretones.

Anda se quita las gafas de sol y se las ofrece.

—Cógelas. Para la cabeza.

Jack ni siquiera era muy consciente hasta ahora de que le dolía la cabeza como consecuencia del incesante resplandor del sol sobre el duro páramo arcilloso.

—Gracias, pero no. Son vuestras.

La mujer sigue ofreciéndoselas, y Jack las acepta y se las pone. Por un momento le parece ver con mayor nitidez a los miembros del clan Dipa, como si estuvieran más presentes. Piensa: No hay mala intención en estas buenas yentes, solo paz. Calma.

Golden Boy se acerca a los jóvenes. Estos le hablan en susurros y Golden Boy se arrodilla como un caballo de circo.

—Sois buen chico —dice Paul a Golden Boy.

—Os portáis bien —añade su hermano, que acaricia las orejas del palomino.

La anciana tiende la mano a Jeryman, quien saca otras gafas de sol de algún lugar dentro de su túnica, en la cual —como Jack sabe— hay numerosos bolsillos que contienen numerosos objetos, algunos sagrados.

—Venís por vuestro amigo —dice Anda a la vez que se pone las otras gafas.

Jack no le pregunta cómo lo sabe. Con las gafas de sol puestas, solo sabe que ella lo sabe. Y el dolor de cabeza ha desaparecido.

—¿Está él aquí?

—Venís a ver la Garganta. Lo que el hombre a quien servís llama el Gran Desfiladero. —Como sin darle mucha importancia, añade—: Está criando el gusano, ese hombre.

—Me interesa mucho más Dale. Mi amigo. ¿Está aquí? ¿Está vivo?

—Lástima —dice Paul, y su hermano Andan, a quien sin duda han puesto ese nombre en honor de su abuela, repite lo mismo.

Golden Boy se levanta y se sitúa entre los jóvenes, a gusto con sus caricias.

—¿Qué quiere decir eso de lástima?

—Acompañadnos —dice Jeryman—. Partiremos el pan y disfrutaremos de nuestra mutua compañía. Os esperábamos y tenemos mucho que contaros.

8

En las afueras de Riven hay una planta de procesamiento de carbón, inactiva desde hace tiempo, con un bosque de chimeneas y un gran número de carretas antiguas en estado ruinoso aparcadas delante.

En la parte de atrás de una de las carretas, se ven los restos disecados de dos o quizá tres burros.

Trozos polvorientos de carbón cubren la cinta transportadora que entra en el recinto, corroída por el óxido.

Las minas que pudiera haber en la zona se han abandonado.

En el extremo de la calle principal, varios edificios han ardido hasta los cimientos y uno de ellos todavía humea. El aire huele a quemado.

Kinneston y Speckhoffer han estado aquí , piensa Jack.

Por lo demás, el pueblo se parece a otras muchas de las paradas de tranvía que Jack ha visto en sus viajes a Dezi, Mejis y Debaria: desangrado, jodido, exhausto.

Riven —o lo que queda de él— ahora es un enclave manni.

Ve a diez o doce de ellos ocuparse de sus diversos recados en la calle principal, dos en carretas tiradas por burros, y recuerda que alguien —no Sophie— le dijo que los mannis casi nunca montan en animales.

Porque los humas son animales ellos mismos, y que un animal monte a otro animal equivale a cometer un pecado de orgullo, lo que precede a la caída, siempre y hasta el fin de los tiempos.

En señal de respeto, Jack tira de Golden Boy. Presta especial atención a los pies de los cuatro mannis, pero no flotan, sencillamente caminan. Al menos de momento , piensa.

Hay tiendas con fachada falsa, pero solo dos parecen abiertas. Una, en la esquina de la calle principal con la calle Árbol (no hay un solo árbol a la vista), es un establo. Paul y Andan llevan a Golden Boy allí sin mediar palabra, y el animal los acompaña sin protestar ni volver la vista atrás.

—Creo que ese caballo nunca volverá a ser mío —dice Jack.

Aunque el comentario pretendía ser humorístico, Jeryman lo mira con expresión seria y responde: