Capítulo 7 #3
La puerta se hallaba, aislada, dentro de un ruedo de rosas de color rojo sangre.
Al poco de su llegada a Dezi, Youngblood invitó a Jack y a Sophie a rodear la puerta «y echar una visteada» al otro lado.
Eso hicieron. Sophie quedó asombrada, pero Jack ya sabía lo que vería: nada.
A medio circundarla, la puerta desapareció sin más.
En lo que habría sido el lado opuesto, Sophie y él vieron al GJ de pie al borde de un círculo de rosas que parecía vacío.
Ella se rio y aplaudió. Pensar en aquel momento, recordar la alegría de Sophie, aún le duele.
—¿Os abrió la puerta? —pregunta Pay—. No me contestes. Le abre la puerta a todo el mundo. Con mucho cuidado. ¿No?
—Sí.
—La puerta no está cerrada con llave, a diferencia de la verja del jardín, ¿verdad?
—No.
—Porque no es posible cerrar con llave una puerta que no da a ninguna parte.
—Eso dijo.
—Claro que lo dijo. Se lo dice a todo el mundo cuando enseña la puerta. ¿Os dijo que de vez en cuando echa ahí a los alborotadores?
—Para engrasar la maquinaria.
Pay se ríe y señala a Jack.
—¡Exacto! Siempre el mismo rollo. Y que solo puede utilizarla Ayden, y solo para acceder a julio de 1976.
—Ve al grano, Pay.
Este se ladea sobre el pescante y no necesita ningún artefacto para soltar un largo pedo.
—Voy al grano, pero con el ano.
Jack se abanica.
—Dios, qué peste.
—Las sardinas.
A lo lejos, más adelante, junto a los raíles brillantes del tren que Richard y él tomaron en su viaje al dorado oeste, Jack ve un grupo de edificios. Está casi seguro de que sabe lo que son y lo asalta la emoción reservada exclusivamente a quienes vuelven a visitar los lugares de su infancia.
—Vale, vuelvo a la historia. George tiene un artilugio que ha fabricado con trozos de gres de una tubería. Lo ayudó Mary, pero él no le dijo para qué era, porque ella…
Pay imita el gesto de empinar el codo y Jack asiente con la cabeza. Cuando Mary bebe, se vuelve muy locuaz.
Pay sonríe. A Jack le parece una sonrisa amable y afectuosa, muy distinta de su habitual mueca de sarcasmo.
—Es mañosa, eso hay que reconocérselo. George dijo que lo ayudó, pero imagino que él le describió el artefacto, quizá se lo dibujó, y ella lo hizo.
Venía a ser como el periscopio de un niño, solo que más grande.
—Pay traza en el aire una línea en zigzag—.
Debía de tener un metro ochenta como mínimo.
»El caso es que Ry abrió la puerta. Con mucho cuidado. Con esa puerta hay que andarse con pies de plomo. Se abrió y… ya sabes lo que vio. Lo que vieron. Me alegro de no haber estado allí aquel día. Esa puerta me da un yuyu de muerte.
Jack toma las riendas. Sabe perfectamente a qué se refiere Pay.
Él puede saltar de ida y vuelta entre los mundos —lo ha hecho durante la mayor parte de su vida—, pero la Puerta de los Mundos es distinta, y no en un buen sentido.
Cabría pensar que, al abrirse una puerta aislada, uno vería lo que hay al otro lado: en otras palabras, el resto del jardín del GJ.
No es eso lo que ocurre. Dentro de la puerta, de lado a lado y de arriba abajo, se produce una tormenta de estática en blanco y negro que recuerda a Jack la imagen que sale al encender un televisor en un canal no sintonizado.
De niño, contemplar el extraño vacío entre un canal y otro siempre lo fascinaba, pero también lo aterrorizaba de un modo profundo y atávico, como si a través de esa cortina infinita de electricidad pudiera emerger algo. Algo horrendo y hecho de electricidad.
—Ry abre la puerta…, con cuidado, como lo haría un poli en una serie de televisión…
, y ahí aparece ese remolino de estática.
De arriba abajo, de lado a lado. Larry retrocede y empieza a girar como cuando está muy alterado.
Además, lanza una especie de gemido desde el fondo de la garganta.
Ry dice a George: «Venga, listillo, hazlo».
Pese a su pose de hombre duro, Ry, según cuenta George, también tenía miedo.
Esa puerta no es como para andar jugando, ¿no?
Ahora los raíles y los edificios ruinosos de madera están más cerca, y Jack ya no cree que quizá los recuerde: sabe que los recuerda. Llegan a un letrero herrumbroso y picado por la arena en el que se leen tres palabras escritas en la lengua: a la estación.
—Sigue.
—George se acobardó. Le entró el pánico.
Intentó pasarle el periscopio a Ry y le dijo: «Hazlo tú».
Pero Ry se negó. Contestó: «La idea ha sido tuya, así que lo haces tú; si no, igual decido empujarte».
Y entretanto el pobre Larry Magruder giraba y giraba como si estuviera en llamas y gemía cada vez más, y Ry dice: «O lo empujo a él , a ver si así se calla».
Entonces George le propone: «Agárrame del cinturón, ¿vale?
». A eso Ry accede. George se inclinó hacia delante y traspasó la estática con el periscopio.
Me contó que estaba dispuesto a soltarlo si recibía una descarga, pero eso no ocurrió.
Desde luego, no era Central Park. Vio negrura al otro lado, pero, según dijo, estaba viva .
No es que se lo pareciera: lo sabía. Viva y hambrienta.
Pero a la vez lo fascinaba. Lo inducía a querer seguir mirando.
Y de pronto… —Pay se interrumpe—. ¡Eh! ¿Adónde vas?
Jack, chascando la lengua, ha dirigido los caballos a la derecha por los restos de un camino secundario cubierto de hierba, hacia el edificio octagonal de poca altura que se alza delante.
—Ya lo verás. Conozco ese sitio. Acaba de contar tu historia.
—George dijo que un par de ojos rojos enormes salieron de esa oscuridad viva y abarcaron todo el campo de visión del periscopio. ¿Te recuerda eso algo, Jack?
—Sí, claro.
Le recordaba a Sophie, porque fue ella quien le contó la historia.
Formaba parte de un ciclo narrativo tan complejo y enrevesado como La muerte de Arturo , de Malory (obra con la que presentaba cierta similitud en algunos sentidos).
Sophie, durante el viaje a Dezi (y otras muchas veces después, por las noches), le contó los relatos sobre Roland Deschain y su búsqueda de la Torre Oscura.
Aquel al que se refiere Pay se sitúa hacia el final del ciclo, cuando Roland —el legendario pistolero— y un joven a quien había rescatado se aproximaban en solitario a la Torre Oscura.
En sus relatos, Sophie solo mencionaba a ese hombre como el Artista.
Los dos llegaron a la Torre y avistaron (Sophie siempre decía «avistar», nunca un simple «ver») al Rey Carmesí, que se pavoneaba y brincaba y lanzaba sus bolas mágicas para alejarlos.
«El Artista dibujó al Rey en el reducto de su Torre y después lo borró —dijo Sophie. Yacían en la cama, desnudos tras hacer el amor—. Todo menos los ojos. Estos se resistían a desaparecer. Rojos y sin cuerpo, flotaban y siguen flotando en el espacio del exotránsito».
Jack había dicho: «¿Cómo llegaron esos ojos flotantes desde lo alto de la Torre Oscura hasta el espacio del exotránsito? ¿Acaso fueron flotando hasta allí sobre una alfombra mági…?».
Pero, en ese momento, Sophie cerró su boca inquisitiva con un beso.
Pay dice ahora:
—George dijo que la palabra «inhumanos» no describía bien esos ojos.
Dijo que eran tan poco humanos como puedan llegar a serlo unos ojos.
Y, de pronto, el periscopio le fue arrancado de las manos y desapareció entre la estática, y Ry cerró de un portazo.
Entonces pregunta a George qué ha pasado, y George le habla de la oscuridad viva y de los ojos rojos.
Ry mira a Larry, pero este, incapacitado, continúa girando, abrazándose y gimiendo.
Y Ry señala a George y le advierte: «No vuelvas a hacerlo nunca más».
A lo que George contesta: «Nunca más lo haré».
—George se lo inventó —dice Jack—. Había oído la historia del Artista y los ojos flotantes, y lo sacó de ahí.
—O de verdad creyó ver esos ojos.
—Podría ser, supongo.
—O los vio de verdad.
Jack suspira.
—Imagino que, tratándose de esa puerta, todo es posible.
—Si se me permite centrarme de nuevo en nuestra actual situación —dice Pay—, ¿adónde coño vamos?
Jack sofrena los caballos.
—Es la Estación del pequeño tren del que te he hablado. En el que mi amigo Richard y yo cruzamos las Tierras Arrasadas cuando éramos niños.
Pay se protege los ojos con la mano y los entorna.
—Parece vacía.
—Seguro que lo está. —Jack abarca el rocoso paisaje con el brazo—. Lo creas o no, esto era antes un trigal. O al menos un campo de algún cereal. Se extendía kilómetros a la redonda.
—¿Qué fue de él?
—No lo sé. Esto era en esencia una parada de postas, quizá en el camino a Debaria o incluso a Mejis.
Cambiaban aquí de caballos, creo. Un sitio antiguo, pero el tren era nuevo.
Morgan Sloat, el socio de mi padre, lo trajo aquí de nuestro mundo.
Lo guardaban en aquel cobertizo detrás de la Estación.
¿Ves cómo entra la vía por un lado, desde el este, y sale por el otro?
—Me da la impresión de que la vía y la carretera de Riven van en direcciones distintas.
Tiene razón, observa Jack. La carretera de Riven sigue hacia el sudoeste. La vía va directa al oeste, hacia lo que Richard y él conocían como el Hotel Negro en la localidad californiana de Point Venuti.
—Y entonces ¿por qué nos molestamos en venir a este sitio, Jack?
Porque yo lo conocí en otro tiempo. Lo conocí cuando era joven y tierno y cantaba en mis cadenas como el mar.
—Porque se está haciendo tarde y no quiero pasar otra noche al raso. No tan cerca de Riven.
—Lo apoyo —dice Pay—. No diré que crea en los wompis, pero sí creo en el lema «mejor prevenir que curar».