Capítulo 2
Jack asciende por la calle del Tranvía sin saber cuánto tiempo pasará fuera ni cuánto habrán cambiado las cosas cuando regrese. Lo cual seguramente es una bendición.
Porta una pistola y carga con una pesada mochila que contiene comida suficiente para tres personas durante tres días, más unas cuantas botellas de Nozz-A-La, un refresco.
En Pernil hay un mísero hotelucho unido a un restaurante que se llama Good Boy Good, pero no prevé que la comida esté a la altura del nombre.
Ni la bebida. La mochila pesa mucho y hace calor.
Le resbala el sudor por las mejillas y la nuca.
Se reabastecerá para el regreso en el lado de Estados Unidos.
No serán los mismos productos cuando lleguen a Mundo Medio, pero sí los equivalentes.
Podría haberle pedido a Pay, antes de separarse el día anterior, que fuera a su casa para ayudarlo a acarrear víveres suficientes para la ida y la vuelta.
Pay habría accedido, pero no de buena gana; ¿y cómo va a echárselo en cara?
Pay va con él porque Youngblood quiere que vaya.
En cuanto a Mary Klee…, Jack no se explica qué lo ha llevado a pedírselo.
Se acerca ya al andén del tranvía cuando ve más adelante a Ayden Hestin, de pie junto a la doble verja de un camino adyacente.
Es alto, flaco y calvo. Viste un traje negro óxido y una corbata de cordón.
Le cubre la cabeza un pañuelo, atado bajo el mentón como la babushka de una mujer eslava; cabe suponer que para protegerse la calva del sol del verano.
En la verja se ve un cartel. Al principio, la palabra impresa en el cartel parece escrita en extraños caracteres cirílicos.
Pero, como siempre, espera y al cabo de un momento se distinguen con nitidez. El letrero reza: prohibido .
Ayden, sin moverse, observa a Jack en su arduo avance hacia él. Resulta exasperante. Por fin Jack se detiene en medio de la calle y dice:
—¿Un poco de ayuda?
Ayden recorre la distancia que los separa con un andar desgarbado que a Jack le recuerda a las películas de vaqueros que veía de niño, incluidas las que protagonizaba su madre, Lily Cavanaugh, la Reina de la Serie B.
—¿Qué te cuentas, colega? —pregunta Jack.
—Tendrías que haber traído una carretilla.
Ayden mide dos metros como mínimo y se parece un poco (salvo por la babushka, quizá) al novelista de género negro Harlan Coben.
El GJ no colecciona libros de Coben; prefiere las novelas de bolsillo viejas y llamativas con títulos como Al salir está la muerte…
, o el actual objetivo de Jack, El nombre del juego es muerte.
Jack no contesta al comentario sobre la carretilla porque Ayden tiene toda la razón.
Jack, absorto en sus pensamientos, había recorrido ya casi un kilómetro por la calle del Tranvía (es incapaz de calcular distancias en ruedas, aun después de tantos años) cuando se ha dado cuenta de lo mucho que calentaba el sol y lo mucho que pesaba la mochila.
Así las cosas, le ha parecido más fácil seguir adelante.
Y sin duda más seguro. No quiere que el tranvía se marche sin él; eso sin duda lo pondría en un brete con el Gran Jefe.
—¿Adónde va eso? —Jack ladea el pulgar hacia el camino tortuoso y surcado de roderas que nace al otro lado de la verja cerrada.
—Con suerte, nunca lo sabrás —responde Ayden—. Pero dudo que tengas esa suerte, Jack Sawyer. —Tiende una mano hacia la mochila—. Dámela.
Jack se desprende las correas. Ayden se echa la mochila a los hombros con irritante facilidad.
—¿La pistola?
—Ya la llevo yo. —En este país, las armas de fuego escasean y, en todo caso, Jack no sabe hasta qué punto le confiaría una a Ayden.
Siguen adelante juntos, sin hablar.
Cuando llegan a la escalera del tranvía, Jack procura no jadear. Da la impresión de que Ayden ni siquiera suda.
—Déjame un segundo para recuperar el aliento —dice Jack.
Ayden le dirige una sonrisa vacía.
—Estás en mala forma, Jack Sawyer.
Puede que eso sea verdad, pero dar vueltas y más vueltas en la cama hasta altas horas de la noche no ha ayudado. Desde la muerte de Sophie, la cama es más ancha. Debería llevarlo ya mejor, porque el tiempo cura todas las heridas y tal y tal, pero… sencillamente… no es así.
—En principio, Payton y Mary han de reunirse…
—Ah del barco, camarada —saluda una voz desde detrás de la herrumbrosa escalera de acero que asciende al andén del tranvía.
Jack se sobresalta y baja la vista. Pay y Mary, sentados a la sombra, comen lo que parecen unas magdalenas.
Los dos ahí tan ricamente. A un lado está el saco de dormir que deben de haber usado.
Las magdalenas sin duda las han comprado con los vales que Jack les dio (a petición de Pay) después de invitarlos no solo a hombrecillos verdes, sino también a una cena en Dear Ma’s Kitchen.
—¿Cuánto tiempo lleváis aquí? —pregunta Jack.
—Hemos pasado la noche —responde Mary a la vez que alza la vista.
En su rostro se dibujan franjas de sombra por efecto del sol que pasa a través de los peldaños.
Sonríe y se la ve más joven, posiblemente porque de un tiempo a esta parte no ha tenido dinero con el que comprar alpiste a cualquiera de sus proveedores habituales—.
Muy a gusto. No hace frío ni hay serpientes.
—¿De dónde habéis sacado las magdalenas? Ruta las prepara solo al amanecer.
—Están pasadas —contesta Pay—. Son de anteayer. Tiradas de precio. No nos daba para más.
Esta insinuación de reproche hiere a Jack en su amor propio. Como también lo hiere el amago de sonrisa burlona de Ayden Hestin al ver a Jack tratar con sus —¿por qué no decirlo?— niños problemáticos.
—De no ser por mí, os habríais ido a dormir con el estómago vacío.
—Cierto, y digo gracias —responde Mary, pero no ofrece magdalenas ni a Jack ni a Ayden. Tampoco Payton, si a eso vamos. No es por glotonería, exactamente, aunque eso también influye. La cuestión es, en esencia, que esos dos no andan muy sobrados de modales.
—Arriba, arriba —indica Ayden—. El tranvía no tardará en llegar.
—Si es que viene —dice Pay… ¿Y es esperanza eso que asoma a su voz? Claro que sí.
Ascienden por la escalera oxidada e inestable: Ayden delante, con la mochila a la espalda; Jack en segunda posición, y, detrás, sus dos…
¿Cómo llamarlos?, ¿descarriados, estorbos?
Quizá, a fin de cuentas, «niños problemáticos» sea lo que mejor los describe.
George y el Peonza son también así. Solo Ryall Connors es distinto.
Ryall es un adulto, pero, por desgracia, antipático.
En el andén, Ayden se desprende de la mochila y se ajusta el nudo de la babushka, un gesto peculiarmente remilgado en un hombre tan grande e imponente.
—Os dejo —anuncia—. Largos días y gratas noches.
—Y que tú veas la mitad —dice Pay. Dirige a Ayden la sonrisa de suficiencia que utilizó en incontables monólogos en el lado de Estados Unidos, cuando se batía el cobre por todas partes, desde clubes de la comedia hasta locales de mala muerte donde lo encajaban como bolo de relleno si la banda no se presentaba.
Forma una pistola con los dedos y dispara contra el hombre alto—. ¿Ya lo pillas? La mitad, ¿captas?
Ayden, sin sonreír, se detiene a pensarlo. La sonrisa de suficiencia de Pay empieza a languidecer. Ayden forma su propia pistola con la mano y dice:
— Tus días están contados.
Asesta una patada de desdén a la mochila sobrecargada y baja por la escalera con la espalda erguida y el paso uniforme.
Pay se dispone a apretar su tirapedos, pero Mary lo agarra del brazo y le advierte:
—No.
—Buen consejo —dice Jack.
—Alguien debería decirle a ese hombre alto, calvo y feo que con ese pañuelo en la cabeza parece una vendedora de coles de Minsk o Pinsk, o… algún sitio así. En cualquier caso, no entendería el chiste. No tiene sentido del humor.
—Tal vez no tenga sentido del humor —contesta Jack—, pero sí entiende muy bien lo que es desquitarse.
—Y yo también —dice Mary en voz muy baja—. Es un mal rollo.
2
Los tres permanecen de pie en el andén (en cuyas tablas se lee dezi escrito en una pintura blanca que se ha degradado hasta adquirir una tonalidad gris fantasmal).
Las nueve y media dan paso a las diez menos cuarto.
Llega el tranvía de Mejis. Nadie sube, pero sí se apean unos cuantos trabajadores y jinetes de la Pendiente.
Luego gira entre chirridos para cambiar de sentido e iniciar el trayecto de regreso.
El sol se eleva y cobra mayor intensidad.
Las sombras de los tres empiezan a alargarse.
En la mochila, las botellas de Nozz-A-La, frías cuando Jack las ha guardado dentro, sin duda ya se están calentando.
Aún no tanto como si fueran orina, pero todo se andará.
Y no hay ni rastro del tranvía de Pernil.
—No va a venir —insiste Pay (bastante esperanzado)—. Ese pobre trasto por fin ha exhalado el último suspiro.
A unos cuatrocientos o quinientos metros al oeste, se alza un edificio metálico de tejado rojo.
A ojos de Jack, parece uno de esos barracones militares de techo curvo que salían en las películas de guerra antiguas.
Dentro, cabe suponer, está el Winola, el tranvía de Pernil, que, según el horario previsto, debía iniciar su recorrido hacia el oeste a las nueve y media.