Otro maldito escocés Epílogo #2
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Epílogo #2

Nathaniel me mira. Tiene las pupilas oscuras y la boca húmeda de besarme. Retira la mano para desabrocharse el pantalón, pero el cansancio y las prisas parecen haberle restado habilidad. Le aparto los dedos y termino yo, bajándole la cremallera mientras él me levanta un poco más la falda.

En cuanto libera la polla, me tumba sobre el colchón. Me abre las piernas con las rodillas y aparta mis bragas hacia un lado sin molestarse en quitármelas. Noto la punta entre los labios, caliente y dura, y levanto las caderas para recibirlo.

Se hunde de una vez.

El cuerpo se me tensa alrededor del suyo. Se queda inmóvil encima de mí, con un antebrazo apoyado junto a mi cabeza y la mandíbula apretada. Yo tampoco me muevo. Llevo dos semanas recordando cómo se siente tenerlo dentro y ninguna de esas veces se acercaba a esto.

—Joder —dice contra mi cuello.

Le clavo los dedos en la espalda y aprieto las piernas alrededor de sus caderas.

—Eso resume bastante bien mi opinión.

Se le escapa una risa breve, ahogada por el primer movimiento.

Sale casi entero y vuelve a entrar con una fuerza que desplaza mi cuerpo sobre la colcha.

Lo atraigo por la nuca y lo beso. No quiero que se contenga.

Quiero su peso, su prisa y la forma en que su control se deshace después de tantos días hablándome desde una pantalla.

Nathaniel empieza a moverse con embestidas profundas y rápidas.

Todavía lleva los pantalones abiertos sobre las caderas y yo tengo el pecho descubierto y la falsa hasta la cintura, una imagen bastante menos sofisticada de la que había imaginado en el aeropuerto.

Me da exactamente igual. Cada vez que se hunde, su cuerpo golpea el mío y la cama se desplaza unos centímetros contra la pared.

Le muerdo el labio cuando cambia el ángulo y alcanza un punto que me hace gemir. Nathaniel baja la cabeza, me besa un pezón y su mano entra entre nuestros cuerpos. Consigue tocarme el clítoris con el pulgar, aunque apenas hay espacio y el ritmo empieza a resultarle imposible de mantener.

—Espera —dice, deteniéndose dentro de mí.

Protesto y él me sujeta la cadera antes de que intente seguir por mi cuenta. Se incorpora, me agarra por detrás de las rodillas y me acerca al borde del colchón. La nueva postura le permite entrar más hondo cuando reanuda el movimiento. También le deja una mano libre para acariciarme.

El primer roce sobre el clítoris me hace arquear la espalda.

—Así —le pido, aferrándome a su antebrazo—. No pares.

Nathaniel mantiene el pulgar allí mientras folla conmigo.

Pierde el ritmo un par de veces, demasiado excitado para esa coordinación, pero vuelve a encontrarlo en cuanto nota cómo reacciono.

La presión aumenta dentro de mí. Le veo tensar el abdomen y tengo que cerrar los ojos porque contemplarlo así no ayuda a conservar ninguna capacidad de pensar.

—Te he echado de menos —le digo.

Nathaniel levanta la mirada a mis ojos.

—Te he echado de menos cada maldito día.

Tiene una mano cerrada alrededor de mi muslo y la otra entre mis piernas.

Y su atención vuelve a bajar al lugar donde entra en mí, con el cansancio borrado de la cara y la respiración rota.

Quince días lejos no han cambiado la forma en que presta atención a cada gesto, pero sí la paciencia con la que piensa utilizar lo que sabe.

El orgasmo me alcanza antes de que consiga advertirle.

Aprieto las piernas alrededor de sus caderas y me corro con su nombre atascado entre un gemido y una blasfemia.

Nathaniel sigue moviéndose mientras las contracciones me invaden, cada vez más deprisa, hasta hundirse por completo y quedarse allí mientras se corre.

Durante unos segundos solo oigo nuestras respiraciones y el zumbido del aire acondicionado. Le acaricio la nuca mientras él recupera el aliento. Cuando levanta la cabeza, conserva una mano debajo de mi falda y una expresión que debería resultar más avergonzada.

—Pensaba hacerlo bastante mejor —admite.

Miro su camisa abierta, mis bragas todavía apartadas y uno de sus zapatos junto a la maleta.

—Yo pensaba quitarte la ropa. Los dos hemos tenido que ajustar expectativas.

Nathaniel baja los ojos hacia nuestros cuerpos antes de volver a mirarme.

—He ido demasiado rápido. Luego voy a compensarte.

—No te disculpes. —Le rodeo el cuello y acerco su boca a la mía—. Yo también llevaba quince días queriendo que me follaras. Si hubieras empezado encendiendo velas, habría terminado agrediéndote con una.

La comisura de su boca se levanta.

—Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

—En la próxima puedes entretenerte. Esta era urgente.

—Luego voy a entretenerme contigo —advierte—. Mucho.

—Acabo de correrme.

—Lo sé. Estaba presente.

Se incorpora para terminar de desnudarse.

Se quita la camisa, empuja los pantalones junto con la ropa interior y aparta los zapatos sin molestarse en agacharse.

Yo permanezco tumbada, con la falda todavía subida y las piernas abiertas, disfrutando de la vista con bastante menos discreción de la que tuve durante cinco años.

—Puedes dejar de mirarme así —dice mientras se inclina sobre mí—. Empieza a parecer deliberado.

—Lo es. Además, llevo quince días acumulando trabajo.

Nathaniel desliza los dedos por debajo de la cintura de mis bragas y tira de ellas. Levanto las caderas para ayudarlo y termina sacándomelas por los tobillos antes de dejarlas caer junto a su ropa.

Nos metemos bajo la ducha sin separarnos. Después me abre las piernas otra vez y se arrodilla entre ellas.

Después de la urgencia con la que me ha follado, la lentitud de su lengua resulta casi cruel.

Durante el resto del fin de semana solo abandonamos la cama para abrirle la puerta al servicio de habitaciones.

Comemos allí. Dormimos a ratos, hablamos mucho menos de lo que creía y nos tocamos cada vez que uno de los dos se despierta. Lía me manda tres mensajes para confirmar que sigo viva. Le respondo con una fotografía de dos tazas de café y una esquina de la sábana y contesta:

Necesito menos información.

El lunes salimos del hotel poco después de las diez.

Nathaniel lleva una camisa blanca con las mangas dobladas, pantalones oscuros y unas gafas de sol que me obligan a recordar por qué he insistido tanto en sacarlo de la habitación.

Le cojo la mano antes de que pueda consultar el teléfono y tiro de él hacia la Puerta del Sol.

—Hoy no trabajas —le recuerdo—. Si alguien te llama, fingiré que no hablas inglés.

—Tú eres la única persona a la que he conocido capaz de discutir en dos idiomas al mismo tiempo. No me tranquiliza.

—Es una habilidad adquirida durante años de convivencia con escoceses.

Hay gente alrededor del Oso y el Madroño, así que esperamos a que una familia termine de colocar a tres niños que no quieren mirar a la cámara. Nathaniel observa la estatua y después mi teléfono.

—¿Tengo que abrazar al oso?

—Solo si quieres que lo nuestro termine en Madrid. Ponte aquí.

Le entrego el móvil a una chica que se ofrece a fotografiarnos y me coloco junto a él. Nathaniel me rodea la cintura. En la primera imagen salgo hablando, en la segunda tengo los ojos cerrados y en la tercera él no mira a la cámara, sino a mí.

Es la que guardo.

Después lo llevo hasta el kilómetro cero. Nathaniel espera mientras dos mujeres fotografían sus pies sobre la placa y, cuando queda libre, coloca un zapato encima.

—¿Qué ocurre ahora?

—Oficialmente, estás en el punto del que parten las carreteras radiales de España.

—Esperaba algo más inmediato.

Apoyo mi pie junto al suyo y saco una fotografía.

—Ya has conseguido una española. La placa ha cumplido de sobra.

Me guarda el teléfono en el bolso antes de que pueda apartarme y me besa en mitad de la acera. Una pareja tiene que rodearnos. Cuando le señalo que estamos entorpeciendo el paso, Nathaniel me conduce hacia un lado con la mano en mi espalda y una falta absoluta de arrepentimiento.

Cruzamos hasta la Plaza Mayor y lo llevo a La Campana. Nathaniel mira el local, la gente comiendo de pie y el bocadillo de calamares que le pongo en las manos.

—Llevas meses reservando restaurantes en Madrid y todavía no habías comido esto. Tu sede necesitaba urgentemente una supervisión española.

Da el primer mordisco bajo mi vigilancia. Mastica despacio y examina el interior del pan antes de volver a probarlo.

—Puedes dejar de mirarme. Está bueno.

—Necesitaba comprobarlo. Ya tengo demasiadas cosas en Edimburgo para descubrir ahora una incompatibilidad cultural grave.

Le quito un calamar que sobresale de su bocadillo. Nathaniel me permite comérmelo y después acerca el pan a mi boca para que dé otro mordisco. Terminamos compartiendo los dos de pie junto a la pared, y una gota de salsa cae sobre su pulgar. Se la limpio con la lengua antes de que manche la camisa.

—Empiezo a entender el apego —comenta.

—Espera a las croquetas. Todavía puedes solicitar la nacionalidad.

Pasamos por el mercado de San Miguel, donde Nathaniel pretende que su interés es arquitectónico hasta que encuentra un puesto de quesos. Sale de allí con una bolsa que no formaba parte de mi recorrido y la satisfacción de un hombre que acaba de realizar una inversión importante.

Al llegar al Palacio Real, me detengo en la plaza de la Armería y abro los brazos para obligarlo a contemplar el conjunto.

—El palacio real más grande de Europa occidental. Tiene más superficie que Buckingham y Versalles. Puedes admitir que os hemos ganado.

Nathaniel levanta la vista hacia la fachada. Se toma su tiempo, quizá porque sabe que estoy esperando una reacción, y al final se quita las gafas.

—Versalles está en Francia.

—No intentes distraerme con geografía. Buckingham pierde y tú eres británico.

—Soy escocés. Nuestra relación con Buckingham es bastante menos emocional de lo que pareces esperar.

—Cuando algo os conviene sois británicos y cuando no, escoceses. Es un sistema admirable.

Se coloca las gafas y me coge por la cintura.

—El palacio es impresionante. También lo eras tú mientras explicabas sus dimensiones a dos turistas que no te habían preguntado.