Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 2 #5
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Capítulo 2 #5

Jack empuja otro de los vales mal impresos hacia el recepcionista.

En realidad, le trae sin cuidado cuántos vales de Youngblood le cobre el recepcionista por las habitaciones; él no prevé pasar mucho tiempo en la suya, pero, en esos poblachos de tres al cuarto, si les das la mano se toman el brazo entero.

Jack no se lo echa en cara. Seguramente los escasos habitantes no tienen donde caerse muertos, pero Jack no va a dejar que lo tomen por tonto ni siquiera aquí, en el polvoriento culo de Mundo Medio.

El recepcionista, en una reacción tardía, lo mira por segunda vez con los ojos muy abiertos.

—¿No se llamará usted Sawyer, por casualidad? ¿J-Ja-Jack Sawyer?

—Sí. —Ya sabe lo que viene a continuación.

El recepcionista se lleva el puño a la frente, hace una reverencia e intenta devolver todos los vales.

—No cobramos al consorte de la Reina de las Sombras. Digo mi más sentido pésame.

—No. Quédeselo, joven. —A Jack se le reblandece el corazón al oír mencionar a Sophie con tal veneración—. Que le sea de provecho.

El joven recepcionista dobla los vales y se los guarda en el bolsillo del chaleco. Ahora es el arma que Jack lleva al cinto lo que el muchacho mira.

—¿Sois pistolero, además de consorte de la Reina, que en el seno de Gan descanse?

Jack ha oído hablar de los pistoleros, sobre todo del más famoso, pero sonríe al recepcionista y mueve la cabeza en un gesto de negación.

—Pistolero no, nada más lejos. —Lo cual, en rigor, no es cierto. Como agente del orden y posteriormente detective del Departamento de Policía de Los Ángeles, sí fue pistolero en el lado de Estados Unidos. Por así decirlo—. ¿Necesitamos llaves?

El recepcionista se enjuga otra vez el grano rezumante.

—Quia, quia. Antes teníamos unas tarjetas llave especiales, pero ya no funcionan.

Siempre se puede apoyar el respaldo de una silla en la puerta, debajo del pomo, pero ¿para qué molestarse?

—El joven vuelve a mirar la Glock, que Jack todavía lleva con la empuñadura hacia delante, como en su época de patrulla—.

Además, en Pernil no hay casi nada que robar. ¿Habéis estado aquí antes, sai?

—Unas cuantas veces, pero nunca me había alojado aquí. Acampaba fuera del pueblo. Y puede prescindir del voseo, joven sai. No somos tan especiales.

El recepcionista guarda silencio, pero con la mirada da a entender que se permite discrepar.

—Gracias —dice Mary, y realiza una torpe genuflexión.

—Hay un ascensor… —empieza a decir el recepcionista.

—… pero está averiado —concluye Pay.

—¿Cómo lo…?

Pay se toca la frente.

—Porque leo el pensamiento. —Da una palmada en el hombro a Mary—. Quia, es broma. Es ella quien lee el pensamiento, pero me he alojado en tugurios como este antes.

El recepcionista se yergue y dice:

—Lo hacemos lo mejor que podemos, sai.

—No me cabe duda —interviene Jack—. Tendrá que disculpar a mi amigo. Padece de diarrea verbal.

Mary advierte que Pay se lleva la mano al bolsillo, quizá inspirado por la mención de Jack a la diarrea, y le da un toquecito antes de que pueda apretar el tirapedos.

—Pondré a sus… sus amigos en la 202. A usted, sai, le daré la suite Tull, en la segunda planta. No es lo que merece el compañero de la Reina de las Sombras, pero es la mejor que tenemos.

—Gracias —dice Jack. Recoge la mochila.

Es Mary Klee quien plantea la pregunta que debería haber hecho él, pero el reconocimiento como «consorte» y «compañero» de Sophie ha avivado recuerdos que Jack suele reprimir, y eso lo ha cogido a contrapié.

—Sai, ¿conoce un lugar que llaman Gran Desfiladero?

El recepcionista se vuelve hacia ella y parpadea. Acto seguido, se besa la uña del pulgar, se toca la frente con ella y se la besa de nuevo.

—Se refiere a la Garganta —dice—. Ese es un lugar maléfico. Según cuentan los mannis que pasan por aquí, está creciendo y quizá por su causa el mundo acabe menguando. —Hace la señal de Gan por segunda vez.

—¿Está más allá del pueblo de Raven, pues? —pregunta Jack.

El recepcionista parece desconcertado, pero al cabo de un momento su expresión de duda se disipa.

—¿Quiere decir Riven?

—Eso creo.

—Ahora Riven está abandonado, salvo por los mannis. Casi todos los que vivían allí se han marchado. Hay… —baja la voz y pronuncia una sola palabra— wompis.

—No…

—Vampiros —aclara Pay, y por una vez no parece una de sus bufonadas—. Dice que quienes se han quedado son vampiros.

11

Corre la voz y, después de un brunch ni fu ni fa en el restaurante Good Boy Good (al menos el café es fuerte y sabe bien), su camarero —un anciano chumbo que lleva unas gafas remendadas con cordel— insiste en que la comida es cortesía de la casa. Jack se niega, ante lo que Pay protesta.

—Una larga experiencia de actuaciones en garitos me ha enseñado que, cuando alguien te ofrece algo gratis, debes aceptarlo.

Jack se encoge de hombros.

—Es dinero del Gran Jefe. —Agita un fajo de vales mal impresos—. Si es que se puede llamar a esto dinero.

Mary contempla por la ventana la calle casi vacía.

—Todo lo que pueda hacerse por la economía de este sitio es digno de agradecerse —comenta. Dirigiéndose a Jack, añade—: El recepcionista estaba muy convencido de lo que ha dicho. Sobre los vampiros. ¿Es necesario que vayamos allí?

Jack la mira.

—¿Y eso cómo lo sabes?

Mary le sostiene la mirada.

—Lo sé. Aquí siento mi don con más fuerza.

—¿Con más fuerza? ¿Lo dices en serio?

—Sí.

Jack decide dar por buena su palabra…, aunque no sin ciertas reservas.

—Creo que debemos ir. Pero procuraremos viajar a pleno día.

—¿Tú crees en los vampiros?

—Creo en cosas muy diversas —responde Jack—. Estaré fuera uno o dos días. Vosotros comed aquí.

—Basándome en lo que acabamos de ingerir, puede que decida ponerme a dieta —dice Pay.

—No te vendría mal.

Pay se lleva las manos al pecho.

—¡Eso duele! ¡Duele en el corazón!

Pero cuando Jack le entrega un fajo de vales de Youngblood, lo acepta.

—¿Vas a ir al lado de Estados Unidos? —pregunta Mary—. Sí, ¿verdad?

—Sí.

—¿Cómo es ahora? —pregunta Pay—. Aparte de dela de canales de televisión y teléfonos que la gente lleva en el bolsillo, claro.

—Los teléfonos no sirven solo para hacer llamadas —explica Jack—. Con ellos puedes ver las últimas noticias y el parte meteorológico.

Pay despliega una sonrisa y deja a la vista sus dientes amarillentos.

—Ya. Y yo soy Bill Cosby. —Esta vez imita la voz del Gordo Alberto, que le queda bastante mejor que la de Johnny Cash—. Ey, ey, ey.

Jack se pregunta qué pensaría Pay si le contara que Bill Cosby, el Papá de América, cumplió condena por drogar a mujeres y abusar de ellas.

Mary lo mira con los ojos como platos.

—¿ Eso hizo?

—Mary…, ¿acabas de leerme el pensamiento?

—Ya te lo he dicho: aquí siento mi don con más fuerza.

—¿De qué estáis hablando? —pregunta Pay—. ¿Quién hizo qué?

—Dejémoslo —ataja Jack. Y dice a Mary—: No puedo llevarte allí. Ya lo sabes, ¿no?

Mary deja escapar un suspiro, que es la única respuesta necesaria.

En otro tiempo eso no era así. De niño, Jack llevó a su viejo amigo Richard Sloat a los Territorios.

Pese a ser hijo de Morgan, Richard (nunca Dick) no había heredado la implacable ansia de poder de su padre.

Niño estudioso y de buen corazón, Richard solo deseaba ir a una universidad prestigiosa, dedicarse a la investigación en el campo de la química y pasarse el resto de su vida en una torre de marfil.

Jack lo llamaba Richard el Racional, y en los Territorios «alucinó por un tubo», por usar una expresión muy certera de esa época.

Jack una vez intentó llevar a Payton Orville al lado de Estados Unidos, más que nada a modo de experimento, y lo mismo habría sido tratar de mover un muro de ladrillo. Su viejo amigo Speedy Parker lo llamaba Viajero Jack, y de un tiempo a esta parte solo puede viajar solo.

El cocinero se acerca a ellos. Está limpiándose las manos en un delantal impoluto y Jack no necesita las facultades telepáticas de Mary para saber que acaba de ponérselo con la intención de conocer al consorte de la Reina de las Sombras.

—¿De verdad sois Jack Sawyer?

—Sí.

El cocinero se toca la frente con el puño, saluda con una profunda reverencia y acto seguido tiende la mano.

—¿Me daríais un apretón, sai?

Jack así lo hace.

—Por favor, no me diga que no va a lavarse esa mano nunca más —interviene Pay—. Yo y mi flor de alhelí, aquí presente, tenemos que comer en este establecimiento uno o tres días más.

—No le haga caso —dice Jack—. Tiene el pico en piloto automático.

Estas dos últimas palabras no las expresa en la lengua, sino en inglés, y el cocinero lo mira con cara de perplejidad.

Jack no tiene el menor deseo de aclararlo.

—Ahora déjenos, si a bien tiene. Vamos a garlar.

—Sí, por supuesto. En cuanto a la comida, sai…, corre a cargo de la casa.

Esta vez Jack no protesta. Cuando el cocinero se va, se inclina sobre la mesa y baja la voz.

—Tengo que hacer unos recados para Youngblood y quiero ver a un amigo.

Puede que me lleve un día, quizá dos. Luego seguiremos adelante.

—Entrega más vales a Pay—. Vosotros tenéis vuestro propio recado.

A ver si encontráis una carreta bucka. Tendremos que ir a echar un vistazo a esa garganta, tajo o desfiladero, lo que sea, y luego largarnos por piernas.

—Se recuerda que a la vuelta debe llevar una cámara, quizá una Polaroid.

Aunque duda que supere intacta la transición.

Al menos como cámara. Una vez intentó cruzar con un iPhone y, en el lado de Mundo Medio, se convirtió en una lupa con un logo de Apple diminuto (pero perfecto) en el mango de hueso.

—¿No llega el tranvía a ese pueblo, Riven? —pregunta Pay.

—Aunque llegara, no me fiaría. No quiero quedarme aislado en los páramos.

—Yo tampoco —dice Mary—. Y menos si hay… —baja la voz hasta a hablar en susurros— wompis.

—Quizá Mary y yo deberíamos quedarnos aquí —sugiere Pay—. Para guardar el castillo, por así decirlo, ¿entiendes?

—Me lo pensaré.

El GJ le dijo que se llevara a Pay para que tomara conciencia de la bicoca que tenía en Dezi, pero seguramente Pernil es ya baño de realidad suficiente.