Epílogo #3
Miro hacia atrás. La pareja que estaba cerca ya se ha alejado.
—¿Estaban escuchando?
—No tenían alternativa.
Le doy un golpe en el pecho, aunque termino besándolo antes de separarme. Recorremos el exterior del palacio y la plaza de Oriente.
Nathaniel escucha mis explicaciones con una atención que mejora los datos aunque algunos sean dudosos, y hace preguntas que me obligan a buscar dos cosas en el móvil. Cuando descubro que tenía razón en una de ellas, le advierto que un turista bien educado no corrige a su guía.
Desde allí bajamos hacia La Latina. Las calles se estrechan, aumenta el ruido de las terrazas y Nathaniel empieza a mirar los edificios con verdadero interés.
Le enseño la plaza de la Paja y lo llevo hasta el jardín del Príncipe de Anglona.
Al cruzar la entrada, el ruido queda atrás y él se detiene a observar los setos, la fuente y la sombra de los árboles.
—Aquí venía a leer —le cuento mientras caminamos—. Antes de irme a Edimburgo. Me sentaba en aquel banco si estaba libre.
Nathaniel dirige la vista hacia donde señalo y me lleva hasta allí. Nos sentamos juntos. Después de varias horas andando, agradezco poder apoyar la cabeza en su hombro y estirar las piernas.
—Me gusta —dice al cabo de un momento.
Levanto la cara.
—¿El resto de Madrid no?
—También. Aunque sospecho que tu recorrido estaba diseñado para defender el honor nacional.
—No necesitaba defensa. Quería asegurarme de que dispusieras de toda la información antes de reconocer nuestra superioridad.
Nathaniel entrelaza los dedos con los míos y mira alrededor. La camisa se le ha pegado un poco a la espalda por el calor y lleva el pelo revuelto de quitarse y ponerse las gafas.
—Madrid tiene buena comida, edificios interesantes y una mujer que lleva toda la mañana intentando impresionarme con ambos. Podría acostumbrarme.
Sonrío contra su hombro.
—Te falta conocer a Lía. Puede alterar seriamente la valoración.
—He sobrevivido a mi madre, Mairi y a ti en la misma mesa. Confío en mis posibilidades.
Me río y le acaricio el dorso de la mano.
Después de tantos años echando de menos Madrid desde Edimburgo, me resulta extraño enseñársela a alguien con quien quiero volver.
Antes, las dos ciudades me parecían los extremos de una decisión.
Ahora, Nathaniel está haciendo crecer su empresa en Madrid, así que sus viajes aquí serán frecuentes.
Y me gusta que los dos tengamos motivos para regresar.
—¿Cuánto tiempo crees que pasarás en Madrid cuando la sede esté funcionando? —pregunto.
Nathaniel se gira un poco hacia mí. La pregunta no lo sorprende, Lleva meses haciendo previsiones y seguramente podría darme una cifra con decimales.
—Al principio, una semana de cada tres. Después dependerá del equipo que terminemos formando. —Me acaricia los nudillos con el pulgar—. Puedo organizar más reuniones aquí durante tus vacaciones. No quiero que tengas que elegir una ciudad para que podamos estar juntos.
Apoyo la frente en su mandíbula.
—Voy a regresar contigo a Edimburgo cuando termine el verano —murmuro—. Quiero dejarlo claro antes de que empieces a comprar propiedades en Madrid para retenerme.
—He pedido que me enseñen algunos pisos.
Levanto la cabeza de golpe. Nathaniel mantiene la expresión seria durante un par de segundos, pero le veo la diversión en los ojos.
—Eres millonario. No puedes hacer bromas inmobiliarias porque tienes capacidad para convertirlas en una amenaza real.
—No era una broma. Necesito una vivienda cuando esté aquí. Pagar un hotel durante meses es absurdo.
Me quedo mirándolo, intentando descubrir cuánto lleva decidido.
—¿Una vivienda para ti?
—Preferiría que tuviera espacio para los dos.
El pecho se me llena de algo cálido que me impide recurrir al sarcasmo durante unos segundos. Le paso la mano por la mejilla y Nathaniel gira la cara para besarme la palma.
—Entonces tendremos dos casas —digo.
—Eso parece.
—Mis libros acaban de duplicar sus posibilidades de expansión.
—Ese es el principal riesgo que he detectado.
Me río y lo abrazo. Nathaniel me estrecha contra su cuerpo, con la boca junto a mi pelo. Permanecemos así hasta que empiezo a escuchar otra vez el agua de la fuente y las voces que llegan desde la plaza.
—Te quiero —le digo sin apartarme—. Muchísimo. Incluso cuando haces planes enormes y me informas de ellos sentado en un banco.
Su mano sube despacio por mi espalda.
—Te quiero desde antes de saber qué hacer con todas las ganas que tenía de volver a verte. No confío en que vaya a volverse más manejable ahora.
Levanto la cara. Hay una vulnerabilidad en sus ojos que continúa sorprendiéndome porque ya sé cuánto le cuesta dejarla ahí, a la vista. Lo beso despacio, acariciándole la nuca, hasta que su mano se cierra en mi cintura.
—No necesito que sea manejable —murmuro—. Solo que me lo digas.
Nathaniel me besa la frente y vuelvo a acomodarme contra él. Acabamos de hablar de Madrid, de mis clases en Fettes y de sus viajes. Le he dicho lo que quiero y él ha empezado a buscar la manera de encajarlo con su vida.
Con Matthew ensayaba lo que iba a decir antes de atreverme a empezar.
Buscaba el momento, rebajaba lo que necesitaba y a veces, cuando por fin hablaba, ya había renunciado a la mitad.
Terminé agradeciendo tanto las ocasiones en que me prestaba atención que dejé de preguntarme por qué eran tan pocas.
Desde que comparto mi vida con Nathaniel he vuelto a leer sin levantar los ojos cada vez que suena un teléfono.
Puedo enfadarme con él, decirlo y seguir con mi día después de que hablemos.
También tengo ganas de él a todas horas y en lugares donde convendría prestar atención a otra cosa.
Me hace reír, recuerda lo que le cuento y está así de bueno.
No pienso fingir que esa última parte me resulta indiferente.
Me habría gustado ahorrarme parte del camino hasta aquí.
No necesitaba llorar tanto para merecer que me quisieran bien.
Pienso en la mujer que siguió intentándolo con Matthew y me duele recordar lo sola que estaba, pero ya no quiero reprocharle que tardara en marcharse.
Hizo lo que pudo hasta que consiguió hacer algo distinto.
Levanto la cara hacia Nathaniel. Me aparta un mechón de la mejilla y le cojo la mano para mantenerla junto a mí.
—Estoy muy feliz contigo —le digo. Se me quiebra un poco la voz y sonrío antes de que se preocupe—. Creo que todavía me sorprende poder decirlo sin tener que añadir nada después.
Nathaniel me mira unos segundos. Después se inclina y me besa despacio, con la mano todavía entre las mías.
—Yo había organizado una vida bastante cómoda antes de que llegaras —murmura al separarse—. Ahora pienso en volver a ella y solo veo todos los sitios en los que me faltarías.
Lo abrazo con fuerza. Me recoge contra su pecho y noto su risa cuando por fin encuentro qué contestarle.
—Pues tendrás que seguir haciéndome sitio. Ya sabes que tengo tendencia a expandirme.
Me pregunta adónde quiero ir ahora y me gusta tanto que haya un ahora, un después y una vida en la que no tengo que dejar de ser yo para quererlo que tengo que besarlo antes de responder.