Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Otra rareza: antes su ropa cambiaba, y ahora no. ¿Por qué? Una pregunta sin respuesta.

Pay se queda de pie junto a la carreta con la cabeza gacha. Luego alza la vista, se encoge de hombros y sonríe.

—Supongo que el destino no ha querido que fuera rico, sino solo guapo.

Aliviado, Jack le da una palmada en el hombro.

—Confórmate con eso —dice—. Lleva tú las riendas un rato.

Vuelven a subir a la carreta. Pay sacude las riendas. Golden Boy y Rang se ponen de nuevo en marcha con su chacoloteo.

—Esto es increíble —dice Pay—. Avanzamos sobre una fortuna incalculable. Al lado de este camino de tierra olvidado en el culo del mundo, los yacimientos de diamantes de Kimberley parecen calderilla.

Pero, al cabo de otros tres kilómetros, las chispas resplandecientes empiezan a disminuir, y unos cuantos kilómetros más allá desaparecen.

Los únicos objetos relucientes frente a los caballos son lascas de mica.

O cuarzo. Habiendo dejado atrás el barrio de los diamantes, Jack pregunta a Pay de nuevo por el Gran Experimento del Periscopio de George Elgin.

Aún les quedan kilómetros por recorrer y así matarán el tiempo.

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—Quieres los detalles, ¿no? —La idea parece hacer gracia a Pay—. Bueno, haré lo que pueda, pero yo no estaba presente. Ryall Connors sí estaba, aunque, por norma general, no es muy hablador. Ya lo conoces.

—El típico tío duro y callado —dice Jack. Vuelve a acordarse de los wésterns en los que trabajó su madre antes de pasarse a los monstruos radiactivos y los seres con tentáculos surgidos de sus tumbas submarinas.

—Eso mismo, salvo que, en esta ocasión, sí tenía mucho que contar. Diría que necesitaba desahogarse, ¿entiendes? Para que el recuerdo no lo asfixiara.

—Ya.

—George sí estaba presente… Cómo no iba a estar, si era su experimento… Y también estaba Larry Magruder.

—El Peonza.

—Sí. Ryall Connors actúa como si alguien fuera a cobrarle cinco centavos por palabra y el Peonza nunca calla.

—Muy cierto —conviene Jack, pero cree que Larry, alias el Peonza, habría caído bien a Sophie. El problema de Sophie, si es que podía llamarse problema, era que siempre pensaba lo mejor de todo el mundo, al menos hasta que le daban motivos para cambiar de idea.

Entretanto, Pay se ha quedado en silencio. Jack se dispone a preguntarle si se ha adormecido otra vez cuando él se endereza y dice:

—¿Alguna vez tienes la impresión de que este mundo es un eco de nuestro mundo? ¿Como cuando gritas en un valle entre montañas? Te parecerá una estupidez, supongo, ¿no?

—Pues no —responde Jack.

—George pudo probar su experimento porque Youngblood se había ido durante una doza .

—En Mundo Medio no hay semanas ni meses, pero «doza» es el término utilizado en Dezi para referirse a un periodo corto, normalmente de entre tres y doce días.

Un tiempo mayor, por supuesto, se indicaba levantando las manos y pronunciando la palabra «dela»…

, que, en estos casos, se traduciría como «¿quién sabe?

»—. El Gobe se había ido a Mejis con Hestin.

Para una reunión con lo que tú llamarías, supongo, la Asociación de Rancheros.

Estaban todos muy alborotados por la llegada de ovejeros a Nuevo Canaán…

, a kilómetros de Dezi, a kilómetros de Mejis, y un asunto totalmente ajeno a Youngblood, cabría pensar…

, pero temían que los ovejeros se desplazaran en dirección este, hacia la Pendiente y el Mar Limpio.

Los rancheros sostienen que las ovejas se comen la hierba hasta la raíz, con lo que dejan extensas superficies de tierra tan peladas como la cabeza del bueno de Ayden.

Lo que me recordó a las llamadas guerras de los pastizales del lado de Estados Unidos, en los tiempos del lejano Oeste.

Los criadores de vacas protestaban porque las ovejas se comían toda la hierba; los criadores de ovejas afirmaban que los vaqueros custodiaban toda el agua y trataban de alejar a las ovejas de los mejores pastos. Eso dio pie a muchos tiroteos.

Jack observa a Pay con asombro.

—¿Qué pasa? ¿Te pensabas que era idiota?

—No. Es solo que no sabía que fueras un estudioso de la historia estadounidense.

—Me gustan los relatos sobre el Oeste, qué le vamos a hacer.

—A mí también. ¿Has leído Destry cabalga de nuevo ?

—¿De verdad existe ese libro?

—Sí. Es de Max Brand.

—Pero el sheriff de Pernil…

—Es alguacil. Pero sí, se llama igual.

—Los ecos, ¿no? De un mundo al otro.

—La sala de los espejos. —Y piensa: Ka .

—Eso también. Lo que quiero decir es que esa gente, los ovejeros y los rancheros, estaba a punto de iniciar su propia versión de la guerra de los pastizales.

Los ánimos se han apaciguado por el momento, se ha llegado a algún tipo de acuerdo, pero, si no encuentran una solución pacífica a largo plazo, se va a armar la gorda.

¿Te haces una idea? ¿Te consta, como dicen por aquí?

—Sí —contesta Jack—, pero, teniendo en cuenta que solo hay unas cuantas pistolas, ¿puede complicarse mucho la situación?

—Youngblood tiene su pequeño arsenal, creo —comenta Pay—.

Además de otras cosas. Armamento pesado.

Que a saber si funcionará, pero es seguro que tarde o temprano correrá la sangre, y mucha, a no ser que alguien medie.

Y diría que la mediación no forma parte del repertorio de aptitudes del Gran Jefe, ¿no te parece?

—Ciertamente no.

—El caso es que Youngblood se había ido, y ya conoces el dicho: cuando el gato no está, los ratones bailan. George le fue a Ry con el cuento de que, en su opinión, Youngblood y Hestin mentían sobre la puerta.

—¿Mentían en qué sentido?

—En el sentido de que solo va a Central Park en 1976, y solo cuando la usa Hestin.

George lo llamó «el mito del espejo mágico».

Insistió en que, si no se equivocaba, todos podían regresar, y tenía una forma de demostrarlo.

Ya conoces esa manera de hablar de George, como la de un profesor universitario, ¿no?

—Sí.

—Dice: «Podríamos retomar el hilo de nuestra vida y empezar a tejer nuestro destino de nuevo». Ry contesta: «Vale, a ver qué tenemos». Para entonces está con ellos el Peonza. Ry lo amenaza con la castración si se le escapa una sola palabra de lo que vea o de lo que averigüen.

—Dudo mucho que supiese qué era la castración —comenta Jack. Larry Magruder no es lo que se dice una lumbrera.

—No creas, Ryall se lo dejó muy claro —responde Pay—. Le habló sin contemplaciones. Lo agarró por los hombros y lo miró con esos ojos grises inyectados en sangre suyos.

Jack, que ha sido blanco de esa mirada gris extrañamente especulativa alguna que otra vez, asiente con la cabeza. Por usar el lenguaje de las viejas novelas del Oeste que antes leía, Ry hizo morder el polvo al Peonza. Probablemente no le costó mucho.

Ahora Pay va más erguido en el pescante, tras olvidarse por el momento de los diamantes (aunque los bolsillos todavía le abultan). Está en modo narrador, ¿y acaso no es eso lo que son en realidad la mayoría de los monologuistas? ¿Narradores?

—Así que suben a Palisandro. Esa mujer de la limpieza que tiene allí, ya sabes de quién te hablo…

—Zumbi.

—Sí, Zumbi la Plumero. Sale a recibirlos a la puerta.

Es muy flaca, se diría que un viento fuerte podría llevársela, pero mantiene la casa de arriba abajo como los chorros del oro.

Con tantas habitaciones, sabe Dios cómo se las apaña sin más ayuda que un par de criadas a tiempo parcial, pero el caso es que lo consigue.

¿Cuántas habitaciones crees que hay en Villa Palisandro?

—Muchas.

Pay está desviándose del tema por segunda vez, pero a Jack le da igual; va a ser un día largo y el chacoloteo regular de los caballos resulta hipnótico.

—Creo que unas cuantas docenas, sin contar los cagaderos.

El caso es que Ry dice a Zumbi que van a ir al jardín a coger unos limones y unas naranjas para la cocina.

No le explica por qué hacen falta tres hombres para coger unos cuantos cítricos, y Zumbi no se lo pregunta.

George no es Einstein, pero, al lado de Zumbi, parece el ganador de un concurso de la tele.

—Pay se detiene a pensar y añade—: Bueno, no tanto. Pero ya me entiendes.

—Sí.

—La Plumero dice: «Bien, vale, pero no os acerquéis a la puerta».

Se refiere a la Puerta de los Mundos. Y Ry responde: «Por supuesto que no, y ahora, Zumbi, haz como la abeja y lárgate zumbando».

Lo cual, viniendo de Ryall Connors, es toda una ocurrencia.

El caso es que la verja del jardín está cerrada, pero George sabe dónde guardan la llave: en una bolsita de gamuza oculta entre las raíces de esa higuera de Bengala enorme que hay frente a la verja.

La rescata y entran en el jardín. Ya sabes que aquello es una maravilla, ¿no?

Jack sin duda lo sabe. El jardín tapiado abarca una extensión de unas ocho hectáreas, que ascienden por una pendiente y bajan por el otro lado hacia un valle.

Un arroyo lo atraviesa de norte a sur. Impregna el aire un centenar de aromas distintos, todos gratos, y se oye el zumbido de las abejas (hay panales que a veces atiende Ayden y a veces Zumbi).

Si en otro tiempo hubo otros insectos más molestos, han sido erradicados.

A lo largo del sendero principal, gorgotean fuentes de piedra.

Crecen árboles frutales, bojes y tejos; fragantes hortensias, pies de león, peonías gigantes…

, y en lo alto de esa primera suave cuesta se alza una puerta.

Jack recuerda la primera vez que Youngblood se la enseñó.

«Magia —dijo—. Lleva a tu mundo, a cierto año llamado…

—Pronunció las palabras en inglés, no en la lengua de los Territorios, y con mucho cuidado, como si fueran a morderle si se equivocaba—.

El año del Bi-cen-te-na-rio. ¿Te consta el año del Bi-cen-te-na-rio, Jack? ».

«Me consta muy bien», dijo Jack. No solo le constaba: lo recordaba. Al menos recordaba unos impresionantes fuegos artificiales que concluían con una bandera estadounidense gigantesca hecha de fuego.