Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Es de noche en Nebraska. Suele ser de noche cuando Jack salta al lado de Estados Unidos.

Hace fresco sin llegar a frío. A causa de una fuerte brisa sin obstáculos que se interpongan en su camino —no aquí, en las llanuras de Nebraska—, la camiseta empapada de sudor se le pega al pecho y los costados.

En Pernil es verano. Calcula que aquí, en el condado de Hemingford, corre el mes de septiembre u octubre.

Es tarde y en la interestatal el tráfico es fluido, compuesto sobre todo por camiones grandes.

Demasiado tarde para hacer autostop; cualquiera que lo recogiese a estas horas posiblemente sería un pájaro de cuenta, un borracho o las dos cosas.

Por suerte, tiene un sitio donde instalarse.

Atraviesa el maizal hacia el establo en ruinas y pasa con cuidado por encima de los tablones caídos, porque no quiere sufrir un esguince de rodilla o una fractura de tobillo nada más regresar a Estados Unidos.

En la parte trasera del establo, bajo la única pared en pie, hay una antigua cuadra, y en esta, al fondo, un montón de heno, que, pese a ser viejo, despide aún un aroma dulce.

Jack se arrodilla y escarba en él con la esperanza de encontrar lo que dejó ahí en su última visita.

Lo encuentra. Es una manta del ejército de color marrón oscuro en una bolsa de plástico para ropa.

La bolsa está roída en algunos sitios y se ven excrementos de rata por encima, pero la manta, una vez extraída, tiene buen aspecto y huele bien.

No será la primera noche que pase en este establo.

Al fondo de la bolsa, bien envueltos en papel de aluminio, hay dos minisalamis y un trozo de queso cheddar.

El queso se ha enmohecido, cosa que no lo sorprende mucho.

El salami, a rebosar de conservantes, se mantiene bien.

Jack, recostado en la pared de la cuadra con la manta sobre las rodillas, engulle uno de los minisalamis.

El sabor de Estados Unidos , piensa. El sabor de Estados Unidos.

Observa la única pared en pie del establo y confía en que no elija esta noche ventosa para desmoronarse y aplastarlo mientras duerme.

Bueno, ha aguantado mucho tiempo , piensa, y acto seguido no puede sino reírse ante un razonamiento tan patético. Todo —la pirámide de Guiza, la torre inclinada de Pisa, los establos de Nebraska— puede venirse abajo en cualquier momento. Incluso la Torre Oscura, si es que de verdad existe.

Sophie dice: Debes conservar la fe, Jack. Porque, si no, ¿qué queda?

Tiene razón. Incluso diez años después de su marcha, suele tenerla.

A Jack le apetece el otro minisalami —el brunch del Good Boy Good no era gran cosa—, pero decide reservárselo para mañana.

Dormir al raso en una cuadra no es precisamente una noche en el Four Seasons, pero es mejor que echarse una cabezada en el Winola, siempre con el temor de que ese condenado trasto descarrile o se pare cuando se escoñe por un fallo de su antiguo programa informático.

Ahueca el heno con el fin de crear una especie de colchón y lamenta no haber cogido la mochila para usarla como almohada, pero la mochila ahora está en otro mundo.

No puede pensar demasiado en eso, porque, cuando reflexiona sobre los Territorios y todos los demás mundos que tal vez giran en torno al eje de la Torre Oscura, se marea.

Pues quítatelo de la cabeza, sugiere Sophie. Acuérdate de Escarlata O’Hara: «Ya lo pensaré mañana, realmente mañana será otro día».

—Bah, bobadas —dice Jack Sawyer, y se echa a reír.

Hace frío y está solo y a la intemperie; así y todo, se alegra de estar otra vez en Estados Unidos, la tierra de los cajeros automáticos, las autocaravanas, la tarta de manzana y una escopeta en cada camioneta.

Mañana hará una visita al casino Howana de Wahoo, se proveerá de efectivo, quizá se pase por la librería Toren en Lincoln y luego irá a ver a Dale Gilbertson.

Tomarán unas cervezas y se pondrán al día. Al menos ese es el plan.

Como el establo no tiene tejado, ve el despliegue de estrellas, y bien sabe Dios (o bien sabe Gan, si se prefiere) lo mucho que aquí brillan. Hay otros mundos aparte de estos , piensa Jack. Y a saber cuántos estoy contemplado ahora.

El viejo heno, para sorpresa suya, es muy cómodo. La manta abriga y el sonido del viento, sin nadie más que lo oiga salvo él, es a la vez triste y reconfortante. Una canción de cuna para los perdidos. Escuchándolo, Jack se queda dormido. Y sueña con Sophie. En sus sueños, ella sigue viva.

2

A la mañana siguiente, Jack sale a la carretera 19 cerca del pequeño supermercado al pie de la rampa de la autopista.

Ha dejado el arma escondida bajo el heno, en la bolsa de plástico que contenía la manta.

Nada más ponerse a hacer dedo, se detiene un ruidoso camión de caja abierta International Harvester.

El conductor, un anciano de rostro rubicundo con una gorra a rayas de ferroviario, le indica que suba y que no se preocupe por el perro. Rex no muerde.

Al parecer, Rex, hecho un ovillo en el suelo ante el asiento del acompañante, no tiene ya mucho con lo que morder. Mira al desconocido con sus ojos legañosos, apoya el hocico en las patas y vuelve a dormitar con los párpados abiertos.

El viejo tiende a Jack una mano grande, deformada por la artritis.

—Jimmy Clanton. No soy pariente del cantante.

Jack nunca ha oído hablar de un cantante llamado Jimmy Clanton, pero con mucho gusto le estrecha la mano. El viejo tiene un apretón fuerte.

—Jack Sawyer.

—Encantado de conocerlo. Tiene un poco de paja en el pelo, señor Sawyer.

Jack se ríe, se sacude el heno y lo echa por la ventanilla al aire de la mañana.

—Ha dormido al raso, ¿eh?

—Sí, en aquel establo de allí.

—El establo de los Crimmins. Alguien debería derribar lo que queda en pie…, pero ¿dónde dormiría entonces una pobre alma errante como usted? ¿Va muy lejos?

—Puede dejarme más adelante, en el restaurante Godfrey’s, y ya buscaré transporte desde allí. Conozco bastante bien Hemingford Home. Ya he estado antes aquí.

—Según mi mujer, todos hemos estado antes aquí —responde Jimmy Clanton—. Dice que es la reencarnación. Tendría que oírla hablar del tema…, Dios mío. O del ovni que vio una vez. No hay que darle pie. Si necesita cinco pavos para el desayuno…

—Gracias, pero voy bien de dinero —contesta Jack—. De hecho, si le apetece parar en el Godfrey’s, lo invito yo a desayunar.

—Caray, eso me viene como anillo al dedo. Pero se lo aviso: por la mañana como un montón.

—Creo que entrará en mi presupuesto.

—Pues al Godfrey’s vamos. Tres kilómetros y, zas, jamón con huevos, a por vosotros voy. ¿Va usted a Lincoln o a Omaha?

—Puede que tenga un asuntillo pendiente en Lincoln, pero antes pasaré por Wahoo.

—Córcholis, espero que no sea para ir al casino. Ese es un buen sitio para perder hasta la camisa, señor Sawyer.

—Jack. Dejémoslo en Jack.

—Pues que sea Jack.

No vuelve a hablarse del casino, posiblemente porque el anciano cocker spaniel ha olido el minisalami en el bolsillo de Jack y cobra vida. Apoya sus desastradas patas delanteras en el asiento. De paso se tira un pedo, lo que a Jack le recuerda a Payton Orville.

—Te conviene bajar la ventanilla, Jack —aconseja Clanton—. Este Rexie…, cuanto más viejo se hace, más apestan sus gases. Lo mismo sales huyendo.

Jack baja la ventanilla. Da a Rexie un poco de salami, que el perro viejo mastica casi a golpe de encía. Pronto el viento se lleva el olor del pedo, que da paso al aroma dulce de una mañana en Nebraska.

No hay nada mejor , piensa Jack y cierra los ojos. Nada en ninguno de los mundos.

3

El Godfrey’s es un restaurante con aspecto de vagón de tren, cromado y reluciente.

En Nueva York quedaría retro, y allí un desayuno con un par de esas pretenciosas tortitas pequeñas y una tostada con aguacate costaría treinta dólares.

Aquí el desayuno del día consiste en panecillos y salchicha picada en salsa blanca y sale por siete con cincuenta.

Jimmy Clanton opta por el jamón con huevos acompañado de un gofre con suero de leche.

Rexie, sentado debajo de la mesa, acepta trocitos de gofre bañados en sirope.

Cuando Clanton se anima a preguntarle por el motivo de su viaje a Wahoo, Jack le contesta que tiene allí una anciana tía solterona con un posible contacto para un trabajo.

Podría contarle la verdad, pero salta a la vista que el viejo no ve con buenos ojos el casino.

Ha tenido la gentileza de parar a recoger a un vagabundo que aún llevaba en el pelo heno de la noche anterior, así que prefiere que Clanton conserve un buen concepto de él mientras comparten el desayuno.

—¿Qué clase de trabajo, si no es indiscreción? Por esta zona siempre hay trabajo en los campos y a ti se te ve bastante robusto.

Jack no había previsto esa pregunta, de modo que, en su respuesta, recurre a una versión de la verdad.

—Quizá algo en el Departamento de Policía de Wahoo, si hay alguna vacante. Si no, probaré en el servicio de seguridad del casino. Antes de retirarme, fui poli en Los Ángeles.

Está casi a punto de decir polizonte , una palabra de sus tiempos en French Landing.

—Puede que en el casino tengas más opciones —indica Clanton—.

Wahoo es un pueblo pequeño. He estado en la comisaría unas cuantas veces y no es más grande que un garaje.

Seguro que te irá mejor en el salón de juego, por más que sea un antro de pecado y degradación.

Pero, si me permites decírtelo, quizá te convenga adecentarte un poco antes de ir a pedir un puesto de trabajo en cualquiera de los dos sitios.