Otros mundos (El Talismán 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Jack podía conseguir Coca-Cola en cualquier sitio, pero Dale siempre guarda un par de cajas en su establo, y la Coca-Cola es aquello por lo que el gobernador Youngblood —alias Gran Jefe— siente debilidad.

¿Debilidad? La verdad es que le chifla. Al menos por ahora.

Youngblood tiende a atiborrarse de todo lo que le gusta hasta que lo asquea.

Entonces —como el propio Mundo Medio— sigue a lo suyo.

Esa pérdida de interés se ha convertido en un problema para los expatriados de Dezi.

A pesar de que fue el Gran Jefe el causante de su traslado aquí (quizá sea más exacto decir «su secuestro»), Youngblood empieza a cansarse de ellos.

Insiste en decir que son el ka-tet de Jack, y, aunque este pone reparos al uso de ese término, porque considera que no existe ka tan cruel como para obligarlo a cargar con semejante pandilla de calamidades, supone que no es del todo inexacto.

Ciertamente Jack se siente responsable de ellos.

—Contándome a mí, somos los «seis del patíbulo» —dice con la vista puesta aún en la bahía azul, los cobertizos náuticos multicolores y los pocos esquifes anclados allí.

Desde esa atalaya, ve la loma más alta de la Pendiente y una ladera de tonalidades verdes y doradas que se difuminan en la neblina azul del Mar Limpio.

La flota pesquera se ha retirado ya por hoy y las embarcaciones que quedan son juguetes de hombres ricos.

El Lovelock de Youngblood es la más grande.

—En vuestro mundo, él sería un oligarca —comenta Sophie leyéndole el pensamiento, cosa que hace con absoluta facilidad—. ¿Cómo ha acumulado tanto poder, si puede saberse?

—El aserradero. El molino. Los vergeles.

Las salinas. El petróleo que aún mana de las ruinosas torres de perforación en Citgo.

Un centenar de caballos en la Pendiente y un millar de vacas.

Gravámenes sobre casi todas las granjas de la Baronía.

Más la puerta, claro. —Aunque la puerta tiene un funcionamiento extraño—.

Es el Gobe. El amo. El mandamás. El pez gordo. El…, el…

—El Gran Jefe.

—Sí. Y hace mucho que no veo a Dale.

Además, hay una excelente librería de viejo y de colección a solo ciento diez kilómetros de la casa de Dale, en Lincoln, donde (con suerte) podrá satisfacer el más reciente furor del Gran Jefe por coleccionar novelas negras de tiros.

¿Quién iba a decir que podían encontrarse en la América profunda novelas de detectives firmadas y revistas pulp de la llamada época dorada?

Fue Dale quien le habló de Toren, y a Jack lo complació, pero en realidad no le sorprendió.

Toren significa «torre» en neerlandés, y la hipotética Torre Oscura es el mito central de Mundo Medio.

Existen reverberaciones entre el lado de Mundo Medio y el lado de Estados Unidos.

Jack cree que el universo, y todos los mundos en rotación que contiene, es una caja de resonancia o una sala de espejos donde las palabras, los sucesos e incluso las personas se duplican y reduplican, a veces hasta convertirse en caricaturas distorsionadas de sí mismas.

Aquí describen ese fenómeno mediante un concepto sencillo.

«Ka es una rueda —dicen—. Gira sin cesar y siempre vuelve al punto de partida».

—Me encanta Dezi —dice Jack—. Y me encantas tú, Sophie.

No hay respuesta. El aroma de su perfume se ha desvanecido. También ella, como Jack descubre cuando deja de contemplar el paisaje y se da media vuelta.

Ha llegado la hora de ir a ver a Youngblood, el Gran Jefe. Se le ocurre, y no por primera vez, que tal vez Youngblood esté criando el gusano , como dicen las yentes de Dezi para referirse a quienes están perdiendo el juicio.

Eso no lo remediará la Coca-Cola.

2

Payton Orville espera ante las grandes puertas de Villa Palisandro.

No hay nada hecho de palisandro por ningún sitio; sencillamente a Youngblood le gustó el nombre.

La laberíntica mansión es de madera de secuoya y de palo de hierro negro, además de grandes láminas de vidrio reforzado dignas de un rey.

No es que Youngblood pertenezca a la realeza.

Tendrá que conformarse con ser gobernador de la región occidental y Gran Jefe, término que en el lado de Estados Unidos, le ha asegurado Jack (y Payton lo corrobora), es un título de gran respeto.

Los jardines están decorados con molinetes de colores que giran sin cesar.

Flanquean las magníficas puertas dos pozos de los deseos de plástico adquiridos en el Bazar de Artículos de Regalo y Mercería de Pedro, en Hemingford Home.

Junto a uno de los pozos se alza una Marilyn Monroe de plástico (sujetándose el vestido para que no se le levante); junto al otro están las figuras, también de plástico, de Dorothy y su perrito Toto.

En el felpudo, comprado igualmente en la tienda de Pedro, se lee: cortalrollo .

Todas estas fruslerías se las ha traído Jack a Youngblood a modo de tributo.

Al principio, el GJ no entendía el sentido del felpudo, pero prorrumpió en carcajadas cuando Jack se lo explicó.

—Necesita renovar un poco su Plástico Fantástico —comenta Payton, y señala los molinetes.

Jack se ríe.

—¿Así lo llamas?

—Así lo llama todo el mundo . ¿Qué tal uno de esos hombres globo que se inclinan y arrastran los brazos? ¿Tienen de eso en el sitio adonde vas?

—Claro. En los túneles de lavado y en las tiendas de muebles de ocasión.

—Cualquier cosa con tal de animarlo —dice Payton mientras entran en Palisandro y recorren el vestíbulo, en apariencia interminable.

Cuelgan tapices a ambos lados. Algunos son suntuosos, casi regios. Otros son vulgares, baratijas de las que Youngblood se ha encaprichado. Entre majestuosos cortinajes de terciopelo azul hay una Mona Lisa con gafas y un mural que muestra los numerosos personajes y caras de Nicolas Cage.

Jack camina a zancadas, y Payton, regordete como es, a duras penas puede seguirle el paso.

—De un tiempo a esta parte está de un humor de perros. Solo te aviso.

—No solo de un tiempo a esta parte —dice Jack—. Siempre está de un humor de perros. —Los dos han bajado la voz.

—Ahí has dado en el clavo.

Frente a la puerta de dos hojas por la que se accede al «salón de recepciones» del GJ, que es en realidad una sala de estar sobredimensionada, hay una mesa y, encima de esta, un jarrón con alhelíes y cierto artículo que Jack también le llevó de la tienda de Pedro la última vez que estuvo en el lado de Estados Unidos.

Consiste en una flecha partida en dos mitades unidas por un alambre.

Payton se encasqueta el artilugio sobre el cabello erizado y ralo de modo que la flecha parece traspasarle la cabeza de sien a sien.

—Monísimo —comenta Jack—. Pensaba que te habías olvidado de eso.

—He estado reservándolo —responde Payton. Si baja aún más la voz, acabará susurrando—. Tiene un sentido del humor infantil, como seguro que ya sabes. Mucho me temo que el día menos pensado decidirá que ver a ese tal Ayden decapitarme podría ser la monda.

—Lo dices en broma.

Payton esboza una sonrisa adusta y dibuja una doble ese en el aire con uno de sus rechonchos dedos. Equivale a los círculos que, en el lado de Estados Unidos, los niños trazan alrededor de la sien. En Dezi, sirve para expresar que una persona está criando el gusano.

Nadie sabe mejor que Jack con qué rapidez cambia el humor de Youngblood, en qué medida lo que un día parece entusiasmarlo al día siguiente lo aburre y le resulta insulso.

Antes de que Jack pueda hacer algún comentario que tal vez anime a Payton —Pay es, al fin y al cabo, el bufón de la corte del Gran Jefe—, el refugiado canoso y fondón oriundo de Reno, en Nevada, despliega una amplia sonrisa y abre de par en par las dos hojas de la puerta.

Tiene un andar oscilante de patizambo que es gracioso en sí mismo, en un sentido políticamente incorrecto.

Con los brazos abiertos y la punta y el astil de la flecha visibles a los lados de la cabeza, avanza por una alfombra en la que aparecen representados los pistoleros y sus damas en la mítica ciudad de Gilead, desaparecida hace mucho tiempo.

—Disculpe la tardanza, sai Youngblood, ¡es que tengo un dolor de cabeza horrorozo, pero que muy horrorozo !

Youngblood, sentado en un sofá semejante a un trono con su actual muñequita, mira boquiabierto la flecha y, al cabo de un momento, suelta una risotada como un rebuzno.

—Además, tengo el estómago revuelto —añade Payton, y aprieta una perilla oculta en el bolsillo de su raído pantalón. De sus partes bajas escapa un largo y sonoro pedo.

—La flecha tiene gracia, pero el tirapedos vengo oyéndolo ya más de la cuenta. Dame eso. La flecha, no el tirapedos.

Jack confía en que Payton no esté en un aprieto.

El pueril sentido del humor de Edward Youngblood y su afición por los artículos de broma vulgares del lado de Estados Unidos apenas camuflan su tumultuoso temperamento.

A Jack le recuerda a la meteorología de Wisconsin en primavera, cuando las mañanas soleadas y cálidas con frecuencia dan paso a cielos encapotados y aguanieve por las tardes.

Y da la impresión de que su estado mental ha empezado a flojear.

Payton entrega la diadema en forma de flecha. Youngblood se la encasqueta en su propia cabeza; luego mira a su muñequita, que es rubia, va semidesnuda y llega apenas a los veinte años. El GJ se echa hacia delante en una brusca acometida.

— ¡Me ha herido! —le grita a la chica con salpicón de saliva incluido. Ella da un respingo al acercarle él de repente la cara enrojecida—. ¡Ese gordo gilipollas me ha herido! ¡JA, JA, JA!

Se quita la flecha y se la encaja en la cabeza a la rubia.

—¡Ahora te ha herido a ti, Darrie! ¿Qué hacemos con él? ¿Lo arrastramos y descuartizamos? ¿Lo hervimos en aceite?