Epílogo
«Abril»
L o veo aparecer por la puerta de llegadas de Barajas y durante un segundo me quedo quieta.
Nathaniel lleva una bolsa al hombro, la camisa arrugada y quince días de cansancio en la cara.
En cuanto me encuentra entre la gente, empieza a caminar más deprisa y yo me olvido de todo lo que había pensado decirle para echar a correr.
Deja la maleta antes de que llegue. Me recoge contra su cuerpo, me levanta del suelo y me besa con una mano cerrada en mi nuca. Le sujeto la cara entre las palmas, riéndome y llorando un poco, algo que tenía intención de evitar por razones estéticas.
—No vuelvas a tardar tanto —murmuro contra su boca—. Estoy muy orgullosa de ti, pero he llevado fatal la parte de quererte desde aquí.
Nathaniel me baja despacio, aunque conserva un brazo alrededor de mi cintura. Me aparta el pelo de la cara y me mira con unos ojos tan cansados que vuelvo a abrazarlo.
—Tenía que verla salir de allí, Abril. No podía volver y decirte solo que seguramente estaría bien.
Cierro los ojos contra su cuello. Eso fue lo que me dijo cuando cambió el primer vuelo. Después cambió otro y dejó de reservar billetes.
Le acaricio la mandíbula, notando la barba bajo los dedos. Hace quince días estaba conmigo cuando Shabnam nos contó que el marido de Maryam la había encerrado. Le había quitado el teléfono, impedía que su tía la visitara y la había amenazado por intentar abandonarlo.
Recuerdo no poder dejar de llorar al escuchar eso. Me quedé sentada, con las manos entre las rodillas, pensando en lo que aquella niña nos había dicho sobre volver con él.
Nathaniel me preguntó qué necesitaba.
—Saber que está a salvo —le contesté—. Sé que no podemos salvarlas a todas, pero eso no hace que me importe menos lo que le pase a ella.
Me sostuvo la mirada antes de coger el teléfono.
—Vamos a averiguar qué podemos hacer por ella.
Ahora lo tengo delante, agotado, y pienso en todo lo que ha hecho desde aquella conversación para que hoy podamos decir que Maryam está a salvo. Me inclino para besarlo y él me recibe con una mano en mi nuca.
Mi ninja personal ha tenido que sentarse delante de personas que no querían recibirlo, conseguir que lo escucharan y volver al día siguiente cuando creían habérselo quitado de encima.
Shabnam me ha contado bastante más que él.
Nathaniel parece considerar que quince días de negociaciones, llamadas y puertas cerradas pueden resumirse con un «se complicó».
Él buscó a quienes podían intervenir, reunió al equipo que necesitaba y puso sobre la mesa los recursos para que cada paso acordado pudiera cumplirse. Hubo gente que le aconsejó regresar a casa y darse por vencido, pero no lo hizo.
Ayer acompañó a Maryam y a su tía hasta que quedaron a salvo, lejos del hombre que la había encerrado.
Antes de marcharse dejó cubiertos el alojamiento, la atención que necesitara y la continuidad de sus estudios.
Maryam seguirá teniendo días difíciles, pero ahora podrá vivirlos sin que su marido amenace su vida.
Y este hombre, que ha conseguido todo eso, me está quitando una pestaña de la mejilla con un cuidado que termina de destrozarme.
—Shabnam me ha contado que hubo una reunión de la que no querías levantarte —digo, acariciándole la mandíbula—. Y que al final tuvieron que volver a sentarse los demás.
Nathaniel exhala por la nariz. Tiene una sombra de sonrisa en la boca.
—Habían confundido terminar de hablar con llegar a un acuerdo.
Me río y lo beso otra vez. Me resulta imposible contenerme. Llevo dos semanas queriendo tocarlo y acaba de recordarme por qué estoy tan perdida por él.
—Maryam me ha mandado una foto de su mesa —le cuento—. Ya ha colocado los libros. Dice que quiere empezar cuanto antes.
Le rodeo el cuello y lo abrazo hasta que siento que empieza a relajarse entre mis brazos. Me da igual quién tenga que pasar alrededor de nosotros.
Hay hombres que utilizan su inteligencia para encontrar nuevas formas de aprovecharse de los demás.
Nathaniel ha utilizado la suya para enfrentarse a quienes daban por hecho que una muchacha asustada no tenía a nadie que la defendiera.
Ahora Maryam tiene una mesa junto a una ventana, libros que podrá abrir mañana y planes que empiezan a parecer posibles.
Yo tengo que encontrar la manera de llevarme a este hombre del aeropuerto antes de pedirle que se case conmigo junto a una máquina de aparcamiento.
—Vamos al hotel —le digo, soltándole el cuello para coger su mano—. Necesitas dormir, comer y dejar que te quiera de cerca. Llevo quince días acumulando trabajo.
Nathaniel recoge la bolsa y se inclina hacia mí antes de coger la maleta.
—Dormir puede esperar un poco.
Me lo dice al oído, con la boca rozándome la piel, y tengo que agarrarme a su brazo. Después de todo lo que ha hecho para volverme todavía más loca por él, el muy cabrón llega con ganas de colaborar.
Un taxi nos espera fuera. Nathaniel deja la maleta en el maletero y me abre la puerta antes de rodear el vehículo. Cuando se sienta a mi lado, el conductor ya ha puesto la dirección en el navegador y yo apenas le doy tiempo a abrocharse el cinturón antes de acercarme.
—Tengo algunas preguntas sobre estos quince días —murmuro contra su boca—. Pero he decidido posponerlas hasta que dejes de besarme.
Nathaniel me coge por la nuca y me obliga a mirarlo. El cansancio continúa en sus ojos, aunque ahora hay algo mucho menos inocente debajo.
—No recuerdo que hubiera empezado yo.
—Has aterrizado en Madrid con esa barba y me has dicho que dormir puede esperar. Asume alguna responsabilidad.
Su pulgar recorre mi labio inferior antes de que vuelva a besarme. Esta vez lo hace despacio, profundizando el beso hasta que tengo que apoyar una mano en su muslo y el conductor sube discretamente la música.
El hotel está cerca de la Puerta del Sol, pero el trayecto me parece demasiado largo.
Nathaniel mantiene los dedos entrelazados con los míos mientras mira por la ventanilla.
Reconoce algunos edificios porque lleva meses viniendo a Madrid para organizar la apertura de la sede, aunque hasta ahora su conocimiento de la ciudad se limita a oficinas, restaurantes elegidos por otras personas y habitaciones de hotel que podrían estar en cualquier lugar del mundo.
—He preparado un programa cultural —le advierto cuando el coche se detiene.
Nathaniel se vuelve hacia mí antes de abrir la puerta.
—Confío en que requiera poca ropa.
—La política de acceso es muy estricta. Puede que no te permitan entrar con ninguna.
La sonrisa apenas le cambia la boca, pero baja del coche con bastante más energía de la que tenía en el aeropuerto.
El recepcionista le saluda por el nombre. Eso debería recordarme que estamos en un establecimiento respetable y que yo soy una mujer adulta capaz de esperar a que un ascensor llegue a su planta sin meterle mano a nadie por debajo de la chaqueta. Lo consigo durante casi todo el trayecto.
Nathaniel abre la puerta de la habitación y deja pasar primero la maleta. Yo entro detrás, pero no llego mucho más lejos. Me alcanza antes de que pueda quitarme el bolso, me gira hacia él y vuelve a besarme con dos semanas enteras contenidas en la boca.
La correa del bolso se queda atrapada entre los dos. Intento sacármela sin separarme y termino golpeándolo en el brazo con una hebilla.
—Perdón —murmuro, aunque no consigo dejar de reírme—. Imaginaba este momento con algo más de elegancia. La coordinación motora sigue sin figurar entre mis cualidades
Le noto la sonrisa antes de que se aparte para dejar la botella en su sitio.
—Dijiste algo parecido en la entrevista. Después de golpear la mesa y tirar el agua.
—Porque entraste tú. Hasta entonces estaba siendo una candidata extraordinariamente convincente. —Consigo quitarme el bolso y lo dejo sobre la butaca, esta vez sin amenazar ningún objeto—. Pensé que habías ido para asegurarte de que Harriet no me contratara.
—Harriet no necesitaba que participara en aquella entrevista.
Nathaniel me observa con el pulgar apoyado junto a mi mandíbula.
—Entonces, ¿para qué fuiste?
—Para verte. —Desliza la mano hasta mi cintura y me acerca otra vez.
Se me queda la sonrisa detenida. Pienso en él apareciendo por aquella puerta, en mi rodilla contra la mesa y en todo lo que creí leer en su mirada mientras intentaba secar mis notas.
—Podrías haber empezado por decirme hola antes de verme perder una batalla contra un vaso.
—Estabas ocupada demostrando tus aptitudes.
—Y tú estabas allí disfrutando de mi humillación.
Nathaniel baja la cabeza y roza mi boca con la suya.
—Estaba intentando recordar por qué llevaba cinco años comportándome con prudencia.
Le desabrocho el primer botón de la camisa. Después el segundo, más despacio, mirando cómo su respiración mueve la tela bajo mis dedos.
—¿Y lo recordaste?
—No. —Me quita la camiseta por la cabeza y la deja caer sobre la butaca—. Tampoco pienso intentarlo ahora.
Me levanta antes de que pueda responder. Le rodeo la cintura con las piernas y me río contra su boca mientras me lleva hacia la cama. Esta vez no golpeo nada, aunque sospecho que el mérito corresponde enteramente a Nathaniel.
Me deja sentada en el borde del colchón y se queda de rodillas entre mis piernas.
Le saco la camisa del pantalón mientras él vuelve a besarme, impaciente, con una mano en mi nuca y la otra subiéndome la falda.
La tela se acumula sobre mis caderas. Cuando sus dedos alcanzan mis bragas, los desliza por debajo del borde y me toca sin apartar la boca de la mía.
Estoy húmeda. Él lo nota enseguida y deja escapar una respiración áspera contra mis labios. Me acaricia una vez, despacio, hundiendo dos dedos antes de llevarlos hacia el clítoris. El placer me hace cerrar las piernas alrededor de sus caderas.
—Quince días —murmuro, tirando de su cinturón—. No empieces algo que pienses prolongar mucho.