Capítulo 6
—¡soplapollas! ¡hijo de mala madre! ¡chulo! ¡déjame salir de aquí ahora mismo, joder! ¿ ¡me oyes, capullo ! ?
Pay mira hacia la celda donde está la luz de su vida, allí de pie, agarrada a los barrotes.
Tiene los ojos enrojecidos y llora a lágrima viva…
Y no de tristeza, sino de rabia, concluye Jack, lo cual no es una gran deducción, en vista de la sarta de improperios e injurias diversas que profiere contra Payton.
Debido a la vomitona, aún tiene el cabello pegoteado y el peto del pantalón de pana manchado.
Aaron Destry, sentado en su pequeña mesa, escribe en una pizarra de tamaño infantil —la versión de un iPad en Mundo Medio—, pero, cuando Pay se encamina como un sonámbulo hacia la celda, le advierte:
—Yo no lo haría.
Pay se vuelve a mirarlo, y el alguacil extiende el brazo derecho, que presenta una media luna de marcas rojas justo por encima de la muñeca.
—Muerde —aclara.
Jack ve un plato —por suerte, metálico y, por tanto, indemne— vuelto boca abajo en un rincón de la celda.
Reposa en un charco de salsa cuajada junto a una pata de pollo.
No necesita intuición ni deducción holmesiana alguna para entender que el alguacil le ha ofrecido lo que en el calabozo de Pernil pasa por ser un desayuno.
Ella ha agarrado el plato, le ha clavado un buen mordisco al alguacil y después ha tirado la comida.
Jack siempre ha visto a Mary corretear de aquí para allá dócil y afablemente (excepto cuando le sobreviene uno de sus infrecuentes raptos de precognición), complaciente y dueña de un pícaro sentido del humor muy distinto de las astracanadas cabareteras de Pay.
Esta no es la misma Mary. Esta es una Mary sin su dosis etílica de mantenimiento, moderada pero regular.
—¡coge la llave, gilipollas, pedazo de inútil! ¡sác ame de aquí, joder!
—Descuiden —dice Destry, pero se dirige especialmente a Pay—.
Para cuando vuelvan ustedes de su pasear , estará como una rosa.
Bella se ha pasado por aquí con la intención de lavarla, y le he dicho que vuelva esta tarde.
—Señala con la cabeza a la loca que sacude los barrotes de la celda—.
Para entonces ya se habrá tranquilizado un poco.
—Mary… —empieza a decir Pay.
—¡chúpame el culo!
—Te encontrarás mejor cuando…
— ¡chúpame la mierda del culo! ¡aspíramela!
—Yo…
—¡mario el marica de maricolandia! ¡ese eres tú! ¡si quieres volver a echar un polvo en tu puta vida, sácame de aquí!
Pay se dirige apresuradamente hacia la puerta de la calle.
—¡eso, gallina! ¡corre! ¡huye! ¡es para lo único que sirves!
Pay sale y encorva los hombros como preparándose para un repentino aguacero: granizo mezclado con lluvia.
En voz más baja, Mary dice:
—Sácame, Jack. Me portaré bien.
Mira con febril intensidad el petate que Jack ha traído. Posiblemente ha oído el tintineo de las botellas.
—Dentro de poco te encontrarás mejor —dice Jack—. En todo caso, en este petate no hay priva.
—Anda y que os jodan a ti y al caballo en el que has venido —dice Mary. Se sienta en el camastro, agacha la cabeza y se echa a llorar—. Me duele la cabeza, tengo el estómago revuelto, he tenido que cagar en ese cubo. ¿Por qué no me matas y ya está? Veo que llevas la pistola.
—No es la primera borracha de larga duración que pasa por aquí —comenta Destry— ni será la última. Supongo que no tendrá la rabia, ¿no?
—No lo creo. No le sale espuma por la boca.
—¿Qué hay en ese petate?
—Algo que quiero…, que necesito que usted guarde en un lugar seguro.
—Lo dejaré bajo llave en la otra celda. ¿De verdad no es alcohol?
—De verdad.
—Bien. —Lanza una mirada a Mary—. ¿Ha visto el bucka de ahí delante?
—Sí. Gracias.
—En la parte de atrás lleva provisiones para tres días. Más un barril de agua. Hay arroyos en el camino, pero yo no me fiaría un pelo.
—Gracias, sai.
Destry deja a un lado la pizarra.
—¿Cuánto tiempo lleva en Dezi, Jack?
—Quince años. Puede que más. No sabría decirle. Llegué con mi mujer.
El alguacil asiente con la cabeza.
—¿Cuánto hace que está en este mundo ? Por como habla, debe de llevar aquí mucho tiempo.
Jack está a punto de decir dela , pero en realidad no ha pasado tanto tiempo, solo se lo parece. Opta por decir «bastante».
—¿Su mujer era la Reina de las Sombras?
Jack mueve la cabeza en un gesto de asentimiento.
—¿Dice verdad?
—Verdad. Es una larga historia. Algún día se la contaré. Si vuelvo por…
Mary salta hacia los barrotes con una inquietante rapidez que lleva a Jack a pensar en la niña de El exorcista .
—¡No volveréis! Si os vais sin mí, ¡moriréis! ¡Moriréis en Riven, moriréis en las Arrasadas, moriréis en la Garganta! ¡Lo he visto! —Muestra los ojos tatuados en las palmas de las manos. Estos miran a Jack y al alguacil con una expresión (juraría Jack) de sorpresa terminal—. ¡llévame o muere!
Destry manifiesta señales de preocupación por primera vez.
—¿Tiene esa mujer el don de la profecía?
—Sí —contesta Jack—, pero ahora mismo no hace más que decir mentiras. ¿No, Mary?
Mary retrocede hasta el camastro. El cabello le cae por el rostro.
—Ya lo verás —masculla—. Ya lo verás.
—Guárdeme bien ese petate —dice Jack a Destry—. Los refrescos que hay dentro son para el gobernador Youngblood. Espero tenerlo contento con eso. Al menos por un tiempo.
—Márchese ya —insta Destry en voz baja—. Que les sea de provecho, a usted y a su amigo.
—Largos días y gratas noches —contesta Jack. Sale por la puerta antes de que Destry termine de desearle que él vea el doble.
2
Los caballos son fuertes y están descansados.
Los dos hombres dejan atrás Pernil en un abrir y cerrar de ojos.
En las afueras del pueblo, pasan por delante de la estación del tranvía y Jack ve que el vagón de Dezi ha desaparecido.
En la parada hay otro tranvía, más limpio y más nuevo.
Se apean algunas personas, y otras —peones de granja, a juzgar por su aspecto— se preparan para subir.
En la ventana delantera se lee la palabra mejis.
Jack lleva las riendas, pero los caballos —Golden Boy y Rang— trotan en perfecta armonía.
Más allá de la estación del tranvía, la carretera se estrecha.
Cada tanto, en ligeros promontorios, ven postes con trozos de espejo incrustados en lo alto, tan refulgentes a causa del reflejo del sol que cuesta mirarlos.
Heliógrafos. Una especie de telégrafo. Pay va sentado a la derecha de Jack y prescinde de su habitual aluvión de gansadas graciosas (bueno…
, graciosas a veces). Ahora ya no lleva los hombros encorvados.
Los lleva sencillamente hundidos. Al principio, su silencio resulta tranquilizador; luego, preocupante.
Cuando por fin Jack rompe el silencio, Pernil ha quedado atrás y, a su alrededor, todo es un vacío polvoriento en el que descuellan unas cuantas mesas que parecen dientes rotos.
—Mary no decía en serio todo eso. Es solo por el síndrome de abstinencia.
—Lo decía muy en serio —afirma Pay con una voz cansina, totalmente opuesta a su animado parloteo de costumbre—. ¿Has oído alguna vez el proverbio in vino veritas ?
—Cómo no.
—Pues quítale el vino a una persona que se ha pasado la mayor parte de su vida adulta dándole fuerte y entonces tendrás la auténtica veritas .
—Estoy seguro de que no es así.
—Es así exactamente. He perdido dos veces en el juego del matrimonio, y, en lo que se refiere a mi trayectoria como humorista, los números que hago pasaron de moda en los tiempos del claqué y Milton Berle.
Mary sabe lo que soy. Esto no es autocompasión; solo digo las cosas tal como son.
Si lo que quieres es subirme la moral para que haga heroicidades de mierda en esta expedicioncilla, olvídate.
No somos Starsky y Hutch, y esto no es Hollywood.
Yo soy un simple bufón de la corte, e incluso Youngblood, que no es precisamente un entendido en cuestiones de humor, empieza a plantearse darme la patada en el culo.
— Eso sí suena a autocompasión.
Pay no quiere reírse del comentario, pero lo hace… con cierto resquemor.
—¿De qué vivirán en un villorrio así de cutre? ¿Cuál será el comercio que mantiene circulando la sangre vital del municipio?
Jack se detiene a pensarlo mientras observa una bandada de grandes aves verdes volar en dirección este, dejando a su paso un fugaz dibujo de sombra cambiante.
—Pues, verás, no tengo ni idea.
—Yo tampoco. ¿Has oído el de los banqueros náufragos en una isla desierta?
—No, cuéntamelo.
—Todos se hacen ricos vendiéndose la ropa unos a otros con un diez por ciento de interés.
—¿Y eso qué significa?
—Ni idea, Jack. Nunca he sido capitalista.
Jack reflexiona al respecto durante largo rato. Por fin dice:
—Ya lo pillo.
Esta vez no se advierte resquemor en la risa de Pay.
—¿Tú crees que mentía? ¿Cuando ha dicho que moriríamos aquí? Lo he oído a través de la puerta.
—Eso espero, la verdad —contesta Jack—. Coge un popkin de ahí atrás y pásamelo. Me he saltado el desayuno.
Pay le da uno y coge otro para él. Mastican una especie de carne misteriosa en silencio.
Sobre ellos vuelan más tafis. La carretera de Riven se estrecha aún más y empiezan a aparecer hierbajos en el centro.
Pasan por delante de una última granja y luego se internan en la gran nada.
Que sería , piensa Jack, un buen título para una de las novelas pulp que le gustan a Youngblood.
3
Ya avanzado el día, con el sol en poniente, llegan a un lóbrego riachuelo bordeado de árboles que acaso sean, piensa Jack —que no es botánico—, la versión de los álamos en los Territorios.
Dice a Pay que deberían acampar allí, porque el crepúsculo será muy breve; en esta zona, la noche cae de repente.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta Pay.
Jack mueve la cabeza.
—Tú créeme.
Payton examina la pequeña arboleda.
—Es tan buen sitio como cualquier otro, supongo.
Jack detiene a los caballos y los amarra a un par de árboles. Destry ha incluido un costal de manzanas viejas, mohosas y cubiertas de manchas. Da dos a Golden Boy y otras dos a Rang. Los animales las mastican y empiezan a pacer.