Capítulo 6 #3
Aun así, extrae su propia agua del barril con la idea de que tal vez los caballos puedan hacer frente a malos microbios que, a Payton y a él, los dejarían tumbados un día o dos.
Recuerda que una vez, en Belice, se lavó los dientes con agua del grifo y lo lamentó.
Lo lamenté mucho mucho, la verdad sea dicha.
No hay café, pero, entre las provisiones, encuentra té en una bolsa con cierre de cordón. Reaviva el fuego, pone el cazo de hojalata a hervir y da una manzana a cada caballo. Cuando se vuelve, Pay se ha incorporado y tiene revuelto el cabello cano y ralo.
—¿Qué hay de desayuno, Jack?
Jack mira en otra bolsa con cierre de cordón.
—Parece maíz molido. Y en esta misma bolsa hay también un frasquito de sirope.
—Yo esperaba beicon y huevos.
—Pon la esperanza en una mano y la mierda en la otra…
—Y a ver cuál se llena antes, ¿no?
Jack retira el cazo del fuego, envuelve el mango con el bajo de la camiseta y sirve una taza para cada uno. Coge una sartén pequeña de la carreta ( Destry nos ha equipado bien para la acampada , piensa), echa un cuajarón de algo que parece manteca y fríe el maíz molido.
Pay vuelve de hacer sus necesidades y comenta:
—La verdad es que eso no huele nada mal.
—Tu elogio me llena de gratitud, sai Orville.
Pay lo mira por unos segundos y dice:
—Ya lo pillo.
6
Los caballos están bien; un tanto retozones durante la primera hora, más o menos, pero después ya centrados en su labor.
Ni muy deprisa ni muy despacio. No se ven más mesas, sino solo unas cuantas colinas bajas cubiertas de maleza.
Aquí los puestos de heliógrafo son tan altos como los postes telefónicos.
Como paisaje no es gran cosa, y en eso se parece a Nebraska, en el lado de Estados Unidos.
Solo que Nebraska es exuberante y está salpicada de granjas.
El paraje que atraviesan es en su mayor parte árido.
Se ven unas cuantas arboledas, pero los escasos habitáculos humanos ante los que pasan están derruidos y abandonados.
Abandonados desde hace mucho tiempo , a juzgar por su aspecto.
Los wompis se cebaron en la gente que vivía aquí , piensa Jack, y de inmediato se reprocha esos temores propios de un niño que cree en el hombre del saco.
Seguramente fue el aburrimiento lo que se cebó en ellos.
Se acuerda de una canción country que le gustaba, «Pretty Little Lights of Town», sobre las falsas promesas de la gran ciudad.
¿Acaso no es eso más probable que los wompis?
Empieza a subir la temperatura. El cielo está despejado.
A eso del mediodía, a juzgar por la posición del sol, Jack avista unas reverberaciones intensas.
Han pasado ya antes cerca de focos de resplandor, los heliógrafos que mencionó Destry, pero esto otro son líneas de luz paralelas reflejadas en metal bruñido.
Discurren una junto a otra, y de pronto Jack cae en la cuenta de que ya ha estado aquí antes.
Es la reencarnación , piensa. O la memoria, y tal vez sean la misma cosa.
—Ellis-Breaks.
Pay ha estado dormitando bajo un sombrero de paja (proporcionado también por el alguacil Destry) caído sobre los ojos. Se endereza.
—¿Cómo dices?
—Esta parte de los Territorios se llama Ellis-Breaks. Estuve aquí con mi amigo Richard cuando éramos niños. Un tren circulaba por esos raíles que se ven ahí. Un trenecito de juguete, algo así como un carrito de golf.
—¿Adónde iba?
—Cuando yo era pequeño, llegaba hasta la versión de California de los Territorios. Ahora dudo que vaya hasta allí.
—¿Por qué lo dices?
—Porque todo cambia. —Jack abarca con un gesto el paisaje rocoso y sin interés que los rodea.
Hay matojos, unas cuantas latas desechadas recubiertas del óxido acumulado a lo largo de los años y miles de millones de kilómetros de cielo azul sin una sola nube a la vista. Nada más—. ¿Tú no tienes esa sensación?
—¿Qué sensación?
Pero Pay sabe a qué se refiere. Jack está seguro de eso. Así que espera.
—Supongo que sí —dice Pay por fin—. Es como si en Mundo Medio…, o los Territorios, si prefieres llamarlo así… —Su voz se apaga poco a poco.
—Vamos, termina.
—Da la sensación de que aquí la realidad no tiene más de dos dedos de profundidad.
La cobertura con la que se baña un gran pastel oscuro y enorme.
—Se ríe, abochornado por recurrir a una metáfora tan trillada; él, que se complace en considerarse un hombre con mucha labia y en la onda, pero a Jack le sorprende la idea.
—No más de dos dedos de profundidad. Exacto.
Siguen adelante en silencio, acompañados por el chacoloteo de los caballos. De pronto, Pay dice:
—Mary debe de estar calentándole los oídos al sheriff.
—Es alguacil, no sheriff, pero seguramente así es. Háblame de George y del experimento del periscopio.
—Ya te lo conté.
—Me hiciste un resumen. Quiero los detalles. Si algo nos sobra, es tiempo.
Pay permanece en silencio con la cabeza gacha y el sombrero inclinado sobre los ojos.
Jack casi ha llegado a la conclusión de que se ha dormido cuando de repente deja escapar una risita y después suelta una sonora carcajada.
Tiene sus problemas, Payton, y Mary lo mete en cintura (al menos cuando está sobria), pero desde luego conserva intacto su sentido del humor, eso hay que reconocerlo.
—El puto George Elgin —dice Pay, y se echa a reír otra vez—. ¿Sabes por qué lo trajo aquí Ayden? ¿Qué se suponía que debía hacer?
—Ocuparse de la contabilidad, ¿no?
—Eso y otras cosas. Youngblood quería asegurarse de que sus diversas empresas producían beneficios y de que nadie, mucho menos en el consorcio minero, lo engañaba.
Que nadie sisaba. En Dezi existe cierta economía del trueque, como tú bien sabes, pero el Consorcio Excavación Profunda funciona prácticamente a base de vales.
No puede ser de otro modo. Youngblood ya tenía un contable, y otro para vigilar al primero, pero buscaba a alguien que vigilara a los dos contables.
Además de los granjeros y rancheros que le pagan a cambio de protección.
En esencia, buscaba un supervisor que pusiera en orden todos los libros.
Que sugiriera formas de reducir los costes y maximizar las expectativas.
Y ahora una pregunta para el premio a doble o nada: ¿cómo se llama a esa clase de persona en el sitio de donde vinimos, Jack?
—¿Experto en eficiencia?
Pay señala a Jack con el dedo.