Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Ha aterrizado en un pasillo de menaje en el lado de Estados Unidos, y le basta una ojeada a las etiquetas rojas con el rótulo rebajado de las sartenes y los escurridores de plástico para situarse: está en un Walmart.

El niño que lo ha visto llegar tiene una mata de pelo hasta los hombros, tan negro como las plumas de un cuervo.

Viste una camiseta manchada de comida en la que se lee: el diablillo de mamá.

El pantalón corto, muy caído, deja a la vista lo alto de un pañal.

Tiene los ojos abiertos como platos. Lleva el pulgar de una mano metido hasta lo más hondo de la boca.

Las mejillas se le hinchan y deshinchan.

Por suerte, Jack y el niño están solos, al menos de momento.

—¿Tú quién? —pregunta el niño.

—Nadie en especial —responde Jack, y, antes de que pueda darse la vuelta para marcharse, la madre dobla el recodo al final del pasillo con su carrito de la compra.

—¡ A quí estás! ¡Te quiero otra vez en el carrito ahora mismo !

Lo levanta en volandas y lo encaja en el asiento para niños mientras él sigue chupándose el pulgar.

La madre observa a Jack con sincero recelo, cosa comprensible; él mismo va desgreñado, viste unos vaqueros sucios de polvo del camino y una camiseta de cerveza Kingsland manchada de sudor.

Parece un vagabundo, un abusador sexual de menores, o las dos cosas.

Cuando se vuelve para irse, oye decir al niño, claro como el agua:

—Ese señor es un fanta’ma.

Ciertamente, Jack se siente como un fantasma y tiene la impresión de que todos los empleados de Walmart —chalecos azules, chalecos rojos, distintivos con el texto pregúnteme por nuestras rebajas— lo miran cuando se marcha.

Por lo visto, está en un centro comercial rodeado de hectáreas de aparcamiento.

Hace calor y Walmart parece extenderse hasta el infinito.

Mientras deja atrás la farmacia, el centro de jardinería y la tienda de accesorios para el automóvil, teme que la madre salga a todo correr, seguida de un agente de seguridad de la tienda y vociferando: ¡Ahí está! ¡Es ese!

Eso no ocurre. Pasa por delante de un asador de postín donde no se aceptaría a un hombre vestido como él —con o sin dinero—, de un multicine AMC y de una tienda de ropa de hombre llamada Taylor Made.

Así que está en Taylor City, capital del condado de Elm.

En un extremo del centro comercial hay un Dairy Queen, y aún le queda dinero en efectivo de su aventura en el casino.

Pide un helado de Oreo y menta, y se sienta a una mesa de pícnic a la sombra.

El dulzor es casi inconcebible. Lo engulle bocado a bocado a la vez que disfruta del subidón del azúcar.

En los Territorios no hay nada como eso.

Tras consumir la mitad, lo deja a un lado (de mala gana) y saca el TracFone, que era una caja de madera en el otro lado.

Solo dispone de unos minutos de acceso a internet.

Jack piensa que deberían quedar más, pero, cuando salta de un mundo al otro, el tiempo tiende a comprimirse o expandirse sin orden ni concierto, por lo que Jack ha podido observar.

A falta de tarjeta de crédito para superar el muro de pago, a Jack no le queda más remedio que esperar lo mejor.

Tiene suerte. El Citizen de Taylor City ofrece gratis los cinco primeros artículos.

Siente alivio al leer la columna lateral de la página de inicio: la búsqueda del sheriff del condado de hemingford continúa .

Y el titular de la noticia de cabecera reza: puede que la mujer muerta sea la última víctima de los asesinos adolescentes .

La mujer, Rhonda McMeel, de 46 años y natural de Kearney, en Nebraska, fue hallada en la habitación 29 del Motel 6 de Taylor City, el mismo donde abandonaron la camioneta del granjero asesinado, Cole Travers.

McMeel había pasado tres días en la habitación con el cartel de no molestar colgado del pomo de la puerta.

Según una amiga (anónima), McMeel huía de un marido maltratador, quien, por casualidad, tenía una coartada para los días en cuestión: se había ido de caza a Montana con un par de amigos.

Según Jerry Gaithers, de la División de Investigación Criminal de Nebraska, se cree que Kinneston y Speckhoffer mataron a la mujer de dos tiros en la cabeza (amortiguados mediante una almohada) y le robaron el coche, un Kia Forte negro de 2024, matrícula…

—Disculpe, caballero.

Alza la vista y ve a un agente de la policía local de Taylor City. Detrás está la mujer del Walmart con su hijo en brazos. El niño sigue chupándose el pulgar.

—Es él —dice la madre—. Ese es el hombre que andaba molestando a mi hijo.

Jack cierra el TracFone, hace ademán de guardárselo en el bolsillo y el agente dice:

—No, no. Entréguemelo.

—No creo que tenga usted derecho…

—Entréguemelo ya.

Jack le da el teléfono sin rechistar. El agente mira la pantalla. La madre mira por encima de su hombro, a todas luces decepcionada al descubrir que es una noticia en lugar de algo indecente.

—¿Su nombre?

—Benjamin Sawyer. —Eso no es del todo mentira. Benjamin es su segundo nombre.

—Le interesa el asesinato, ¿eh, señor Sawyer?

—Solo echaba un vistazo a la actualidad del día —responde Jack. Sabe qué preguntará a continuación el agente, lo que él mismo habría preguntado en sus tiempos de patrulla.

—¿Puede identificarse, Benjamin?

Jack interpreta ese salto a llamarlo por el nombre de pila como lo que es: una escalada.

—Me he dejado la documentación en casa.

—¿Y dónde vive, caballero?

En Dezi. Mundo Medio. Conocido como los Territorios cuando yo era tierno y despreocupado, famoso en los graneros.

—Soy un poco trotamundos —dice Jack. Lo asalta una sensación de desesperanza, pero a la vez, por raro que parezca, encuentra la situación un tanto graciosa. Al menos no se ha hallado el cadáver de Dale. Eso no significa que siga vivo, pero sí que aún hay esperanza.

El niño del cabello negro se saca el pulgar de la boca con un chasquido, señala con el dedo a Jack y dice:

—¡Fanta’ma!

—¿Es eso lo que le ha dicho a mi hijo? —pregunta la madre—. ¿Que es usted un fantasma, y por eso da igual si lo toca?

—Señora, para empezar, ¿por qué ha dejado salir al niño del carrito? —pregunta Jack.

—¡Ahora no vaya a echarme a mí la culpa, joder! ¡Ni se le ocurra!

—Caballero, creo que será mejor que me acompañe a la comisaría —interviene el policía. Se guarda el TracFone en el bolsillo—. Entretanto, esto me lo guardo yo.

Jack continúa sentado en el banco de pícnic. Se acuerda de Payton en otro mundo, donde, en vilo por miedo a los wompis, espera su regreso.

—Vamos, caballero. Facilite las cosas. No le conviene complicarlas.

Jack se pone en pie. Dirigiéndose a la mujer, dice:

—Yo no he tocado a su hijo, señora.

El niño vuelve a señalarlo y repite:

—¡Fanta’ma!

7

Según la placa prendida de la camisa, el agente se llama G.

Cormier. Tiene el coche patrulla aparcado delante del multicine AMC , y las luces de emergencia giran lentamente.

Unas cuantas personas que esperan para entrar en las sesiones de tarde observan al agente Cormier, que apoya la mano en la cabeza de Jack —ese gesto posesivo y en cierto modo íntimo que Jack recuerda bien de sus tiempos de patrulla— y lo empuja hacia el duro asiento trasero de plástico del vehículo.

Cormier cierra la puerta y habla por el micrófono que lleva sujeto del cuello de la camisa.

En cuanto Cormier tiene a Jack bajo control, desvía la atención, y Jack se plantea aprovechar la oportunidad para saltar de regreso a los Territorios.

Pero la gente que espera a la entrada del cine no le quita ojo y un par de ellos están grabando con el móvil (tal vez con la esperanza de registrar un sustancioso acto de brutalidad policial para subirlo a las redes sociales).

Por el momento, conserva un relativo anonimato.

Si esos móviles registraran el instante de la desaparición, su imagen se haría viral.

Además, hay otra cuestión. Como ha dicho a Pay, saltar —el hecho de desaparecer de un mundo y aparecer en otro— es algo profundamente privado.

Puede hacerlo en presencia de otros, en realidad ya lo ha hecho, pero, supone, también podría colocarse desnudo en un escaparate de Saks, en la Quinta Avenida, si no le quedara más remedio, pero no sería agradable.

Decide esperar. Es una decisión de la que en breve se arrepentirá.

Cormier se sienta al volante.

—Vamos a dar un paseíto, Ben, ¿qué le parece?

Jack permanece callado. Considera que es lo más prudente.

8

La comisaría de Taylor City es un bloque de ladrillo de los tiempos de la Gran Depresión, con las fachadas laterales cubiertas de hiedra polvorienta.

En lo alto de la escalinata, un hombre alto, tirando a calvo y vestido de paisano, espera a Jack y al agente Cormier para recibirlos.

Da una palmada a Cormier en el hombro y, a continuación, ofrece a Jack una sonrisa y un apretón de manos.

—Rolf Handler.

—Diría que es un placer conocerlo, pero dadas las circunstancias… —Jack se encoge de hombros.

Handler se ríe como si Jack, alias Benjamin, hubiera dejado caer una ocurrencia de lo más ingeniosa.

—Gracias, Greg —dice Handler a Cormier—. Ahora ya me encargo yo.

Acompaña a Jack hasta una anticuada sala de techo alto que parece la oficina reformada de un banco. Con una mano apoyada en el hombro, lo guía con delicadeza. Pero Jack es perro viejo y sabe que, a la menor señal de resistencia, esa mano se deslizará hasta su bíceps y se convertirá en un cepo.

—¿Estoy detenido?

—¡Qué pregunta! Oiga, ¿puedo llamarlo Ben?

—Puede llamarme como quiera, siempre que me llame a cenar a tiempo —dice Jack, y Handler suelta una carcajada tan estridente que algunos de los presentes vuelven la cabeza—. Repito, ¿estoy…?

—No, no, claro que no. —Qué idea tan absurda—. Si estuviera detenido, le leería sus derechos. Solo quiero hacerle unas preguntas. ¿Sabe que en Nebraska puede ser retenido durante setenta y dos horas sin cargos?

—¿Ah, sí? —Eso ya lo sabe.