Capítulo 1 #4
—Ya hablaremos cuando vuelvas. Para entonces sabrás más.
Llévate a Payton. Necesita ver cómo es el mundo fuera de Dezi.
Dile que, si quiere seguir viviendo de mi caridad…
, sí, y de la tuya, lo reconozco…, no estaría de más que renovara sus…
¿Cómo lo llamas? ¿Sus trucos ? —Esa palabra Youngblood la pronuncia perfectamente.
—Tendrá que quedarse en Pernil. No puede venir conmigo a Nebraska, porque…
Otra interrupción; esa es la especialidad del GJ.
—Ya sé que tendrá que esperarte. Se trata solo de un baño de realidad para mi… ¿Cómo llamas tú a Payton? ¿Mi pedorrero?
— Chocarrero . Es una palabra altisonante para…
—Lo sé, lo sé, pero a mí me gusta más pedorrero; se pasa la vida estrujando ese artefacto.
Ya sé por qué no puede acompañarte al lado de Estados Unidos.
Tú eres un caso único, muchacho mío, razón por la cual te tengo a mano.
No es la única…, tienes otras utilidades, pero sí es una razón de peso. Así que no insultes mi inteligencia.
No , piensa Jack. Ni se me pasaría por la cabeza.
3
La zona comercial de Dezi se conoce como Barrio de Abajo y la forman cuatro o cinco tortuosas calles adoquinadas llenas de tiendas pequeñas.
Gran parte del género —fruta, hortalizas, pescado fresco— se expone en bandejas o carretillas a la entrada de los callejones, que se llaman closis .
El contraste de olores, a los que la brisa salobre procedente de la bahía confiere especial intensidad, es delicioso.
Al final del día, el hedor del pescado que no se haya vendido, tirado por los closis y albañales, no será tan agradable.
Jack sabe dónde encontrar al hombre a quien busca entre la bulliciosa muchedumbre de compradores del Barrio de Abajo.
Payton es un animal de costumbres. Y, sí, ahí está: ese portador de diademas en forma de flecha, ese estrujador de tirapedos, ese contador de chistes sobre los mannis, porque aquí los chistes de polacos e irlandeses no se entienden.
Inmóvil frente a Caiden’s Candies, mantiene la mirada fija en el escaparate como un niño de tamaño desproporcionado (además de fondón).
Lo acompaña Mary Klee, el único elemento femenino de lo que Youngblood se complace en llamar el ka-tet de Jack.
Payton es el bufón de la corte del archijerarca supremo, al menos por el momento; Mary Klee era la adivina.
Hasta que el GJ, claro, la echó con cajas destempladas de su excesiva mansión porque no era capaz de ejercer su oficio cuando se le pedía.
Es tan esmirriada como rollizo es Payton, tiene el cabello de un rubio sucio y lleva unos ojos tatuados en la palma de las manos.
Tras su llegada a Dezi —la reclutó el siempre competente (y un tanto repulsivo) factótum de Youngblood, Ayden Hestin—, vivió bastante bien por un tiempo como maga faldera de Youngblood.
«Me daba la gran vidorra», dice de aquellos tiempos, casi siempre con una sonrisa nostálgica y una lágrima en el ojo.
«Comida en abundancia y bebida en abundancia». Sobre todo esto último.
Sus referencias para el empleo eran francamente buenas; en un par de ocasiones había ayudado a la policía a localizar niños perdidos: uno en Rochester, Nueva York, y otro en Glendale, California.
Los dos fueron hallados muertos, lo cual fue en cierto modo un inconveniente (además de un jarro de agua fría), pero al menos los padres afligidos pudieron dar por concluida la búsqueda. Y tuvieron unos cadáveres que enterrar.
En el lado de Estados Unidos, Mary Klee disfrutó durante una época de relativa fama como una especie de Edgar Cayce en versión femenina.
Tuvo apariciones estelares en programas como Visto desde dentro , Esta noche y Misterios sin resolver.
Iluminada siempre desde abajo para que en su rostro enjuto se proyectaran sombras siniestras y disparatadas.
Tenía un acento de Jersey que podía corregirse fácilmente por medio del siempre inquietante micrófono de eco.
Lo que no tenía tan fácil arreglo era su arraigada y genuina pasión por los líquidos transparentes, como la ginebra y el vodka.
Después de presentarse borracha en el plató de Good Morning America , perdió el poco prestigio que pudiera tener.
En su precaria situación, viviendo de los restos de su efímera fama como vidente, no necesitó que Ayden la secuestrara para seguirlo hasta Dezi —que ella creía que era una isla en el Caribe, como después contó a Jack—, hasta que tomó conciencia de que regresar al lado de Estados Unidos iba a ser un problema.
Un gran problema. Excepto para Ayden, tratar de volver al lado de Estados Unidos por la puerta que tenía Edward Youngblood en su jardín tapiado podía acabar en un desastre.
Según Hestin, cualquiera que lo intentase iría a parar a la zona vacía conocida como exotránsito.
Son muchos los charlatanes que se ganan la vida haciéndose pasar por videntes, pero Mary Klee no era una de ellos.
Poseía poca aptitud creativa y ninguna capacidad para captar las nimias pistas y señales que pueden asombrar a un incauto.
Eso se debía a que, irónicamente, en unas cuantas ocasiones había experimentado auténticos destellos de videncia.
El propio Jack había sido testigo de las dotes adivinatorias de Mary.
Una vez encontró un anillo de Sophie —una esmeralda— donde Mary le había indicado, debajo de un cojín del sofá.
En presencia de Youngblood, no obstante, Mary se quedaba sin energía psíquica, o quizá tan solo padecía el clásico miedo escénico.
En cualquier caso, el GJ enseguida se cansó de sus imprecisas predicciones.
Vaguedades como Aparecerá en tu vida una desconocida alta y morena o Cuidado con el día tormentoso no impresionaban a Edward Youngblood.
Despachó a Mary, quien, de no ser por Jack, se habría muerto de hambre hace mucho tiempo o habría sido desterrada al norte por robo.
Jack podía intentar convencerse de que la ayudó porque había encontrado el anillo de Sophie, pero esta sabía que la razón era otra.
Ser el paño de lágrimas de una llorona es tu debilidad , dijo a Jack.
La expresión «paño de lágrimas» la había sacado de una de las novelas de bolsillo de Youngblood.
Jack le leía las partes mejores —a ella le encantaban las escenas de sexo— antes de entregar los libros a Youngblood, que los archivaría en los estantes de su biblioteca.
Al GJ le gustaban las truculentas cubiertas de las novelas de autores como Richard S.
Prather y Jim Thompson, y le entusiasmaba la jerga vacilona, que siempre llegaba a Mundo Medio en inglés.
Era una incógnita en qué medida o con cuánta atención leía el GJ los libros que coleccionaba.
(Jack dudaba que el GJ supiera leer gran cosa en ninguna de las dos lenguas).
Youngblood se complacía en llamar «matarratas» al whisky y en comentar que Darrie tenía un «tetamen de aúpa»; le gustaba que Jack o George Elgin le leyeran las escenas de tiroteos, pero Jack no entendía su obsesión con el coleccionismo ni lo intentaba.
Desearía que alguno de los patéticos expatriados estadounidenses de su ka-tet — solo uno , decía a veces a Sophie, ¿es mucho pedir?
— al final demostrara de algún modo cierta utilidad, pero no ha sido así.
Hacen algún que otro trabajo aquí y allá, y Payton tiene el bolo de cómico residente de Edward Youngblood, pero en general son más inútiles que un submarino descapotable.
Mary Klee deambula por el Barrio de Abajo de Dezi como un fantasma intranquilo, por lo general en compañía de Payton. Tal vez viven juntos. Jack no lo sabe con certeza ni siente el deseo de averiguarlo.
Sin mayor reflexión, decide que, si Payton va a ir con él a Pernil, quizá podría llevarse también a Mary. Tal vez, si ve cómo es el mundo fuera de Dezi, se vuelva una mujer más sobria, en más de un sentido.