Otro maldito escocés Capítulo 26Una cena para dos y un escocés territorial
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Capítulo 26Una cena para dos y un escocés territorial

UNA CENA PARA DOS Y UN ESCOCÉS TERRITORIAL

«Nathaniel»

E spero a que Abril se marche antes de llamar a Catriona. Podría haberlo hecho mientras se duchaba, pero no quiero que se encuentre oyendo desde el pasillo una conversación en la que vuelva a aparecer su nombre. Ya ha tenido bastantes.

Su taza sigue junto al fregadero. La cojo para meterla en el lavavajillas y encuentro dentro la cucharilla que ha estado buscando durante el desayuno.

Me he pasado dos minutos ayudándola a localizarla mientras ella removía distraídamente el café.

Dejo la taza donde está y busco el número de Catriona.

Contesta al tercer tono.

—Qué sorpresa. Empezaba a pensar que ya no sabías utilizar el teléfono.

Durante años he recibido comentarios parecidos sin concederles importancia. Hoy me cuesta encontrar una respuesta que no empiece con una grosería.

—Abril me ha contado lo que le dijiste ayer. Necesito que me expliques por qué le aseguraste que te habías acostado conmigo.

Me apoyo en la isla, esperando. No tengo intención de ayudarla a llenar el silencio.

—Supongo que también te habrá contado lo que me dijo ella.

—Si quieres hablarme de eso, te escucharé después. Ahora estamos hablando de una mentira en la que me has metido sin mi permiso.

—No lo dije pensando que fuera a ir corriendo a contártelo.

Su respuesta despeja cualquier posibilidad de que intente negarlo, pero me enfurece que esa sea su primera objeción.

—¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que se marchara sin preguntarme? Ayer estuvo mirando pisos, Catriona. Entró aquí convencida de que yo también la había engañado.

—Pues debió de resultarte muy fácil demostrarle que no. Tú siempre sabes qué decirle.

—Sabías lo que había pasado con Matthew. La viste intentar perdonarlo. Has estado delante cada vez que procuraba comportarse con normalidad. Elegiste precisamente eso para hacerle daño.

Catriona respira cerca del micrófono. Cuando responde, ha perdido la ligereza con la que me ha recibido.

—También le dije que había vuelto a acostarme con Matthew. Eso apenas la alteró, si te sirve de consuelo. Lo que de verdad le cambió la cara fue pensar que tú y yo habíamos tenido algo. —Hace una pausa antes de añadir—: Así que enhorabuena, Nathaniel. Has conseguido a la chica.

Me incorporo. Durante un instante me quedo mirando mi reflejo en el cristal de la ventana, con el móvil apretado contra la oreja y la mandíbula tan tensa que vuelve a dolerme el labio.

—¿Estabas comprobando cuál de los dos nombres le dolía más?

—No he dicho eso.

—Acabas de explicarme su reacción con bastante detalle.

—Porque la vi. Estaba delante. Porque llevo años viendo cómo todo el mundo se preocupa por lo que siente Abril y nadie se plantea que los demás también sentimos cosas.

—¿Que nadie se lo plantea? —repito, apartándome de la ventana—. Matthew ha llegado a joder su relación para que tú no te sintieras desplazada. Y Abril ha intentado comprenderte incluso después de que te acostaras con él. Yo también he sido muy considerado contigo.

—¿Considerado? Te pasabas las horas pendiente de Abril y luego me llevabas a casa para que dejara de molestar a Matthew. ¿Cuándo estabas conmigo porque querías estar conmigo, Nathaniel?

Recuerdo cenas en las que apenas fui capaz de mantener una conversación, demasiado ocupado viendo a Abril apoyarse en Matthew, buscarle la mano o pedirle que probara algo de su plato. Catriona estaba sentada enfrente muchas de esas noches.

—He estado contigo porque eras mi amiga, Catriona.

Cuando me contabas un problema, me importaba.

Cuando te llevaba a casa, quería saber que llegabas bien.

Que estuviera enamorado de Abril no convierte en mentira todo lo demás.

Pero si solo te habría servido que me enamorara de ti, no había nada que yo pudiera hacer.

—Abril tampoco se enamoró de ti. Y ahí seguiste.

—Sí. Y sé perfectamente lo que jode querer a alguien que no te quiere de la misma manera. —Apoyo la mano en el borde de la isla antes de continuar—. Pero nunca consideré que ella me debiera algo por eso. Ni le mentí para que dejara a Matthew.

El silencio que sigue dura varios segundos. Me paso la mano por la nuca, cansado de una conversación que podría prolongarse hasta dejarnos sin nada que respetar del otro.

—No vuelvas a hablar con Abril de mí —le digo—. Yo no quiero seguir viéndote ni hablando contigo.

—Así de fácil.

Vuelvo a mirar su nombre en la pantalla antes de llevarme otra vez el teléfono a la oreja.

—Si fuera fácil, habría colgado hace cinco minutos.

Catriona inspira y la oigo tragarse algo que quizá iba a decir.

—Espero que merezca la pena —murmura.

—Lo que has hecho seguiría siendo igual de grave aunque Abril decidiera dejarme esta tarde.

Cuelgo antes de que encuentre otra manera de convertirla en responsable. Me quedo junto a la isla con el teléfono en la mano y el café frío a mi espalda. Después saco la cucharilla de la taza de Abril, le hago una foto y se la envío.

Su respuesta llega mientras estoy cerrando el lavavajillas.

No pienso declarar sin la presencia de mi abogado.

Me sorprendo sonriendo. Me dura poco, pero me basta para empezar a recoger.

A las cuatro menos diez de la tarde, Gideon Price deja una bolsa de tela sobre la mesa de reuniones y saca dos carpetas, un portátil y una caja de rotuladores. Yo he terminado una llamada y estoy firmando la autorización de un gasto cuando Abril entra detrás de él, cargada con sus propios papeles.

—Harriet nos ha conseguido veinte minutos con el grupo de Shabnam —me explica mientras deja el bolso en una silla—. Quieren probar el acceso antes de que cerremos los materiales. Después tenemos la reunión de seguimiento contigo.

Asiento y guardo la autorización en la carpeta.

La sala está reservada hasta las seis. Tiene una pantalla grande, conexión con mi equipo y espacio para doce personas, por lo que no existe ninguna razón técnica para que Price acerque su silla a la de Abril antes de haber abierto siquiera el ordenador.

Él me ofrece la mano.

—Gracias por dejarnos la sala. Prometemos devolvértela sin demasiados daños.

Se la estrecho tranquilo.

—Me conformo con que no toques nada que no debas.

Abril baja la cara hacia sus papeles. Le veo la sonrisa antes de que consiga ocultarla. Price también sonríe, sin sentirse particularmente impresionado por mi falta de entusiasmo, y empieza a conectar su portátil.

Salgo para volver a mi despacho. Tengo trabajo acumulado y una reunión con ellos al terminar la prueba. Presentarme antes solo confirmaría una predicción de Abril que todavía estoy a tiempo de desmentir.

A las cuatro y veinticinco me escribe para pedirme la maqueta de la instalación flotante que hay en la vitrina junto a mi puerta.

Necesitamos un barco.

Contemplo el mensaje. La maqueta representa meses de trabajo de varias personas, tiene una base lastrada y dos aerogeneradores desmontables. No es un barco, aunque sospecho que esa precisión no va a resultar de interés para nadie en esa sala.

La llevo yo mismo porque pesa más de lo que parece.

Cuando entro, Abril está sentada frente a la cámara, con una cartulina en la mano. Gideon ocupa la silla contigua. En la pantalla veo a Shabnam junto a cuatro alumnas reunidas alrededor de una mesa.

—Déjala aquí, por favor —me pide Abril, señalando el extremo de la mesa—. Y no te vayas todavía. Igual necesitamos ayuda.

Coloco la maqueta con cuidado. Price se levanta para apartar el ordenador y yo miro la pantalla, donde sigue abierto un aviso de carga.

—¿Qué ha pasado?

—La actividad no abre allí —responde él—. Llevamos varios intentos y, cada vez que volvemos a compartir pantalla, perdemos el sonido. Abril ha pasado al papel.

Ella levanta su cartulina. Ha dibujado un rectángulo con unas ventanas y algo que supongo que pretendía ser una puerta.

—Es una casa —aclara al ver mi expresión—. No necesito una valoración arquitectónica.

Shabnam traduce y una de las chicas sonríe. Abril lo advierte, gira el dibujo hacia la cámara y añade un tejado tan inclinado que elimina cualquier duda sobre sus posibilidades de supervivencia.

—Una casa con un problema —continúa—. Gideon quería comprarla. Yo estoy intentando evitarlo.

Price se sienta de nuevo y apoya los codos en la mesa.

—Tiene mucho carácter. Y ventilación.

Las chicas escuchan la traducción de Shabnam. La que tiene un lápiz dice algo breve y señala la cartulina. Abril se vuelve hacia la pantalla, atenta.

—Dice que está torcida —nos explica Shabnam.

—Por fin una opinión profesional —responde Gideon, cogiendo otro rotulador—. ¿Se puede arreglar o tenemos que mudarnos?

Abril le tiende el dibujo y él añade una línea que empeora considerablemente la estructura. Ella le quita el rotulador, mirándolo con una indignación que reconozco de inmediato.

—Ahora has roto una pared.

—Estaba abriendo el espacio.

La chica del lápiz se ríe. Otra se inclina hacia Shabnam y empieza a hablar antes de que ella termine de traducir lo anterior.

Gideon espera, sin llenar el silencio ni repetir la pregunta. Cuando Shabnam nos dice que proponen construir otra casa, él se levanta y acerca la maqueta.

—Tenemos un pequeño inconveniente —anuncia, mirando a Abril—. Nos hemos gastado el dinero en esto.

Ella contempla la instalación durante un segundo. Después coge dos clips de su carpeta, los endereza parcialmente y los coloca sobre la plataforma.

—Y aquí estamos nosotros. Sin casa y, por lo que veo, sin ninguna habilidad útil.

Me quedo al otro lado de la mesa, con una mano apoyada en el respaldo de una silla. La maqueta costó varios miles de libras. Dos clips acaban de ocupar las posiciones del personal de mantenimiento.

Price gira uno de los aerogeneradores con el dedo.

—Podemos vender ventiladores.

—Eso es un aerogenerador —intervengo.

Abril levanta la vista hacia mí y su sonrisa me informa de que he cometido un error.

—Perfecto. Tenemos a alguien que sabe cómo funciona. Nathaniel, ellas deciden qué necesitamos para vivir aquí y tú nos dices si es posible.