Capítulo 1 #5
—¡Jack! —exclama Payton—. ¿No invitarías por casualidad a un colega famélico a un E.
T.? —Se refiere a los risueños hombres y mujeres verdes que hay en el escaparate de Caiden’s Candies, unas deliciosas chuches de menta por fuera y chocolate por dentro.
Una fila de ellos serpentea como una cadena de muñecos de papel entre los diversos pasteles y bizcochos.
—E. T., mi casa, teléfono —dice Mary con una radiante sonrisa.
Esa película no se estrenó hasta seis años después del cuándo de Mary, pero Jack le ha contado el argumento docenas de veces.
Siempre tiene en los labios una radiante sonrisa, Mary Klee, y Jack sospecha que esa era otra parte del problema que Youngblood le veía.
Quería que su vidente diera miedo y fuera un poco siniestra.
Mary no cumple esas expectativas. Muestra el afecto de un cachorro que ha recibido una patada tras otra pero no pierde la esperanza.
—¿Qué os parecería acompañarme a Pernil? —les pregunta Jack.
—Uf, no sé —responde Payton—. Eso está muy lejos.
—Y es un sitio sucio —añade Mary—. Polvoriento. Peligroso, quizá.
—Me lo pensaré —dice Pay.
—En realidad, no es una petición —aclara Jack.
—¿Una orden, pues? —Payton adopta una expresión de lo más hosca para alguien que supuestamente es la alegría de la huerta—. Porque a mí solo me da órdenes el GJ.
Jack no contesta y Pay las caza al vuelo.
—Ah —dice—. Vaya mierda.
—Procura verle el lado positivo, Pay. Si no te cruzas en su camino durante un tiempo, quizá reconsidere su opinión sobre ti. — O no , piensa Jack.
Desvía la mirada hacia Mary.
—Y en cuanto a ti…, si te ve por aquí durante alguna de sus orgías de compras, o si te ve Ayden, bien podría ser que se acuerde del trabajo de mierda que hiciste como adivina…
—Tengo una mala racha, es solo eso —responde ella a la vez que se yergue y habla con una raída dignidad ante la que Jack se siente un poco canalla—. Es algo que les pasa muy a menudo a personas psíquicamente sensibles.
Jack insiste, aunque no sabe muy bien por qué.
—… y te lance de vuelta por la puerta de su jardín, donde te quedarías flotando en la dimensión desconocida. Digamos que… hasta el fin de los tiempos.
Mary parece asustarse. Pay le rodea los delgados hombros con el brazo y Jack se siente aún más canalla que antes.
¿Por qué estoy haciendo esto? , se pregunta.
No lo sabe. La verdad es que son un par de fracasados y hablarán los dos como descosidos durante el largo viaje, pero ha aprendido a confiar en sus intuiciones.
—¿Cuándo? —pregunta Pay—. ¿La semana que viene? Supongo que quizá pueda…
—Mañana. Quedamos en la parada del tranvía a las nueve.
—¿Y si el tranvía no viene? —pregunta Payton con un tono esperanzado que apenas disimula—. No siempre viene.
Jack lo sabe de sobra. Esas líneas quedaron en desuso, pero Ayden Hestin, siempre competente, había puesto algunas en funcionamiento, al menos parte del tiempo.
—Entonces, ya se verá. De momento, ¿qué tal un par de hombrecillos verdes?
—¡E. T., mi casa, teléfono! —exclama Mary—. ¡Yo les arranco de un mordisco la puñetera cabeza! —Entra en la tienda de chuches delante de ellos.
A Jack le asalta la duda de por qué esos míticos visitantes del espacio parecen casi iguales en el lado de Estados Unidos y en el lado de los Territorios. Como tantas de las cosas de la vida que lleva —que ha llevado desde los doce años—, esa duda no merece demasiada atención.
4
Revigorizado por dos E. T., Jack asciende por la Gran Vía hacia la casa que comparte con el amor de su vida.
En otro tiempo hubo un funicular, pero ahora es un trasto roto y oxidado, inmóvil en su raíl a mitad del recorrido.
Como suele ocurrir en este mundo, nadie recuerda cómo reparar esas cosas, ni siquiera Ayden Hestin.
Antes vivía aquí el Pueblo Antiguo, pero… dela.
—Ya estoy en casa —avisa Jack—. Al menos por el momento. Me voy a Pernil con Pay y Mary Klee mañana a las nueve. No me preguntes por qué me los llevo, no lo sé.
—Lo haces porque Mary es una chica de buen ver —contesta Sophie desde la cocina. Una chica de buen ver es el título de una novela de Jim Thompson (firmada, primera edición, en buen estado) que Jack obtuvo para el GJ, y Sophie utiliza esa expresión a la menor oportunidad.
—Quizá lo fue —responde Jack.
Vuelve a salir al balcón y contempla la bahía y el bullicioso mundo de esa ciudad pequeña que ahora es su mundo.
No tendría por qué quedarse bajo el dominio de un oligarca de poca monta que en esencia controla todo el comercio, tanto por tierra como por mar.
No obstante, tiene sus motivos. Aquí está Sophie.
Ese es el motivo principal. Ella está aquí y aquí continuará.
Por eso él también se queda. Atender los recados de Edward Youngblood y algún que otro trabajo sucio es un precio menor por estar con ella.
—¿Qué te apetece de cena, amor mío?
—Da igual.
El perfume de Sophie. Tan dulce y a la vez tan remoto. Eso no da igual. El vivo e intenso color dorado de su cabello. Eso no da igual. Y la túnica verde jade con la que la enterraron.
—Da igual —repite sin volverse. Cuando, con las manos apoyadas en la balaustrada, contempla los distintos niveles de Dezi mientras se alargan las sombras de la tarde, es más fácil creer que ella está ahí y no en su tumba desde hace diez años.