Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Pay reúne ramas caídas para una fogata. Regresa con una brazada y alterna la mirada entre el lóbrego riachuelo y los caballos.

—¿Es segura esa hierba para ellos? ¿Tú crees? Está cerca del riachuelo y el marshal Earp ha dicho que no nos acercáramos al agua.

—Van a comérsela en cualquier caso —contesta Jack—. Solo espero que no estén muertos por la mañana.

—Palabras propias de un buen cristiano —dice Pay, que deja caer la brazada de leña con un estruendo.

4

Jack no se equivocaba sobre la brevedad del crepúsculo.

Es pleno día y al cabo de un cuarto de hora es casi noche cerrada, reducido el sol a un mero trazo anaranjado en el horizonte.

Se degrada a morado…, luego a un añil intenso…

y desaparece. La fogata es una chispa minúscula en medio de un mundo negro.

Algo aúlla y se ríe y farfulla, pero a lo lejos.

—Ten a mano el hierro, Johnny Ringo —dice Pay.

—Ese es el plan, no te preocupes. —Pero Jack recuerda que nunca ha conseguido munición de reserva para recargar la Glock. No es ese un nimio detalle que tenga intención de compartir con Pay.

Entre las provisiones que Destry les ha proporcionado, hay unas latas pequeñas identificadas como pescado .

Cuando Jack las abre con una llave en torno a la que se enrolla la fina tapa de metal, ve sardinas o algo muy parecido.

Las calienta en la pequeña sartén que Destry también les ha facilitado; no porque sea necesario guisarlas, sino porque la noche se presenta fría.

Las comen acompañadas de galletas saladas que sacan de una bolsa con cierre de cordón.

—Todo sabe mejor cuando lo pones en una Ritz —dice Pay—. ¿Te acuerdas de ese anuncio?

—No.

—En su día fue famoso, y es verdad. Incluso unos pescaditos asquerosos saben mejor con galletas saladas.

—Tan asquerosos no serán si ya te has comido dos latas.

—Uno ha de conservar las fuerzas.

Hay pienso para los caballos en dos morrales, pero Jack decide ahorrarlo para el día siguiente…

, siempre en el supuesto de que no enfermen o mueran por haber comido hierba envenenada.

Por el momento, parecen estar bien. En el bucka encuentran unas mantas de color parduzco, muy similares a la que Jack dejó entre el heno en Nebraska.

Cogen una cada uno y, tras cubrirse los hombros con ellas al estilo nativo americano, se quedan mirando el fuego mientras se apaga.

—¿No habrá incluido Wyatt Earp café, por casualidad? Para mañana.

—No he hecho el inventario del género. No me ha parecido educado.

—Pero él tenía, ¿no? Wyatt.

—Se llama Destry.

—Como sea. Lo recoció de mala manera, pero, aun así, a mí me supo bien. El café no abunda. A veces Youngblood tiene, pero por lo general no. ¿De dónde saldrá en este mundo? ¿Lo sabes?

Jack mueve la cabeza en un gesto de negación.

Es poco lo que sabe sobre Mundo Medio, también conocido como los Territorios, salvo que existe lo que él solo puede describir como magia, así como los restos en declive de una raza tecnológicamente superior de hombres y mujeres que, o bien procedían de aquí, o bien llegaron de algún otro mundo y después desaparecieron.

Puf, se esfumaron. El origen del café en grano es el menor de los misterios.

—¿Cómo llegaste tú aquí, Pay?

—Ya lo sabes. Me secuestró ese puto calvo, el gigantón. Lo mismo que a Mary y a los demás.

—Detalles, por favor.

—¿Por qué? ¿A ti qué más te da? Tú puedes volver siempre que te dé la gana. —Se trasluce cierta amargura en la voz de Pay.

—Vale, dejémoslo. Es solo que la noche es larga y todavía no me viene el sueño.

La criatura que hay en el vacío oscuro vuelve a emitir su sonido, una risa inhumana y desgarrada.

Pay deja escapar un suspiro.

—¿Has oído hablar alguna vez del Dangerfield’s? Es un club de humor en vivo de Nueva York.

—Sí. Me parece que leí en un diario que cerraba.

—¿Sí? No se perdió nada, aquello era un antro. En cualquier caso, hice un bolo allí una noche en el verano del 76. El tercero en el cartel. Carlin era el primero, lo cual me pareció justo, pero ¿Paul Lynde en segundo puesto? Vamos, hombre, no me jodas.

Jack advierte que Pay va cobrando ritmo, el que a veces utiliza con Youngblood y el que adoptaba en su día en el escenario.

—Yo sudaba como un cerdo, porque era julio y el aire acondicionado de aquel tugurio no funcionaba. Aun así, tenía al público revolcándose por los pasillos. Conté el chiste de los grandes veleros. ¿Quieres oírlo?

—No.

—¿Me ofende tu negativa? Ni por asomo. En todo caso, no te reirías, porque el humor no envejece bien. Si no es actual, chirría, ¿sabes a qué me refiero?

—Sí.

—La cuestión es que el público se tronchaba y también hacían gracia los chistes viejos. «¿Qué le dice un pez a otro pez? Nada». Incluso ese funcionó, quizá por lo malo que era, como preguntar por qué los elefantes son grises.

—Para diferenciarlos de los arándanos —dice Jack.

—Exacto, exacto; ya lo habías oído. Y quién no, que es un chiste de niños, pero, en cuanto empiezan a reírse, todo les parece la monda.

Se convierte en puro delirio. La cosa es que están allí todos como locos excepto un tipo, sentado él solo en medio de la sala, con traje negro, corbata de cordón, calvo como una puta bola de billar.

—Ayden.

—Exacto. El puto Ayden Hestin. Y cuanto más serio lo veía, más me molestaba, porque todos los demás se estaban desternillando. Te haces cargo, ¿no?

—Te rayaste.

—Sí, no veas. La mosca en la leche, el garbanzo negro, una cosa así.

—El pelo en la sopa —añade Jack.

—Sí, también. Yo me alojaba en un cuchitril de la calle Veintitrés, el hotel Chelsea…

—Donde murió la novia de Sid Vicious —dice Jack.

—¿Cómo? ¿Quién?

—Da igual, eso fue después de tu cuándo.

—¿Eh?

—Ocurrió más tarde. Adelante.

—Podría haber ido a Chicago, buscaban a alguien en el Second City, pero me quedé en Nueva York porque pensé que, después de esa actuación genial en el Dangerfield’s, igual me llamaban del The Tonight Show , pero el puto Johnny Carson, menudo capullo está hecho…

—Ya no —lo interrumpe Jack—. Murió hace tiempo.

—Bien. Me gustaría volver solo un rato para mear en su tumba.

—Se queda en silencio. Uno de los caballos deja escapar un leve resoplido.

Por efecto de una brisa momentánea, saltan chispas de la fogata, que por unos segundos irradia un vivo resplandor hasta atenuarse de nuevo—.

No hablo en serio. Johnny ayudó a muchos humoristas jóvenes. Pero no a mí.

»El caso es que tomé unas copas para celebrar mi exitazo en el Dangerfield’s…

, unas ocho o nueve, quizá…, y al día siguiente me levanto a eso de las doce.

Salgo a la calle y allí está el puto calvo, esperándome.

El mismo traje oscuro, la misma corbata de cordón.

Me dice: “Hola, señor Orville”, y yo pienso que va a pedirme un autógrafo o algo así.

Pero va y me apunta con una pistola y me coge del brazo. ¿Te ha agarrado alguna vez?

—No.

—Pues considérate afortunado. Su mano es como una garra de acero.

Me hinca la pistola en el costado y dice: «Camine.

Y si grita, si le dice algo a alguien, apretaré el gatillo y le estallará el corazón.

No es usted el único bromista de la ciudad».

Y yo digo: «¿Para ir adónde?». Y él contesta: «A Central Park».

Yo digo: «¿En serio? ¡Eso está a cinco kilómetros de aquí!

». Contesta: «Tres coma uno. Ahora, camine o muera.

Hay una persona que quiere verlo. Una persona que quiere reírse. Usted hace reír a la gente».

Pay se vuelve hacia Jack. Sonríe. Es la sonrisa más triste que Jack Sawyer ha visto en su vida.

—Tío, ojalá hubiera pinchado en el Dangerfield’s. Si hubiera pinchado, no estaría aquí sentado delante de una fogata en medio de un mundo extraño y camino de un sitio donde hay putos wompis.

»Nos dirigimos a Central Park y, por el camino, al menos se me pasó la resaca.

Jack, nada la cura mejor que el cañón de un arma clavado en las costillas, a centímetros del corazón.

Es mejor que los polvos para la jaqueca Goody’s.

Llegamos a Central Park. Una radiante tarde de verano.

Niños jugando, músicos callejeros tocando, hierba verde, un pequeño surtidor.

Yo me quedo con eso, tío. Dezi no está mal, pero desde luego no es Central Park.

—No hay nada igual.

—Rodeamos aquel pequeño edificio, el sitio de los títeres…

—El Teatro de Marionetas —apunta Jack.

—Eso. Un chaletito como de Heidi. Vamos a la parte de atrás y yo veo allí un resplandor, como esa especie de calima que se forma encima de un incinerador, ¿sabes?

Jack está fascinado. Nunca había oído esa parte, y no tiene nada que ver con lo que ocurre cuando él salta.

—El puto Ayden me empuja con todas sus fuerzas y… el resto ya lo conoces. Dezi. Los trucos para el gran hombre, incluido ponerme una flecha postiza que me atraviesa esta estúpida cabeza mía. Esa es la historia, Jack, y, como dicen por aquí, que te sea de provecho.

5

Cuando Jack despierta, los caballos han desaparecido. Se yergue al instante. La primera luz del alba empieza a filtrarse en el cielo. A su izquierda, cerca de las cenizas de la fogata, Pay no es más que un bulto bajo su manta y ronca ruidosamente.

Oye un resoplido y, al volverse, ve a Golden Boy y a Rang, uno al lado del otro, en la orilla del riachuelo.

Abrevan con avidez. Se han soltado de sus amarres, y Jack no puede culpar a nadie más que a sí mismo, porque los ató él.

Su única excusa es que, rendido de cansancio como estaba, apenas podía mantener los ojos abiertos.

Jack los guía de regreso a la carreta y los engancha.

Sus manos parecen manejar las hebillas y las correas por propia iniciativa, como si esa tarea hubiera sido algo habitual para él en otra vida.

Acaricia el hocico aterciopelado de Golden Boy y dice:

—Habéis sobrevivido a la hierba. Esperemos que sobreviváis al agua.