Capítulo 9 #2
Quiere ver en qué dirección se han ido los asesinos de Pay.
Baja a la carretera de Pernil-Riven, seguido aún por Golden Boy, y apoya una rodilla en tierra.
No le hace falta ser un rastreador nativo americano para ver que las huellas del quad se dirigen hacia Pernil.
Quienquiera que condujese, probablemente Kinneston, ha pisado el acelerador a fondo para levantar tierra a la manera tradicional del macarra adolescente.
Había muchos caballos bajo el capó y bastaba con hacerlos correr, ¿a que sí, Roy?
Se dispone a regresar al cobertizo del tren cuando advierte un destello entre los hierbajos cercanos a la carretera.
Recoge un recipiente de cristal bajo y ancho con forma de reloj de arena, pero este no contenía Coca-Cola.
Cuando se lo acerca a la nariz, huele a cerveza.
Comprada o robada en el lado de Estados Unidos, a menos que haya un 7-Eleven en Riven.
Un poco más allá, descubre un jirón de celofán.
Algunas cosas no cambian después de cruzar, y esta parece una de ellas.
En el envoltorio desechado se lee una palabra en inglés: Ritz.
Jack lo olfatea y sabe de inmediato qué había dentro, porque ha comido no pocas galletas de mantequilla de cacahuete compradas en pequeños supermercados.
Recuerda a Pay diciendo que todo sabía mejor cuando lo ponías en una Ritz.
Esos dos han venido aquí —no sé cómo— y han disparado contra la Estación. ¿Por qué? ¿Al ver a Pay? ¿Han pensado que era la bofia?
Jack no cree ni por un momento que haya sido así.
Piensa que sencillamente pretendían armar jaleo, volar cualquier cosa que les llamara la atención.
Y después… ¿qué? ¿Les han llamado la atención los gritos de dolor de Pay?
¿Han visto a Golden Boy alejarse al galope del establo en llamas?
Sea como sea, han subido por el desvío con su vehículo, han visto a Pay quemado y moribundo, han cogido la pistola de Jack y han seguido su camino tan campantes.
Quiera Dios que el alguacil Destry esté preparado para recibirlos, porque, sea cual sea su vehículo, no tardarán en llegar allí.
A ese respecto nada puede hacer. Tampoco por Pay.
Lo más probable es que Dale haya muerto, pues esos salvajes no toman prisioneros, pero, mientras no aparezca el cadáver, hay esperanza.
Jack regresa al cobertizo. Esparce grano para Golden Boy y saca más agua de la bomba del establo, que aún funciona.
Se plantea amarrar al caballo, pero, pensando en cómo lo sigue Golden Boy de aquí para allá, lo descarta.
Extiende más bolsas de mano, se tumba sobre ese fino colchón y se cubre el rostro con el sombrero.
Ve el único ojo de Pay Orville fijo en él. Susurra:
—Pensaba que no pasaría nada. De verdad lo pensaba.
Jack se duerme.
4
Cuando despierta, pasa ya del mediodía. Se dice que es demasiado tarde para proseguir su viaje, pero sabe que eso son gilipolleces; podría recorrer unos kilómetros antes de anochecer y, cuando se ponga el sol, brillará la luna. No obstante, sin arma, cualquier cosa
( wompis )
podría ir a por él o a por Golden Boy. Y ni siquiera esa es la verdadera razón por la que decide pasar la noche en el cobertizo del tren. Lo que en realidad teme es encontrarse, en algún lugar de la carretera de
( ruina )
Riven, al caer la noche, el cadáver de su viejo amigo de Coulee Country entre la maleza a un lado del camino, un desecho más en el rastro de basura de los adolescentes asesinos, como el envoltorio de galletas Ritz.
Tan poco tiempo después de lo de Pay, eso sería difícil de asimilar, sufrimiento por partida doble.
Pero trabajó en la policía mucho tiempo y ahí desarrolló un crudo sentido práctico: lo que le ha ocurrido a Dale, sea lo que sea, ya le ha ocurrido.
Enciende una pequeña hoguera y, valiéndose del destornillador, agujerea un par de latas.
Una contiene rodajas de pomelo; la otra, alubias.
Como no le apetece revolver entre los restos de la Estación en busca de un cazo, deja la lata de alubias entre las brasas cuando el fuego se reduce a rescoldos.
Sorbe las rodajas de pomelo a modo de aperitivo mientras espera a que se caliente el plato principal.
Golden Boy se acerca con su chacoloteo y olfatea las alubias.
—Podrían sentarte mal, aunque la verdad es que no lo sé —dice Jack. Pero, como Golden Boy es lo único que le queda (el «socio» de Jack, lo llamaría Zane Grey), le da un puñado, que el palomino devora—. No más. No vayas a empezar a echarte pedos. Ve a por la avena que te he esparcido.
Como si lo entendiera (y quién dice que no lo entiende), Golden Boy sale del cobertizo. De pie en el extremo abierto, Jack lo observa comer con fruición en el crepúsculo. Cuando el caballo termina, regresa al cobertizo y dirige una mirada a Jack: ¿Y ahora qué?
—Me acuesto otra vez —dice Jack—. Han sido unos días de mucho estrés. Tú monta guardia, ¿vale?
Golden Boy se va al extremo del cobertizo como dispuesto a hacer precisamente eso. De pronto levanta la cola y suelta su carga de boñigas.
—Ya lo pillo, colega —dice Jack, que se cubre el rostro con el sombrero. Al cabo de un rato se queda dormido.
5
En su sueño, Payton se acerca a él mirándolo con su único ojo en la cara abrasada.
Dijiste que no pasaría nada, reprocha a Jack.
Lo prometiste. Jack trata de explicarle que, en Mundo Medio, las promesas no tienen ningún valor, pero de su boca sale solo un gemido inarticulado.
Pay sonríe y sus labios ennegrecidos, al contraerse, dejan a la vista unos dientes ahora largos y afilados.
Da igual, ahora soy un wompi, dice. Te chuparé la sangre, Jack, y entonces también tú serás un wompi.
Despierta en lo más negro de la madrugada, tiritando de frío.
Golden Boy duerme con la cabeza apoyada en uno de los vagones vacíos del pequeño tren.
Jack aviva la hoguera con trozos de madera de la estación volada y espera a que amanezca.
En algún punto, Sophie aparece y se sienta detrás de él, sin dejarse ver.
Le asegura que todo saldrá bien. Le dice que es posible que Dale aún viva, pero él percibe en su voz que no lo cree.
Aun así, su presencia le resulta reconfortante.
Aparta de su cabeza la idea de que unos wompis avanzan furtivamente hacia el expolizonte desarmado.
Rostros blancos, dientes largos, ojos enrojecidos.
Al fin se duerme otra vez.
6
Al día siguiente, hace calor y no hay ni una sombra.
Golden Boy avanza lentamente por la carretera de Riven.
Jack monta a pelo, sujeto con las manos a las crines rubias del palomino, quemado y aturdido por el sol.
De vez en cuando, ya cerca del último pueblo antes de las Tierras Arrasadas, ven casas de labranza abandonadas.
Algunas las han volado, y los restos de un viejo silo todavía humean como un cigarro gigante. Kinneston y Speckhoffer , piensa Jack.
Le viene otra vez a la cabeza que, en el lado de Estados Unidos, este paisaje yermo —todavía Ellis-Breaks, supone— podría haber sido Springfield, en Illinois, cuando él era niño, y ser ahora el condado de Elm, en Nebraska.
No es que la geografía de Mundo Medio fluctúe (aunque, según cuentan, antes sí era así); es él.
Sophie y él llegaron a Dezi hace años, quince como mínimo, y, aunque la localidad se encuentra en la costa de Mundo Medio, no está en la costa del lado de Estados Unidos.
En el lado de Estados Unidos, en el supuesto de que la geografía se corresponda (probablemente no es así), Dezi se hallaría en algún lugar de Iowa, más o menos tan lejos de cualquiera de las costas como es posible.
Eso lo dice todo sobre el equilibrio geográfico.
Nunca pensaba mucho en eso; conseguía lo que necesitaba para tener contento al GJ y tenía a su mujer, y con eso le bastaba.
Tras la muerte de Sophie, empezó a ir en tranvía a Pernil, y siempre se bajaba antes del propio pueblo porque no quería ver a nadie. Su pequeño espacio allí —el caserón de un rancho abandonado hacía mucho tiempo— era su escala previa al salto a Hemingford Home, en Nebraska.
—Soy yo —dice casi adormecido a Golden Boy mientras avanzan—. Siempre he sido yo. Puedo ir a donde quiera si veo .
En French Landing —antes de Sophie, antes del caníbal conocido como el Pescador—, Jack y Dale Gilbertson se hicieron buenos amigos, unidos al principio (como era natural) por su trabajo común en las fuerzas del orden.
Dale animó a Jack a contarle anécdotas de sus tiempos como detective en una gran ciudad; Jack pidió a Dale que le hablara de la labor de un policía en las orillas del Mississippi.
Dale contó a Jack que tenía previsto jubilarse anticipadamente y trasladarse al pueblo de su tío en Nebraska.
«Para mí se acabó el trabajo de poli —decía Dale, dichosamente ajeno al hecho de que su ka lo seguiría como una sombra (porque eso es el ka, claro)—.
Se acabó poner fin a los altercados en el Taproom; se acabó limpiar la sangre y las tripas después de los accidentes del sábado por la noche en la carretera 35».
Enseñó a Jack fotos de la casa de su tío en la calle Willoughby.
Fotos del pueblo, que a Jack se le antojó como volver a una comedia romántica de los años sesenta, sin más viandantes en las calles que personas blancas felices.
Fotos del quiosco-librería que tenía la esperanza de comprar.
Y una imagen que suscitó en Jack una extraña fascinación, la de un establo en ruinas cerca de la I-80 con un eslogan del tabaco de mascar Mail Pouch en la única fachada que permanecía en pie.
Era ese establo en el que Jack se concentraba cuando quería visitar a su viejo amigo y a la vez cumplir un encargo de Youngblood.