Capítulo 2 #2
—Esperaremos hasta las diez —propone Jack.
Quiera Dios que no tenga que presentarse de nuevo ante Youngblood.
Pernil está a tres días en tranvía (siempre en el supuesto de que el dichoso cacharro no se averíe).
A caballo o en bucka serían diez días, posiblemente más.
¿Y con qué fin? ¿Para traerle un poco de Coca-Cola y una novela de bolsillo vieja al gobernador de la Baronía y —en la actualidad— autoproclamado alcalde de Dezi?
¿Para ver algo —Jack no sabe ni remotamente qué— en el Gran Desfiladero o la Garganta o como quiera que lo llame?
A decir verdad, ¿qué hace aquí, cuando podría echarse a la carretera, libre como un pájaro?
Dezi no es un mal sitio para vivir, cierto, pese a tener que cuidar de su patético ka-tet, pero en Mundo Medio hay otros muchos lugares que tampoco están mal, entre ellos las zonas situadas al este en las que aún piensa como los Territorios.
Hay sitios hechizados, sí (las Tierras Arrasadas, por ejemplo), pero también otros más que aceptables que cuentan con una gran ventaja: no existe en ellos ningún dictador de pacotilla, como Edward Youngblood, con quien lidiar.
¿Qué sería de Pay y Mary si yo me fuera por mi camino?
¿Si liara los bártulos? Si a eso vamos, ¿qué sería de George y el Peonza, ese memo?
Ryall saldría adelante. Podría ganarse la vida como cocinero o conservar el puesto de rompehuesos al servicio del GJ; le gustaría más lo primero que lo segundo, pero se las apañaría tanto en un caso como en otro.
Solo tendría que evitar ponerse a malas con Ayden Hestin. Los demás estarían bien jodidos.
¿Se queda por una panda (una mala panda) de perdedores?
¿O porque su mujer está enterrada en Largos Vientos, el cementerio de Dezi?
¿Porque ella todavía existe en la casa que compartieron?
Eso le parece más probable. No le gusta la idea de estar encadenado a un fantasma, pero debe reconocer que es posible.
Hacer como si estuviera viva es de locos, pero quedarse aquí, en otro mundo, también.
En ese preciso momento, Mary Klee lo agarra del brazo con sus dedos largos y nerviosos, y señala con la otra mano.
—¡Mira!
El tejado del barracón está cambiando de color: pasa de un rojo mate a un verde óxido. Empieza a oírse el clamor de una sirena. Los tafis posados en enredaderas alzan el vuelo y baten las alas en dirección a lugares más tranquilos.
—Me cago en los huevos. —Pay suelta el reniego que reserva para cuando está muy muy disgustado—. Puede que aún no…
Pero la puerta del cobertizo del Winola se levanta con un estruendo y el tranvía, un artefacto cuadrado y amarillo, se encamina con su premioso balanceo hacia el andén por el doble raíl bajo la lluvia de chispas azules que escupe la pértiga al deslizarse por el cable aéreo.
Las ventanillas tienen los cristales agrietados y opacos.
La puerta de la cochera baja de nuevo con su estrepitoso tableteo.
El clamor de la sirena cesa. El tejado recupera su color rojo.
El motor del tranvía emite un gruñido áspero, interrumpido de vez en cuando por una especie de hipo.
—¡Qué emoción! —exclama Mary—. ¡Nuevas caras y nuevos lugares!
—Emociónate por los dos —rezonga Pay—. Seguro que ese trasto se muere por el camino y nos deja tirados en las quimbambas.
Jack siente una pizca de la emoción de Mary; solo una pizca, eso sí. No por las caras nuevas, sino por una ya conocida. La de Dale.
El Winola se detiene con un chirrido infernal que procede de los frenos. Las puertas de acordeón, la de delante y la de atrás, se pliegan.
«¡Bienvenidos al Winola! —exclama una voz amplificada—.
¡Nuestro destino es Pernil! ¡Este coche ya no va a Gilead!
¡Tendrán que ir a por bálsamo a otra parte!
¡Este coche ya no va a Pennilton! ¡Sin conductor!
¡Repito, sin conductor! ¡Estén listos cuando se acerque su parada!
¡Dos minutos para apearse! ¡Dos minutos para apearse!
¡Sin conductor! ¡Muestren su tarjeta de embarque al Ojo! ».
El Ojo, como Jack sabe, dejó de funcionar hace tiempo, pero Youngblood le ha facilitado el código de acceso alternativo.
Abre una portezuela con el rótulo solo personal autorizado en un inglés descolorido casi ilegible, que deja a la vista un panel numérico.
Este emite un parpadeo rojo, que induce a pensar que en algún sitio hay una conexión floja.
Esperando lo mejor, Jack introduce el número 7723.
Durante unos segundos, no ocurre nada. A continuación, el panel pasa a verde y el Winola exclama: «¡Todos a bordo! ».
—Y Bordo murió aplastado —suelta Pay. Da un codazo a Jack en el costado; tiene un codo muy afilado para ser un hombre tan rechoncho. Lo mismo tiene un afilador de codos o algo así , piensa Jack—. ¿Captas, Jack?
Jack piensa: Este viaje se me va a hacer muy largo.
3
En el tranvía se nota un aire caliente, viciado y quieto. Jack deja la mochila sobrecargada en uno de los asientos. Se eleva una nube de polvo. Cuando el Winola arranca con una sacudida, Mary se tambalea hacia atrás, y se habría caído si Jack no hubiera estado allí para sujetarla.
—Gracias, sai, gracias —dice, e intenta abrir una de las ventanillas, atascada por el óxido. Jack, a su lado, la ayuda.
Pay, ajeno a sus esfuerzos, se deja caer en un asiento, con lo que se eleva otra nube de polvo.
Por fin logran subir la ventanilla por sus vetustos rieles y Jack se ahorra así la molestia de tener que romper el cristal con la culata de la Glock.
Consigue abrir dos más y entra el dulce aire de la mañana, colmado del penetrante olor a salitre del Mar Limpio.
Mary ve pasar ante la ventanilla las laderas de la Pendiente con la cara de una niña asombrada.
Esa sinuosa pradera alfombrada de flores se extiende a lo ancho de unas treinta ruedas desde la costa hasta el desierto, pero Jack duda de que Mary haya visto más que una pequeña parte.
Lleva en Dezi mucho tiempo, quizá ocho años (aunque aquí, como se ha comentado, el tiempo es raro, o sea que no es fácil precisarlo), y no ha estado en ningún otro sitio desde que Ayden fue a buscarla a Nueva York.
Esta es la primera vez que se aleja del Mar Limpio, y Jack piensa que quizá por eso la ha traído, solo por verle esa expresión de asombro en el rostro.
Una idea ridícula, pero, aparte de la intuición, es la mejor que se le ocurre.
Jack toma asiento en la parte delantera del vagón, lejos de Pay Orville, y baja con dificultad otra ventanilla.
El tranvía cobra velocidad y Jack acerca la cara a la ventanilla, vuelta hacia arriba, para respirar el aire dulce.
Fuera ve una manada de ponis de la Pendiente que persigue ladera abajo la sombra de una nube huidiza entre flores rojas y anaranjadas.
Experimenta parte del asombro de Mary. Se acomoda en el asiento y cruza los brazos delante del pecho.
El Winola se mece suavemente. Es un movimiento relajante, y más después de una noche de poco descanso.
Jack piensa: Visitaré el casino Howana y ganaré unos cuantos miles jugando al blackjack o a la ruleta.
Jack piensa: Iré a Toren, en Lincoln, y le conseguiré el libro a Youngblood, si el viejo Karel Toren lo tiene.
Jack piensa: Luego iré a ver a Dale. Iré a ver a mi amigo.
Jack se duerme. Al principio, es un sueño ligero; después, más profundo.
4
El altavoz anuncia Caylee y, unas horas después, Hilltown.
Jack sigue dormido en la primera parada, pero en Hilltown el tranvía da una violenta sacudida que no solo lo despierta, sino que casi lo tira al suelo.
Contempla un pueblo desierto que parece el plató de una de las antiguas películas de su madre, tal vez Los horrores del barranco de Deadwood o La no che de los pistoleros.
Unos cuantos caballos con esparaván —parientes exhaustos y mal alimentados de los ponis de la Pendiente que galopan libres, en estado salvaje, por los campos al norte y el oeste de Dezi— permanecen amarrados a un travesaño frente a la cantina y la tienda de abastos.
Mantienen la cabeza gacha, ya sea porque duermen o por agotamiento.
—¡Mirad qué flacos están esos caballos! —exclama Mary, indignada—. ¡No tienen comida ni agua! ¡Para colmo, los dejan bajo este sol abrasador! ¡Eso es crueldad caníbal! Debería ir a explicarle a alguien…
—Querrás decir «crueldad animal » —corrige Pay—, y lo que deberías hacer es nada. ¿Quieres quedarte abandonada en este pueblucho, en esta hemorroide reseca? ¿Que te violen los pegatiros que deben de estar empinando el codo en ese cagadero de cantina?
Hablas de otra cantina, el Malamute Saloon , piensa Jack, y al instante se sumerge en el lugar —un lugar profundo— donde guarda recuerdos de su madre.
Casi nunca lo visita, porque esos recuerdos aún le duelen, pero a veces, incluso en esta extraña vida posterior, vuelve a precipitarse en él.
Sí, ahora es un dolor amortiguado —Lily Cavanaugh gozó de una larga vida, en gran parte gracias a él—, pero los recuerdos perduran porque, sean estos buenos o malos, todos los niños (en especial los varones) se acuerdan de su madre.
Ahora acude a la memoria de Jack la imagen de ella, de pie sobre la mesa de un bar o un restaurante, mientras recitaba «El tiroteo de Dan McGrew», las diez estrofas.
Palabra por palabra, y todo el mundo aplaudió.
¿Cuántos años tenía él entonces? ¿Seis? ¿Siete?
En aquella época, todo el mundo vivía en el país de la fantasía y nadie vivía en ninguna otra parte.
Se pone de pie en el pasillo polvoriento del Winola, se lleva una mano al corazón, levanta la otra, como para prestar testimonio, y declama:
— ¡Una panda de muchachos alborotaba en el Malamute Saloon! ¡El chico de la pianola había puesto una melodía de ragtime!
Mary bate palmas y dice:
—¡Más!
—¿De qué carajo estás hablando? —pregunta Pay.