Capítulo 4 #5
—Es zumo mágico, eso desde luego —dice el otro caballero de la política, quien, al ver a Andrew Jackson en un papel verde, se ha acercado como un mosquito atraído por una farola—. En eso no te equivocas.
Jack ofrece a este segundo caballero de la política otro billete de veinte.
—Compraos otra botella —dice—. Corre de mi cuenta. —Aunque en realidad corre de cuenta de Edward Youngblood.
El segundo caballero de la política señala la bolsa de lona Yeti.
—¿Qué hay ahí dentro?
—Algo de beber, pero no de vuestro rollo —responde Jack—. Y ahora largo. Ya os podéis ir con la música a otra parte.
—¿Te encuentras bien, mister? —pregunta el primer caballero de la política.
—Nunca me he encontrado mejor. —El corazón se le ha acompasado y late al ritmo de siempre.
—¿Has estado en el desierto? Veo unas quemaduras de sol espantosas.
—He estado en el desierto a lomos de un caballo sin nombre —dice Jack.
El segundo caballero de la política se echa a reír.
—¡Esa canción la conozco! El grupo que la sacó se llamaba… algo así…
—America —apunta Jack—. Así se llamaba el grupo. —Entrega otros veinte a cada uno, ¿por qué no?—. Señores, este es vuestro día de suerte. Y ahora lo diré cortésmente y con mi mejor voluntad: largo de aquí, joder.
Se van, seguramente camino del supermercado más cercano para reabastecerse de bebida potable. De pronto, el primer caballero de la política se da la vuelta.
—Yo que tú iría al médico, amigo. —Señala las manos de Jack—. Reconozco un SK en cuanto lo veo.
Jack baja la vista. Tiene lesiones oscuras en ambas manos. ¿Cuándo le han aparecido? ¿Mientras veía la rueda de prensa? ¿Mientras compraba la Coca-Cola?
—Manchas de sarcoma de Kaposi —aclara el caballero de la política—. No es un juicio de valor, solo te lo digo tal como es.
—Ya, gracias —responde Jack, y los observa alejarse por la calle. La conversación ha sido interesante y el lingotazo de tintorro tonificante, pero tiene que irse a otro sitio.
Se pone en pie, agarra la bolsa y rodea la tienda de ropa hasta la fachada lateral.
Ahí hay un camino cubierto de hierba y un gato hecho un ovillo sobre un contenedor, que lo mira con unos ojos verdes de expresión cauta.
Aún nota el sabor del vino en la boca. Es desagradable y áspero y hermoso como solo podría serlo un sabor inesperado de la infancia lejana.
Cierra los ojos y piensa: Viajero Jack; ay, Viajero Jack.
Oye el rugido de una moto por la calle Trece. El sonido se aleja. Reverbera. Lo sustituyen los acordes de un piano que toca una melodía de ragtime y muchas voces desafinadas y ebrias que cantan una tonada obscena a pleno pulmón.
Es el Malamute Saloon , piensa, donde una panda de muchachos alborota.
Solo que no está en Alaska, en el lado de Estados Unidos, sino en Pernil, en el lado de los Territorios, y ahora percibe el hedor a podredumbre de la basura. Ha regresado. Abre los ojos y ve unas ratas enormes, un par de ellas mutis con patas de más, que escarban entre la basura.
—¡Fuera de aquí! —exclama Jack, y da una palmada.
La bolsa Yeti, antes tan cara, se ha convertido en un petate hecho a mano con el rótulo devuélvala en el establo de varney estampado en el costado en la lengua de Mundo Medio.
Mira en el interior del petate. El TracFone se ha convertido en una caja de madera en cuya tapa, en tinta morada descolorida, figuran las palabras (estas en inglés) para tus premios .
La abre. Dentro hay solo un anzuelo oxidado. Menudo premio , piensa Jack.
Los packs de doce son morados y de botellas, en lugar de latas, y donde decía Coca-Cola Sabor Original ahora se lee Cooa-Cooa Ori Tay.
Su cinturón, que era de cuero marrón en el lado de Estados Unidos, sigue siendo marrón, pero ahora presenta adornos de vivo color rojo que podrían ser de cristal. O tal vez sean esquirlas de rubí.
Jack sale del callejón. En Pernil ya ha anochecido.
Lámparas de gas colgadas de altos postes de hierro iluminan la calle Mayor.
Los cánticos proceden de la cantina de Pernil, a dos o tres puertas del hotel, y, mientras se dirige hacia allí, ciñendo con el puño la abertura del petate, oye entre las muchas voces un berrido de tenor que con toda seguridad procede de Payton Orville.
Borracho como una cuba, a juzgar por el sonido.
¿Y ha financiado la bebida con los vales destinados a alquilar una carreta bucka?
Jack considera que eso es como preguntar si el cielo está arriba y la tierra abajo.
La Coca-Cola es una de las cosas que no cambian al cruzar desde el lado de Estados Unidos (el móvil desechable no corre esa suerte).
Jack nunca ha encontrado lógica alguna en qué cambia y qué no.
Deja el petate oculto en una densa sombra en el extremo opuesto del entarimado.
Extiende las manos bajo la luz amarillenta y ve que las manchas —sean de Kaposi o no— primero se reducen y después desaparecen.
Los Territorios han obrado su magia. Una de sus muchas formas de magia.
Jack entra en la cantina para meter en vereda a su oveja descarriada.