Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—De nada. Mi madre. Poesía. Y no recuerdo el resto.

El Winola termina su último anuncio y cobra vida con otra sacudida.

Hilltown, con su cantina y sus caballos tristes, queda atrás.

Ahora cruzan terreno rocoso, lo que sin duda describirían como «los páramos» en una de aquellas viejas películas del Oeste en las que trabajaba Lily (antes de enfrentarse a una serie de monstruos cinematográficos cada vez más inverosímiles, incluida una manada de taltuzas gigantes radiactivas).

Las pequeñas manchas de vegetación visibles desde el tranvía son de hierba mala, que desprende un aroma dulce, pero es venenosa, salpicada de retazos de bayas de ave de un vivo color rojo.

Jack se adormece de nuevo y no despierta hasta que el día casi ha concluido. Pay y Mary, que han echado mano por su cuenta de las provisiones de la mochila, comen popkins y trincan Nozz-A-La.

—¡Vaya, Jack ha vuelto! —exclama Pay con la boca llena—. ¡Coge un sándwich y algo de beber! ¡Hay de sobra!

Cómo no voy a saberlo, si soy yo quien ha llenado la mochila y ha cargado con ella , piensa Jack.

—A lo mejor dentro de un rato.

—También está esto —dice Mary, y le tiende una libreta encuadernada en piel—. No he dejado meter las narices a Pay porque en la portada sale el nombre de ella.

—Yo no meto las narices —responde Pay con tono altivo—. Yo investigo .

Mary no le presta atención.

—He pensado que para ti debía de ser algo especial.

Se la entrega. En la tapa, estampada en letras doradas, hay una única palabra: sophie . Jack compró esa libreta elegante en una de sus visitas al lado de Estados Unidos con la idea de que a ella podría gustarle porque el papel, como las armas de fuego, es un bien muy preciado en Mundo Medio.

— Es especial para mí —contesta Jack, aunque no se explica por qué decidió llevársela en la mochila. Contiene un sinfín de recuerdos antiguos y dolorosos. Una voz le susurró Cógela , y eso hizo. Sus intuiciones no siempre le gustan, pero confía en ellas.

—La Reina de las Sombras no escribió lo que pone ahí —comenta Mary. Acto seguido, como en respuesta a una queja de Jack, añade—: He visto que está en inglés, no en la lengua.

Jack asiente con la cabeza.

—La libreta es de Sophie, el texto es mío.

—Aún te queda mucho espacio, si te apetece seguir —observa Mary—. Un moit de páginas en blanco.

—Escribí eso antes de su muerte. Después perdí el interés. —No, no es cierto. No fue el interés lo que perdió. Fue el corazón—. ¿De verdad no lo has leído, Mary?

—Solo unas líneas de la primera página, sobre tu niñez. Es curioso, pero leer en inglés después de tanto tiempo en Mundo Medio me da dolor de cabeza. Además, es asunto tuyo.

—Gracias. Gracias, Mary.

Devuelve la libreta —la mitad de las páginas escritas, la mitad en blanco— a la mochila y contempla el paisaje rocoso y accidentado.

Al oeste, la puesta de sol es solo un desabrido trazo de color naranja contra un horizonte negro y desigual.

Piensa en Sophie, después en su madre y a continuación en un verso del viejo poema de Robert Service.

Lo pronuncia en susurros hacia la creciente oscuridad: «Entonces presientes cuál era el significado de la música: hambre y noche y estrellas».

La primera estrella de esta noche asoma como si él la hubiera emplazado: la Vieja Madre. Susurra de nuevo: hambre y noche y estrellas .

En uno de sus viajes al servicio de Youngblood, se fijó en la tienda contigua a la librería Toren: Paper las otras parecen muertas.

La voz automatizada les asegura que se está realizando una actualización de las herramientas de software y que el viaje se reanudará en breve.

—¿Qué son las herramientas de software? —pregunta Pay. Como los demás refugiados del lado de Estados Unidos, procede de un tiempo anterior a la aparición del software.

El año 1976 es el único tiempo al que se puede ir de manera fiable ( medio fiable) desde la puerta de Youngblood, y solo durante el mes de julio del supuesto verano del Bicentenario.

El único lugar accesible se encuentra en las inmediaciones del Teatro de Marionetas de la Cabaña Sueca de Central Park.

Al menos así es para Ayden Hestin; cualquier otra persona se vería arrojada a la eterna oscuridad del exotránsito.

O eso sostiene Ayden, y cierto experimento respalda esa lúgubre idea.

Los oriundos del lado de Estados Unidos que componen el deplorable ka-tet de Jack recuerdan todos a Gerald Ford y a Jimmy Carter, pero ninguno sabe quién ganó las elecciones, porque para entonces ya se habían marchado.

¿Por qué solo puede viajar Ayden y por qué solo puede aterrizar en esa zona en particular y durante esas escasas semanas de julio? Jack lo ignora.

—El software es un tema complicado —responde Jack. Como los viajes en el tiempo a través de las pocas puertas que aún funcionan , piensa.

—Bueno, pero, si es un problema de herramientas, contad con la mía —dice Pay, y se lleva la mano a la entrepierna—. ¿Captas? ¿La herramienta ?

—Capto, Pay.

Mary observa la negrura con expresión de ansiedad.

Cosa que Jack entiende perfectamente. Ahí fuera podría haber cualquier cosa al acecho.

De caza. Como para poner de relieve esa posibilidad, se oye un aullido.

Se eleva hasta convertirse en un grito penetrante, desciende hasta degenerar en una risa ahogada y confusa, y se interrumpe.

—Por Dios, ¿qué ha sido eso? —exclama Mary.

—Parecía la reacción de un hincha del Boston ante el fichaje de Bobby Orr por los Blackhawks —dice Pay.

Mary tiene lágrimas en los ojos.

—No sé de qué hablas.

—No te preocupes, cariño, da igual. —La abraza. Pay puede ser insoportable, pero Jack no puede menos que sentir simpatía por él al ver ese abrazo.

«La actualización de las herramientas de software casi ha terminado —informa la voz automatizada—. Faltan doce minutos».

Como se verá, ese es un anuncio en extremo optimista.

Cuando el tranvía arranca de nuevo, ya amanece.

Pay y Mary, con las cabezas juntas, duermen en uno de los asientos delanteros.

Jack, víctima del insomnio desde que Sophie murió, saca la libreta de la mochila, la abre y, diciéndose que lo hace solo por matar el rato, lee las dos o tres primeras páginas.

6

Yo tenía seis años cuando murió mi padre. Se llamaba Philip Sawyer. Era agente de cine. El cine, mi querida Sophie, es como el teatro, solo que grabado. Una película de cine es como un hermoso eco que puedes ver y oír siempre que quieras. Mi madre, Lily Cavanaugh, era actriz en esos hermosos ecos.

Mi padre tenía un socio, un tal Morgan Sloat, y ambos podían viajar a Mundo Medio, que ellos llamaban los Territorios.

Tú conociste a Sloat como Morgan de Orris.

Si me preguntaras cómo aprendió mi padre a saltar (así lo llamaban), no sabría decirte, pero estoy seguro de que fue él quien descubrió esa posibilidad y enseñó luego a Morgan. Lo cual fue un error garrafal.

Su negocio prosperó porque —como sabes— en los Territorios hay algo mágico, una especie de polvo de hadas invisible, pero a Sloat no le bastó el éxito en los negocios.

Quería más. Los Territorios —Mundo Medio, como ahora lo llamo— transformó a mi padre en una persona mejor.

A Morgan Sloat lo convirtió en un monstruo.

Cuando el negocio en el lado de Estados Unidos creció, ampliándose a ámbitos como los contratos de producción y los bienes raíces, contrataron los servicios de un bufete: Lowe, Goldman y Woodbine.

Tommy Woodbine, que estudió en la universidad con Sloat y mi padre, pasó a ser el asesor jurídico jefe de la agencia de representación Sawyer y Sloat.

Morgan nunca sintió simpatía por Tommy ni confió en él, y el sentimiento era mutuo.

Yo lo quería y con el tiempo empecé a llamarlo tío Tommy.

Mi padre resultó muerto en un presunto accidente de caza en Utah. El tío Tommy nunca se lo creyó y contrató a una agencia de detectives para investigar. No averiguaron nada, pero Tommy tenía sus sospechas e hizo lo que pudo para proteger a mi madre.

Tal vez Sloat llegó a la conclusión de que su abogado estaba acercándose demasiado a la verdad.

O eso, o perdió la paciencia con los esfuerzos de Woodbine por proteger a mi madre.

Cuando yo tenía doce años, Tommy Woodbine murió atropellado por una furgoneta negra —una especie de bucka motorizado, ¿te consta?

— cuando cruzaba el bulevar La Cienega. En el costado de la furgoneta decía niño salvaje , pero nunca identificaron al conductor.