Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Suben los peldaños del porche de la Estación, tal como los subieron dos niños en otro tiempo mientras Richard Sloat insistía en que los Territorios eran solo un sueño, que tenían que serlo por fuerza.

Los peldaños son más inestables que antes y emiten crujidos de advertencia bajo el peso de Pay.

Al pie de la puerta hay un letrero boca abajo.

Jack lo desplaza con la puntera de la bota y unos cuantos escarabajos de color claro se alejan lentamente.

Jack abre la puerta. Los goznes polvorientos chirrían.

Ambos tuercen el gesto al percibir una vaharada de aire viciado.

El aliento de las tumbas , piensa Jack. Casi espera oír la voz chillona del hombre que cuidaba de aquel lugar hace muchos años: ¡Me iré por la mañana!

¡Lo juro! ¡El tren está en el cobertizo!

Así que ahora lárgate… ¡Lárgate y déjame en paz!

Hay un cuadro caído boca abajo en el suelo.

Pay se agacha y le da la vuelta. Otros cuantos escarabajos blancuzcos huyen en todas direcciones, y dos o tres corretean por el dorso de las manos de Pay.

Se los sacude con un grito de repugnancia y aplasta uno de un pisotón.

Salta un salpicón de entrañas inesperadamente grande.

Es un grabado de una diligencia, y Jack recuerda que, a los doce años, pensó: Parece tan grande como un ballenero.

Pay se aproxima al mostrador y mira por encima.

—Uy, uy, uy. Que alguien avise a emergencias.

Jack se acerca a él. Tendido en el suelo, detrás del mostrador, hay un cadáver vestido con un chaleco rojo y un tonelete mohoso.

En la sala hay un ambiente seco y cálido, y el hombre muerto casi se ha momificado.

Les sonríe desde unas cuencas vacías que recuerdan a Jack las de la madre de Norman Bates en Psicosis .

Tiene hecho añicos el costado derecho del cráneo.

A corta distancia está el arma homicida, un reloj gigante lleno de arena verde.

Debido al golpe que liquidó al jefe de estación, se ha roto la ampolla superior del reloj y la arena verde que contenía se ha desparramado por el suelo.

—A alguien se le ha acabado el tiempo —comenta Pay. No parece hablar en broma.

—Anders —dice Jack, que ha rescatado el nombre del muerto de un cajón de la memoria que llevaba mucho tiempo cerrado—. Se llamaba Anders.

Al sonar la voz de Jack, el tonelete empieza a agitarse. Más bichos, algunos tan grandes como el pomo de una puerta, salen en tropel y se abalanzan hacia las rendijas abiertas entre los tablones contraídos en busca del refugio seguro que les brinda la oscuridad.

2

Jack quiere ir al cobertizo situado detrás de la Estación para comprobar si el pequeño tren sigue ahí.

Pay se niega. Ha tenido ya bastante con los bichos que han salido de debajo del tonelete de Anders.

Dice a Jack que desenganchará los caballos e irá a ver si les encuentra algo que comer en el establo.

Jack duda que tenga suerte con eso, pero comprende el deseo de Pay de salir de la Estación.

Jack saca una manta apolillada del armario del fondo y tapa al viejo, que tanto miedo tenía al pequeño tren; luego sale al cobertizo.

Pese a que el sol aún no se ha puesto del todo por el oeste, asoma ya por el este una hinchada luna naranja, lo que su madre habría llamado la luna de la mala suerte.

El cobertizo está abierto por los dos extremos. Cuando Jack entra, cobran vida con un parpadeo unas cuantas lámparas antiguas activadas por sensores de movimiento, y en el extremo opuesto emprende el vuelo una bandada de aves, que lo increpan con sus graznidos: ¡Taf! ¡Taf! ¡Taf!

Si bien el tren está ahí, quién lo trajo, o por qué, es un misterio.

En otro tiempo transportaba un cargamento de armas, pero ahora los pocos vagones enganchados detrás de la locomotora están vacíos, salvo por el polvo y los excrementos blancos de los tafis.

Un pringue verdoso recubre las baterías que antes impulsaban el tren.

Jack prefiere no tocar esa sustancia por miedo a que lo queme, pero, valiéndose de un trozo de lona que encuentra en el rincón, limpia la parte superior de dos baterías.

En ellas, grabado en relieve, se lee en inglés: north central positronics.

Con este trasto no vamos a ir a ningún sitio , piensa. Tampoco era esa su intención, aun si las baterías no llevaran agotadas tanto tiempo. Esto es solo un sitio donde pasar la noche. La puerta ignota a su infancia se cerró para él a perpetuidad.

Pero no es así.

Se sienta en el borde de uno de los vagones, saca la libreta de Sophie y recorre con los dedos las letras estampadas. Luego empieza a leer.

3

Hay sonoros ecos entre mi mundo y Mundo Medio.

Hay también gemelos, que vienen a ser la misma cosa.

La gemela de la Reina Laura era mi madre (conocida como la Reina de la Serie B).

Tu gemela, querida Sophie, era Judy Marshall, de French Landing.

El gemelo del antiguo socio de mi padre (y su asesino) era Morgan de Orris, que, como sabes, es una baronía situada al sudoeste de Dezi.

Hay gemelos por todas partes, pues. Pero no en mi caso, querida mía.

Yo soy por naturaleza uno solo. Mi gemelo murió poco tiempo después de nacer, asesinado por Morgan de Orris, pero yo, en nuestro mundo, sobreviví cuando Morgan intentó asfixiarme.

Mi amigo Richard también era por naturaleza uno solo.

Su gemelo, Rushton, se ahogó en un estanque en la finca de su padre.

Cuando Richard Sloat y yo llegamos a Ellis-Breaks (un eco del paraje desértico llamado Missouri Breaks en el lado de Estados Unidos), descubrimos un puesto de avanzada en estado ruinoso que albergaba un tren nuevo y flamante, una especie de carrito de golf con pretensiones.

Estaba lleno de ametralladoras y explosivos que había acumulado allí Morgan, los dos Morgan.

Él —ellos— se proponía armar a sus lobos renegados con eso.

Su objetivo era unificar todo Mundo Medio… y ser su soberano.

Estaba a cargo de la Estación un viejo supersticioso llamado Anders, que creía que las baterías que impulsaban el tren eran demonios. «Unos diablos extraños que se lanzan al unísono», dijo. Fuimos al oeste en ese tren.

4

—¡Jack! ¡Eh, Jack!

Arrancado de pronto del pasado, Jack deja la libreta y sale a ver qué quiere su compañero de viaje. Es consciente de que vive en otro de esos ecos: Richard y Jack en Ellis-Breaks de niños; Payton y Jack de adultos. El otro extremo del arcoíris , piensa.

Jack ve con satisfacción que Pay ha recuperado su habitual buen humor. Ha encontrado unos cuantos sacos de grano precintados en el establo —avena y cebada, una parte todavía en buen estado— y una bomba eléctrica que extrae agua helada y transparente desde profundidades desconocidas.

—He instalado a los caballos. Están comiendo y bebiendo, más contentos que unas castañuelas. Un buen alojamiento, pero yo preferiría pasar la noche aquí fuera. Respirar un poco de aire fresco.

Jack coincide con él y dice:

—Estaré contigo en cuanto pueda. Tengo que marcharme un rato.

—¿Al lado de Estados Unidos?

—Sí, para averiguar qué ha sido de mi amigo.

—Dale.

—Sí.

—No me gusta la idea de quedarme aquí yo solo, en las quimbambas —dice Pay—. Llámame gallina si quieres, me da igual.

—No preveo tardar mucho.

—Aun así… —Bajando la voz, Pay pregunta en un susurro—: ¿Y si hay wompis?

Jack saca la Glock y se la entrega a Pay.

—No vayas a pegarte un tiro.

Pay la acepta, pero sin gran entusiasmo.

—Pero tú no te entretengas mucho allí. No vayas a conocer a una chica guapa y decidas quedarte.

En mi vida hay solo una chica guapa , piensa Jack. Y sigue viva. Si fuerzo un poco la imaginación, claro.

—Eso me parece improbable.

—Vale. Quiero ver cómo te marchas.

Jack se plantea la posibilidad, pero solo por un momento.

—No creo que sea buena idea.

—¿Por qué? ¿Porque es un asunto privado?

—Algo así. — Exactamente así, de hecho.

—Ojalá pudieras llevarme. Me gustaría ver uno de esos teléfonos de bolsillo en acción.

—No puedo. Te llevaría si pudiera. —Pero, al pensar en los teléfonos de bolsillo, recuerda que debe coger de su artilla la caja vacía en cuya tapa se lee para tus premios .

—¿Para qué es eso? —pregunta Pay.

—Para los premios.

Pay se detiene a pensar por un momento y dice:

—Ya lo pillo. Espero que localices a tu amigo.

—Gracias.

Jack teme que Dale haya muerto. Intenta convencerse de que esa es la peor de las posibilidades y no una de sus intuiciones, pero no acaba de creérselo.

5

Regresa al cobertizo que aloja el tren en el que Richard y él viajaron a las Tierras Arrasadas.

Es tan buen sitio desde el que saltar como cualquier otro…

, pero ¿ adónde va a saltar? No será al campo cercano al establo en ruinas del condado de Hemingford, porque Pay y él se han desplazado kilómetros y ruedas al oeste de Pernil.

Cree que acaso salte al condado de Elm, donde se halló abandonado el coche patrulla de Dale, y no por fuerza de noche, cuando es menos arriesgado surgir repentinamente de la nada.

Cierra los ojos y apoya una mano en la locomotora del pequeño tren con la esperanza de no aparecer en pleno mediodía en la calle Mayor de Taylor City. Sin duda, Pay Orville se quedaría tirado en este rincón perdido si a Jack lo atropellara un tráiler.

Tarda un rato en irse, porque no consigue visualizar su habitual lugar de aterrizaje, pero al final nota cómo se funde el costado de acero de la pequeña locomotora.

Por un momento lo asalta un vértigo, la sensación de no estar en ninguna parte, y de pronto, con los ojos cerrados, registra una luz intensa a través de los párpados.

Una voz amplificada anuncia: «Entre los artículos de oferta en ropa femenina se incluyen todas las prendas de corsetería». Abre los ojos y ve a un niño de no más de tres años que lo observa con los ojos muy abiertos.

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