Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

— Dios mío. Dios mío. Dios mío.

Por lo visto, Pay no es capaz de decir nada más.

Jack lo entiende. Sabe que no puede volver a su mundo durante mucho tiempo, hacerlo sería un suicidio (y, después de la muerte de Sophie, se lo planteó seriamente), pero, de vez en cuando, la pérdida lo asalta de una manera nueva.

Esta vez es el título de una novela de Thomas Wolfe: No puedes volver a casa .

Pay no ha descubierto una hoja ni una puerta ignota, pero desde luego sí ha encontrado una piedra. Un millar, de hecho.

Tiende una a Jack. Es una piedra corriente, por lo que Jack ve, pero emite intensos destellos por uno de sus lados, donde la luz del sol se transforma en una galaxia de colores.

—¿Son lo que yo creo que son?

Jack baja del bucka. Se lleva las manos a los riñones para desperezarse.

Acaricia ambos caballos y después se acerca a Pay, que parece atónito por la parsimonia de Jack.

Por supuesto, Jack, tanto en su vida adulta como en su infancia, ha visto en estos territorios más prodigios que Pay, pero debe reconocer que este es nuevo.

Coge la piedra que Pay le ofrece y la sostiene a la luz.

—Parece cuarzo.

—No es eso. Estoy seguro. Una vez fui de gira con un tal Hiram Goldstein. Especializado en humor yidis. Como el chiste ese de un italiano, un irlandés y un judío que entran en un bar… ¿Lo sabes?

Pay habla atropelladamente. Eso complace a Jack. Le complace ver a Pay así de animado y entusiasmado, y no solo pesaroso por Mary.

—No. Cuéntamelo.

—El italiano dice: «Estoy cansado y sediento, debo beber vino».

El irlandés dice: «Estoy cansado y sediento, debo beber whisky».

El judío dice: «Estoy cansado y sediento, debo tener diabetes».

En el Cinturón del Borscht, allí en las montañas Catskill, a los judíos de vacaciones les encantaba; en el Medio Oeste, no tanto…

, esos putos granjeros…, pero eso no viene al caso.

Acabamos en un Holiday Inn de la ciudad de Nueva York, donde actuábamos antes que una banda de rock…

Los músicos llevaban plátanos de cartón en la cabeza, pero eso es otra historia.

—Me encantaría oírla —dice Jack.

Pay agita la piedra reluciente ante el rostro de Jack.

—¡No viene al caso, lo importante es esto!

Me llevó a ver a su feter …, ¿su tío? Era una tienda grande en el barrio de los diamantes, la calle Cuarenta y siete, y el tipo nadaba en pasta…

Esa gente, tío, menudo tinglado… Nos llevó al piso de arriba y nos enseñó el taller.

Espacioso, mesas alargadas en las que trabajaban chicas jóvenes vestidas con blusa, muy posiblemente con seguro contra robos, aunque no lo sé.

Examinaban, pulían, clasificaban…, no sé.

Pregunté de dónde venían los diamantes y nos dio una larga charla, sin faltar una coma, de pe a pa, de África a Nueva York.

Hiram se aburría, ya lo había oído todo antes, pero a mí me pareció interesante.

Su tío nos enseñó un puñado de pedruscos como este. Exactamente iguales que este, Jack…

—Aun así, podría ser cuarzo. Granito veteado de cuarzo.

Es una de las pocas cosas que recuerda de la asignatura de Geología de primero en la universidad, una clase a las ocho de la mañana en la que solo conseguía mantenerse despierto cuando la chica sentada a su lado —la buena de Wendy Brickell, con sus pichis de cuadros, todavía con brackets— le hacía una paja por debajo del pupitre.

No era amor verdadero; también ella buscaba la forma de no dormirse.

—¡No es granito! Esto es kimberlita. ¿Ves esas muescas en la piedra? Así es como se distingue que es auténtica. —Suelta una risotada trémula y aguda—. Cuarzo…, ¡y un huevo!

A lo largo de unos dos kilómetros —tal vez más de dos kilómetros, porque esa parte de la carretera de Riven es recta del todo— se ven destellos por todas partes, puntos de fuego tan brillantes como los espejos bruñidos de los heliógrafos (o más aún).

—Podrían ser falsos —dice Jack—. O sea, circón.

Pay coge una piedra del tamaño de un puño y de auténtico granito. Frota la roca contra una de las esquirlas de luz refulgentes. Una marca surca la superficie. En la esquirla de luz de cuatro o cinco quilates no queda ninguna marca.

—Es un diamante, no te quepa duda. ¡Somos ricos, Jack! ¡Joder, somos ricos!

Jack observa, perplejo, que Pay se arrodilla y, a rastras, tiñéndose el pantalón de blanco por el polvo, recoge piedras con diamantes incrustados, que va metiéndose en los bolsillos.

Resulta cómico, pero también deprimente.

Jack regresa a la carreta. Coge de detrás un par de manzanas y llena una jofaina de hojalata con agua del barril.

Da la mitad a Rang y la otra mitad a Golden Boy. Sorben con avidez.

—¿Qué haces? —pregunta Pay, indignado. Ya ha recorrido a rastras casi veinte metros. Los bolsillos le abultan y tiene las manos llenas de piedras con destellos ígneos—. ¡Ayúdame! ¡Trae uno de esos sacos! ¡Tira las manzanas!

Jack, ajeno a él, da una manzana a cada caballo.

Lo invade un inmenso cansancio que no augura nada bueno para esta misión cuando aún queda tanto camino por delante…

Y, si tiene algún sentido, no se lo ve. ¿Se lo ve el Gran Jefe?

Jack lo duda. Ese hombre anda mal de la cabeza. Está criando el gusano.

—Pay. Vuelve.

Pay se echa a reír. Es la carcajada estridente de alguien que acaso esté criando su propio gusano.

—¡Soy rico, Jack! ¡Si esto son diamantes, tengo un millón de dólares en cada bolsillo de este absurdo pantalón de lana que me provoca picores!

—Vuelve.

Pay se pone en pie y regresa. Se le caen de las manos un par de piedras con diamantes incrustados y, mientras las recoge, se apodera de unas cuantas más. Tiene la cara sucia y los ojos desorbitados. Jack piensa en Fred C. Dobbs, el prospector obsesionado con el oro de El tesoro de Sierra Madre.

—¿De dónde habrán salido? ¿Qué hacen aquí?

Jack agarra a Pay por las muñecas y le separa las manos. Las piedras caen en el camino en una cascada reluciente (y tentadora, reconoce Jack). Por un momento tiene la certeza de que Pay se dispone a lanzarle un puñetazo.

—No sé qué hacen aquí —dice Jack—. Como tampoco sé por qué en la Baronía nadie ha inventado el helado o reinventado una electricidad que funcione sin interrupciones. ¿Quién colocó los heliógrafos? ¿Quiénes eran los Antiguos? ¿Es real la Torre Oscura? ¿Tú sabes alguna cosa de todo eso?

Pay mueve la cabeza en un gesto de negación.

Hace un mohín. Hilillos de sudor se han abierto paso en sus mofletes.

Parece un niño grande que se ha pasado la mañana revolcándose en el polvo por razones que solo él entiende.

Un niño descontento que se ha enfadado porque la voz áspera de la realidad ha interrumpido su juego en el mundo de la fantasía.

—O tenemos a Job. Dios le preguntó: «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?».

—Eso me suena a los chistes yidis de Hiram, ¿y qué …, joder?

—Puestos a adivinar, diría que las pusieron aquí a modo de distracción.

—¿Distracción de qué? ¿Y por qué?

Jack menea la cabeza.

—Ni idea.

—Eso no cambia el hecho de que, si estas piedras de verdad tienen diamantes incrustados, ¡somos ricos!

—Quizá en nuestro mundo. No en este.

Pay tuerce el gesto. Es como si en su interior varios tornillos se hubieran aflojado una o dos vueltas. Es evidente que Pay no se ha detenido a contemplar esa cuestión.

—Aquí, en los Territorios, las mujeres llevan joyas —dice Pay por fin—. Esa chica de Youngblood, Darrie, va cargada de pedruscos cada vez que hay una velada o un cóctel.

—¿Diamantes?

—No recuerdo si es eso concretamente lo que se pone, pero…

—¿ Cualquier mujer?

Pay se queda en silencio. Ahora el mohín es tan acusado y el labio inferior le sobresale de tal modo que Jack podría cortárselo con unas tijeras afiladas. ¡Zas! , y voló.

—El valor de las joyas reside en su rareza comparativa. Pero como ves… —Abarca el camino resplandeciente con un gesto del brazo y no añade nada más. No es necesario.

—En nuestro mundo… —empieza a decir Pay, pero su voz se apaga.

Para él, y para los otros miembros del ka-tet del 76, no hay vuelta atrás.

A menos, supone Jack, que encuentren otra puerta que funcione.

Lo que podría llevarlos a cualquier lugar y cualquier tiempo .

Podría ser a Estados Unidos; podría ser a otra versión de Estados Unidos; podría ser a otro mundo distinto.

Piensa en que, si uno se mira en un espejo con otro espejo enfrente, ve un pasillo de espejos que parece prolongarse hasta el infinito.

Recuerda su propia reflexión cuando contemplaba las estrellas en el cielo de Nebraska: hay otros mundos aparte de estos.

Ese no es el único problema.

—Supón que pudieras volver a tu dónde y tu cuándo, y llevarte algunos de estos diamantes. ¿Seguirían siendo diamantes cuando llegaras allí? ¿O serían solo un puñado de piedras sin valor?

—La Coca-Cola sigue siendo lo mismo cuando cruzas —aduce Pay, pero ahora se lo ve menos convencido.

A Jack no le gusta la idea de que vuelva a sumirse en su depresión, pero tienen una tarea que llevar a cabo para Youngblood…

y debe averiguar qué ha pasado con Dale antes de que transcurra demasiado tiempo—.

Solo cambian las botellas, no el líquido que contienen.

Y los libros que le traes, eso también sigue igual.

Jack no se toma la molestia de decirle que los libros que cruzan están en la lengua en su mayor parte, pero no todo el texto. Es como si un programa informático los hubiera traducido de manera imperfecta. En lugar de eso, enseña a Pay la caja con el anzuelo oxidado dentro.

—Al otro lado, esto era un teléfono.

—Yo no creo en esos teléfonos de bolsillo. Son ciencia ficción.

—Creas en ellos o no, son reales. Y, cuando estuve en el lado de Estados Unidos, compré una bolsa de mano para guardar las Coca-Colas de Youngblood. En este lado era un petate. Unas cuantas cosas saltan intactas, pero muchas cambian.