Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

No ha dormido y tiene la sensación de que nunca volverá a dormir.

Si lo intenta, verá ese único ojo fijo en él desde el rostro maltrecho de Pay.

Fue policía y ha visto antes despojos humanos, muchas veces, pero había aprendido a valorar —y a apreciar— al hombre más bien tímido que asomaba tras las frases ocurrentes y la payasada de la flecha en la cabeza. Ese hombre tenía buen corazón.

Hay preguntas pendientes para otro momento.

Una: por Dios (o por Jason, si se prefiere), cómo han llegado aquí Kinneston y Speckhoffer…

, y tiene la certeza de que han sido ellos.

Otra: qué han usado para volar la Estación y el establo.

¿Ha sido la versión de los Territorios de los lanzacohetes de hombro?

Jack no duda de que esos artefactos existen entre los vestigios del Pueblo Antiguo.

Pero que un zumbado como Kinneston disponga de un arma así da miedo.

Incluso se pregunta cómo es posible que, si la geografía estadounidense y la geografía de Mundo Medio concuerdan aproximadamente, él pueda saltar a Nebraska en su vida adulta cuando, de niño, Ellis-Breaks se correspondía, en el lado de Estados Unidos, con Springfield, en el estado de Illinois.

Aunque imagina que ya conoce la respuesta a eso.

Ahora todo eso da igual. Como decía su madre, tiene otros fuegos que apagar.

Para empezar, está en medio de la nada y debe suponer que la carreta y las provisiones han ardido junto con el establo.

Más importante aún, debe hacer algo con Pay.

Grandes aves, buitres de los Territorios conocidos como plunjas, han empezado a sobrevolar en círculos en el cielo, cada vez más claro.

No obstante, si quiere sobrevivir, primero tiene que hacer otra cosa.

No sobreviviré si esos chicos vuelven.

No le gusta la idea, pero sabe que es cierto.

Kinneston y Speckhoffer disponen de un arma poderosa como mínimo, quizá más.

Él no tiene nada, porque se han llevado la pistola.

Le han robado la pistola. Ante eso, siente no solo dolor por Pay —y preocupación por lo que pueda ser de Mary, allá en Pernil—, sino también el primer asomo de ira. Y lo agradece.

El caballo muerto es Rang. Le sobresale del vientre un trozo de madera chamuscada y yace en un charco de sangre medio coagulada.

Jack cree que es una tabla del establo volado.

Piensa que quizá Pay ha oído acercarse un motor y que, sin duda, ha visto unos faros.

Jack ignora por qué Pay ha dejado salir a los caballos, pero eso ha hecho. Después el establo ha estallado.

Jack desanda el camino hasta el pequeño promontorio en el que ha aterrizado al saltar de regreso desde Taylor City. Allí está Golden Boy, bebiendo del manantial. Jack chasquea la lengua para llamar al gran palomino sin saber qué esperar, pero Golden Boy se acerca, quizá esperando una manzana.

—Ya veremos, grandullón —dice Jack, y acaricia al caballo desde el cuello hasta el ijar.

Descubre unos cuantos arañazos y le arranca una astilla de tamaño considerable del pecho, pero no presenta ninguna otra herida.

Por lo visto, el caballo ha acaparado toda la suerte.

Jack bebe con avidez del arroyo y luego se lava las manos.

No hay otra opción. Las tiene veteadas de hollín y restos ennegrecidos de la piel de Payton Orville.

El caballo lo sigue hasta el cadáver de Pay.

Algunos plunjas se han posado y empezado a picarle la piel expuesta.

Jack corre hacia ellos agitando los brazos y se alejan.

Levanta el cuerpo con la idea de que tal vez Golden Boy lo acarree, pero el palomino, relinchando y girando los ojos, lo rehúye, de modo que Jack carga con Pay hasta el único edificio que sigue en pie, el cobertizo alargado donde está el tren inservible con sus baterías descompuestas.

Jack tiene que detenerse a descansar varias veces, pero no dejará a Pay a merced de esas aves…

ni de otras bestias, si las hay, y casi con toda seguridad las hay.

Encuentra unas cuantas herramientas en uno de los compartimentos de almacenaje herrumbrosos del cobertizo.

Se mete un destornillador en el bolsillo.

No es gran cosa como arma, pero mejor eso que nada.

Ve una pala oxidada. La coge y se apoya en ella un momento con la frente en un brazo y los ojos cerrados.

Ahora está cansado, vaya si lo está. Desea dormir, vaya si lo desea.

Tal vez vea el único ojo de Payton Orville mirarlo por uno o dos minutos, piense Estaba seguro de que no pasaría nada por uno o dos minutos y luego disfrute de ocho horas de plácida inconsciencia.

Quizá incluso diez. Despertaría renovado y capaz de pensar con claridad.

Ha ido en busca de una pala para enterrar a Pay, pero ¿por qué molestarse?

¿Qué diferencia hay entre que se lo coman las aves, los gusanos y los escarabajos?

—El respeto —dice. Golden Boy, mirando desde un extremo del largo cobertizo, aguza las orejas al oír la voz de Jack. Él lo repite—: El respeto.

2

Al menos la tierra de detrás del cobertizo del pequeño tren es blanda, y Jack consigue cavar una tumba aceptable.

En uno de los compartimentos de almacenaje hay unos trozos de lona, endurecida por el paso del tiempo.

Jack envuelve con uno la mitad superior de Pay, y con otro, la mitad inferior: las piernas quemadas y ennegrecidas.

Vuelve a echar la tierra polvorienta a paladas sobre el cadáver, que, con su mortaja improvisada, se parece extrañamente a un taco mexicano.

Luego recita lo que recuerda del salmo 23, que no es mucho.

Termina con «Que mores en la casa de la gloria por siempre».

¿Es así? ¿O ha creado un híbrido entre el salmo y una canción de Bruce Springsteen?

En su extremo cansancio, le da igual, pero no puede echarse a dormir sin antes ir a ver si es posible rescatar algo del establo.

Se aleja del cobertizo del tren y de la tumba reciente, seguido por Golden Boy. Después de unos pasos, se vuelve. Señala la tumba y dice:

—Si ves a san Pedro, Pay, cuéntale aquel de por qué iban las gallinas a la sesión espiritista: para hablar con las yemas del Otro Lado. O pregúntale cuál es su postre preferido. Te dirá que el cabello de ángel.

3

Encuentra unas cuantas bolsas de mano apolilladas al fondo del armario de material del que ha sacado los trozos de lona.

Las lleva al establo en ruinas. Al acercarse, le llega un olor que le recuerda a la panadería Del Plata cuando era niño.

En el supuesto, claro, de que Del Plata (las mejores empanadas del mundo, según su madre) hubiera ardido hasta los cimientos en pleno ciclo de horneado.

Es por el grano, lógicamente. En su mayor parte está carbonizado e inservible, hecho un chicharrón, pero unos cuantos sacos han salido despedidos por la fuerza de la explosión.

Aunque se han roto y abierto, Jack, ahuecando y juntando las manos, recoge la avena y la vierte en una de las bolsas del cobertizo.

Nota una presión a un lado del cuello. Es Golden Boy, que mira por encima de su hombro.

Jack echa una docena de ambuestas de grano en la bolsa y luego la levanta hacia el caballo a modo de morral.

El fondo de la bolsa se desintegra en el acto y el grano se desparrama por el suelo.

— ¡Joder! —exclama—. ¡Joder, joder, joder! —Golden Boy, nervioso, se aparta. Es una de esas situaciones en las que uno solo puede reírse o llorar, así que Jack se ríe. Golden Boy regresa y le dirige una mirada interrogativa. Jack dice—: Adelante. Date un atracón.

El palomino hunde el hocico en el grano antes de que se lo lleve el viento.

Jack le sacude un poco de hollín de las crines; luego regresa a las ruinas del establo para ver si puede rescatar algo más.

La Estación ha sido alcanzada de pleno por lo que sea que Kinneston o Speckhoffer han disparado y está derruida por completo, todavía humeante.

El establo se conserva algo mejor, pero no mucho.

Jack encuentra unas cuantas latas de comida —un misterio, porque las etiquetas se han quemado— y media docena de manzanas asadas.

Encuentra también una maraña de cuero viejo que resulta ser una brida.

La desenreda, se la cuelga en torno al cuello y mete la comida digna de rescatarse en otra bolsa de mano que ha escapado bastante entera de los estragos de las polillas.

De milagro, el fondo resiste. Sale de entre los escombros a zancadas y da a Golden Boy una de las manzanas todavía calientes.

El caballo la acepta con entrañable delicadeza y, por un momento, Jack apoya la frente en su cuello.

Va al desvío que tomaron para llegar a la Estación y ve ahí unas huellas recientes de lo que parece una camioneta o un quad de tamaño considerable.

Se pone en cuclillas. Cuando empieza a erguirse, Golden Boy lo empuja en la parte baja de la espalda y lo hace caer de rodillas. Jack se vuelve y Boy enseña los dientes por un instante. Jack casi juraría que ve sonreír al caballo.

—Ya lo pillo —dice antes de levantarse.

Sí , piensa con la mirada fija en las huellas.

Ha sido un vehículo al estilo de Mad Max .

Pay ha visto las luces del techo y ha salido.

Los caballos también han salido. Tal vez quería alejarse a lomos de uno de ellos, o tal vez se ha olvidado de cerrar las puertas del establo.

Da igual. Esos dos volaron primero la Estación y luego el establo.

No solo eso. Además, se han llevado la pistola de Jack. Kinneston podría haber disparado contra Pay para acabar con su padecimiento y, sin embargo, lo ha dejado sufrir por no malgastar una bala.

Acariciando el cuello de Golden Boy, dice:

—Si atrapo a esos dos, voy a matar a ese capullo. Escucharé la versión de la chica y, si no me la trago, la mataré también a ella.