Capítulo 25Confía en mí, tengo una daga #3
—Si un día dejo de querer estar contigo o empiezo a querer a otra persona, te lo diré antes de buscarla. No dejaré que sigas construyendo algo conmigo cuando yo ya haya empezado a salir. Tampoco voy a utilizar lo que me hizo Matthew para dar por hecho que tú acabarás haciéndome lo mismo.
—Acepto —responde, dejando caer la daga al suelo sin ninguna reverencia por sus antepasados. Tira de mi mano y se deja caer de espaldas sobre la cama, arrastrándome con él.
Lo miro desde arriba mientras introduce mi dedo entre los labios.
Su lengua pasa sobre la pequeña herida. El calor de su boca me recorre el brazo y desciende hasta el vientre. Nathaniel no aparta los ojos de mí mientras limpia la sangre, despacio, sin la solemnidad con la que acaba de prometerme fidelidad ante sus antepasados.
—¿Esto es parte del juramento? —murmuro.
—Tengo cierta libertad para decidir cómo termina.
Me ayuda a pasar mis piernas por encima de sus caderas y me coloca otra vez a horcajadas. Durante unos segundos me deja allí, con su erección encajada entre mis muslos, mientras recorre mi cara con la mirada.
Sujeta la polla con una mano y la coloca en mi entrada.
Estoy tan mojada que el glande se abre paso en cuanto me baja sobre él.
La penetración me obliga a detenerme, con las manos apoyadas en su pecho y los ojos cerrados mientras voy aceptándolo.
Él me da tiempo, aunque sus dedos se hunden en mis caderas cuando termino de sentarme y lo recibo entero.
—Sabía que los juramentos ancestrales te ponían —dice.
—No ha sido por eso, idiota.
—Entonces habrá sido la daga —murmura—. Tendré que sacarla más a menudo.
Empieza a moverme sobre él. Me levanta por la cintura y vuelve a bajarme con una lentitud que me permite sentir cada centímetro.
La polla me llena y se desliza con tanta facilidad que el sonido húmedo de nuestros cuerpos se oye en el dormitorio.
Apoyo una mano junto a su cabeza y le cubro la boca con la otra antes de que encuentre una nueva explicación histórica para mi excitación.
Nathaniel me besa la palma.
—¿Quieres escupirme ahora?
—Calla, tonto.
Su risa apenas llega a formarse porque vuelvo a bajar sobre él.
Nathaniel levanta las caderas para penetrarme más hondo y el movimiento me arranca un gemido.
Me inclino hasta apoyar la frente en la suya.
Él me sostiene con una mano en la espalda y utiliza la otra para guiarme, adaptando el ritmo al mío sin intentar acelerarlo.
Su mano abandona mi cadera y baja entre nuestros cuerpos. Cuando sus dedos encuentran mi clítoris, me tenso sobre él. Nathaniel empieza a acariciarlo mientras continúa moviéndome sobre su polla. Reconoce enseguida la presión que necesito y mantiene el mismo círculo con el pulgar.
—No tienes por qué hacerlo siempre —le digo—. Puedo tocarme yo. O podemos seguir así. No tienes que estar pendiente de que me corra cada vez que nos acostamos.
La mano que conserva en mi espalda sube hasta mi nuca. Me obliga a levantar un poco la cara, aunque no hay enfado en su expresión. Parece estar intentando entender por qué considero razonable ofrecerle esa posibilidad.
—¿Tú quieres que deje de tocarte?
—No.
—Entonces no veo el problema.
—No hay ningún problema. Solo digo que no tienes que esforzarte siempre por mí.
—Abril, quiero que te corras bien. Quiero notar lo que te ocurre mientras estoy dentro de ti y saber que también has disfrutado.
No estoy cumpliendo una obligación desagradable ni haciendo un favor que después puedas deberme.
—Pasa el pulgar por mi nuca antes de volver a llevar la otra mano entre mis piernas—.
Si alguna vez prefieres tocarte tú, dímelo porque te apetezca.
No porque hayas decidido que tu placer exige demasiado trabajo.
La forma en que lo dice me deja sin respuesta. Durante años he aprendido a agradecer cualquier gesto y a reducir lo que necesito antes de que alguien pueda considerarlo excesivo.
—No pretendía decir que fuera desagradable para ti —murmuro.
—Has dicho que no tengo por qué hacerlo siempre. Yo te estoy diciendo que quiero.
Reanuda la caricia sin esperar otra discusión. Su pulgar rodea mi clítoris y me mueve de nuevo con la mano que conserva en mi nuca, haciendo que me incline sobre él. Esta vez establece el ritmo desde abajo, cada impulso me llena mientras sus dedos mantienen la presión entre mis piernas.
—Además —añade contra mi boca—, después de cinco años esperando para tenerte encima, me ofende un poco que pretendas ahorrarme partes.
Me río, pero el siguiente movimiento convierte la risa en un gemido. Nathaniel aprovecha que abro la boca para besarme. Su lengua entra al mismo tiempo que su polla vuelve a hundirse en mí y me aferro a sus hombros, incapaz de decidir dónde termina una sensación y comienza la siguiente.
El orgasmo empieza bajo sus dedos y me cierra alrededor de él.
Nathaniel me sujeta con más fuerza cuando pierdo el ritmo, sin dejar de acariciarme mientras las contracciones me recorren.
Esconde la cara junto a mi cuello y continúa penetrándome hasta que todo mi cuerpo se queda temblando sobre el suyo.
Cuando consigo respirar, levanto un poco la cabeza. Él todavía tiene una mano entre mis piernas y la otra extendida sobre mi espalda.
—No hemos solucionado todo —le recuerdo.
—Lo sé. Sigues queriendo tu propio piso, vas a marcharte a Madrid y esta tarde trabajarás con Gideon.
—Y tú vas a soportarlo sin aparecer cada diez minutos con una excusa.
—No prometas cosas en mi nombre que no han formado parte del juramento.
Me río contra su boca. Esta vez, cuando me inclina para besarme, no necesito comprobar nada.