Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Ahora sé que Tommy tenía razón: los dos accidentes fueron asesinatos y los dos los organizó Morgan Sloat.

Quería tener el control de la agencia, pero eso era una minucia en comparación con sus ambiciones para los Territorios, en general, y las Tierras Arrasadas, en particular.

Quería reabrir las minas cerradas desde hacía tiempo, y mucho más, no solo para enriquecerse, sino también para llevar las industrias venenosas y la contaminación de nuestro mundo a Mundo Medio.

Reunió a sus propios mercenarios privados y los equipó con armas de nuestro mundo.

Su objetivo, Sophie, era, más allá del beneficio, el saqueo.

He dado vueltas y más vueltas a este tema y creo que lo que Morgan Sloat quería era, sobre todo, traer discor dia , que en la lengua de Mundo Medio significa caos y devastación absolutos.

Después de la muerte de Tommy, mi madre comprendió del todo lo que el supuesto mejor amigo de su difunto marido era en realidad y lo que quería.

Lo que ansiaba. Con la ayuda de Tommy Woodbine, ella frustró sus planes una y otra vez…

, al menos en este mundo. En respuesta a esa rebelión, Sloat arruinó su carrera y la persiguió de aquí para allá.

Mi madre y yo acabamos al final en un pueblo llamado Playa de Arcadia.

Para entonces, Tommy Woodbine —el bueno del tío Tommy— había muerto y ya no podía proteger a mi madre por todos los medios a su alcance, desde los mandamientos judiciales hasta las pruebas cada vez más numerosas de que el presunto «accidente de caza» no fue un accidente.

Incluso tras la muerte del tío Tommy, mi madre demostró un valor extraordinario, Sophie.

Pero tenía un rehén del destino: yo. Y, para cuando llegamos al hotel Jardines de la Alhambra —nuestro último refugio en nuestra huida de California a Nueva York y de allí a la Baronía de New Hampshire—, mi madre estaba sola y prácticamente había agotado todos sus recursos.

Sloat se proponía abatirla como un lobo abate a una cierva extenuada.

Y por entonces ella estaba enferma. Con lo que yo vivía casi solo y aterrorizado.

Excepto por el amigo, un amigo poderoso, que conocí en el parque de atracciones que había al lado del hotel, casi siempre vacío.

Tú lo conociste como Parkus, agente del orden de los Territorios.

Pero, cuando yo lo conocí, se presentaba como Speedy Parker.

7

Jack cierra la libreta y recorre con el dedo las letras doradas del nombre. No leía eso desde que lo hizo en voz alta para Sophie y ahora se acuerda de algo que no consta en esta primera entrada.

Cuando llegamos al Alhambra, vi un arcoíris y oí una voz. Era débil y lejana, esa voz, pero real. De eso estoy seguro.

Vuelve a guardar la libreta de Sophie en la mochila. En el asiento de delante, Pay ronca en el hombro de Mary. Ella lo empuja. Él resopla y los ronquidos cesan; al cabo de un momento, apoya de nuevo la cabeza en el hombro de Mary y reanuda los ronquidos.

En esa primera entrada no escribí sobre los gemelos, pro bablemente p orque no me hacía falta.

Desde la infancia, So phie y su gemela, Judy Marshall, habían hablado entre sí en susurros a través del muro que separa los mundos.

Mi propio gemelo fue asesinado al poco tiempo de nacer.

En cuanto a esa voz…, fue la Cosa Especial de Sophie lo que oí, ¿no?

Y, por descontado, la voz era débil. Tuvo que recorrer un camino muy muy largo hasta Playa de Arcadia, en New Hampshire.

—Era la voz del Talismán —musita—. Y el arcoíris era su sigul.

Jack cierra los ojos y ve en sueños Divertimundo, el parque de atracciones donde Lester Parker, alias Speedy, era el guarda. Oye el sonido cascado de la vieja Kalamazoo de Speedy, la misma guitarra barata que tocaba Robert Johnson.

Speedy canta «Hit the Road, Jack». Ponte en marcha, Jack.

8

Para cuando se encienden las luces y el Winola empieza a moverse, Jack ha comenzado ya a plantearse —con ánimo lúgubre— cómo se las arreglará para pastorear a Pay y Mary, el señor Orondo y la señora Escuálida, el resto del camino hasta Pernil a lo largo de la vía.

A saber a cuántos kilómetros están del pueblo.

Mary se quejará de que le duelen los pies y Pay soltará sin parar sus latosos chistes, y a Jack solo le queda un cargador para la Glock.

Diecisiete cartuchos. Tendrá que comprar cargadores nuevos en el lado de Estados Unidos…

, en el supuesto de que llegue allí, claro.

—¡Hurra y gracias a Dios! —exclama Mary—. Ya pensaba que tendríamos que ir a pie.

—La buena de Winola aún podría escoñarse —dice Pay—. Dale tiempo.

9

Cuando la buena de Winola se aproxima a la estación de Pernil —y es, en efecto, una estación, no un triste apeadero como el de Paso de Tom—, las luces vuelven a apagarse y el tranvía reduce la velocidad hasta detenerse a corta distancia del andén.

«Las herramientas de software se están actualizando —anuncia la voz automatizada—. Esto puede requerir un tiempo».

Jack no tiene intención de esperar. Abre por la fuerza la puerta delantera y salva de un salto la separación de algo más de un metro entre el tranvía y el andén.

Tiende los brazos hacia Mary y ella se lanza, con lo que casi se caen los dos.

Antes de poder situarse para ayudar al payaso de la clase, este, con la idea de lucirse, alza los brazos por encima de la cabeza y brinca.

—¡Arriba y arriba, y allá voooy !

Pay logra plantar un pie en el borde del andén.

Con el otro, pedalea desesperadamente en el aire.

Jack lo agarra de las manos y tira de él para ponerlo a salvo antes de que se precipite al talud cubierto de maleza y cascotes que hay tres metros más abajo.

A modo de recompensa por el rescate, Jack recibe un largo y jugoso pedo.

— Ach, Gott , ¿he oído acaso un ruido procedente de mi trasero? —pregunta Pay con un pésimo acento alemán y saca la mano del bolsillo del pantalón. Sonríe y levanta las cejas como Groucho.

Payton no es consciente de lo cerca que ha estado de caerse y romperse los huesos, pero Jack sí. No siempre estaré ahí para agarrarte , piensa. Pero dice:

—Si oigo ese tirapedos una sola vez más, te lo meto por el culo.

—Promesas, promesas —contesta Pay, y da a Mary (que sonríe) un sonoro beso en la mejilla.

10

En una de las viejas novelas que Jack compra para Youngblood, posiblemente de David Goodis, Cornell Woolrich o algún otro poético autor de literatura pulp , el hedor del vestíbulo del hotel Good Rest podría describirse como «olor a sueños rotos».

Jack piensa que, en realidad, se trata de la pestilencia procedente de las bolsas de basura amontonadas en el closi entre el hotel y el restaurante contiguo, el Good Boy Good.

Se desprende de la mochila, ahora bastante más ligera, y da un manotazo en la campanilla de recepción, colocada junto al libro de registro de viajeros. Solo emite un débil cloqueo.

—¡Eh! —grita Payton—. ¿Hay por ahí alguien vivo?

—Ya voy —contesta una voz ahogada—. Estoy en el cagadero.

—No se olvide de pasarse el papel por segunda vez, amigo; es vital. —Pay retrocede hasta el centro de la sala, abre los brazos y ejecuta unos aceptables pasos de claqué a la vez que canta «Hey, Porter» con una voz grave que en teoría (posiblemente) suena a Johnny Cash.

El recepcionista sale de la habitación de detrás del mostrador abotonándose la bragueta y mirando a Payton como si fuera deficiente mental.

Es solo un crío. Jack le echa unos diecisiete años.

Lleva ligas en las mangas de una camisa que en otro tiempo tal vez fuera blanca, pero ahora es de un gris sucio.

Su cara es una topografía de granos. Uno grande junto a la aleta izquierda de la nariz supura un hilillo de pus amarillento.

En la cabeza, luce un sombrero de jinete de la Pendiente con una pluma raída en la cinta, que no le resbala hasta los ojos solo porque lo impiden un par de orejas de soplillo.

Se destoca, saca un pañuelo y se enjuga el grano rezumante.

—Tres huéspedes y para tres noches —dice Jack—. Quizá tengamos que quedarnos más tiempo. —Aunque espera que no, Dios bendito.

— ¡Primer premio, tres noches en Pernil! —anuncia Pay con una estentórea voz de presentador de televisión—. ¡Segundo premio , seis noches en Pernil!

—Dos habitaciones —continúa Jack, animoso—. La señora y el caballero…, caballero entre comillas…, se alojarán en la misma.

Saca un fajo arrugado de vales del cinturón billetero que lleva bajo la camiseta y los extiende en forma de abanico. En algunos sale un dibujo de Edward Youngblood con una sonrisa, gesto poco habitual en él. En otros aparece un barco de pesca.

—Primera planta —indica el recepcionista—. El lavabo está al final del pasillo. Agua fría. Sin ducha. Había un espejo, pero un viajante de comercio lo rompió.

—Siete años de mala suerte; joder, eso sí que es fuerte —declama Pay—. Jodido estás y así seguirás…

Jack ya ha tenido suficiente, porque es interminable. Gira en redondo y se encara con Pay. Mary se arrima a su hombre y mira a Jack con una expresión de terror que él a duras penas entiende. ¿De verdad parezco tan peligroso?

—Cállate —ordena Jack—. Ni un solo chascarrillo más.

Con una vocecita que podría ser de broma o no, Pay contesta:

—Sí, jefe.

Volviéndose hacia el joven recepcionista, Jack pregunta por el precio.

—¿Vienen de Dezi? —quiere saber el recepcionista, que mantiene la mirada fija en el abanico de vales.

—Dice verdad.

—Bueno, por ser de la hermosa costa, se lo dejaré a buen precio. —El recepcionista coge parte de los vales del abanico, titubea y alarga el brazo en busca de unos cuantos más.

Jack apoya la mano sobre la del joven y mueve la cabeza en un gesto de negación.

—Ha dicho «un buen precio».

—Tengo un jefe que también mete el cucharón.

—Muy bien. Esto, para el jefe.