Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Excepto aquellos a los que se comía, claro está.

—Yo soy cristiano, converso y bautizado —dice Phil Thompson—, pero, si el sheriff Gilbertson o la policía del estado da caza a esos chicos, espero que los maten como a ratas en un callejón. No se merecen otra cosa. Suba, señor Sawyer. Tenemos una hora de viaje.

6

Thompson habla en serio al definirse como converso y bautizado.

En la visera de la camioneta lleva prendida una insignia en la que se lee solo me arrodillo ante mi salvador y en la radio vía satélite suena una emisora de música góspel.

Jack decide, pues, atenerse a la versión de la tía solterona en lugar de pedir a Thompson que lo deje ante el casino y arriesgarse a un sermón sobre la lacra del juego.

Le dice que lo deje en el restaurante mexicano Adelita’s, que es el único sitio (aparte del casino Howana) que recuerda en Wahoo.

Este no es, la verdad sea dicha, un pueblo muy memorable.

—Todavía no habrá abierto —comenta Thompson.

—La tía Deb suele empezar a trabajar temprano —responde Jack—. No quiero presentarme en su casa y ponerla de mal humor si la sorprendo con el albornoz y los rulos en el pelo.

Thompson se echa a reír.

—Dónde habré oído yo eso. —Se detiene en South Chestnut. Cuando Jack le da las gracias y se dispone a abrir la puerta, Thompson dice—: Espere un momento.

Abre la guantera con el pulgar, y Jack ve que la tiene llena de libritos encuadernados en rojo. Thompson le entrega uno. Es el Nuevo Testamento.

—Gracias —dice Jack—. Muy amable.

—Eche una ojeada a la Primera Epístola a Timoteo —aconseja Thompson—. Capítulo 6, versículo 9. Y vaya usted con Dios. —Se despide de Jack con un gesto y se marcha.

En el aparcamiento del Adelita’s, Jack abre el libro por el capítulo y el versículo que Thompson le ha indicado. Lee lo siguiente: Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición.

—Podría haberme ahorrado la historia de la tía —dice.

Un trabajador que pasa por la calle, cargado con su fiambrera, lo mira.

—Ese hombre sabía desde el principio que yo iba al casino —le explica Jack.

—Si usted lo dice, amigo… —contesta el trabajador—. Tire una vez de la palanca por mí. Sugar Sugar. —Y sigue por su camino.

Jack sigue por el suyo, que lo lleva al lado opuesto del pueblo, la esquina de Chestnut con la antigua carretera 77. Allí se alza un edificio guarnecido de neón y rodeado de hectáreas de aparcamiento. Y más allá:

Maíz.

7

El casino Howana es un óvalo de diseño atrevido que parece una mala imitación del estilo de Frank Lloyd Wright.

Circundan el edificio imágenes electrónicas de valerosos nativos americanos a lomos de ponis de guerra.

Abre veinticuatro horas al día y todos los días de la semana, pero a esta hora de la mañana —ya cerca del descanso para el café— no hay muchos coches ni camionetas en el aparcamiento.

El letrero electrónico de la fachada anuncia: ¡oak ridge boys / esta noche concierto tributo a alabama!

Dios me libre de todas esas bandas tributo , piensa Jack, y entra.

Flanquean la entrada al casino propiamente dicho chicas guapas con minifalda de cuentas y tocado de plumas.

Las dos son rubias, así que, aunque el mensaje en letras doradas tejido en la moqueta del vestíbulo reza la tribu de los winnebagos te da la bienvenida , estas valientes guerreras, por su aspecto, bien podrían proceder de la tribu de los escandinavos.

Entregan a Jack cinco fichas de un dólar cada una y le desean suerte.

Dentro del casino, los pitidos y los bocinazos le asaltan los oídos; los destellos de luces multicolores, los ojos.

El Joker se carcajea. Arnold Schwarzenegger entona: «¡Hasta la vista, baby!

» . Suena el timbre del premio gordo y una mujer da gritos de alegría.

A la izquierda, entre una doble hilera de máquinas tragaperras, Jack ve una que se llama sugar sugar .

En la pantalla aparecen Betty y Veronica en bikini.

En segundo plano, Archie y Jughead se deslizan en tablas de surf.

Jack introduce las fichas de regalo y pulsa el botón que anuncia 1 jugada triple dinero .

No hay palancas de las que tirar; eso es de otra época.

Jack pulsa el botón con el rótulo spin y apoya la mano en el costado de la tragaperras.

Eso no siempre da resultado, pero a veces sí, y sabe ya que ha ganado antes de detenerse los tres rodillos.

El premio no es nada del otro mundo —tres naranjas en lugar de tres números siete azules—, pero sí suficiente para que suene el timbre y caigan en la bandeja trescientos dólares en fichas.

En la pantalla destella tal cantidad de luces delirantes que bien podrían provocar un ataque de epilepsia, y los Archies cantan una estrofa de «Sugar, Sugar», una canción que si Jack no volviera a oír en su vida, moriría feliz.

Carga sus ganancias en un cubo de plástico en cuyo costado se lee ¡howana = hola! Al menos son fichas, en lugar de las ridículas papeletas que reparten algunos casinos. Eso de la sociedad sin efectivo está muy bien, pero todo tiene un límite.

Jack acarrea su pequeño cubo hasta la ventanilla de caja y cambia las fichas por otras rojas de cinco dólares.

En el camino de regreso a la única ruleta en funcionamiento, ve una fila de trabajadores y unas cuantas mujeres con traje de chaqueta ante un cajero automático.

Encima, un cartel dice: ¿está enganchado al juego?

llame al 1-833-238-6837 . En apariencia, ninguna de las personas de la cola tiene ese problema…

, o, si lo tienen, no le dan importancia.

Jack recuerda la época en que disponía de una tarjeta de débito del Bank of America.

La insertaba en la ranura, introducía el pin, sacaba dinero. ¡Qué tiempos aquellos!

Diez o doce jugadores de pie en torno a la ruleta apuestan calderilla. El crupier, vestido con un chaleco rojo del Howana y una cinta en la cabeza con una única pluma roja, parece medio dormido.

Jack se queda detrás de los apostadores y deja pasar cinco minutos…, siete…, diez. Aparta de su mente a Pay y Mary, a Jimmy y Rexie, a Philip Thompson y al trabajador con la fiambrera. Sophie intenta irrumpir —Sophie, con su mirada risueña y pícara—, pero Jack le dice después, después.

Dale es el último en marcharse, porque ahora Jack ya está muy preocupado por él, pero finalmente consigue expulsarlo. Ahora tiene la mente en blanco y puede formular la pregunta.

Intuición, ¿estás ahí?

Si no está, el casino no va a servirle de nada; si prueba suerte en la ruleta, perderá lo poco que tiene.

Como también en la mesa de blackjack, las dos mesas de póquer en activo y la siempre popular sección de apuestas deportivas.

Pero el premio en la tragaperras Sugar Sugar ha sido una buena señal, un augurio, y, mientras permanece ahí observando la ruleta en rotación entre los hombros de un hombre y una mujer cogidos de la mano, empieza a notarlo.

Es como una brisa suave en una habitación cerrada.

Solo que la habitación cerrada es su cabeza.

Arcoíris, arcoíris , piensa.

Ven a mí , piensa.

N egro , piensa, y la bolita blanca va a parar a una casilla negra.

Impar , piensa, y la bolita blanca va a parar al 15.

Jack da un paso al frente y apuesta cuarenta dólares al rojo. La ruleta gira. Jack gana. Anuncia al crupier que mantiene la apuesta y la bolita va a parar al 19, que también es rojo. Se oyen unos pocos aplausos. El crupier añade a su montón seis fichas verdes y dos fichas rojas de cinco dólares.

—Hagan sus apuestas, háganlas —dice el crupier, ahora algo más animado.

Jack retira sus fichas de la mesa, y la siguiente tirada cae en cero.

—El número de la casa, el número de la casa.

Lamentaciones de los jugadores mientras el crupier limpia la mesa.

Ahora que ya la siente, y con fuerza, Jack pone cien dólares en la intersección de 1, 2, 4 y 5.

El crupier hace girar la ruleta. Sale el 5 rojo y Jack se ha embolsado ya ochocientos dólares como quien no quiere la cosa.

Hace tres o cuatro apuestas menores, y ahora los otros jugadores se dejan arrastrar por su buena racha.

Ha convertido sus reservas de efectivo en más de dos mil dólares y se propone hacer otra apuesta grande cuando alguien le toca la espalda y sabe que su suerte ha terminado.

8

La persona que le ha tocado la espalda es un hombre blanco alto, calvo y cargado de hombros.

Parece un luchador de la WWE , el que hace el papel de malo.

Viste chaqueta azul en lugar de chaleco rojo.

Sin cinta en la cabeza, sin pluma. En su placa de identificación dice mike .

También dice seguridad . Los dos jóvenes situados detrás de él tampoco lucen plumas, porque no las necesitan.

Son a todas luces nativos americanos. Uno es peter ; el otro, hilgaire .

Jack ya ha visto a Mike antes, pero la última vez tenía más pelo en la cabeza.

—Desearía que nos acompañara, caballero —dice Mike.

El cliente que tenía cogida la mano de la mujer se vuelve.

—Este hombre no ha hecho nada más que ganar. ¿Por qué lo molestan?

—No se preocupe —tercia Jack. Entrega al hombre una ficha verde y lo informa de la gran apuesta que se proponía hacer—. Póngala en el 24.

—¿Sí?

—Sí.