Capítulo 8 #3
—Estoy seguro de que saldrá de aquí y seguirá su camino mucho antes de eso.
Guía a Jack hacia un terminal de ordenador con una placa de cristal acoplada que Jack reconoce.
La cosa no pinta bien; a decir verdad, pinta de puta pena, pero ¿qué esperaba?
¿Por qué ha tenido que regresar al lado de Estados Unidos nada menos que en un Walmart?
¿Por qué no en la oscuridad de una de esas salas de cine que había tan cerca?
—Le tomaremos las huellas, ¿vale?
—Preferiría que no.
Handler lo mira con una expresión de sorpresa propia de un pueblerino.
—¿Eh? ¿Y eso por qué?
—Sencillamente preferiría que no.
La expresión de sorpresa propia de un pueblerino da paso a una sonrisa lastimera.
—Caramba, eso podría constituir un delito de resistencia a una orden legítima de un agente de la ley. Lo que podría representarle más de setenta y dos horas. Es mejor que colabore, Ben.
Jack suspira y coloca las yemas de los dedos en la placa de cristal.
Esta emite un destello similar al de una antigua fotocopiadora Xerox, y pronto sus huellas dactilares correrán por todas partes, incluido el Departamento de Policía de Los Ángeles.
Allí lo identificarán como John Benjamin Sawyer, un detective retirado que en su día hizo época en la División de Robos y Homicidios.
Y, en cuanto busquen su nombre en Google, se va a liar una buena.
Su relación con Lily Cavanaugh, la antigua Reina de la Serie B, será el menor de sus problemas.
El cruento asunto en French Landing saldrá a la luz, así como su amistad con el desaparecido sheriff del condado, Dale Gilbertson.
Además, el propio Jack suscitará mucho interés, un hombre que resultó herido de bala y se perdió de vista hace más de veinte años.
No es culpable de nada (al menos que él recuerde), pero preferiría mantenerse alejado de la atención pública.
Calcula que no pasará más de una hora hasta que las huellas sean identificadas, posiblemente menos, pero, aun así, quizá consiga obtener parte de la información que lo ha hecho volver.
—Es una pena lo del sheriff desaparecido.
Handler lo mira de soslayo con extrañeza.
—Dice Greg que estaba usted leyendo esa noticia. Eso y lo de la pobre señora McMeel. ¿Alguna razón en particular?
—Simple afición por la crónica negra. Escucho muchos de esos pódcast.
— ¿Adicto al crimen? ¿Mi asesinato preferido? ¿Esas cosas?
—Sí. —Jack no conoce ninguno de los dos. En Dezi no hay pódcast.
—O sea, le van los asesinatos. —Handler pulsa un botón y las huellas dactilares de Jack, delineadas con nitidez en el monitor, salen al mundo—. Bueno, no hay ley que prohíba eso .
—Más bien soy detective de sillón —contesta Jack.
Handler se ríe un poco más — Qué chistoso es usted, Ben— y guía a Jack entre los escritorios hacia el fondo de la comisaría.
—No se sabe nada del sheriff Gilbertson, pues.
—No, es muy raro. Tampoco hay ni rastro del Kia de Rhonda McMeel, lo que me resulta aún más raro.
Lo habrán escondido entre la maleza en algún sitio, eso es lo que yo creo, pero no me explico cómo es posible que no lo hayan encontrado y que a ese par de estúpidos, esos chicos, no los hayan atrapado.
¿Sabe por qué no se halló el cadáver de McMeel en tres días?
Hasta que empezó a, disculpe la expresión, apestar.
—No. ¿Cómo iba a saberlo?
—Por ninguna razón en particular, solo hablo por hablar.
Sí, y un huevo , piensa Jack.
Handler se detiene. Están ya al fondo de la comisaría.
Ahí hay dos calabozos, un cubículo para el encargado de la limpieza y dos puertas con el rótulo privado.
Jack tiene una clara idea de qué hay detrás de esas puertas; ha interrogado a muchos sujetos en salas como esas.
Serán pequeñas, casi claustrofóbicas, con videocámaras orientadas hacia el centro desde los ángulos superiores.
—Bueno, he aquí la primicia. —Handler baja la voz, pese a que no hay nadie cerca—.
McMeel huía de un marido aficionado al uso de los pies y los puños.
Tomó una habitación en ese Motel 6 para una semana, pidió que no la molestaran, dijo que ya se haría ella la cama, que tenía que encerrarse a pensar.
¿Pensar en qué? En abandonar a ese gilipollas, claro, y conste que yo no he dicho eso.
—No, no ha dicho nada —contesta Jack.
Handler le sonríe y le da una palmada en el hombro. Solo dos buenos colegas de charla: Yo le cuento unos secretos y luego usted, Ben, me contará otros, ¿qué le parece?
—En su primera noche allí, telefoneó a mucha gente. Un par de hermanas, una en Colorado y otra en Missouri. Una amiga en Florida.
—Buscaba un sitio más permanente donde instalarse.
—¡Exacto! ¡Exacto! Podría usted hacer mi trabajo, Ben, se le da bien. Debe de ser por todos esos pódcast que escucha. Entremos aquí mismo, ¿vale?
Es la sala de interrogatorio que Jack sospechaba. Austeras paredes de yeso y una cámara cuyo ojo rojo parpadea. Una mesa. Dos sillas. Más amplia que una cabina de teléfono, pero no mucho. Jack se pregunta a cuántas personas habrá hecho pasar un mal rato Handler en esa sala.
—Ahora permítame que le pregunte una cosa. ¿Su interés por el sheriff desaparecido y la mujer asesinada se debe a que…, y no se ría…, a que tiene usted algo que ver con lo que les ha pasado?
—No.
—Siento curiosidad porque tengo delante a un hombre sin identificación, o eso dice, que leía sobre esos casos cuando Greg Cormier lo ha encontrado, y ahora está preguntándome qué sé yo al respecto, que es nada, porque la policía del estado ha asumido el caso.
—Jerry Gaithers.
Handler lo señala y, por un momento, Jack espera que diga: «Ya lo pillo» . En lugar de eso, exclama:
—¡Ha dado en el clavo! Pero no conocerá por casualidad a Ralph McMeel, ¿verdad? ¿No se ofrecería usted a hacerle un trabajito a Ralphie mientras él estaba de viaje en Montana, dando unos retoques finales a su coartada a prueba de bomba?
—No. —El pozo de mierda es cada vez más profundo. Pronto le llegará al cuello.
—¿Le importaría vaciarse los bolsillos, Ben?
—¿Tengo otra opción?
Handler vuelve a reírse; es un hombre muy risueño. A Pay Orville le caería bien.
—Yo me crie entre católicos y creo que siempre hay otra opción.
Al menos le di a Pay la Glock , piensa Jack. Algo es algo.
Saca del bolsillo el fajo de dinero plegado y lo deja en la mesa.
Handler lo coge y separa parte de los vales.
Se ven un tanto cutres. Las imágenes de barcos y de Youngblood aparecen borrosas y descoloridas, y los textos son una especie de cirílico que aquí resulta incomprensible, pero que sería perfectamente legible para él en Mundo Medio.
—¿Qué es esto?
—No estoy muy seguro. Dinero de pega, supongo. Lo encontré en la carretera.
—¿Y lo cogió?
—«Tire la basura en su sitio», como se decía antes en los anuncios de los servicios públicos.
—Un buen ciudadano. ¿No, Ben?
Jack adopta una actitud de oportuna modestia.
—¿En qué carretera fue?
—Lejos de aquí —responde Jack, que cruza los brazos para dejar claro a Handler que ese asunto en particular queda zanjado.
—También tiene aquí una buena cantidad de moneda estadounidense de toda la vida. Como suele decirse, una pasta gansa, señor. Eso no será el pago de Ralph McMeel, ¿eh? Por ocuparse de su conflictiva esposa.
Jack sabe que debe callarse —Handler solo está lanzando la carnada para ver si el pez pica—, pero es incapaz. El trabajo policial chapucero siempre lo ha sacado de quicio.
—Gané ese dinero en el Casino Howana de Wahoo, y sabe usted de sobra que a esa mujer, McMeel, la mataron Kinneston y Speckhoffer. La mataron y le robaron el coche.
Handler lo mira desde su lado de la mesa. Su sonrisa indica: No sé qué se trae entre manos, pero voy a averiguarlo. Empezando por su verdadero nombre.
Jack señala su dinero con el mentón.
—¿Le importa?
—Sírvase. —Y añade—: Al menos mientras pueda.
Jack dobla los billetes y se los guarda de nuevo en el bolsillo de los vaqueros sucios (tirando a mugrientos).
Handler se levanta.
—Voy a por un café. ¿Quiere uno?
Jack mueve la cabeza en un gesto de negación.
—¿Coca-Cola? ¿Sprite? Podría mandar a Paula a buscar una hamburguesa al Skinny Pete’s. Lo noto muy flaco.
—No, gracias.
Handler sale. Cierra la puerta tras él. Jack supone que tardará cinco o diez minutos en volver.
Quizá más. En teoría, este es el momento en que el bueno de Ben pasa un mal rato mientras intenta poner en orden su versión de los hechos y toma conciencia de que no puede.
Jack no tiene intención de poner nada en orden.
Ha venido aquí para obtener información, no para darla.
Se pregunta qué más puede sonsacarle al detective Handler.
Probablemente nada. La visita no ha sido una pérdida de tiempo absoluta, pero no ha conseguido todo lo que esperaba.
Quizá porque no hay nada que conseguir. Dale ha desaparecido.
Kinneston y Speckhoffer han desaparecido.
Como también el coche de Rhonda McMeel. Es casi como si…
De pronto, Jack se yergue en la silla y se lleva las manos a los lados de la cara. Esto no es una simple intuición; es más bien como si le hubiera caído un rayo. Algo va mal en el otro lado. Por un momento oye los relinchos de terror de los caballos junto con un grito de Pay.
¿Wompis? ¿Son los wompis?
Jack se pone en pie. Se acerca al rincón de la sala situado justo debajo de la videocámara para quedar fuera del ángulo de visión. Cierra los ojos.
9
Rolf Handler, uno de los dos detectives del Departamento de Policía de Taylor City, regresa a la sala de interrogatorio número 2 al cabo de doce minutos.
Trae una taza de café malo de comisaría y una bolsa de patatas fritas Utz de la máquina expendedora.
Abre la puerta y se queda inmóvil. Handler habría dicho que ya lo ha visto todo, pero esto es nuevo y se queda atónito. La sala de interrogatorio está vacía.
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