Capítulo 3 #5
Mike sujeta a Jack por el brazo con relativa delicadeza…
, al menos de momento. Conduce a Jack a través de la sala de vídeo, que tiene aire acondicionado, moqueta de pared a pared y un sinfín de monitores de vigilancia.
De los altavoces colocados en alto llega el sonido del hilo musical.
Hay una puerta con el rótulo jefe de seguridad y dos más con el rótulo privado .
Mike abre una de estas con una tarjeta y hace entrar a Jack en una habitación muy pequeña y sofocante.
Aquí el suelo no está enmoquetado ni suena el hilo musical.
El mobiliario se reduce a una mesa y dos sillas, una de estas cómoda, de las de oficina, y la otra plegable e incómoda.
Jack ha visto antes, en su otra vida como polizonte, muchas habitaciones como esta. Es una sala de interrogatorio.
—Tome asiento —dice Mike, y señala la silla plegable.
Peter y Hilgaire, ambos con el cabello peinado hacia atrás y lustroso por la brillantina, ocupan posiciones detrás de su jefe, uno en cada rincón, con los brazos cruzados.
Mike se sienta en la silla cómoda al otro lado del escritorio. Abre un cajón y saca una carpeta delgada.
—Jack Sawyer, ¿no?
—Sí.
—Ha estado usted aquí antes.
—Todos hemos estado antes aquí —contesta Jack—. Por la reencarnación.
—Vaya, vaya —comenta Peter—. Nos ha tocado un listillo.
Mike dirige a Peter una mirada y un gesto de negación con la cabeza; luego se vuelve hacia Jack.
Extrae una foto de la carpeta. Es de Jack, de hace dos años poco más o menos.
En el retrato aparece bien afeitado y recién salido de la peluquería.
Viste una americana de cuadros muy cantona, propia de viajante de comercio.
Lleva gafas de montura de concha (lentes no graduadas) y sombrero de fieltro.
Se lo ve muy puesto, compuesto y peripuesto.
Mike saca una segunda foto de la carpeta.
Esta, tomada hace solo unos minutos, muestra a Jack ante la ruleta.
Vaqueros raídos, sin gafas y la camiseta con el emblema de la cerveza Kingsland, sucia y manchada de sudor en las axilas.
Este Jack presenta un asomo de barba, el cabello apelmazado y una expresión de ligero extravío después de tres días de viaje en tranvía a través de la nada.
—Un disfraz más que aceptable —afirma Mike—, pero hemos incorporado software de reconocimiento facial desde la última vez que estuvo usted aquí y se embolsó una suma de…
—saca otra hoja de la carpeta— de poco más de diez de los grandes jugando al blackjack.
Aquella vez lo echamos por contar las cartas.
—Yo no contaba las cartas —asegura Jack—, y esto no es un disfraz. He pasado un tiempo en la carretera y no he tenido ocasión de adecentarme.
Mike consulta la hoja.
—Sostiene que no contaba las cartas, pero, cuando alguien gana doce manos seguidas, eso cuesta creerlo. Pidió carta con diecisiete y le salió un cuatro. Pidió carta con dieciocho y le salió un tres.
—Tuve una corazonada —dice Jack, que es la absoluta verdad—. Y en la ruleta no pueden contarse las cartas. Como usted sin duda sabe.
—Lo que yo sé es que la última vez se le prohibió la entrada, y, sin embargo, aquí lo tenemos de nuevo.
—Mira por dónde —dice Jack—. ¿Quién iba a pensar que los winnebagos eran tan malos perdedores?
—En realidad, el nombre es ho-chunk —interviene Hilgaire—. Por lo que yo sé, Winnebago es como se llama una autocaravana. ¿Y sabe qué le digo? En mi opinión, tenemos derecho a ser malos perdedores. El gran padre blanco nos lo quitó todo y nos dejó solo este casino.
Jack permanece callado. A Hilgaire no le falta razón.
—Quédese con las ganancias —dice Mike—, pero no quiero volver a verlo por aquí, o habrá consecuencias.
Jack descubre ahora cómo debió de sentirse Mary Klee cuando un presentador de un programa de telebasura la retó a adivinar algo ante la cámara y ella fue incapaz. Sigue furiosa y abochornada por aquello. Esto no es exactamente lo mismo, pero no anda muy lejos.
—¡Joder, claro que me las quedo! —exclama—. He ganado limpiamente.
—Cambie las fichas —ordena Mike—. Y no vuelva nunca más por aquí, capisce?
—Oído cocina.
Jack abandona esa sala sofocante y muy pequeña, y cambia las fichas por dinero. Dobla los billetes y se los guarda en el bolsillo junto con el TracFone. Sale a la mañana fresca de Nebraska y respira hondo el aire limpio.
—Eh. Wasi’chu.
Se vuelve. Es Hilgaire.
—¿Me habla a mí?
—¿A quién, si no? ¿Sabes lo que quiere decir wasi’chu ?
—Claro. La traducción aproximada vendría a ser «blanco de mierda», creo.
—Has dado en el clavo.
Hilgaire se acerca a Jack. Se lo ve joven y fuerte. En un combate de lucha profesional, sería el bueno y quizá llevaría pintura facial y pantalón de ante. Jack, por su parte, parece lo que es: un blanco ya de cierta edad y cansado.
—Quiero la mitad de lo que nos has robado.
—Yo no lo he robado.
—Sí, lo has robado. No sé cómo, pero lo has robado. Y no es para mí. Es para la Mesa Comunitaria. Da de comer a los niños nativos de toda Nebraska y Iowa. Incluso haré la donación en tu nombre.
Por un momento, Jack se siente tentado de ceder ante ese joven iracundo.
Sin duda, dar de comer a unos niños hambrientos tendría más mérito que comprar una novela de bolsillo vieja para el gobernador megalómano y alcalde autoproclamado de las Baronías del Oeste.
Libro que tal vez no lea, pero del que ciertamente se jactará.
Ya, pero eso implicaría viajar a dedo hasta Iowa y pasarse por el Harrah’s, y solo dispone de un tiempo limitado para su visita al lado de Estados Unidos antes de enfermar.
Además, es alérgico a las amenazas.
—Ni hablar.
—Entrégalo, wasi’chu. La mitad. Mil para los chavales hambrientos y sus madres pieles rojas. —Contrae el labio superior para reflejar lo mucho que desprecia esa expresión—. O te lo quito.
—A la mierda, pues —dice Jack, que indica al hombre con los dedos que se acerque—. Vamos allá.
Hilgaire corre hacia él. Jack lo deja aproximarse, pero en el último segundo hace un quiebro.
Hilgaire llega a agarrarle el cuello de la camiseta, pero nada más.
Jack sujeta al joven por la muñeca y lo empuja con la cadera contra la pared.
Hilgaire se estampa violentamente. Al cabo de un momento, Jack le levanta el brazo al joven por detrás hasta media espalda.
Con la otra mano, hinca los dedos en el haz de nervios del costado del cuello de Hilgaire.
Este forcejea para zafarse; casi lo logra, y Jack levanta una rodilla para lanzarlo de nuevo contra la pared.
Hinca aún más los dedos y el ho-chunk deja escapar un grito ahogado de dolor.
Jack le suelta el brazo y retrocede. Saca el fajo del bolsillo y separa unos cuantos billetes de veinte, quizá cuatrocientos o quinientos dólares.
Mete el dinero en el bolsillo del pecho de la americana azul de Hilgaire.
Si Toren tiene el libro que Edward Youngblood quiere y no bastan dos mil dólares para comprarlo, le llevará al GJ algo de Peter Rabe o Raymond Chandler como premio de consolación.
—Necesito el resto del dinero —dice—. Tú tienes tu jefe, yo tengo el mío.
Hilgaire señala a Jack con el dedo. Le tiembla un poco.
—No vuelvas por aquí, wasi’chu . O te arrepentirás.
—Me arrepiento ya. —Es la pura verdad.
Jack circunda el contorno curvo del casino sin mirar atrás. Si lo hiciera, quizá el joven se abalanzaría sobre él. Ha utilizado una vieja presa de policía y ha tenido suerte. Podría no volver a tenerla.
Ve al hombre y la mujer de la ruleta. Se dirigen hacia su coche, aún cogidos de la mano. Jack los alcanza y, cuando el hombre lo ve, despliega una sonrisa radiante y dice a Jack que ha apostado al 24 la ficha que le ha dado.
—No sé qué es lo que usted tiene, amigo, pero me gustaría tener yo también un poco. ¡En esa jugada me he embolsado ochocientos veinticinco pavos!
La mujer se pone de puntillas para dar un beso en la mejilla a su acompañante.
—Le he dicho que lo dejara cuando iba ganando y, mira por dónde, me ha hecho caso.
—Debería darle a usted al menos la mitad.
Jack niega con la cabeza.
—Done la mitad a la Mesa Comunitaria. Da de comer a los niños hambrientos de la reserva. Pero, si van a Lincoln, no me vendría mal que me llevasen.