Capítulo 4 #2
No es eso lo que Jack cree. Desearía actuar él mismo con urgencia.
Desearía volver a dedo a Hemingford Home, localizar el camino hacia la carretera de Goshen en el condado de Elm y sumarse a la búsqueda.
Es una idea absurda. La participación de Jack Sawyer en el caso del Pescador y su posterior desaparición de French Landing captó por un breve tiempo el interés de los medios de comunicación nacionales.
Su reaparición causaría un gran revuelo.
Además, no es de su competencia. Esto no es Los Ángeles, y, aunque lo fuera, no es polizonte desde hace años.
No sería más que un mirón entorpeciendo las operaciones.
—He oído por la radio —dice Jack— que la camioneta robada en la que iban Kinneston y esa Speckhoffer se encontró abandonada en Broken Bow.
—¿Ah, sí? No lo sabía.
—¿A qué distancia está Broken Bow de la carretera de Goshen en el condado de Elm?
—A poco más de cien kilómetros. Puede que esos chicos vengan de vuelta. La sospecha es que, si Kinneston está imitando a Charles Starkweather… ¿Te has enterado de eso?
—Sí. Kinneston incluso se peina igual.
—Exacto, ese tupé a lo Elvis Presley. En cualquier caso, en el 58, Starkweather y Fugate cruzaron de regreso a Wyoming desde Nebraska, así que la policía ha puesto controles en todas las carreteras que atraviesan la línea divisoria entre los estados.
Si se lo vieron venir a tiempo de darse la vuelta antes de ser localizados…
—Exacto. — Vienen de regreso, casi sin duda —. Si te enteras de algo más, ya tienes mi número. Pasaré un tiempo en Lincoln; después no estaré localizable, digamos. Y, francamente, yo no llamaría a Sarah.
—No la llamaré.
Jack se pregunta si podría telefonear a alguna otra persona, pero no se le ocurre nadie.
Aun así, le gustaría volver a Hemingford Home, el instinto de policía no desaparece así como así, pero tendría que ir en autostop.
Sin tarjetas de crédito (ni carnet de conducir, dicho sea de paso), no puede alquilar un coche, y no hay servicio de autobuses.
Cruza la calle en dirección a Toren. Hacia la mitad, el corazón le hace otro pequeño tantarantán.
Enseguida se acompasa, pero es preocupante.
Los viajes de cinco días al lado de Estados Unidos se han quedado reducidos a cuatro.
No le gusta la idea de que, a medida que envejezca, sus visitas se acorten cada vez más.
Estados Unidos es un país más duro y al mismo tiempo más estúpido que aquel en el que se crio, pero, así y todo, Jack se resiste a la perspectiva de convertirse en un absoluto forastero en su tierra natal. Para empezar, está el helado.
Para continuar, está el rockabilly.
2
La campanilla de la puerta de la librería tintinea.
Jack entra en el mundo silencioso de los libros antiguos con su vago aroma a pimienta y otras especias más exóticas.
Karel Toren, un hombre orondo, nieto del fundador de la librería, se apresura a recibirlo con la edición de Avon de ¿Acaso no matan a los caballos?
en una bolsa de plástico transparente. La gata de la tienda, Minka, permanece posada serenamente sobre su hombro.
En la portada del libro, los participantes de un concurso de baile maratoniano, agotados, arrastran los pies en un salón de tonos rojizos, tal vez alusivos al infierno.
En su cabeza, Jack oye a Gig Young entonar: «¡Venga, venga, venga! ¡El baile continúa!».
—Como dicen por aquí, señor Sawyer, se lo ve a usted para el arrastre.
—He tenido unos días complicados.
Saca el fajo del bolsillo y ve que parte de los vales del Gran Jefe se han mezclado con el dinero estadounidense, los clásicos billetes verdes de siempre.
Los separa y se los mete en el bolsillo de atrás.
Aquí no sirven de nada, y al otro lado tampoco es que sirvan de gran cosa.
Toren le pregunta si prefiere pagar ya los dos libros y reacciona con sorpresa y satisfacción cuando él accede.
Después de ese gasto, Jack conserva aún cerca de mil dólares.
—Pero necesitaré un recibo para el comprador. Yo soy solo…
—… el intermediario, sí, ya me lo ha dicho antes. Con mucho gusto. —Extiende el recibo, anotando con sumo cuidado en mayúsculas los nombres de los dos libros—. Y, cuando llegue el libro de Marlowe, ¿me telefoneará en su próxima visita al pueblo?
—Sí —contesta Jack.
—Todavía no tiene dirección postal, ¿eh?
—No, soy un trotamundos. ¿Tendría la amabilidad de pedirme un taxi?
—Sería más rápido un Uber. Algunos de esos chicos entran en el Vine Street Café a picar algo mientras esperan el siguiente servicio. —Toren exhibe un asomo de sonrisa de enteradillo.
—No quiero un Uber. Y supongo que ya sabe por qué.
—Siempre paga en efectivo cuando viene y no tiene dirección ni número de teléfono. Diría que tampoco tiene tarjeta de crédito. Aunque eso no es asunto mío.
—A ese respecto, le doy la razón —responde Jack.
Toren mira alrededor y habla como si se dirigiese a la tienda, revestida de ordenadas estanterías con libros de segunda mano y vitrinas cerradas con ejemplares raros.
—Viene y va. El hombre de ninguna parte.
—Ese soy yo.
—Pero buen cliente. Llamaré a zTrip. Antes era Happy Cab.
—Gracias. Estaré en el parque, al otro lado de la calle. —Alza el libro—. Tal vez leyendo esto.
—Creo que McCoy está diciéndonos que esa es la historia de nuestra vida: bailar hasta que nos desplomemos.
—O a lo mejor solo quería la segunda mitad del anticipo —comenta Jack, y se marcha.
Suena la campanilla. Jack piensa: venga, venga, venga.
3
Va ya por la página cuarenta de ¿Acaso no matan a los caballos? —es una lectura rápida— cuando se detiene un Honda con portón trasero. Jack pregunta al conductor si hay cerca un Dick’s o un Walmart. El conductor le contesta que en la calle O hay una tienda de artículos deportivos Dick’s.
—Allá vamos —indica Jack.
En el camino intenta llamar al móvil de Dale dos veces más. Buzón lleno. Prueba con la Oficina del Sheriff de Hemingford. Lo invitan a quedarse en espera. Jack rehúsa el ofrecimiento. Busca «Roy Kinneston» en Google y no encuentra nada posterior al abandono de la camioneta.
P ero Dale iba tras ellos , piensa Jack. Kinneston. Speckhoffer. No puede estar seguro de eso, pero lo está. Hace mucho tiempo, Lester «Speedy» Parker lo envió en busca del Talismán. Jack lo encontró en algún sitio —esa parte se ha borrado de su memoria—, pero recuerda el arcoíris
( ven a mí )
y la sensación que experimentó al tocarlo, que nunca lo ha abandonado. Por lo general, le habla en susurros. A veces —como ahora— levanta la voz. A veces grita.
En Dick’s, entrega al conductor dos billetes de veinte y le pide que espere, a lo que el conductor —Yasir— accede encantado.
Dentro, Jack se decide por una bolsa cilíndrica de lona impermeable, marca Yeti.
Mira el precio en la etiqueta, unos exorbitantes cuatrocientos cincuenta dólares, y, por un momento, lamenta haberse dejado la mochila.
Pero en la mochila no le habría cabido lo que necesita guardar. Compra la bolsa.
En el taxi, Jack pregunta a Yasir si hay a mano un Family Dollar.
—Hay uno en el centro comercial Belmont y otro en la calle Trece. El de la calle Trece está más cerca.
—Lléveme, por favor —indica Jack. Por si acaso, intenta llamar otra vez a la Oficina del Sheriff del condado de Hemingford, y esta vez salta un mensaje distinto. La grabación lo informa de que se ha programado una rueda de prensa a las cuatro de la tarde. Nada más.
—¿Qué hora es? —pregunta Jack al conductor.
—Hora de que vaya comprándose un reloj —responde Yasir, y se echa a reír—. A veces me parto de risa de mis propias ocurrencias.
Igual que Pay Orville , piensa Jack.
—Son las tres y media.
—¿Hay algún bar cerca del Family Dollar? ¿Uno con televisión?
—Mi buen amigo y estimado cliente, estamos en Lincoln. Aquí hay bares por todas partes. Cerca del Family Dollar tenemos el Miller Time’s. Está en el hotel Marriott Cornhusker.
Cuando llegan, Jack da a Yasir otra propina de veinte dólares y entra en el bar cargado con su bolsa de lona vacía.
Habría estado dispuesto a pagar otros veinte al camarero para que sintonizara la rueda de prensa, pero le asegura que van a ponerla en todas las emisoras locales, porque Kinneston y Speckhoffer son la gran noticia.
Y no solo en Nebraska. Han despertado interés a escala nacional.
Un ejecutivo con un martini delante comenta:
—Espero que estén muertos. Es lamentable que un cristiano diga eso, pero lo digo.
Por lo visto, esa es la opinión imperante , piensa Jack, pero se lo calla.
Ha aprendido por experiencia que entablar conversación en los bares —incluso en establecimientos agradables como este— trae problemas las más de las veces.
Pide una cerveza y se sienta en el extremo opuesto de la barra, lejos del cristiano declarado.
A las 15.50, interrumpen a Kelly Clarkson para ofrecer a los espectadores un «avance informativo de los servicios estatales».
El periodista aparece de pie en la calle Mayor de Hemingford Home.
Detrás se ve el quiosco para la banda de música donde Dale y Jack escucharon a un grupo de cuerda country un sábado por la tarde, una experiencia con el más puro sabor al Medio Oeste estadounidense.
Algunos periodistas más están haciendo sus presentaciones en directo.
En el quiosco han instalado un atril con unos cuantos micrófonos.
No todos son de medios locales. Hay uno de la CNN y otro de Fox News.