Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 5 #5
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Capítulo 5 #5

A Jack le da mala espina, pero estaba preparado para algo peor.

Han saltado , piensa. Una idea muy normal, si se tiene en cuenta lo que él mismo acaba de hacer, pero, por lo que él sabe, Kinneston y Speckhoffer no pueden saltar.

¿Podría Dale? Conserva un recuerdo borroso de los sucesos de French Landing —quizá porque resultó herido muy poco tiempo después—, pero cree que Dale estaba allí y cruzó.

Regresa al establo en ruinas. Se sienta en el heno. Saca la libreta de debajo del cinturón billetero y pasa las hojas posteriores a la primera entrada, buscando las palabras «saltar» y «Speedy». Después de unas cuantas páginas más sobre su madre, encuentra lo que busca.

6

Necesitaba hablar con alguien de preocupaciones que ningún niño de doce años debería tener, y Parkus —Speedy Parker— era la persona indicada.

Además, fue él quien me explicó cómo saltar a Mundo Medio, o lo que yo llamaba «fantasías».

Había estado allí antes, pero a eso de los nueve años dejé de ir.

Creo que mi madre me lo quitó de la cabeza.

Dijo que las fantasías no eran reales y que no quería que me volviera loco, pero me parece que no lo hizo por eso.

Temía que me quedara en ese otro sitio o me metiera allí en algún lío.

Aquel día —mi madre, enferma; nosotros, perseguidos por Morgan Sloat— acompañé a Speedy más allá del tiovivo y seguimos por la arcada, que estaba vacía porque era otoño y Divertimundo cerraba al final de la temporada.

Speedy era amigo mío, pero yo era también su peón.

Puede que en otro momento te cuente algo más sobre eso.

Lo que quiero contarte ahora es que Speedy me enseñó a ir…

, o me enseñó de nuevo. No dejándome llevar por mis ensoñaciones, sino totalmente despierto.

Aquel día me tendió una botella verde. Lo llamó zumo mágico. Dijo que mucha gente no necesitaba zumo mágico para visitar Mundo Medio, que él llamaba los Territorios.

«Pero tú no ha etado hase musho tiempo, ¿verdad, Jacky?».

¡Y entonces me miró con una expresión de profunda tristeza!

Tal como una persona con sentido de la vista mira a un ciego o una persona capaz de andar mira a alguien con parálisis.

Al ver esa mirada, lamenté haber perdido ese otro mundo.

Yo pensaba que abandonar las fantasías solo formaba parte del proceso de hacerse mayor, pero, cuando Speedy me tendió esa botella, supe que me equivocaba.

Creo que casi todos los adultos cometen ese mismo error.

Abandonar las fantasías es dejar que la imaginación muera sin comunicado público ni ceremonia. Es una especie de suicidio.

Me dijo que tomara un sorbito. Añadió que, si en el sitio adonde iba tenía miedo, podía tomar otro sorbo y volver. «¿Y la botella vendrá conmigo?», pregunté. Y Speedy dijo: «En efecto».

Tuve miedo, Sophie. Quise devolverle la botella —era solo vino barato, tintorro; qué precio tiene, dos de cincuenta centavos—, pero él se negó a aceptarla, así que apreté los párpados y eché un trago.

Sabía a rayos, querida mía; era rancio y asqueroso.

Un sabor horrible y dulzón que me dejó un rastro de fuego en la garganta.

Cuando abrí los ojos, el parque de atracciones había desaparecido.

Allí seguía el sonido uniforme del oleaje, pero el agua era de un azul más oscuro, más intenso.

La avenida Boardwalk se había convertido en un camino de carros.

Crecían zarzamoras a ambos lados. Cogí una cuantas moras, que eran las más dulces que había probado jamás.

Vi un pájaro. Pensé que era una gaviota gigante, pero en realidad era un plunja.

Empezó a brincar hacia mí. Retrocedí y volví la cabeza.

Vi banderolas —pendones— y un gran pabellón que se recortaba contra el cielo más azul y más puro que he visto en la vida.

Supe que ese pabellón era nuestro hotel en el lado de Estados Unidos. Era uno de esos ecos. Un gemelo.

Cuando miré de nuevo a aquel pájaro atroz, lo tenía aún más cerca. Graznaba, parecía hablar. Parecía decirme que mi madre moriría. Me aterrorizó, así que cerré los ojos y bebí otro sorbo del zumo mágico de Speedy.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba de nuevo en la arcada. Pregunté a Speedy si me había ido y dijo…

Jack lee las últimas palabras de esa entrada en voz alta: «Como si tal cosa, Jacky; como el viento».

Ahora cierra los ojos, como hizo entonces. Espera. El sonido de los grillos da paso a la voz de un borracho que sale de la cantina camino de su casa y al olor a basura putrefacta. Jack ha regresado. Trae la información que ha podido conseguir y tiene lo otro que ha ido a buscar.

La pistola.

7

Encuentra a Pay Orville en el sórdido vestíbulo del hotel Good Rest con el petate entre los pies, terminándose una Coca-Cola.

Jack, invadido por un sentimiento sospechosamente cercano a la lástima, advierte que las zapatillas Converse de Pay están a punto de exhalar el último suspiro.

Se ha remendado una con un trozo de cordel de heno trenzado para evitar que el empeine se separe de la suela de goma.

—Una visita rápida —dice Pay.

—Sí.

—Te has traído un hierro.

—Sí.

—¿Tu amigo está bien?

—No hay noticias. —Coge el petate—. ¿Qué tal la Coca-Cola?

Pay eructa. Es respuesta suficiente.