Capítulo 1 #3
Ella calla, sin saber qué responder. Youngblood le cubre la cara con la mano y la aparta de un empujón, gesto que recuerda a Jack una película antigua que vio con su madre: James Cagney aplasta un pomelo en el rostro de Mae Clarke.
Youngblood arranca la flecha de su cabeza y la tira a un lado. Luego, volviéndose hacia Payton, dice:
—Largo de aquí. Deja hablar a los mayores.
Payton, con su bamboleo, vuelve apresurado hacia la puerta. El sudor perla su frente. Dirige una sonrisa al suelo y Jack tiene que apartarse para que no tropiece con él. Cuando casi se ha puesto a salvo, el GJ profiere con voz atronadora:
— ¡Empiezas a aburrirme, gilipollas!
Payton se despide con un desesperado gesto que podría significar adiós adiós, perdón perdón o también yo empiezo a aburrirme a mí mismo , y cierra la puerta al salir. La flecha queda olvidada en el suelo.
—Tú —dice Youngblood a Jack—. Ven aquí. Tenemos que garlar—. Acto seguido, volviéndose hacia la linda muñequita, añade—: ¿Es que esperas una invitación con membrete? Largo.
Ella se marcha arrastrando capas de tela diáfana que apenas ocultan su cuerpo, francamente espectacular.
Cuando la chica está a punto de salir, Youngblood pronuncia una única palabra.
Aunque Jack habla el dialecto local, Youngblood posee una curiosidad insaciable por las palabras más groseras utilizadas en el lado de Estados Unidos y ha aprendido unas cuantas.
Es una de estas la que lanza en dirección a Darrie.
—Putón.
La chica no se detiene, pero Jack cree oír un único sollozo ahogado cuando sale por la puerta lateral.
Jack se plantea expresar su disconformidad —con tacto, con diplomacia— y llega a la conclusión de que sería una pérdida de tiempo.
Edward Youngblood es el Gobe y, como habría dicho su viejo amigo Dale, hará lo que le venga en gana.
Así y todo, Jack no se explica que Youngblood tenga tan mal genio y se aburra con tal facilidad en un mundo lleno de magia y de reliquias de una civilización desaparecida hace mucho tiempo, reliquias que bien podrían ser mágicas.
Por ejemplo la puerta que da al lado de Estados Unidos, que el GJ custodia celosamente.
Bueno, se crio aquí , piensa Jack. Heredó una fortuna, aparte de un inmenso capital político. Por eso es incapaz de valorar semejantes prodigios.
—Acércate, he dicho —indica Youngblood con majestuoso ademán—. Y deprisita. —Viste una túnica de pura cachemira del color de la sangre seca. Dale la encargó por correo y Jack se la llevó a Dezi porque Amazon no reparte paquetes en Mundo Medio. Al menos, todavía.
Jack se acomoda junto a Youngblood en el sofá, sobre el cojín aún tibio del trasero recién depuesto de Darrie.
Pese a que Jack se ha prometido morderse la lengua, descubre que no le es posible. No del todo.
—Es una chica muy joven. ¿No podría tratarla, quizá, con un poco más de amabilidad?
Youngblood resta importancia al comentario con otro ademán.
—Es… ¿cómo dijiste una vez? Es más corta que las mangas de un chaleco.
Eso me gusta. Más corta que las mangas de un chaleco, más tonta que hecha por encargo, una que tiene pocas luces.
Es huérfana. El padre murió en el naufragio de su barco de pesca.
La madre murió al parir al último de una interminable prole.
Darrie pasaba hambre y vendía alhelíes…, cogidos sin duda en el jardín de alguien con más méritos que ella…
, cuando Ayden la vio y decidió que era digna del sofá.
—Digna del sofá —repite Jack, estupefacto.
—Me estoy cansando de ella.
—Es…
El Gran Jefe lo interrumpe, cosa que se le da muy bien.
—Un putón. Un putón digno del sofá. Soy partidario de llamar a las cosas por su nombre.
Pero sé que tienes buen corazón, Jack, así que no temas por Darrie.
Muy pronto la despacharé con crédito suficiente para un año en el Barrio de Abajo, puede que dos si no malgasta.
Solo que la gente de su ralea siempre derrocha.
Usará mi crédito hasta agotarlo, luego usará mi buen nombre hasta que eso no dé más de sí y al final volverá a rondar por las esquinas o los muelles vendiendo alhelíes robados.
O vendiéndose a sí misma si empieza a darle al putch.
«Putch», como Jack sabe, no debe confundirse con putsch , es decir, la intentona violenta de tumbar a un gobierno.
El putch , una sustancia potente y adictiva semejante al alquitrán, obtenida a partir de la hierba del diablo, solo tumba a quien lo consume.
Después de unos meses de felicidad, llegan uno o dos años de infierno, y tras ese año o dos sigue la muerte. Que se recibe como a una amiga.
—¿Qué le ronda por la cabeza, sai?
—Casi se me ha acabado la sangre de dragón.
Una vez, Jack contó a Youngblood que en Nepal —un país de imponentes montañas— la gente llamaba a la Coca-Cola «sangre de dragón».
Youngblood se quedó con eso como se ha quedado con muchas de las expresiones que Jack usa, sin ir más lejos la palabra con que ha descrito a Darrie o el jocoso rótulo del felpudo: cortalrollo .
En cuanto lo entendió, claro. Acto seguido prorrumpió en una de sus risotadas de persona no del todo en sus cabales.
—Todo va mejor con Coca-Cola —dice Jack.
—Dices verdad, Jack. También me interesa esto otro.
Se inclina (sin necesidad de tirapedos para emitir un trompetazo ahogado con su trasero) y extrae de debajo del sofá el catálogo de verano publicado por la librería Toren en 2025.
Es decir, calcula Jack, hace uno o dos años.
El tiempo avanza a velocidades un poco distintas en Mundo Medio y en el lado de Estados Unidos.
A veces, Jack tiene la impresión de que aquí transcurre más deprisa; en cambio, otras veces se le antoja más lento.
Es mejor no pensar en eso ni demasiado a menudo ni demasiado a fondo.
Youngblood pasa las hojas del catálogo y enseña a Jack una novela de bolsillo que conoce bien: Mujeres fatales , de Dan J.
Marlowe, escrita en 1960 y publicada por Avon Books con un precio de venta al público de treinta y cinco centavos.
¿Cómo no va a conocerla? Él mismo se la compró a Youngblood en la librería Toren, y no por treinta y cinco centavos, sino por ciento cincuenta dólares de Estados Unidos contantes y sonantes.
Ahora forma parte de la biblioteca de Youngblood, junto con otras muchas que Jack le ha conseguido.
Pese a que el precio inicial era de doscientos, Jack logró que Karel Toren se lo rebajara aduciendo que las páginas estaban muy amarillentas.
—Esa ya la traje, sai .
—Ya lo sé. Si te piensas que soy un ka-mai sin dos dedos de…
—Eso jamás.
Youngblood asiente con la cabeza, su segundo ademán majestuoso.
—Bien. Quiero otra de este tío. Según el catálogo de Toren, se titula como El algo de algo es muerte.
—El nombre del juego es muerte —precisa Jack.
—Sí, eso. Me gusta la portada. Sale un hombre al que le pegan un tiro en una cabina de teli-fono. Y lo quiero firmado.
—Si ya se ha vendido…
—Toren sabrá dónde encontrar otro. Según el catálogo, un ejemplar en perfecto estado sale por seiscientos dólares. O sea, lo que tú llamarías un mimo .
—Ti. Timo.
—Si tú lo dices, así sea. Un timo. Cómpramelo y estarás comprándole a tu ka-tet algo más de tiempo. Aunque para mí es un misterio que sigas manteniéndolos an-tet.
Cómo no va a serlo , piensa Jack.
—Puedo traer la Coca-Cola —dice Jack— y estudiaré el asunto del libro, pero no prometo nada. ¿Esa es la única razón por la que quería verme?
—No. ¿Verás a tu amigo? ¿A Dei? —Young sabe pronunciar «putón» , pero «Dale» , por lo visto, no está a su alcance.
—Eso espero —contesta Jack con cautela.
—Irás a Pernil, pues.
—Sí.
—Después de… ¿cómo lo llamas? ¿Después de soltar?
—Saltar. —Así lo ha llamado desde que era niño—. Lo llamo saltar.
—Después de saltar, quiero que vayas al oeste de las Avanzadas, al sur de las Tierras Arrasadas. Te acuerdas de las Tierras Arrasadas, ¿verdad?
—Sí.
Vaya que si se acuerda. Según cuentan, ahora las Tierras Arrasadas no son tan peligrosas como cuando las recorrió con su viejo amigo de la infancia, Richard Sloat —alias el Racional—, pero aún dan bastante miedo.
Hechos horrendos sucedieron allí hace mucho tiempo, o dela , como dicen por estos lares, siempre con un gesto ascendente de la mano, para indicar que ha pasado más tiempo del que puede contarse.
El padre de Richard Sloat reabrió las minas de las Tierras Arrasadas e intensificó así de manera exponencial la toxicidad del terreno.
Morgan Sloat no era lo que se consideraría un hombre respetuoso con el medio ambiente.
Uno de los viejos del lugar contó una vez a Jack que, si tenía intención de pasar mucho tiempo en esa parte de los Territorios, le convenía ponerse unos calzoncillos revestidos de plomo.
—En el linde de las Tierras Arrasadas hay un pueblo que se llama Revin, o quizá Rivin. Algo así, no sé; en todo caso, queda fuera de mi jurisdicción. A unas setenta ruedas al sudoeste de Pernil. ¿Cuánto es eso en tu sistema de contar?
—Casi lo mismo.
—Es el último pueblo antes del Gran Vacío. Allí pregunta por el Gran Desfiladero. Pregunta a muchos y escucha con atención. Por ventura podrías ir allí. Vuelve y cuéntame qué has oído sobre el Desfiladero y qué has visto. Es posible que ya en Pernil oigas hablar de eso.
—¿Por qué?
—Hestin está preocupado. —El GJ se refiere al único consejero cuya opinión tiene en cuenta—. Piensa que ese Gran Desfiladero entraña un peligro creciente.
—¿Qué clase de peligro?
Otro ademán grandilocuente con el brazo. Podría querer decir que esa información no era para conocimiento de Jack Sawyer; podría querer decir que Youngblood no lo sabía.