Capítulo 4
Los Briscoe —una joven pareja de viaje para celebrar su primer aniversario de boda— llevan a Jack a la capital del estado de Nebraska.
Escuchan la emisora KLIN («Todo noticias, a todas horas») con la esperanza de que hayan detenido ya a Roi Kinneston y Tara Lynne Speckhoffer.
No ha sido así. La camioneta propiedad del desafortunado granjero que fue la última víctima de los dos jóvenes ha aparecido abandonada en la pequeña localidad de Broken Bow, en la zona central del estado.
«Según la hipótesis que barajan las autoridades», los asesinos quizá hayan dado media vuelta y vayan de regreso al este (aunque no se especifica qué autoridades son esas en particular).
Jack pide a los Briscoe que lo dejen en la calle Vine.
Todd Briscoe insiste en darle parte del dinero y Jack lo rechaza.
Les agradece el viaje y entra a comer algo en el Vine Street Café.
Opta por la spécialité de la maison , que resulta ser pollo sobre un gofre (quién iba a imaginarse que existía una cosa así).
Jack apenas saborea la comida. No puede dejar de pensar en Dale Gilbertson.
En realidad, eso no es pensar. Está preocupado por el asunto de la intuición.
Desearía que Mary Klee estuviera con él para intentar localizar a Dale, pero Mary se ha quedado en Mundo Medio.
Jack prueba a llamar a su viejo amigo otras dos veces mientras espera la comida.
El buzón de voz sigue lleno. Cuando telefonea a la comisaría del condado de Hemingford, esta vez ni siquiera lo atiende la operadora: un mensaje pregrabado lo informa de que todas las líneas están ocupadas y lo invita a permanecer a la espera hasta que le llegue el turno.
A continuación, se oye una música que suena exactamente igual que el hilo musical de la sala de vídeo del casino Howana.
Algo no marcha bien. No hace falta ser un detective retirado de Los Ángeles para deducirlo.
Se plantea tratar de ponerse en contacto con la mujer de Dale, Sarah.
Tiene el número del teléfono fijo de los Gilbertson, pero, si llama, solo servirá para agravar las preocupaciones de Sarah (y las de Davey, su único hijo, ya adulto).
De postre, pide helado, dos bolas. Esto sí lo paladea; se recrea en el sabor.
Puede que en algún lugar de Mundo Medio exista el helado, pero no en Dezi.
Cabría pensar que en una comunidad rural con tanto ganado, vacas además de caballos salvajes, alguien lo habría inventado, pero por lo visto no es así. Jack alarga cada cucharada.
¿A quién más podría telefonear? Al principio, no se le ocurre nadie, pero de pronto recuerda las barbacoas con una pareja con la que Dale y Sarah tenían muy buena relación.
Jack había preguntado a Dale si esa pareja sabía guardar un secreto, y su amigo respondió que, si les pedía que fueran discretos sobre la presencia de Jack en Nebraska, lo serían.
No es que Jack fuera un prófugo de la justicia; todo lo contrario.
Pero prefería permanecer desaparecido durante el mayor tiempo posible, a poder ser para siempre.
Su reaparición suscitaría preguntas que le resultarían difíciles de contestar.
El marido era profesor en el distrito escolar de Hemingford, pero no recuerda el nombre ni de lejos; han pasado un par de años desde que los cinco compartieron unas costillas a la brasa y unas cervezas en el jardín de los Gilbertson.
Su mente le envía una y otra vez palabras de dos sílabas — coral, cordial, corcel — que rondan cerca, pero no dan en la diana.
Ahora bien , piensa Jack, ¿no soy un sagaz polizonte? Emérito, cierto, pero este es un caso que debería poder solucionar .
—¿Algo más, cariño?
—No, gracias —responde Jack, que piensa que solo en esos pueblos de la América profunda las camareras llaman a los desconocidos «cariño», «querido» y «cielo».
Paga la cuenta (dejando una propina generosa, fiel a su propio consejo) y luego recorre sin prisa la calle Vine hasta el Bethany Park, enfrente de Toren, Libros Raros y de Ocasión.
(En el escaparate de Paper & Pen & Pencil cuelga el cartel se vende o se traspasa , cosa que lo entristece).
Se sienta en un banco y llama a otro número de su hoja arrugada.
Es el de Karel Toren. Explica a Karel qué es lo que desea, sin mencionar a Edward Youngblood.
Toren sabe que Jack compra por encargo de un coleccionista acaudalado, y con eso basta.
No, contesta Karel, no tiene El nombre del juego es muerte , pero cree que puede conseguir un ejemplar en el Registro de Adquisiciones de Libros. ¿Tal vez en un mes? ¿Tal vez menos? ¿Seis semanas como mucho?
—Me parece bien —dice Jack—. ¿Firmado?
—Sí, por supuesto.
—¿Black Lizard o Gold Medal?
Karel parece ofenderse.
—Gold Medal, por supuesto.
—¿Precio?
—Diría que cuatrocientos dólares. Por ser usted.
Un buen precio, un precio óptimo, un precio sin duda excelente , piensa Jack. Le ahorraré al GJ un poco de pasta. Aunque eso poco importa.
—También tengo un excelente ejemplar de ¿Acaso no matan a los caballos? Es de…
—Horace McCoy —completa Jack.
—Una magnífica novela de la Gran Depresión. Avon. Firmada.
—¿Cuánto? —Piensa que sería un buen premio de consolación mientras Youngblood espera el Marlowe.
—Quinientos.
—Eso es demasiado, incluso por un ejemplar firmado y FC . —Que significa «fuera de circulación».
—Para usted, cuatrocientos cincuenta.
—Cuatrocientos.
—Cuatro veinticinco.
—Hecho.
—¿Cuándo pasará?
—Pronto. Acabo de llegar al pueblo. —Sin embargo, está ahora enfrente de la librería. Pero los libros ya no son la principal preocupación de Jack Sawyer.
—¿En efectivo, como de costumbre?
—Sí. ¿Un diez por ciento de descuento, como de costumbre?
— Natuurlijk —contesta Toren.
Seguramente podría hacer un descuento del veinte por ciento para pagos en efectivo, quizá incluso del veinticinco —es dinero que Toren no declara a lo que él llama la Inquisición Tributaria—, pero el dinero que Jack pagará le llega por gentileza de la intuición, y la intuición le llega por gentileza de la Cosa Especial de Sophie, así que Jack no pone reparo alguno.
Solo ha regateado un poco, cosa que Toren prevé y respeta.
Busca la web del distrito escolar del condado de Hemingford y empieza a deslizar los nombres de los docentes. Hacia la mitad de la lista de profesores de la escuela secundaria Warren Edward Buffett, localiza el nombre que intentaba recordar en el restaurante: Damon Cornell.
Llama al número de Cornell. Con Cornell contactaré, con Cornell contactaré, por favor, Cornell, contéstame , piensa mientras suena el timbre. Si Cornell es profesor, puede que esté en clase con el teléfono en silencio.
Mira el letrero digital de un autobanco que hay en la otra acera. Son las 14.37 de un miércoles, o sea que, sí, es probable que esté en cla…
—¿Diga?
—¿Hablo con Damon Cornell, el amigo de Dale Gilbertson?
—Sí.
—Soy Jack Sawyer. ¿Recuerdas…?
—Claro. Coincidimos en un par de barbacoas en el jardín de Dale. En principio, mi mujer y yo no debíamos hablar de ti por lo que pasó en French Landing.
—Exacto.
Una loca llamada Wanda Kinderling descerrajó un tiro en el pecho a Jack. No lo mató, pero casi, y una estancia prolongada en Estados Unidos lo remataría. Algunos considerarían semejante exilio una jodienda de campeonato, pero la vida en Dezi —sobre todo la vida con Sophie— no era tan mala.
—Oye, Damon. Voy a estar en la zona por un breve tiempo y tenía la esperanza de ver a Dale.
Pero tiene el buzón de voz lleno y, cuando llamo a la Oficina del Sheriff, no contesta nadie.
Me resulta un poco desconcertante. ¿Está ilocalizable por esos dos chicos?
¿Kinneston y Speckhoffer? ¿Tú sabes algo?
Sigue una larga pausa. Jack empieza a pensar que se ha cortado la comunicación cuando Cornell vuelve a la línea.
—Dale ha desaparecido. Widge Jefferson, uno de sus ayudantes, me ha dicho hace apenas una hora que han encontrado su coche patrulla lejísimos, en la carretera de Goshen, ya en el condado de Elm, seis o siete kilómetros más allá del campo de sóftbol.
—¿Dónde está el condado de Elm?
—Al oeste de Hemingford. El coche estaba vacío. No había manchas de sangre ni orificios de bala, y eso debe de ser buena señal, ¿no?
—Seguro, sí, seguro. —Apenas oye lo que dice.
Dale ha desaparecido. Su viejo amigo fue en busca de dos críos dominados por una fiebre asesina y ha desaparecido.
Sí, el hecho de que no haya manchas de sangre ni orificios de bala es buena señal, pero un coche patrulla vacío…
Eso no lo es—. No te habrá dicho el ayudante Jefferson si las llaves estaban en el vehículo de Dale, ¿verdad?
Otra larga pausa. A continuación, Cornell responde con perceptible desánimo:
—Sí estaban. En el contacto.
Otra mala señal.
—¿Tenía encendida la barra? ¿Las luces del techo?
—No.
Esa puede ser la mejor señal de que Dale está bien. Tal vez iba tras el rastro de Kinneston y Speckhoffer, pero no de cerca, al menos no tanto como para verse implicado en un tiroteo.
—Es lo único que sé, Jack —dice Cornell—. Widge tenía que irse al condado de Elm con urgencia.
—Por supuesto —dice Jack—. Imagino que no sabrás si se ha informado a Sarah, ¿no?
—Ni idea, pero supongo que no, porque me pidió que mantuviera cerrada la boca. ¿Crees que debería llamarla yo?
—Es mejor esperar un rato. Solo conseguirías preocuparla más de lo que ya debe de estar. Puede que haya una explicación totalmente razonable.