Capítulo 26Una cena para dos y un escocés territorial #2
Podría recordarle que he venido a entregar una maqueta. En lugar de hacerlo, arrastro una silla y me siento fuera del encuadre, al lado de Abril.
Ella me toca la rodilla por debajo de la mesa, un gesto breve que parece de agradecimiento y que yo acepto con una satisfacción desproporcionada.
Durante los siguientes minutos, las alumnas proponen agua, comida y una escalera. Abril escribe cada palabra en una tarjeta, la pronuncia y se la pasa a Gideon, que intenta colocarla en la maqueta. Cuando él pone el agua junto a la base, una de las chicas protesta y Shabnam se echa a reír.
—Dice que esa no se puede beber.
—Lleva razón —admito—. Necesitaríamos almacenarla o instalar un sistema para tratarla.
Abril añade un depósito al dibujo. Price le pide que lo haga más grande y ella protesta porque también necesitan sitio para dormir.
Los veo discutir sobre una plataforma imaginaria, pendientes de las intervenciones de las chicas, y descubro que no se pisan al hablar.
Él deja una idea a medias y Abril encuentra la forma de convertirla en una pregunta. Ella se entretiene dibujando y Gideon recupera las palabras que estaban trabajando.
En un momento dado, él le acerca el rotulador negro sin que Abril tenga que pedírselo. Ella lo coge sin mirarlo y continúa con su dibujo.
No esperaba que, de todas las cosas que podían ocurrir esta tarde, fuera un rotulador entregado a tiempo lo que terminara por tocarme las narices.
La sesión acaba con las cuatro chicas votando que Gideon debe dormir junto al depósito porque ha sido quien ha insistido en comprar la plataforma. Abril levanta los brazos al conocer el resultado y él acepta su derrota con una inclinación de cabeza.
Shabnam se despide del grupo y nos pide unos minutos antes de volver a conectarse para la reunión. Cuando desaparece la imagen, Abril se deja caer contra el respaldo.
—Bueno. No hemos hecho casi nada de lo que teníamos preparado.
—Han utilizado seis palabras nuevas para decidir dónde iba a dormir yo —responde Gideon mientras recoge las tarjetas—. Me parece una aplicación bastante práctica del idioma.
Ella se ríe y empieza a ordenar los dibujos. Tiene las mejillas encendidas y una mancha azul en el lateral de la mano. Me gustaría llevármela a comer algo y escucharla hablar de lo que acaba de ocurrir.
—En el certamen de Stirling hiciste lo mismo —le recuerda Price—. Cambiaste el ejercicio a mitad porque ninguno quería defender la postura que le había tocado.
—Les pedían que argumentaran a favor de eliminar las vacaciones escolares. Ni yo habría colaborado.
Gideon se ríe mientras yo retiro los clips de la maqueta. Uno se ha quedado enganchado en la barandilla y tengo que sacarlo con cuidado para no doblarla.
—Antes de que volváis a conectaros, quiero saber qué ha fallado con el acceso —digo—. El equipo me aseguró que esta versión estaba preparada para conexiones lentas.
Price gira su portátil hacia mí y abre una ventana. Hay varias horas anotadas junto a intentos de carga, capturas de errores y un documento con observaciones. Lo reviso mientras él señala dos líneas.
—La videollamada aguanta si no le pedimos nada más a la conexión. Al abrir la actividad se interrumpe el audio. Hemos repetido la prueba sin cámara y tampoco termina de cargar. Para hoy la he quitado.
—Esa actividad forma parte de la plataforma que hemos encargado.
—Sí. La presentación es muy bonita.
Levanto la mirada hacia él y dejo de mover el clip entre los dedos.
—No la hemos encargado para que sea bonita, sino porque debía funcionar con doscientos cincuenta y seis kilobits por segundo y una latencia de seiscientos milisegundos, con compresión adaptativa y recuperación de paquetes perdidos.
—Qué difícil es daros conversación a los ingenieros —murmura, volviéndose hacia Abril.
Ella se ríe y yo vuelvo a la maqueta. Empiezo a sospechar que Price soporta perfectamente que lo mire mal siempre que consiga que ella lo mire bien.
—Podríamos terminar de organizar las sesiones tomando algo —propone él—. Conozco un irlandés aquí cerca donde se puede hablar sin competir con la música. Y, si se nos hace tarde, cenamos.
Lo dice mirando a Abril. Después se vuelve hacia mí e incorpora una sonrisa educada.
—Por supuesto, puedes venir.
Apoyo el antebrazo en el respaldo de la silla de Abril mientras considero una respuesta que no le proporcione demasiada información sobre las ganas que tengo de que se largue.
Ella guarda el último rotulador y se vuelve hacia mí.
—Cariño, ¿habías pensado algo para cenar?
Dejo de mirar a Price. Abril espera mi respuesta con la mano sobre el estuche y una expresión demasiado inocente para alguien que acaba de elegir tan bien una palabra. Hasta ahora no me ha llamado cariño una sola vez.
Miro su boca y contengo una sonrisa mientras ella levanta ligeramente las cejas, recordándome que me ha preguntado por la cena.
Llevo toda la tarde pendiente de cuánto se acerca él, de cómo la mira y espera su momento para lanzarse y ella ha encontrado la manera de dejarle las cosas claras sin dejarnos a los dos como unos imbéciles. Debería estar disfrutando de la cara de Price, pero sigo mirándola a ella.
—He comprado lubina para hacerla al horno.
Abril sonríe y se dispone a responder cuando Gideon deja el bolígrafo sobre la libreta.
—Perdona. ¿Vosotros dos estáis juntos?
Mira primero a Abril y después a mí, con los labios todavía entreabiertos.
—Sí —contesta ella.
Price me sostiene la mirada. Se ha recostado en la silla y ya no sonríe.
Sus ojos se detienen un instante en mi brazo, extendido detrás de Abril, antes de regresar a mi cara.
Lo dejo mirar. Hasta hace un momento era el hombre que les había prestado una sala, una conexión a internet y una maqueta.
Ahora tiene que añadir algo que evidentemente no había considerado.
Yo también lo observo. Tiene la mandíbula tensa y el pulgar apoyado sobre el bolígrafo, inmóvil. Me produce una satisfacción mezquina comprobar que la noticia le ha sentado mal. Habría preferido equivocarme sobre sus intenciones.
—No tenía ni idea —dice al fin. Recupera la sonrisa al dirigirse a Abril—. La última vez que hablamos solo me dijiste que ya no estabas con aquel profesor.
—Han pasado bastantes cosas desde entonces. —Baja un momento los ojos hacia el estuche y termina de cerrar la cremallera mientras yo sonrío satisfecho como un imbécil.
Debería disimular un poco por cortesía hacia Price. He pasado suficientes años en su lugar para saber lo que jode, pero no consigo sentir pena por él. Abril acaba de decir que estamos juntos sin matices que le permitan conservar alguna esperanza.
Y yo no pienso cometer el mismo error que Matthew para darle una oportunidad a otro.
Joder.
Busco su mano debajo de la mesa y le acaricio los nudillos con el pulgar. Ella vuelve la cabeza. Al verme la cara, se le curva la boca. Me temo que Price va a tener que soportarme así el resto de la tarde.
Gideon asiente sin pedir explicaciones. Se toma un segundo antes de recoger el bolígrafo y señalar con él la libreta.
—Bueno, la propuesta sigue en pie. Aunque entiendo que tengáis otros planes.
Esta vez me mira al decirlo. Le mantengo la mirada un instante antes de contestar.
—Gracias. Hoy cenaremos en casa.
—Además, prefiero revisar mañana lo que hemos hecho hoy antes de seguir añadiendo sesiones —añade Abril—. Si me dejas, esta noche te organizo el curso entero y mañana tengo que llamarte para deshacer la mitad.
Gideon se ríe y vuelve la libreta hacia ella para enseñarle una anotación. Abril se inclina sobre la mesa, interesada, y él recupera enseguida ese tono fácil que lleva irritándome toda la tarde.
Sigue haciéndola reír y facilitándole el trabajo.
Y yo tengo cuarenta asuntos pendientes en el despacho y acabo de descubrir que el único plan que me interesa es llegar a casa a tiempo de encender el horno.
La pantalla se ilumina de nuevo. Shabnam aparece sola, más cerca de la cámara. Ya no lleva los auriculares de la sesión y mira brevemente hacia la puerta antes de hablar.
—Harriet no va a poder incorporarse todavía. He preferido no esperar porque hay algo que tenéis que saber.
Han pasado veinte minutos desde que estaba conectada con las chicas, pero su expresión ha cambiado por completo.
—Es Maryam —continúa—. Esta mañana la han llevado de vuelta con su marido.
Abril tarda un momento en moverse. Después acerca su silla a la mesa y coloca ambas manos junto al ordenador.
—Ella no quería volver. Nos lo dijo.
Shabnam asiente despacio. Tiene los labios apretados y parece estar escogiendo qué parte puede contarnos con certeza.
—Una compañera ha conseguido hablar con una familiar. Pero no hemos podido contactar con ella.
—¿Quién está intentando localizarla? —pregunto—. Necesito saber qué tenéis en marcha y qué os falta.
Shabnam nos explica que están esperando noticias de alguien que conoce a la familia. No sabe si Maryam conserva el teléfono, ni si podrá responder aunque lo tenga. La escucho hasta el final, resistiéndome a interrumpir con recursos que todavía no sé si servirían de algo.
Gideon deja el bolígrafo sobre su cuaderno.
—¿Ella sabe que seguimos aquí? —pregunta—. ¿Que vamos a seguir pendientes aunque no pueda contestar?
Shabnam baja la mirada antes de responder.
—Eso es lo primero que queremos hacerle llegar.
Abril me aprieta la mano. Cuando la miro, tiene los ojos puestos en la pantalla y el cuerpo inclinado hacia delante, esperando algo más que ninguno sabemos ofrecerle.
—Dijo que prefería estar muerta antes que volver a vivir con él —murmura.
Shabnam cierra los ojos un instante.
Sobre la mesa sigue la cartulina con la casa torcida. Hace unos minutos, cuatro chicas a las que apenas dejan imaginar un futuro más allá de servir a un marido y criar a sus hijos se han puesto de acuerdo para construir otra sobre sus ruinas.
Las he oído discutir, reírse, defender lo que cada una quería poner en ella. Ahora miro el dibujo y me cuesta aceptar que ninguna llegue a decidir con quién vivir en la suya.