Capítulo 4 #4
—El sheriff ha muerto —afirma el ejecutivo cristiano, y Jack tiene que contener el impulso de retroceder, retorcerle la oreja y decir: La persona de quien está hablando es amigo mío, así que guárdese sus estúpidas predicciones.
Trata de ahogar la reflexión lógica que acude a su cabeza — a veces incluso las predicciones estúpidas se hacen realidad —, pero no lo consigue del todo.
4
Jack se queda inmóvil frente al bar, planteándose qué hacer a continuación.
Tiene el deber de ayudar a su viejo amigo (si es que es posible ayudarlo), pero también tiene un encargo de Edward Youngblood, el sedicente gobernador y consumado hinchapelotas.
Aquí, en una calle normal y corriente del lado de Estados Unidos, es fácil pensar en Youngblood como un villano de opereta.
Eso sería un error. Probablemente para Jack, y sin duda para su tet de perdedores: Pay Orville, Mary Klee, George Elgin y Larry Magruder, alias el Peonza.
Incluso para Ryall Connors, por insoportable que sea.
Un día, en el camino de las tribulaciones, cuando huía de Morgan Sloat y buscaba
( con la esperanza de encontrarlo )
aquello que, según juraba Speedy, salvaría la vida de su madre, Jack saltó del lado de Estados Unidos y se topó con un rebaño de ovejas de los Territorios.
Conoció a su guardián, un individuo enorme y greñudo llamado Lobo, de la tribu de los lobos.
Lobo acompañó a Jack en su viaje, y juntos pasaron muchas penalidades…
, pero también un moit de alegrías. Lobo era un amigo mejor y más fiel de lo que Jack merecía, posiblemente, y enseñó a Jack todo lo que necesitaba saber para cuidar a quienes eran más débiles.
A estos Lobo los llamaba el rebaño. Uno arriesgaba su vida para proteger al rebaño y la daba si era necesario.
Y, en Estados Unidos, ¿no era Dale acaso la única oveja que le quedaba a Jack?
He aquí lo que vas a hacer. Consigue lo que Youngblood quiere, luego salta a Pernil.
Regresa a Dezi, haz feliz al GJ. Mientras estás allí, busca la sanación, como dicen los cristianos fundamentalistas.
Recarga la batería. Luego vuelve al lado de Estados Unidos.
Puede que la situación se haya resuelto, en un sentido o en otro.
Si no es así, a ver qué puedes hacer en Nebraska antes de empezar a enfermar otra vez. Si falla todo lo demás…
—Como mínimo podré ofrecer consuelo a Sarah —dice, y vuelve a entrar en el Family Dollar para completar la siguiente tarea de su lista.
5
Tienen Coca-Cola Zero en oferta, pero eso no contentará a Youngblood.
Al Gran Jefe le pierde lo dulce. Jack coloca cinco packs de doce de Coca-Cola Sabor Original en el carrito de la compra, que es todo lo que, según calcula, cabrá en la bolsa de lona nueva.
Paga en la caja y, cuando el cajero comenta que « alguien tiene sed», Jack le contesta que ni se lo imagina.
Por supuesto, la Coca-Cola estará caliente para cuando él y los otros dos vuelvan a Dezi, pero Youngblood encargará a Ayden Hestin, su factótum, que la acarree Gran Vía abajo hasta el rompeolas, en cuyo extremo las latas, colocadas en redes, se dejarán enfriar en el agua a tres metros de profundidad.
Jack llena la bolsa y sale a la calle con ella, ahora cargada con veintidós kilos de ese brebaje con gas. Nota en el corazón otro de esos inquietantes vuelcos. De pronto, el día se le antoja demasiado luminoso y a la vez medio desdibujado, lo que, supone, es una paradoja, ¿y qué carajo importa?
Al lado hay una tienda de ropa con un par de bancos a la sombra de un toldo.
Dos hombres, vagabundos sin techo, a juzgar por su aspecto, ocupan uno de los bancos y se pasan una bolsa marrón una y otra vez mientras hablan de los asuntos nacionales con la solemne seriedad de políticos avezados.
El corazón le petardea un poco más y tiene la impresión de que la bolsa de lona aumenta de peso otros diez kilos.
Diez como mínimo. Se sienta en el otro banco, deja la bolsa Yeti entre los pies y espera a ver si su corazón maltrecho reanuda su trabajo o se toma unas vacaciones permanentes.
Uno de los caballeros de la política se acerca a él. Lleva la bolsa marrón en una mano. Le faltan la otra mano y todo el brazo al que esta debería estar unida.
—Buenos días, colega. ¿Tienes unos pavos para un veterano de la Tormenta del Desierto?
Jack observa al hombre, que viste un pantalón de pana y una parka mugrienta con la manga izquierda plegada y sujeta mediante un imperdible enorme.
—¿Qué llevas en esa bolsa, amigo mío? —pregunta Jack—. ¿No será tintorro o sidra?
Jack conserva aún la intuición. Piensa: Utiliza la fuerza, Jack , y no puede evitar sonreír.
El caballero de la política le devuelve la sonrisa y le enseña los pocos dientes que le quedan.
—Tintorro; has acertado a la primera.
—¿Qué precio tiene? —pregunta Jack.
—Bueno, eran dos de cincuenta centavos, pero los tiempos han cambiado.
Jack saca del bolsillo el fajo, ya un tanto mermado, y separa un billete de veinte.
—Dámelo, ¿quieres?
El caballero de la política coge los veinte dólares y entrega la bolsa a Jack, que extrae una botella verde con etiqueta roja y agita el contenido. También mermado.
—No queda gran cosa —reconoce el caballero de la política.
—Con el zumo mágico, eso da igual —responde Jack antes de apurar el resto en dos tragos.
La quemazón lo lleva de regreso a Divertimundo Arcadia, cuando su madre agonizaba en un hotel cerca de allí.
El Alhambra fue en su día un establecimiento de lujo que en su última etapa (su triste última etapa) decayó notablemente. Lo mismo podía decirse de su madre.