Otros mundos (El Talismán 3)
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Capítulo 1
Aquí y ahora (como decía un viejo amigo), nos hallamos en el fluido presente, así que fijaos en esto y fijaos bien.
He ahí a un hombre de pie en un balcón, tras una balaustrada de piedra rosa —lo que en esta parte de Mundo Medio se llama piedra kinna (o kinna a secas)— que le llega a la cintura.
Viste unos vaqueros desvaídos y una camiseta igual de descolorida con publicidad de la cerveza Kingsland, que, según el eslogan, es la reina de las cervezas .
Este hombre ha degustado muchas botellas de Kingsland y está más que dispuesto a dar fe de la veracidad del eslogan.
No solo porque sabe bien, sino porque la elaboraban unos amigos suyos muy queridos en la pequeña ciudad de French Landing. Esa pequeña ciudad está en otro mundo.
No es el imperturbable Atlántico lo que este hombre contempla hoy, sino el Mar Limpio de la Baronía de Mejis, en Mundo Medio. Sin embargo, con las manos hundidas en los bolsillos y las canas apenas visibles debido a la brisa marina que le aparta el cabello de la frente, casi podría ser ese niño.
Debería parecerse más al hombre que era en French Landing, ya que, por edad, está más cerca de esa persona, pero en la vida las cosas no siempre son así.
El niño vivía entonces preocupado por la enfermedad de su madre, pero, por lo demás, nada aún lo había puesto a prueba.
Este hombre, en cambio, ha superado las pruebas más diversas, y eso se trasluce en su cara.
Profundas arrugas descienden desde las comisuras de sus labios.
Tiene patas de gallo igual de profundas.
Su cabello, entrecano cuando llegó a esta ciudad costera, ahora es cano casi por completo.
La ciudad se llama Dezi, que en apariencia debería pronunciarse «Dessi», pero en realidad se pronuncia «Dis-ai».
El nombre le gusta. Para él, el sonido recuerda a «deseo».
Existen razones por las que este hombre está así de delgado y pálido, como el niño que en su día fue y a diferencia del hombre que residió en French Landing.
Mientras asistía a una rueda de prensa en ese pueblo de Wisconsin con sus amigos cerveceros y un poli llamado Dale Gilbertson, una mujer con una cuenta pendiente, de nombre Wanda Kinderling, le disparó al pecho.
Una bala le rozó el corazón. El hombre debería haber muerto, y no murió porque otro amigo, Speedy Parker, lo llevó a otro mundo, a este mundo, donde lo curaron. Lo cual fue un milagro.
Este hombre puede regresar a su país —un lugar donde hay ferias de pueblo, autopistas, tiroteos en los colegios y desfiles del Cuatro de Julio—, pero solo durante breves periodos.
Si se quedara mucho tiempo, se le abrirían las viejas heridas, incluida la del corazón.
Le dolería la cabeza, se le debilitarían los músculos, se le resquebrajaría la piel, le costaría tragar y le faltaría el aliento.
Aun así, tiene que volver de vez en cuando.
Hay que pagar un precio por los milagros.
Por vivir en la encantadora y apacible ciudad costera de Dezi, y no lo paga solo por él mismo, sino también por otros.
En Mundo Medio, que este hombre, en su infancia, llamaba los Territorios, existe una palabra para aquello que el destino y las circunstancias han unido: ka-tet.
No le gusta utilizar ese término para referirse a los cuatro hombres y una mujer que han acabado dependiendo de él, pero a veces reconoce para sus adentros —normalmente en la oscuridad de la noche, cuando no puede conciliar el sueño— que los describe a la perfección.
Cómo se llegó a ese punto, cómo se formó ese engorroso tet, no es un gran misterio .
Para abreviar, no estuvo en sus manos evitarlo.
Fue ( es ) el mero acto de devolver lo que a él se le había concedido antes de forma desinteresada.
Cuando recorría el camino —lo que en su cabeza ve como el camino de las tribulaciones —, lo ayudó a salir adelante un amigo que era pastor y pertenecía a un ka-tet de pastores.
Ahora este hombre tiene su propio rebaño, y vaya un desastrado hatajo de ovejas le ha caído en suerte.
El hombre a quien conocimos en su niñez sabe que pronto no le quedará más remedio que volver a la tierra de las autopistas interestatales y los desfiles del Cuatro de Julio.
Con el tiempo, esos viajes ineludibles han acabado siendo una molestia, porque su país natal le parece más sucio y enloquecido cada vez que lo visita, más cerca del inevitable final que todos recibirán con aparente sorpresa y profunda certidumbre.
El único aspecto positivo es que podrá pasar a ver a Dale Gilbertson, en otro tiempo jefe de policía de French Landing.
El hombre que está de pie ante la balaustrada tenía muchos amigos en French Landing.
Algunos han muerto. Entre quienes aún viven, Dale es el único con quien permanece en contacto, y verlo es siempre un placer.
Dezi se asienta sobre una sucesión de terrazas de piedra kinna rosada que descienden hasta el puerto.
La clase pudiente —de la que este hombre forma parte, al menos por el momento— vive en la zona más alta.
El resto de la población se distribuye en los niveles inferiores de la pendiente.
Allí habitan la clase media alta, la clase media, la clase media baja, los pobres y, en el peldaño más bajo, hacinados en arrabales con olor a pescado, los indigentes, quienes viven de la caridad del Gran Jefe y de unas pocas personas como este hombre, nuestro hombre, que los ayuda en la medida de sus posibilidades movido por una vocación solidaria basada en el ejemplo de su madre, su padre, a quien apenas recuerda, y el amigo que cuidó de él en el camino de las tribulaciones. Al menos mientras pudo.
—Aquí y ahora —susurra, y sonríe.
En la más elevada de las terrazas curvas de piedra rosada se alza una casa señorial de madera de palo de hierro, una mansión enorme y laberíntica de una fealdad espectacular.
En este palacio, esta monstruosidad, vive Edward Youngblood, también conocido (solo por este hombre y su mujer) como el Gran Jefe o, abreviado, GJ.
Gordo, rayano en obeso, suele ir sin afeitar, con frecuencia huele mal y es siempre imprevisible.
Individuo perspicaz y filosófico, en ocasiones amable, más a menudo cruel, posee un sentido del humor que es como un día de verano: agradable hasta que llega la tormenta.
Este hombre que está en el balcón de piedra rosada, como casi con toda certeza habréis adivinado, es nuestro viejo amigo Jack Sawyer, a quien conocimos en New Hampshire, reencontramos luego en Wisconsin y ahora se ha unido de por vida a una dama cuyo nombre es Sophie Sawyer, aunque los vecinos de Dezi la llaman Sophie la Bondadosa o, a veces, la Reina de las Sombras.
Renunció al trono cuando se casó con Jack, y juntos cruzaron el Mar Limpio hasta esta Baronía sumida en un caos y un desgobierno más propios del salvaje Oeste.
Ahora que Jack se detiene a pensarlo, muchas de sus buenas acciones en favor de los pobres de esta Baronía (y son muchos) también son obra de Sophie, aunque ella no se atribuye mérito alguno.
Ella es en parte la razón por la que los pocos habitantes de esta ciudad costera procedentes del lado de Estados Unidos pueden vivir con relativa comodidad en Dezi, aunque casi todos ellos varias terrazas por debajo de la acogedora vivienda de Jack y Sophie.
La residencia de los Sawyer no puede calificarse de palaciega —son solo seis habitaciones (la del gobernador Youngblood tiene al menos treinta, y eso sin contar los cuartos de baño)—, pero sí se encuentra a altura suficiente para disfrutar de la brisa fresca que sopla por encima del verde pastizal inclinado conocido como la Pendiente, donde pacen los caballos.
Casi siempre deja las puertas y las ventanas abiertas, y esa brisa entra todo el día, trayéndole a la memoria las regiones del este y el pabellón de la Reina, que visitó por primera vez de niño, un forastero en tierra extraña.
Mejis es el límite oriental de las regiones del oeste, pero incluso ese término es relativo.
Jack percibe la presencia de Sophie a su espalda, una vaharada de su perfume, quizá.
—Os noto muy abstraído, amor mío —dice ella.
Él sonríe.
—Dices verdad.
—¿Qué os atribula?
Emplea un tono desenfadado, pero el uso del voseo arcaico (solo que aquí, en este mundo, no es arcaico) revela a Jack que Sophie habla en serio.
Utiliza tantas expresiones del lado de Estados Unidos — anda ya, una pasada, chungo, qué grima— que podría pasar por una versión de niña bien californiana en los Territorios. Pero no en este momento.
—Tendré que ausentarme por un tiempo —informa él.
—Ah. ¿Un recado de Youngblood?
—Sí. Iré hasta Pernil en tranvía, si es que aún funciona.
—Podríais ir desde aquí —sugiere ella.
—Mejor desde allí. Es más fácil.
—Os gusta ese sitio, ¿verdad?
—Sí.
—¿El paso allí es más estrecho? ¿El salto, más sencillo?
Jack se encoge de hombros. No lo sabe. Solo sabe que le gusta ir desde las afueras de Pernil. Acampa allí. Es un lugar tranquilo. Nadie se le acerca a pedirle nada.
—¿Veréis a vuestro amigo?
—Lo veré.
Se refiere a Dale Gilbertson. Ahora Dale es el sheriff del condado de Hemingford, que se encuentra en el gran estado de Nebraska (lema: Igualdad ante la ley ), y, aunque llegar desde Pernil es fácil, no está cerca desde el punto de vista geográfico.
O quizá sí. Como Sophie se complace en decir —porque, por supuesto, lo aprendió de Jack—, es complicado.