Capítulo 6 #4
—¡Acierto pleno! Youngblood no utilizó ese término, porque es…
—baja la voz pese a que están en medio de la nada— un papanatas.
Heredó de su padre y de su abuelo todo lo que tiene, junto con el título honorífico de gobernador.
Y cierto es que lo ha agrandado. ¿Por qué?
Porque Dezi es la tierra más fértil en esta parte de Mundo Medio.
Quizá la única tierra fértil, a juzgar por lo que estamos viendo.
Por entonces yo llevaba en Dezi unos diez meses, tiempo suficiente para saber qué terreno pisaba, así que, cuando me preguntó, fui yo quien le dijo que necesitaba un experto en eficiencia.
Habló con Ayden, y Ayden cruzó la puerta. Nueva York, 1976, ¿vale?
—Central Park.
—Central Park, exacto. El calvo alto y feo cruza al otro lado. Busca la cabina de teléfono más cercana. Ahora la mayoría han desaparecido, según cuentas, ¿no?
—Como Enron.
—¿Qué es Enron? Ya sé: fue después de mi cuándo.
—Exacto. Ayden busca la cabina de teléfono más cercana y…
—Encontrar una cabina con listín telefónico y que no apeste a meados de borracho no es tan fácil. Pero lo consigue, tanto porque tiene una personalidad tipo A de nacimiento como porque, si regresa sin la clase de individuo que Youngblood quiere, el jefe le hará un ojete nuevo.
Jack no está tan seguro de eso. A veces tiene la impresión —sacrílega, pero extrañamente convincente— de que es Ayden Hestin quien de verdad lleva la batuta.
—¿Demasiada información, Jack?
—No. Cuando te cuentan una historia, el tiempo pasa más deprisa, y aún falta mucho hasta que anochezca.
—Así que Ayden encuentra una cabina de teléfono con su correspondiente listín…, un milagro…, y deja que sus dedos caminen. «Páginas Amarillas: deje que los dedos caminen por usted». ¿Ese anuncio lo recuerdas o ya no es de tu época?
—Claro.
—Consulta el apartado «Expertos en eficiencia» y encuentra dos páginas enteras.
Cabría pensar que eso representaría un problema…
, tantas opciones, tan poco tiempo…, pero no para nuestro muchacho.
Él va derecho a la calle Noventa y cinco y allí convence a George Elgin de que lo acompañe a dar un paseo hasta Central Park.
Persuasión a punta de pistola, imagino. Ayden lo elige porque George Elgin es de hecho el único experto en eficiencia que se presenta a sí mismo como tal.
En el cartel que hay a la entrada de la oficina, no más grande que un armario, dice: experto en eficiencia .
Y ahora, dime, ¿qué opinarías tú de una persona que va y se anuncia así?
Piénsalo con detenimiento, porque este es el premio a doble o nada con el que la puntuación puede cambiar de verdad.
—Diría que una persona que afirma eso sobreestima su propia valía.
Pay vuelve a señalarlo con el dedo.
—¡Bingo-bongo! Yo no afirmaría que George es una calamidad , pero, si le dieras el suero de la verdad, seguramente reconocería que a duras penas mantenía la cabeza por encima de la línea que separa lo mediocre de lo auténticamente penoso.
El caso es que al principio no tuvo problemas, porque descubrió una circunstancia interesante.
Casi todo el mundo le tenía tal terror al Gran Jefe que nadie estaba muy dispuesto a engañarlo.
George resolvió un par de fugas lentas y, un día, el capataz tramposo del rancho Cielo Grande desapareció…
, a saber si se cayó a un pozo o lo devoró un puma…
, pero, en general, las cosas iban sobre ruedas.
Sin embargo, cuando llegó la hora de mejorar el funcionamiento… , de agilizarlo…
—¿Eso ya no se le dio tan bien?
—No, y Youngblood no está contento al respecto, razón por la cual ahora George no vive en Palisandro, sino en el Barrio de Abajo.
Todavía sube una o dos veces por semana…
, no estoy del todo seguro de si aquí hay semanas, pero ya me entiendes…
, y revisa los libros, pero en un par de ocasiones Youngblood le ha echado encima las Bendiciones.
—¿En serio? —Las Bendiciones son perros grandes con dientes grandes. Se llaman Nemo y Nymo, y siempre se han portado bastante bien con Jack.
—En serio. Se ensañaron con el pobre George. Youngblood considera muy graciosa la forma en que George los elude de un tiempo a esta parte.
Jack no creía que su aversión por el Gran Jefe pudiera aumentar, pero ahora se da cuenta de que se equivocaba.
George nunca le ha hablado de sus problemas con Nemo y Nymo, y, cuando Jack lo vio hace un par de semanas, supuso que el vendaje en el brazo se debía a algún accidente, muy probablemente una caída; el hombre no es lo que Jack calificaría de ágil.
¿Por qué no se lo preguntaste?, quiere saber Sophie, y él le dice la verdad: porque prefería no enterarse. No quería implicarse más de lo que ya estaba —por proximidad— con los fracasados que Ayden Hestin ha llevado desde 1976 a petición del GJ.
—Bueno, háblame del Gran Experimento del Periscopio.
Pay no contesta. Se ha quitado el sombrero y lo mantiene aplastado contra el pecho, como para entonar el himno nacional. Solo que no suena ninguna música y tiene tal cara de estupefacción que Jack piensa que quizá esté dándole un infarto.
—Pay, ¿te encuentras bien?
Pay señala; esta vez no a Jack, sino al frente, a la carretera de Riven.
—¿Tú ves lo que yo veo? No es posible, ¿a que no?
Sin dar tiempo a Jack a responder, Pay salta de la carreta, adelanta a los caballos al trote y se arrodilla.
— ¡Sí! ¡Dios mío! ¡Dios mío!