Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

Lo que ve cuando entra en la cantina —a través del aire enrarecido por el humo, bajo la luz vacilante de los candiles de gas colgados de las paredes— no es una oveja descarriada, sino dos.

No obstante, solo Pay permanece compos mentis .

Mary Klee tiene la cabeza apoyada en la gran mesa redonda situada en el centro del local.

Ronca. El pelo desparramado le cubre casi toda la cara.

Con una mano sujeta aún un vaso de chupito lleno de un líquido que parece sangre venosa.

Al parecer, es la única mujer en el local.

Pay Orville está a su lado, pero no le presta la menor atención.

Lo acompañan en torno a la mesa ocho o nueve hombres, en su mayoría con bigote, todos con los ojos enrojecidos.

Varios llevan sombreros de copa baja y ala ancha, el tocado tradicional de los jinetes de la Pendiente, pero Pernil se halla muy al oeste del Mar Limpio.

Aquí no hay jinetes de la Pendiente. Esos individuos con los que bebe Pay son los chicos malos del pueblo.

Haraganes. Casos perdidos. Uno de ellos acaricia el cuello de Mary mientras el pianista —visible apenas en medio de la nube de humo de cigarrillos y puros— aporrea las teclas.

—¡Ahora ya sabéis la letra, así que, venga, repetidla una vez más ! —exclama Pay.

El hombre sentado junto a Mary baja la mano y le da un apretón en un pecho.

En ese momento, Jack habría podido sacar alegremente el arma y haberle pegado un tiro entre los ojos a Payton por permitirlo.

Solo que no tiene arma con la que disparar.

La dejó bajo un montón de heno en otro mundo, envuelta en una bolsa de plástico.

Unos cuantos elementos de esa panda de aspecto amenazador entonan la primera estrofa de la canción que Pay les ha enseñado:

— ¡eh, ahí viene johnny con el chisme en la mano, el hombre de un solo huevo, y se marcha al rodeo!

—Otros se suman al coro—. ¡allemande a la izquierda, allemande a la derecha, venga, zopenco de mierda, pon derecho el pie derecho, ya me entiendes…

! —A eso sigue un bramido al unísono que ahoga la música del piano—.

¡no me cabrees, soplapollas de mierda, cortalrollo y vuelve al trabajo!

Jalean y vociferan. Uno de ellos lanza un vaso, que el sai imperturbable que atiende la barra atrapa sin mayor problema.

Él es viejo; sus reflejos no. Algunos de los integrantes del grupo de Pay miran hacia las puertas de vaivén para echar un vistazo a Jack; luego centran la atención de nuevo en Pay.

—¡Haz otra vez ese puto truco, hijo de mala madre! —grita uno de ellos—. ¡Hazlo otra vez! ¡Pero ahora que sea la puta reina de picas!

Payton también se ha vuelto brevemente hacia la puerta, pero Jack no sabe con certeza si lo ha reconocido. En el rostro de Pay se trasluce algo que Jack nunca había visto: terror.

Pay se remanga.

—Señores, fíjense: aquí solo tengo los brazos y me llegan hasta los hombros.

La panda de casos perdidos prorrumpe en carcajadas, como si ese fuera el chiste más gracioso que han oído en la vida… Y, en su actual estado de ebriedad avanzada, puede que lo sea.

Pay tiende la mano hacia el hombre que acaricia a Mary, inconsciente, y saca de su oreja una reina de picas. Jack ve el truco, pero considera que no está mal para un hombre tan borracho (o cagado de miedo) como parece estarlo Payton.

La panda responde con un rugido de entusiasmo. El hombre sentado a la izquierda de Pay —el que en estos momentos no está realizándole un examen mamográfico a Mary— exclama:

—¡Haz que Hector hable! ¡A ver, tú que eres tan listo, haz que hable!

—¿Quién es Hector? —pregunta Pay, que sonríe.

Algo en esa sonrisa forzada induce a Jack a quedarse donde está.

Ninguno de los hombres duros sentados a la mesa va armado, pero son muchos y él está solo.

Jack daría lo que fuera por tener su Glock en este momento.

Al igual que la Coca-Cola, es idéntica en los dos mundos.

Tal vez lo sea en todos los mundos, si es que hay más.

El anciano situado detrás de la barra, que lleva un delantal blanco sucio atado muy arriba, justo por debajo de las axilas, señala hacia un estante donde hay una risueña marioneta de madera, sentada y con las piernas articuladas colgando.

Luce unas botas, un sombrero de copa baja y ala ancha, y nada más.

Su pene, de madera y por tanto en perpetua erección, es de una longitud grotesca y le llega casi hasta la nariz. Tiene los ojos azules y es bizco.

—¡Hector! ¡Hector! —entona el hombre duro, y los otros hombres duros se suman—: ¡Hector! ¡Hector! ¡HECTOR! ¡HEK-TORR!

El camarero de rostro imperturbable coge el muñeco del estante y lo hace bailar sobre la barra: claqueti-clac-clac-clac.

Los hombres vociferan y patean el suelo.

El camarero no sonríe mientras maneja la marioneta, y Jack piensa que ese individuo tiene algo de siniestro.

Jack vuelve a mirar a Pay. De pronto cae en la cuenta.

Pese a que sonríe y canta a la par que los demás, está muerto de miedo.

Ese era el motivo de su rápida ojeada a Jack.

Ve algo más cuando Pay se acerca a la barra y coge el muñeco bailarín de manos del camarero.

No está borracho. No está colocado. Al igual que Sheherezade, proporciona entretenimiento porque le va la vida en ello. Y quizá también la de Mary.

El canto se desvanece y Jack oye decir claramente al camarero:

—Como rompas a Hector, yo te rompo a ti.

La intuición sigue viva, y Jack sabe —no piensa, sino que lo sabe con absoluta seguridad— que Pay está interpretando su monólogo para librarse de una paliza y, muy probablemente, para evitar que Mary sea víctima de una violación en grupo.

Se trata de una versión nueva y mejorada de una situación que ya pintaba mal.

Pay ha encontrado una especie de palanca de control rudimentaria en la espalda de Hector.

Los ojos azules del muñeco giran a uno y otro lado, como si escrutara a la congregación de haraganes borrachos.

Abre y cierra la boca con un chasquido, y sale de él una voz aguda y aflautada, casi femenina.

Pese a su preocupación, Jack no sale de su asombro.

Ignoraba que la ventriloquía formara parte del repertorio de Pay.

—¡Atrás, muchachos! —dice Hector con su voz de falsete, y Pay echa hacia delante las caderas del muñeco—. ¡No sé cómo de grande se hace esto!

Los hombres se ríen a carcajadas.

Hector mira a un lado y a otro. Sus ojos pintados emiten también chasquidos, como la boca.

—El médico me dijo que dejara de pelármela, y, cuando le pregunté por qué, me contestó: es que intento examinarlo.

Más risas.

—¿Lo pilláis? —pregunta Hector, que, con movimientos espasmódicos, desvía la mirada a izquierda y derecha.

—¡Haz que se la chupe! —brama un hombre con un sombrero de color rojo oscuro.

—Lo siento, no sé poner morritos —responde Hector—. Pero puedes hacerlo tú por mí.

Los hombres sueltan sonoras risotadas, pero no así el que quería ver a Hector practicarse él mismo una felación. Este en particular, vaso en mano, se pone en pie.

—Eso no tiene gracia, yo no hago esas guarradas.

Antes de que Jack pueda formular entero un axioma —algo sobre que los hombres con especial tendencia a ofenderse por los chistes de gais tal vez tengan conflictos psicológicos relacionados con su propia sexualidad—, el del sombrero rojo lanza el vaso.

Pay lo esquiva. El camarero intenta atraparlo también, pero falla.

El vaso choca con la barra y se hace añicos.

—Freddy, eso vas a pagarlo tú.

El del sombrero rojo no hace el menor caso al camarero. Solo tiene ojos para Pay.

—¿Quieres ver una cosa que sí hace gracia? Yo voy a enseñarte una cosa que sí hace gracia: ¡tus putos dientes esparcidos por el suelo!

Pay retrocede y levanta las manos regordetas e inservibles. Con una voz que suena exactamente igual que la de Pay, Hector dice:

—No perdamos la cabeza, aquí todos somos amigos, ¿vale?

Freddy sigue adelante y aprieta los puños.

Jack se prepara para intervenir, pero duda que pueda coger desprevenido a ese hombre tal como hizo con el ho-chunk del servicio de seguridad del casino.

En ese preciso momento, nota una corriente de aire en la espalda.

Alguien acaba de entrar en la cantina. El recién llegado empuja a Jack con el hombro.

Es corpulento y exhibe una estrella de plata bruñida en un chaleco viejo de cuero.

Jack advierte con alivio que también lleva un arma al cinto.

Se la ve tan vieja y gastada como el chaleco del agente del orden y podría no funcionar, pero como símbolo de autoridad surte efecto.

—Así que está aquí —dice el agente. Habla a Pay.

De repente, asalta a Jack una idea tal vez errónea: que ese hombre es el gemelo de Gilbertson. O tal vez no sea errónea. Dale es el sheriff del condado de Hemingford. ¿Es acaso este individuo el sheriff de Pernil?

—Hola, alguacil —saluda Pay—. Encantado de volver a verlo.

—Este no es sitio para gente de otras partes —declara el alguacil—. Ni para vendedores de tónicos de primavera, ni para jugadores, ni para bromistas graciosos ni para forasteros en general. ¿Esa es su amiga?

—Sí, señor. Esa es.

—Debería cuidar mejor de ella. Compruebe si puede andar. Si no puede, cójala en brazos.

—Ya me ocupo yo —se ofrece Jack. La idea de que Pay cargue con ella es absurda.

Pay habla con la misma voz chillona que ha utilizado con Hector:

—¡Eh, Jack, qué sorpresa verte por aquí!

El alguacil mira a Jack.

—¿Va usted con estos dos?

—Sí.

—¿Lo conozco yo de algo?

Es una pregunta complicada a la que Jack no tiene intención de contestar en esta cantina llena de humo. Se limita a decir que no.

El hombre del sombrero rojo oscuro sigue de pie junto a la mesa. El agente lo señala.

—¡Freddy! ¡Siéntate!

Freddy se sienta. No parece colérico, sino solo aturdido.