Capítulo 27El tamaño sí importa #2
Lo sigo con la mirada hasta que desaparece en la cocina. Nathaniel se acerca, pero espera a que sea yo quien le coja la mano. Le acaricio un nudillo con el pulgar y levantamos los ojos al mismo tiempo.
—Estoy bien —le digo en voz baja.
Reviso la habitación mientras ellos bajan las cajas.
Quedan dos jerséis en un cajón, un gorro detrás de la puerta y mi cargador antiguo enchufado junto a la cama.
Lo desenchufo, enrollo el cable y lo guardo en el bolso.
Después me agacho para comprobar debajo de la cómoda, porque he perdido suficientes pendientes en esta casa como para sospechar de todos sus muebles.
Cuando vuelvo al recibidor, Matthew está solo. Nathaniel ha bajado la última caja al coche.
Saco las llaves del bolsillo. Se han calentado entre mis dedos.
—Creo que ya está todo.
Matthew mira el llavero que le ofrezco. Lo coge y se queda sujetándolo, con la llave de abajo colgando junto a la palma.
—Siento haberte hecho pasar por esto, Abril.
Se me llenan los ojos de lágrimas. Asiento porque necesito un momento antes de hablar y él baja la cabeza.
—Gracias por decirlo.
Me pongo el bolso al hombro. Matthew abre la puerta y se aparta para dejarme salir. Esta vez no me pregunta si voy a volver.
Es al entrar en su casa, al verle llevar otra caja hacia la habitación de invitados, cuando me decido.
—Los libros podemos dejarlos en el salón.
Nathaniel se detiene en mitad del pasillo y vuelve la cabeza. Me he quedado junto a la puerta, todavía con el bolso puesto, y de pronto me siento ridícula por haber tardado tanto en decir algo tan sencillo.
—Quiero sacarlos —añado—. Los de estas cajas y los de las otras.
Vuelve sobre sus pasos y deja la caja al lado del sofá. Después se endereza despacio, mirándome.
—¿Eso significa que ya no vas a buscar piso?
—Me está costando averiguar cómo hacer las cosas sin complicarme la vida más de lo necesario.
Dejo el bolso en una silla y me quito el abrigo. Nathaniel lo recoge cuando voy a apoyarlo encima, pero continúa esperando. Me acerco y sujeto la tela entre sus manos.
—Me gustaba pensar que podía tener un sitio mío.
Después de todo lo que ha pasado con Matthew, lo necesitaba.
Y todavía quiero saber que puedo hacerlo si algún día me apetece vivir sola.
Pero ahora mismo me paso el día deseando llegar aquí y verte.
Buscar otro piso empieza a parecerme una forma bastante cara de acabar cenando contigo todas las noches.
Le cambia la expresión. Deja el abrigo sobre la silla y me rodea la cintura, aunque no intenta acercarme más.
—Quiero que vivas conmigo, Abril. Te lo he dicho de varias maneras, pero quizá esta sea la que faltaba.
Le paso las manos por el pecho. Debajo de la camisa siento su respiración y me entretengo en alisar una arruga mientras encuentro las palabras.
—Entonces tendremos que hablar de cómo lo hacemos. Yo voy a seguir en Fettes, tengo mi sueldo y quiero aportar. No pienso instalarme aquí y dejarte a ti todo lo demás.
—Podemos hablarlo esta noche —responde—. Y mañana, si hace falta. No tienes que traerme un acuerdo firmado para abrir las cajas.
Sonrío y levanto la cara. Nathaniel me aparta el pelo de la mejilla, con una atención que me hace acercarme hasta apoyar el cuerpo contra el suyo.
—En verano voy a Madrid —le recuerdo—. Eso sigue en pie. Quiero trabajar allí con Harriet y ver a mi familia, pasar tiempo en mi ciudad.
—Tengo una sede que abrir en Madrid. Voy a estar allí buena parte del verano y me gustaría verte cuando termine de trabajar.
—Lía querrá conocerte. Te advierto que sabe bastantes cosas.
Nathaniel baja la cabeza y me roza la boca con la suya.
—Tendré que confiar en que hayas destacado alguna buena cualidad.
Me río contra sus labios y le rodeo el cuello. Lo beso despacio, acariciándole la nuca, hasta que noto cómo me aprieta contra él. Cuando nos separamos, conserva la frente cerca de la mía.
—Y cuando termine el verano, volveré contigo —le digo—. Aquí.
Cierra los ojos un momento. Le acaricio la cara, sorprendida por lo mucho que se le nota ahora todo lo que durante años fui incapaz de ver. Me besa otra vez y esta vez tengo que agarrarme a sus hombros, porque me hace retroceder hasta el respaldo del sofá.
Tardamos bastante en acordarnos de las cajas.
Cuando por fin me arrodillo ante la primera, Nathaniel va a buscar unas tijeras.
Corto la cinta y abro las solapas mientras él se sienta a mi lado. Huele a papel y a la casa de Matthew. Cojo un par de novelas y se las paso, pero al ir a sacar la siguiente reconozco la cubierta gastada y me quedo mirándola.
Un caballero en Moscú , de Amor Towles.
Nathaniel reconoce la cubierta antes de que yo diga nada. Me acuerdo del pub, de la conversación que Matthew interrumpió, de lo mucho que me sorprendió descubrir que aquel hombre tan serio conocía al autor.
Paso un dedo por la esquina doblada de la cubierta.
—Prometiste prestármelo —me recuerda alargando la mano hacia él.
—Solo he tardado un poco —le respondo mientras se lo tiendo.
Nathaniel abre el libro. Entre las páginas sigue el marcapáginas que utilizaba entonces.
—Cinco años —precisa.
—Podrías habérmelo pedido.
Levanta los ojos hacia mí.
—Me parecieron demasiadas ganas de volver a verte solo por un libro. Fui un imbécil.
—Habría aceptado el café —le digo con una sonrisa y luego señalo el libro—. ¿Te gustó?
Nathaniel pasa el pulgar por el borde de las páginas antes de contestar.
—Sí. Me gustó que Rostov siguiera interesándose por los demás cuando tenía motivos de sobra para pasarse la vida compadeciéndose de sí mismo.
—También tiene sus momentos —señalo, acercándome para alisar una esquina doblada—. A mí me gusta que siga dando importancia a una cena, a una conversación, a vestirse bien aunque no pueda salir de allí. Todo eso que parece una tontería hasta que empiezas a perder las ganas de hacerlo.
Nathaniel deja de pasar las páginas y me mira.
—No me parecen tonterías.
Me acerco y le beso la boca. Nathaniel deja el libro sobre una caja para cogerme por la nuca y me atrae hacia él hasta que termino sentada en su regazo, con una mano apoyada en su pecho.
Se detiene un momento a mirarme antes de besarme otra vez, y me cuesta creer que llegara a confundir con desprecio la forma en que este hombre me buscaba los ojos.
Le acaricio la mejilla, sonriendo contra su boca.
Tendremos discusiones, días difíciles y alguna estantería que comprar. Quiero todo eso con él.
Llegué a aquella entrevista ensayando las razones por las que merecía un puesto de trabajo. En casa llevaba demasiado tiempo haciendo lo mismo para que me quisieran bien.
Nathaniel me estrecha entre sus brazos y yo me quedo, con todas mis cosas por colocar y nada que demostrar.
—Puedes quedártelo. Ahora es nuestro. De los dos —murmuro contra sus labios antes de volver a besarlo.
Nathaniel mira la cubierta y después a mí.
—Entonces lo empezaremos juntos desde el principio.