Capítulo 27El tamaño sí importa
EL TAMAÑO SÍ IMPORTA
«Abril»
N athaniel lleva un rato mirando la bolsa que he dejado a mis pies. Contiene otras dos bolsas, un rollo de cinta adhesiva y unas tijeras que he envuelto en un paño para no agujerear nada. Cuando me abrocho el cinturón, aparta los ojos de mi equipaje y arranca.
—Pensaba que íbamos a recoger tres cajas.
—Y vamos a recoger tres cajas. Esto es por si he calculado mal.
Se incorpora al tráfico con una expresión que me hace sospechar que está repasando mentalmente las dimensiones del maletero.
Las primeras cajas las recogió una empresa, pero para lo que queda me parecía absurdo contratar otro traslado.
Nathaniel se ofreció a acompañarme antes de que terminara de explicarle qué necesitaba. También sabe que Matthew estará allí.
Saco el móvil del bolsillo y compruebo los mensajes. Shabnam todavía no ha contestado. Dejo la pantalla encendida sobre mis piernas unos segundos, hasta que Nathaniel baja los ojos hacia ella al detenernos en un semáforo.
—Tengo el sonido puesto en el mío —me recuerda—. Si llama mientras estamos arriba, la oiremos.
Asiento y bloqueo el teléfono. Desde que nos contó que habían devuelto a Maryam a casa de su marido, he imaginado tantas cosas que ya me cuesta distinguir lo que sabemos de lo que temo.
Me acuerdo de sus manos sujetando aquel libro y de la vergüenza con que explicó que quería estudiar enfermería.
Yo había empezado a pensar en materiales, en clases, incluso en cuánto tiempo necesitaría para avanzar.
Ahora ni siquiera sabemos cuándo podremos volver a escucharla.
—Esta mañana he abierto su carpeta —digo—. Tenía unas actividades a medias y me he quedado mirándolas sin saber si terminarlas.
Nathaniel espera a que termine de cruzar una mujer con un carrito antes de arrancar.
—Guárdalas. Cuando Shabnam pueda hablar con ella, sabremos qué necesita.
Apoyo la cabeza en el respaldo. Me gustaría que hubiera algo que pudiéramos hacer ahora mismo, una llamada que no acabara con otra persona esperando noticias.
Nathaniel también lo lleva mal. Lo he visto leer dos veces el mismo correo y volver a coger el teléfono después de dejarlo sobre la mesa.
Se está esforzando por escuchar a quienes están allí, aunque le cueste soportar que su dinero no proporcione una respuesta inmediata.
—Gideon quiere que sigamos preparándolo todo —añado—. Dice que, si consigue volver, tiene que encontrar su sitio.
—En eso estoy de acuerdo con Price.
Lo miro de reojo. Tiene una mano sobre el volante y la otra junto al cambio de marchas, con los dedos relajados. Me entretengo un momento en ellos antes de levantar los ojos hacia su cara.
—Trabajáis bastante bien juntos para lo poco que te entusiasma.
Nathaniel deja pasar unos segundos.
—Es competente. También tuvo la amabilidad de invitarme a cenar con mi propia pareja. Procuro valorar ambas cosas.
Se me escapa una risa. Es la primera vez que lo oigo llamarme así y me gusta más de lo que esperaba. Giro un poco el cuerpo hacia él, acomodándome el cinturón sobre el hombro.
—Lo dijiste todo con la cara. Si llego a aceptar, habrías conseguido reservar en ese restaurante antes de que él terminara de decir el nombre.
—Tenía lubina en la nevera —replica, muy serio—. Habría sido una pésima organización.
Sonrío mirando su perfil. Al cabo de unos segundos, Nathaniel vuelve la cabeza hacia mí y la expresión se le suaviza.
—Me gustó oírte decirlo, Abril.
La broma se me queda a medio formar. Bajo la mano hasta su antebrazo y lo acaricio por encima de la manga.
—Quería que le quedara claro. Lo de «cariño» fue bastante deliberado.
—Lo sé. —Me cubre los dedos un instante antes de volver a cambiar de marcha—. Puedes ser deliberada más a menudo.
Me río otra vez, pero sigo tocándolo hasta que entramos en la calle de Matthew.
Entonces retiro la mano y miro por la ventanilla.
Reconozco una bicicleta encadenada frente al portal y la jardinera que el vecino del primero continúa utilizando como cenicero.
Durante cinco años he pasado por aquí cargada de bolsas, buscando las llaves, pensando en lo que iba a preparar para cenar.
Hoy llevo tijeras para terminar de sacar mis cosas.
Nathaniel aparca y apaga el motor. Mientras me quito el cinturón, le veo observar el edificio.
—Le avisé de que venías —le digo—. No debería sorprenderse.
Se vuelve hacia mí y asiente. Después sale a recoger la bolsa del otro lado del coche. Me la entrega al llegar a la acera y subimos juntos, sin hablar. En el último tramo de escalera saco las llaves del bolsillo, las miro y vuelvo a guardarlas antes de llamar al timbre.
Matthew abre enseguida. Lleva un jersey que conozco y tiene las mangas subidas hasta los codos. Nos mira a los dos antes de apartarse.
—He dejado las cajas en el salón. Hay algunas cosas encima que no sabía dónde meter.
Le doy las gracias y entro. Nathaniel me sigue después de saludarlo, y durante unos segundos me resulta extraño verlos juntos en el recibidor, tan serios, cuando recuerdo tantas noches en las que apenas nos dejaban cerrar la puerta porque seguían hablando de algo que había empezado en el pub.
Dejo el bolso sobre una silla. Hay tres cajas junto al sofá y, encima de una, la bufanda que llevaba semanas buscando. La cojo y paso los dedos por un hilo suelto mientras Matthew me explica que estaba detrás de los abrigos.
—También quedan los libros de la mesilla y el cajón pequeño del escritorio. He preferido que lo revisaras tú.
Me acerco al mueble y abro el cajón. Encuentro un paquete de pilas, recibos doblados, dos bolígrafos y unos pendientes que compré después de perder otros idénticos. Empiezo a separar lo mío mientras Nathaniel comprueba el fondo de una de las cajas. Matthew se queda junto al sofá, observándome.
—¿Has conseguido piso? —pregunta al cabo de un momento—. Puedes dejar esto aquí hasta que encuentres algo. La oferta sigue en pie.
Levanto la cabeza. Me mira con una atención que me hace dejar el bolígrafo sobre la mesa antes de contestar.
—Todavía no, pero prefiero llevármelo. Nathaniel está bien con que siga en su casa y ya no tengo tanta prisa por buscar otra cosa. Tampoco se ha quejado de mis cajas, así que creo que sobrevivirá a estas tres.
Nathaniel se endereza. Cuando lo miro, tiene una mano apoyada en el cartón y los ojos puestos en mí.
—Quiero que las deshagas, Abril. Haré sitio para tus cosas.
Se me aflojan los dedos. No he abierto ni una de las cajas que recogió la empresa.
Siguen en la habitación de invitados, con las solapas precintadas y mi nombre escrito encima.
He colgado algo de ropa, he dejado un cepillo de dientes en el baño, a ciruela en la mesilla y he ido repartiendo pequeñas cosas por la casa, pero todo lo que necesitó embalarse continúa preparado para otra mudanza.
Nathaniel lo ha visto cada día. Ahora, al escucharlo, pienso en las veces que me ha dicho dónde podía guardar algo y yo no he respondido.
Matthew deja escapar una risa por la nariz.
—Qué rápido. Cualquiera podría sospechar que lo tenías bien planeado desde el principio.
Nathaniel vuelve la cabeza hacia él. Se le endurece la mandíbula, aunque tarda unos segundos en contestar.
—Te agradecería que no utilizaras esto para empezar otra vez.
—Comprenderás que me cueste tomarlo con la misma tranquilidad que tú. Hace bien poco estabas diciéndome que hablara con ella y ahora le estás haciendo sitio en tu armario.
Dejo los pendientes en la bolsa y cierro el cajón. El golpe suena más fuerte de lo que pretendía. Los dos me miran.
—Cuando él te decía que hablaras conmigo, yo todavía quería arreglar lo nuestro —intervengo.
Matthew se pasa una mano por la boca. Veo cómo mira a Nathaniel antes de volver a mí y me cansa reconocer lo que está buscando.
—Sé que resulta más fácil pensar que alguien preparó todo esto —continúo—. Pero tú estabas conmigo. Sabes las conversaciones que tuvimos y las oportunidades que nos dimos. Nathaniel no estaba en nuestra cama cuando yo me sentía sola a tu lado.
Matthew baja los ojos. En la caja abierta hay una funda de almohada de seda que se ha colado entre mis jerséis. La reconozco y tengo que apartar la mirada porque me acuerdo de haberla comprado con él, de una tarde completamente normal en la que todavía pensaba que viviríamos juntos muchos años.
—Yo también estaba intentando arreglarlo —dice.
—Lo sé. Por eso me costó tanto irme.
Nathaniel se aparta de la caja y permanece junto a la ventana. Le agradezco que me deje hablar, aunque noto su atención en mí mientras Matthew se sienta en el brazo del sofá.
—Pensé que acabarías volviendo —admite, con la vista en el suelo—. Que necesitabas estar enfadada conmigo un tiempo.
Me quedo callada. Durante meses intenté explicarle cuánto me estaba costando quedarme. Escucharlo ahora me produce una tristeza fatigada, casi familiar.
—Te lo dije lo mejor que pude, Matthew.
Matthew asiente muy despacio, aunque no parece un gesto voluntario. Se queda mirando mi mano hasta que levanta los ojos hacia Nathaniel.
—Y tú podrías habérmelo dicho.
—Sí —responde él—. En cambio te advertí que la estabas perdiendo. Más de una vez.
—No sabía desde dónde me lo decías.
Nathaniel respira hondo y baja los ojos un momento antes de añadir:
—Has sido mi amigo durante muchos años. Me importa lo que nos ha pasado. Pero ahora mismo no quiero seguir teniendo esta conversación cada vez que nos veamos.
Los veo mirarse y me duele por ambos, aunque no sepa cómo aliviar algo que tampoco me corresponde arreglar.
—¿Y qué hacemos?
—Mantener las distancias —contesta Nathaniel—. Por ahora es lo que necesito.
Matthew recibe esas palabras con un gesto que me hace pensar que no se lo esperaba. Se levanta del sofá y se mete las manos en los bolsillos.
—Supongo que no podemos ir a tomar una cerveza y fingir que no ha pasado nada.
Nathaniel niega despacio. Durante unos segundos ninguno habla, hasta que yo recojo la bufanda y la guardo en la bolsa.
Al final, Matthew se endereza.
—Voy a buscar más bolsas para la ropa.