Capítulo 3 #3
—Esa es una buena pregunta —responde Clanton—.
La misma pregunta que en su día se hicieron en relación con Caril Ann Fugate.
Cuando la policía de Douglas se presentó, allá en el 58, ella corrió hacia ellos diciendo: «¡Es Starkweather!
¡Va a matarme!». Pero Charlie contó que ella era la autora de algunas de las muertes.
Según dijo, a la muy zorra le gustaba darle al gatillo.
Charlie Starkweather tenía por costumbre enviar postales, y, escucha lo que te digo, el sheriff recibió una postal de Kinneston.
Salió en el Journal . ¿Sabes qué había escrito?
Jack mueve la cabeza en un gesto de negación.
—Había escrito: «Maté al señor Speckhoffer; luego Tara me cogió el arma y mató a su madrastra.
Igual que luego, en la carretera, yo maté al señor Fenton y ella mató a la señora F.
Tara dijo: yupi yupi yum yum ; esa zorra siempre me trató mal».
Pero he aquí lo que llama la atención a Chloe, mi mujer, y que a mí me pone la carne de gallina cuando me paro a pensarlo.
Charlie Starkweather puso un letrero en la ventana de la casa de los Fugate; decía que no entrase nadie, como si dentro todos tuvieran la gripe.
Roy Kinneston puso un letrero en la contrapuerta de la casa de los Fenton que decía: «No entréis, los dos tenemos covid».
¿Entiendes lo que te quiero decir? Como expoli, deberías.
—Claro que sí.
—En la zona oeste del condado, cerca de Candlemas, mataron al empleado de una gasolinera y a un mecánico, con lo que el recuento subió a seis.
Luego, en la región de las dunas, decidieron cambiar de vehículo y mataron a dos viejos que iban en una autocaravana Redhawk.
Eso ocurrió en una de las áreas de descanso más pequeñas.
El conductor, fuera quien fuese, probablemente Kinneston, se salió de la carretera en una curva, y allí esperaron hasta que apareció un pobre desafortunado, un granjero; lo mataron y se llevaron su camioneta.
De eso hace dos días. Desde entonces, ni rastro.
La poli, incluido el sheriff Gilbertson, consiguió la matrícula de la camioneta y la hizo correr por todas partes, pero no hay ni rastro de ellos.
Así que seguramente han cambiado otra vez de coche y han matado sabe Dios a quién.
Clanton se guarda de nuevo el móvil en el bolsillo del peto y se pone en pie.
—Tengo que volver a la carretera, Jack. Puedo dejarte en la 16, si sigues decidido a ir a Wahoo. Y el desayuno lo pago yo. He comido mucho más que tú.
—Lo pago yo aunque solo sea por esa historia —insiste Jack.
—Vaya, pues muy agradecido. La propina la dejo yo, qué menos.
—Eso sí —responde Jack—. Y que sea una buena propina, no vaya a pensarse esa chica que eres un demonio disfrazado.
Jimmy Clanton —sin relación de parentesco con el cantante— se ríe. Rex sale con dificultad de debajo de la mesa. Un gas venenoso emana de él.
—Arreando —dice Clanton—. Deprisa. Antes de que Alberta nos eche la culpa a nosotros.
4
Clanton se dirige al oeste y Wahoo está al norte. A ocho kilómetros del restaurante, el viejo se detiene.
—No puedo llevarte más allá, Jack. Lo haría si pudiera, pero tengo que tratar un asunto con un hombre, por un fertilizante.
—Te agradezco que me hayas traído hasta aquí.
Clanton para cerca del cruce de las carreteras 19 y 16 y señala hacia una parada de camiones.
—Si vas al Denton’s y les dices que has desayunado con tu buen amigo Jimmy Clanton, seguro que alguien te lleva a Wahoo. Buena suerte. Saluda de mi parte a tu tía.
—Eso haré. Cuida de Rexie.
Clanton se inclina para acariciar la cabeza del viejo cocker.
—Debería dejarlo en la cuneta, pero quiero mucho a este viejo apestoso, así que no me queda otra que cargar con él.
—Estaré atento, por si veo a Kinneston y la tal Speckhoffer.
—Te conviene, Jack. Puede que tú hables en broma, pero yo no. Kinneston tiene el cerebro de un mosquito y la chica no es mucho mejor. Esa clase de gente puede hacer cualquier cosa, incluso matar a un forastero errante como tú por pura diversión.
—Bien. —Jack sabe que la mayoría de los asesinos en serie son más tontos que un arado.
—Te contaré otra cosa que salía en el periódico —añade Clanton—.
Charlie Starkweather tenía un lema. Lo decía continuamente: «Los muertos están todos al mismo nivel».
Eso era el evangelio según Charlie. Lo dijo una última vez antes de que lo llevaran a la silla eléctrica.
Ahora, después de tantos años, Kinneston y Speckhoffer han matado al padre y la madrastra de Tara Lynne en la cocina mientras desayunaban.
A tiros de escopeta, como te he dicho. Dejaron una nota debajo del azucarero. ¿Quieres saber qué ponía?
—¿Los muertos están todos al mismo nivel?
—No exactamente, pero casi. Ponía: «A los muertos les da igual». Cuídate, Jack, y estate atento, por si aparece ese patán pelirrojo.
5
Denton’s es una gasolinera de paso con unos cuantos coches delante y una docena o más de tráileres, acompañados del suave ronroneo de los motores, en la parte de atrás, donde están los surtidores del gasoil.
Jack compra un TracFone de prepago con sesenta minutos de saldo.
En un cubículo del aseo de hombres, accede a su cinturón billetero y rebusca en los varios bolsillos hasta que encuentra un papel plegado.
En él lleva anotados unos cuantos números de teléfono.
Uno corresponde al móvil de Dale Gilbertson.
Jack llama y salta una grabación que lo informa de que el buzón de voz está lleno.
Telefonea a la Oficina del Sheriff del condado de Hemingford y pregunta por Dale.
La operadora de servicio en la centralita le indica que el sheriff Gilbertson está «en misión».
Cuando se dispone a preguntar a qué se refiere exactamente, la agente interrumpe la llamada sin pedirle que se identifique ni despedirse siquiera.
Jack sale del baño, se guarda el teléfono nuevo en el bolsillo de los vaqueros polvorientos, ahora con un minuto y medio menos de saldo, y recorre con la mirada varios kilómetros de la Nebraska rural.
Maíz, maíz y más maíz. Muy poco —o ninguno— para consumo humano.
Dale le contó en su última visita, hace dos años, que los granjeros lo llaman maíz para vacas.
«El precio sube y baja como un yoyó en su cordel, pero los granjeros de por aquí nunca se enriquecen.
En un buen año, pueden regalarle algo bonito por Navidad a su mujer y sus hijos. En un mal año, subsisten».
A Jack no le gusta el mensaje «buzón de voz lleno» que ha saltado al llamar a su viejo amigo. Menos aún le gusta la parca respuesta
( en misión )
que ha recibido de la operadora.
Ven a mí , susurraba una vocecilla cuando Jack tenía doce años y huía con su madre.
Y al final, después de muchas aventuras —ratos de alegría, ratos de tristeza, momentos de gran terror—, sostuvo entre las manos la Cosa Especial de Sophie.
Desde entonces, Jack ha poseído una pizca de lo que Mary Klee tiene, sin duda lo suficiente para saber que Mary no finge.
Lo que ha percibido al hablar con la operadora era una preocupación bajo control.
Quizá algo más. Quizá pánico. No está seguro; rara vez lo está, a menos que se deje guiar sin reservas por la intuición, pero cree que ese «en misión» significa que la operadora —como probablemente el resto de la Oficina del Sheriff del condado de Hemingford— quizá no tenga la menor idea de dónde está Dale.
Se sienta en un banco e intenta convencerse de que no hace más que buscarse problemas, pero la situación no le gusta.
En absoluto. Empieza a levantarse y el corazón le da un vuelco.
Vuelve a sentarse y espera a que se le acompase el ritmo de los latidos.
Así ocurre. Casi con toda seguridad, no tiene la menor importancia; en el Godfrey’s ha tomado dos tazas de café y la cafeína puede provocar esas arritmias.
Debería disponer de al menos setenta y dos horas antes de que las viejas heridas empiecen a pasarle factura, pero eso es un aviso para que no pierda el tiempo.
Dobla la esquina de la parada de camiones un hombre con la chaqueta y la gorra de la compañía eléctrica Iowa-Nebraska.
—¿Es usted el amigo de Jimmy Clanton?
Jack se levanta y le estrecha la mano extendida. No siente latidos irregulares; está listo para la marcha.
—Supongo que podríamos llamarlo así. Me ha recogido en la carretera y yo lo he invitado a desayunar en el Godfrey’s.
—¿Aún tiene ese perro viejo y apestoso?
—Y tanto. Rexie.
—Me llamo Phil Thompson.
—Jack Sawyer.
—Norma, la chica de la caja, dice que busca usted a alguien que lo lleve a Wahoo. Yo voy en esa dirección, si no le importa compartir la cabina con un carrete de cable eléctrico.
—No me importa ni mucho menos.
Van hacia una Chevrolet cuatro por cuatro aparcada en la parte de atrás con el nombre de la empresa en los laterales.
—¿Se ha enterado de lo de esos dos chicos que andan causando estragos por ahí?
—Jimmy me ha hablado de ellos. Menuda historia.
—Siguen un rastro de sangre —dice Thompson.
—¿El de Starkweather?
—Starkweather, exacto. Aquí, en Nebraska, hay pena de muerte. Antes era la silla eléctrica, ahora es la inyección. El único problema es que no disponemos de los fármacos necesarios para liquidarlos porque nadie los vende. Hay que joderse, ¿eh?
—Usted lo ha dicho.
Jack cree en la pena de muerte, pero solo en casos excepcionales.
Ted Bundy. Dennis Rader. Y Charles Burnside, el monstruo que Dale Gilbertson capturó con ayuda de Jack.
Dale era por entonces el jefe de policía de French Landing.
Burnside vivía en el Centro Maxton de Asistencia a la Tercera Edad, oculto a la vista de todos.
Burny padecía alzhéimer, pero el monstruo que habitaba dentro de él no.
Al igual que Jack, Burny viajaba a los Territorios.
A diferencia de Jack, estaba al servicio de una entidad oscura que necesitaba niños. Burnside se los llevaba.